La cultura es la new money, papi

La batalla cultural no se juega en el Ministerio de Cultura sino en los de Educación, Medio Ambiente y Defensa, por eso debe ser alabado el sinceramiento con la patria cultural del nuevo gobierno al nombrar una ministra con briyo new money (o narco), paisa y dios. Eso somos. Por fin lo reconocemos.

por

Omar Rincón


06.08.2026

Portada: Isabella Londoño

En un gobierno de consignas copy paste, todo suena corroncho, y se copia al hacer la batalla cultural de Milei y Trump pero sin entenderla. Parece que no leyeron cómo y dónde se hace. Por eso, que el Ministerio de Cultura sea el encargado de la batalla cultural significa que no entienden y entran perdiendo la batalla.

Lo cultural de la batalla

La batalla cultural designa lo que Gramsci describió como el dominio de los sentidos colectivos para construir una hegemonía política y determinar las condiciones de sentido de un proyecto político para ganar el consenso, los sentidos comunes y los estilos de vida. Gramsci lo mencionaba para lograr una hegemonía de sentidos populares de izquierda.

“El intelectual” de eslóganes, el argentino Agustín Lage, copia el concepto de Gramsci y lo voltea de ideología: ahora es el mantra de la lucha de las derechas contra los derechos, en especial contra los feminismos, diversidades, el medio ambiente y el conocimiento científico y los saberes ancestrales para defender la patria, la familia, dios y la propiedad privada. 

La batalla cultural es por los derechos. La derecha cree que “la hegemonía” cultural es de las feministas, los zurdos, los defensores de derechos, las diversidades y la academia y que, entonces, la batalla hay que darla contra “las instituciones dedicadas a la producción y reproducción cultural” de estas ideas. 

La batalla se hace en nombre de la sociedad tradicional de dios, familia, patria y yopitalismo; un mundo donde los privilegios y el statu quo no se tocan y se eleva en dios al capitalismo. Por eso, se quiere una sociedad sin Estado, ni impuestos y con militares ordenando la vida. La misión es destruir el capitalismo woke (eso que adjetiviza todo lo que sea progresista o busque trasformar las injusticias sociales).

Los discursos de extrema derecha usan lenguaje militar (campaña, batalla, lucha, combatir, destruir, matar, eliminar al enemigo en nombre de Dios y Patria…) y batallan comunicativamente con mensajes —eslogan en estéticas y narrativas pop—. El objetivo es exacerbar los prejuicios que tienen las audiencias y crear caos de sentidos. La idea es promover formas diversas de odio, asco, discriminación. La propuesta es muy simple: capitalismo para mí, que cuando se junta con dios, las iglesias cristianas lo convierten en  teología de la prosperidad, como define Pablo Semán, que mezcla lo conservador (dios, familia y patria) con el éxito capitalista (el nuevo dios) y  la defensa de lo blanco, lo masculino, lo occidental, lo cristiano.

En la llamada “batalla cultural”, lo cultural tiene que ver con sentidos colectivos y sentidos comunes, no con artes o pensamiento crítico o argumentos o identidades. Por eso, lo cultural se lucha en la educación (mirar a Trump, Milei y Bukele) que es donde se inculcan esos “adefesios” de los feminismos y más progresismos; en lo ambiental (mirar a Trump, Milei y Bukele) que atrasa al capitalismo; en la seguridad (mirar a Trump, Milei y Bukele) que es militarista contra el que piense y se manifieste distinto.

En este contexto, la batalla cultural no la hace el Ministerio de Cultura. Es más, ese ministerio se cierra y se desfinancia el cine y las artes (mirar a Trump, Milei y Bukele). Nombrar una ministra es entrar perdiendo porque si fuera por ganar la batalla lo lógico sería cerrar el Ministerio de Culturas (artes, identidades, diversidades).

La cancha de la batalla: grito digital, repique mediático

La comunicación es donde se juega la batalla cultural y esa batalla se lucha, se pierde y se gana en las redes digitales, en las IAs, en los algoritmos, bots, influencers, con mensajes que expanden los periodistas y los medios de comunicación que sirven a sus amos.

Lo raro es que la batalla tiene como “audiencias”, no al pueblo o los ciudadanos, sino a los periodistas para que amplifiquen “el mensaje-bala”.  Lo raro está en que, a su vez, convierten a los medios y periodistas en sus enemigos. La batalla, paradójicamente, se da en los medios y con los periodistas, y contra los medios y los periodistas. Los periodistas se convierten en manada usada para expandir el mensaje, y abusada por que se le desacredita e insulta permanentemente. 

Los medios y periodistas son reproductores de esa batalla que juegan en las redes los líderes de la desinformación y el ruido espectacular. Por eso tuitean y provocan para que los periodistas caigan en esos anzuelos provocadores. Nace en la red, pasa al medio-periodista, vuelve a las redes para que  la manada embista. 

Tanto para medios como para políticos, periodistas, influencers, redes y “la gente”, la certificación de verdad es su creencia, su tuit (recordar que X es la red mundial de desinformación), su sentimiento. El objetivo es producir un gran conflicto que caotice los sentidos y destruya a los activadores (instituciones, discursos y sujetos) de los derechos. 

La victoria se logra al ganar “la conciencia” de la sociedad, los sentidos comunes y los estilos de vida. Y ahí, la derecha y el mainstream mediático-periodístico-político celebra el yopitalismo, ese sentido común que enseña que el capital hace la felicidad y que todos nos merecemos un poco de ese capitalismo.

En este contexto, es extraño “las batallas culturales” de los medios públicos. El gobierno Duque convirtió a Señal Colombia en el informativo de la batalla cultural y creó el RTVC digital para lograr el dominio de las redes. Y fracasó. El gobierno Petro dio la batalla con Hollman para alabar el ego de las cabezas parlantes de “los intelectuales de izquierda” y perder al pueblo. Ni en Duque ni en Petro lograron nada con su abuso de los medios públicos: no había audiencia, no ganaron ningún sentido común, pero sí destruyeron el valor cultural de los medios públicos.

El MinCultura y la batalla cultural

Hasta el gobierno Santos, el Ministerio de Cultura de Colombia fue dominado por los cultos de superioridad moral ilustrada, esos y esas que pensaban que la Cultura con C mayúscula, esa del Hay Festival, los Museos, las Universidades y las Políticas culturales made in Unesco es algo que nos lleva a ser mas humanos. 

Desde el gobierno Duque, la cultura se volvió el lugar del manoseo político. Duque cambió la institucionalidad y dijo que un celular y lo digital crean la revolución del rebusque naranja, la Cultura era igual a aparatos y conexiones digitales. Petro le cambió el nombre y lo pluralizó y se dedicó a discursos decoloniales y las búsquedas progresistas de academia mientras se olvidaba lo popular. Llega el corroncho y lo quiere convertir en el paisódromo de la identidad: dios y billete, familia y billete, patria y billete. O sea, mas de lo mismo y en las mismas. Nada grave. Celebración de la mamadera de gallo caribe y del pecar paisa. Todo bien.

El yopitalismo: la narco cultura o new money cultural

El nombramiento de la narcocultura para el Ministerio de Cultura es una sincerización con el país real: eso hemos sido y venido siendo, y ya se necesita legitimarlo. Además, esto no es un problema colombiano, el mundo global devino narcocultural. Pero todo bien, ahora se le llama new money. Acabamos de asistir al espectáculo mundial de la new money con el mundial de fútbol

La narcocultura es la celebración del capitalismo, por eso la new money es el triunfo del capitalismo y su forma más propia se da en lo cultural: eso que llamamos despectivamente narco, pero que ahora se blanquea con exhibicionismos del yo en la new money. La cultura new money celebra al yo como centro del mundo porque el yo es el producto genial del capitalismo. Los yos exitosos son el capitalismo. Ese yo exitoso en el capitalismo se visibiliza en el consumo, o sea, al hacer evidente el éxito monetario.

El capitalismo es, entonces, una cultura eufórica del yo. Y ahí es donde aparece el humanoide del siglo XXI que es el yopitalista. Un ser que ha logrado el capitalismo: digamos Bezos, Musk, Trump, Milei, Cristiano, James, J Balvin, Westcol, el señor de la casa blanca en kiyami y siga nombrando. Somos porque hicimos capital, y somos porque lo exhibimos en nuestras propiedades y estilo, y  somos porque lo contamos digitalmente, y somos porque podemos consumir, y somos el capitalismo en esencia. No son narcos, pero sus valores, estéticas, gustos y felicidades son como esos valores que llamábamos narco.

La estética, la cultura y la ética del yopitalismo juntan el narco con la new money: la cuestión es de billete, socio. Narco y new money son la versión más pura, radical y exitosa del capitalismo. Expresan el sueño de capitalismo para mí, democratiza el acceso al consumo masivo, permite a los sectores excluidos participar de los lujos, marcas, viajes y felicidades propias del capitalismo sin pasar por la aprobación de las élites tradicionales. No basta con tener dinero, hay que exhibirlo a través de una estética ostentosa o “briyosa”, esta es la ley.

La batalla cultural de ADLE

En este contexto de yopitalismo –y derechas en batalla contra los derechos– la batalla cultural se está jugando no en el Ministerio de Cultura, sino con los periodistas, influecers y redes prepagas que expanden los ruiditos digitales de las consignas de derechas para generar espectáculo y escándalo. No importa la Cultura, importan las redes, los medios y los periodistas para que se pongan a debatir, controvertir, insultar y divertirse con consignas polémicas sin mente, como la posesión en una guarnición militar o la universidad fundada por los Rodríguez; crear sedes alternas a Barranquilla para el baile y Medellín para el pecado; hacer una imitación a lo narco de la Casa Blanca como sede en kiyami; inutilidades provocativas como sacar a Marx y la ideología de género de las escuelas; alucinar con que la izquierda no tiene derechos; imaginar que la cuestión es de salir a la calle  y matar delincuentes; hacer de dios y patria una cruzada moral…

Frases provocadoras que nos ponen a hablar de ellas para esconder dónde se están tomando las decisiones que importan: para entregarle más país a los que ya son sus dueños, para premiar al capital en contra del ciudadano, para obedecer al gringo para no molestar… Lo resume muy bien Lucas Ospina cuando tuitea que “Así serán 4 o más años de un sicofante como presidente del país que nos entretiene como actor y artista, mientras el poder real con total impunidad hace de las suyas”. Todo esto es pirotecnia para que periodistas, influencers y “la gente” se divierta y controvierta.  Lo importante pasa en lo que sí cambia el modelo de sociedad: o sino miren a La Argentina de Milei.

Por ahora, que siga existiendo el Ministerio de Cultura es entrar perdiendo la batalla cultural, porque ahí no se juega: La Cultura importa bien poco, eso es una cosa de unos pocos, que tienen pocos votos, y menos capital, y no saben jugar en los sentidos del escándalo.

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Profesor titular de la Universidad de los Andes (Colombia). Doctor en Ciencias Humanas y Sociales de la Universidad Nacional de Colombia. Académico, artista, ensayista y periodista colombiano en temas de periodismo, medios y entornos digitales, cultura, entretenimiento y comunicación política. Crítico de tv de El Tiempo. Ensayista y consultor de la revista digital 070. Últimamente hace proyectos de arte en estéticas narcos, está pensando las culturas bastardas y las narrativas indígenas. Proyecto artístico actual: Narcolombia.com. Proyecto periodístico actual: #ElMejorPeriodismoEstáPorVenir. orincon@uniandes.edu.co
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