Colombia en Madrid: la cultura hard del poder soft

Hoy comienza la Feria del Libro de Madrid en medio de una polémica reciclada. Esta no es la primera vez que el Gobierno interviene en la curaduría cultural que representa al país en el exterior. ¿Cuál es la literatura exportable según el poder Naranja?

por

Manuela Saldarriaga Hernández

Es Comunicadora social-periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana y Magíster en Periodismo de la Universidad de los Andes. Ha escrito para los medios nacionales El Tiempo, El Espectador, VICE y otros. Ha trabajado en la Fiesta del libro y la cultura de Medellín, Parque Explora, Universidad de Antioquia, Universo Centro y con la Fundación Gabo.


10.09.2021

Empezó la Feria del Libro de Madrid que tiene como país invitado a Colombia y que desde hace una semana quedó envuelta en polémica por las declaraciones de Luis Guillermo Plata, embajador en España, que admitió que sólo invitó a escritoras y escritores “neutros”. Aunque reculó después y pidió excusas, la censura fue explícita y destapa la peligrosidad de que el poder ejecutivo intervenga hasta en la agenda cultural del país.

El escritor Santiago Gamboa se enteró de la discusión el domingo 5 de septiembre, pero no lo tomó por sorpresa. El poder nominal del Gobierno en este tipo de eventos culturales lo conocía por experiencia propia. En 2019 el cónsul honorario de Colombia en Grecia lo invitó a la Feria del Libro de Salónica, y financió el viaje del escritor de su propio bolsillo. 

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FILBO: ¿qué hacer con el país invitado? “Colombia, 200 años”. Escritores y escritoras reflexionan sobre lo que debe o no tener un certamen que habla de lo que somos (o no) como país. Este Gobierno invita a leernos a nosotros mismos pero tal vez sea un error quedarnos anclados en 1819.

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En ese momento Gamboa se enteró de que hacía parte de una lista negra cuando la embajadora de Colombia en Italia, Gloria Isabel Ramírez Ríos, le dijo al Cónsul que Gamboa no cumplía con las ‘líneas de pertinencia del Gobierno’ y más tarde pidió su renuncia.  Ella ocupa ese cargo desde octubre de 2018, después de haber sido asesora de comunicaciones de las campañas presidenciales de Duque y Álvaro Uribe.

“Desde entonces”, dice Gamboa, “yo sabía cuál iba a ser mi situación como escritor con respecto a este período de gobierno. Estaría por fuera de cualquier delegación literaria coordinada oficialmente por mis opiniones políticas”. 

Es crítico y lo expresa abiertamente en sus artículos de opinión del diario El Espectador, oficio que comparte con muchos de los nombres que quedaron por fuera de la Feria como Piedad Bonnett, William Ospina, Fernando Vallejo, Héctor Abad Faciolince, Juan Gabriel Vásquez y hasta Pilar Quintana. Y tantos más que sobresalen, y que sí fueron invitados pero que luego se atrevieron a declinar, como el caso de Mario Mendoza o Melba Escobar.

“Lo que me pareció muy llamativo”, dice Gamboa, “es que los mismos periodistas de Babelia, en España, o hasta Daniel Samper Pizano, que escribió en Los Danieles el domingo, identificaran que no era un tema personal, que en esa lista faltaba una cantidad de gente por otro motivo. ¿Qué literatura colombiana, entonces, fue la que escogieron?”.

El canon no canon 

El escritor Pablo Montoya, quien recibió en 2015 por su novela ‘Tríptico de la infamia’ uno de los premios más importantes de la literatura, el Rómulo Gallegos, asegura que no todos los escritores invitados son gobiernistas pero no por eso son más o menos críticos. Cita el ejemplo del poeta Rómulo Bustos, que él admira y que ha expresado críticas duras al Gobierno, y aún así fue invitado. Aunque pudo ser, dice, que posiblemente tenía algunos compromisos con el Ministerio de Cultura por haber ganado el Premio Nacional de Poesía el año pasado. 

Hay otros escritores que, en palabras de Montoya, “tal como dice erráticamente el Embajador de Colombia en España, son neutros (ríe), mentiras eso no existe”. Pero haber negado, en cualquier caso, la participación a quienes más visibilidad le han dado a nuestra literatura fuera de estas coordenadas, es absurdo. “Por fuera [de la lista], más que un canon, están todos quienes han sido ácidos con las barbaridades que ha cometido este Gobierno o todos quienes manifiestan una actitud distinta a la que propone este poder falsamente democrático”. 

Este Gobierno es brutalmente dictatorial, dice Montoya, y le parece el colmo que la Ministra de Cultura, Angélica Mayolo, diga públicamente que la selección fue juiciosa, seria, vital y variada, “cuando tiene un montón de lugares comunes”. 

Pero no es la primera vez que en Colombia se cuestiona el canon literario. Antes era porque estaba lleno de hombres o porque había muchos escritores antioqueños o porque no tenía representación indígena, afrodescendiente y campesina. Habría que recordar, por ejemplo, que en 2019 la polémica se dio por excluir a las mujeres en el grupo que participó en el evento Bibliothèque de l’Arsenal de París, que formó parte del año Colombia-Francia. Una selección que, por demás y como explica el escritor Pablo Montoya, se filtró según quienes habían sido más traducidos a esa lengua.

"El literario, como cualquier gremio artístico, está lleno de egos. Lo preocupante es que se oculten esos egos bajo algún poder burocrático para mostrar animadversiones, como en este caso".

“En cualquier caso, es muy curioso que muchas de las últimas invitaciones que los gobiernos colombianos han hecho a los escritores y las escritoras, no sólo la de Francia, terminan en quejas porque la selección no es la más acertada ni representativa”, dice Montoya. “A decir verdad, las justificaciones a esta decisión o a cualquiera que tenga que ver con listas de literatura de nuestro país no explican por qué las escrituras invisibles o escondidas nunca se tienen en cuenta. Para el Gobierno no hay indígenas, no hay literatura afro, no hay literatura trans, aunque existe la gran variedad que en sus discursos propone. En cualquier caso, siempre habrá una polémica alrededor de una lista, más si deciden llamarla canon”. 

A Santiago Gamboa le parece muy interesante y muy posmoderno revertir o mover los cánones, acabar con ellos, derribarlos, en sus palabras, pero no por motivos políticos. “Y que un dirigente proponga o piense que absolutamente todos los que han ocupado ese canon son incómodos, deduzco que ya no se trata simple y llanamente de una cuestión literaria, de estética o gustos”. 

El embajador de Colombia en España hizo unas declaraciones torpes, en palabras de Gamboa, pero lo curioso para él es que aún cuando se disculpó, aún cuando dijo que él no quería decir eso, “expuso lo más interesante: que el Gobierno y la Cancillería, o sea Martha Lucía Ramírez, no querían un evento en el que le recordaran que un año atrás estuvieron reprimiendo la protesta social y a toda la juventud en Colombia”, dice Gamboa refiriéndose a la oscura noche del 9S

“Ellos no quieren que nadie los juzgue y denuncie y digan que han llegado a unas escalas de corrupción terribles, y que cada semana producen un escándalo nuevo, como este, pero así seguiremos hasta que se termine su período el año entrante”. Para rematar, considera que el partido de Gobierno, el Centro Democrático, como intuye que va a perder el poder, antes de dejarlo va a llevarse todo lo que pueda, incluida la cultura. 

En eso coincide el artista y crítico Lucas Ospina, quien dice estar seguro de que tanto el Ministerio de Cultura como la Embajada tuvieron dos años para preparar este evento y, de todas formas, la lista quedó como si hubiera sido hecha con prisa. “El Embajador, que tiene un apellido muy bonito, Plata, se metió donde no debía, hablando de literatura neutra, y en cambio sí debió haber puesto los ojos en aquel que quiere encabezar la representación de escritura colombiana, que es el mismo Presidente”, dice. 

Y es que en medio de esta feria, una de las más importantes de Iberoamérica, el presidente Ivan Duque está invitado porque presentaría su libro sobre Economía Naranja, escrito en coautoría con Felipe Buitrago en el BID, y que esta vez llega en formato interactivo. Luego dijo que su presencia sería netamente protocolaria.

Al final, Ospina cree que no hay quien ponga la cara: el ministerio de Cultura no quiere salir a responder y hasta de pronto lo único que ocurrió fue que una persona, que no sabemos quién es, escogió a quienes escogió por simpatía. “Y el literario, como cualquier gremio artístico, está lleno de egos. Lo preocupante es que se oculten esos egos bajo algún poder burocrático para mostrar animadversiones, como en este caso”, dice.

La cultura hard del poder soft

El poder presidencial no desestima el poder de la literatura, su capacidad de denuncia y de protesta. Si lo demeritara, no habría excluido a tantos escritores y escritoras representativos, sin contar con todos los que dieron su ‘no’ tras el escándalo. 

Pablo Montoya se pregunta dónde está la conciencia de quienes aceptaron ir. “¿No se dan cuenta de que la literatura es el arma de combate en un momento histórico tan complicado como el que está viviendo Colombia?, porque el Gobierno sí”, dice. Reconoce que hay un montón de escritores y escritoras que se prestan para ese juego, que le parece por demás deplorable desde todo punto de vista. 

Lo primero que hacen los gobiernos cuando el poder duro no funciona –o sea, el de controlar mediante incentivos económicos o las fuerzas militares–, es optar por reforzar el poder blando, mal llamado suave: el de la cultura y los medios de comunicación. En diplomacia, explica Lucas Ospina, se le llama así a la cultura porque fue la manera en que Estados Unidos y Rusia, durante la guerra fría, no perdieron del todo su intercambio, pero sobre todo su soberanía.

No es la primera vez en que el Gobierno desestima el poder del arte censurando. Ospina recuerda cuando Iván Duque pidió tapar la obra Salam Tristesse (Irak), del artista Francis Alÿs en una visita a la instalación Fragmentos, de Doris Salcedo, durante el Paro Nacional. O cuando Fernando Carrillo, embajador de Colombia en España en el Gobierno Santos, llevó a la oficialidad a tomarse las fotos de cóctel de la feria de arte de Madrid frente a obras que no mostraran acentos críticos, como por ejemplo, una investigación de archivo para mostrar el esclavismo y el uso de personas afro como conejillos en experimentación con medicinas. 

Toda esa narrativa, explica el artista, estuvo totalmente minimizada ante la prensa. “Lo que importaba era que la Ministra de Cultura Mariana Garcés, en ese momento, posara en su diplomacia ante una exposición que ocultaba su relato”, dice. 

"Eso no refleja una postura clara frente a por qué esas narrativas difíciles sí, y otras no, son válidas para este Gobierno". 

Santiago Gamboa, de otro lado, considera que comparado con las demás “ignominias” que está haciendo este Gobierno, el escándalo de la Feria de Madrid parece superficial, casi anecdótico. Pero recuerda que no fueron los escritores quienes reaccionaron “sino el periodismo literario que cubría la Feria en Madrid”. 

Esta no es una pelea de escritores, además, porque “quienes hemos publicado desde hace más de dos décadas, no vamos a ver penalizados nuestros libros por no asistir a este evento”, dice Gamboa. “La comunidad de lectores en España de Fernando Vallejo, Laura Restrepo, Juan Gabriel Vásquez o Héctor Abad Faciolince no van a dejar de leerlos porque no formen parte de una delegación curada por Duque. Eso es lo más mezquino”. 

La escritura exportable 

Para Gamboa, en últimas, quien debe ser neutro es el Gobierno. “Los escritores o artistas nunca”. Lucas Ospina, por su parte, asegura que por las escritoras y escritores invitados, es evidente que el Embajador ni siquiera les ha leído. 

Andrea Cote Botero que aceptó la invitación, por ejemplo, tiene un célebre poemario llamado ‘Puerto Calcinado’ en el que cuenta la particularidad del conflicto armado en Barrancabermeja entre las Fuerzas Armadas, el paramilitarismo y la guerrilla. O Jorge Franco, uno de los autores más conocidos por inmortalizar la historia de Rosario Tijeras, muestra violencias que, en cualquier caso, sí ocupan un lugar en esta lista. Eso no refleja una postura clara frente a por qué esas narrativas difíciles sí, y otras no, son válidas para este Gobierno. 

Montoya, quien recientemente publicó el libro ‘La sombra de Orión’, sobre La Escombrera que quedó en la Comuna 13, considera que los escritores que aceptaron en su mayoría no son columnistas, y, aunque son figuras visibles, “nunca se han pronunciado públicamente en contra [del Gobierno]”. Un síntoma que para él afecta a la libertad de expresión. 

“A pesar de que la literatura de Jorge Franco muestra grandes crisis colombianas y la permanente violencia en nuestra sociedad, no es un escritor que incomode como tampoco parece pasar con Juan Esteban Constaín, un estudioso que pese a que es columnista, no molesta al poder”, asegura.

“Como todos los escritores de la tierra, no solo en Colombia, nuestro trabajo consiste en hacer una mirada crítica sobre la sociedad y tener posiciones políticas, como pueden tenerla todos los seres humanos. Eso fue lo que claramente evitaron con esta selección de autores que, como dice Héctor Abad, aunque son buenos, no son incómodos”, dice Gamboa. Querían aprovechar esta Feria para presentar algo “divertido”, como dijo el Embajador, y en un contexto así, no querían invitar a quienes pudieran arruinar la fiesta.

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Manuela Saldarriaga Hernández

Es Comunicadora social-periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana y Magíster en Periodismo de la Universidad de los Andes. Ha escrito para los medios nacionales El Tiempo, El Espectador, VICE y otros. Ha trabajado en la Fiesta del libro y la cultura de Medellín, Parque Explora, Universidad de Antioquia, Universo Centro y con la Fundación Gabo.


BIO

Manuela Saldarriaga Hernández

Es Comunicadora social-periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana y Magíster en Periodismo de la Universidad de los Andes. Ha escrito para los medios nacionales El Tiempo, El Espectador, VICE y otros. Ha trabajado en la Fiesta del libro y la cultura de Medellín, Parque Explora, Universidad de Antioquia, Universo Centro y con la Fundación Gabo.


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