Un último viaje para Lorenzo Morales

El vallenato no sería lo que es sin La Gota Fría. La historia de esta canción es la historia de la vida, rivalidad y amistad de dos de los más grandes juglares vallenatos de Colombia: Emiliano Zuleta y Lorenzo Morales.

1987

Alejandro Gómez Dugand

09.04.2014

Que usted no había venido a hacer parranda, Lorenzo.

Que había llegado a Urumita de paso. Que usted había llegado en mula y que cuando se viaja en animal hay que mañanear.

Que ni rabia ni mucho menos.

Que de su boca nunca salió que la madre de Emiliano fuera una puta. Que Emiliano no tenía ni idea lo que usted había tenido que hacer para tener su acordeón, Lorenzo.

Que le tendieron una trampa en Urumita. ¿Por qué no lo repitió una y otra vez, Lorenzo? ¿Por qué dejó que la historia hiciera de usted un cobarde? ¿Por qué no haber dicho, una y otra vez, que todo había sido un error?

Que todo había sido un error, Lorenzo.

¿Por qué nunca lo dijo?

 

***

Amaneció y en todas las emisoras de Valledupar estaban pasando sus canciones. El teléfono sonó y contestó ella.

–¿El señor Lorenzo Morales?

Dijo que no, que hablaba con la hija.

–¿Como podríamos hacer para entrevistarlo? Para que diga unas palabras…

Era el 30 de octubre de 2005 y en la madrugada había muerto el compositor vallenato Emiliano Zuleta Baquero y todo el mundo quería saber qué pensaba el protagonista de La gota fría, su canción más célebre. Cecilia Morales tenía que contarle a su papá lo que había ocurrido. Le dijo a la periodista al otro lado del teléfono que ahora no, que después.

Lorenzo Morales y Emiliano Zuleta habían protagonizado una batalla de rimas y piques de acordeón que los hizo leyenda. Ambos habían redefinido la piqueria, un sub-género vallenato que no es otra cosa que un duelo de ingenio e insultos con el acordeón cruzado en el pecho. La piqueria de Zuleta y Morales es legendaria. Fue tan cruel como ingeniosa, duró más de diez años y dejó atrás una veintena de canciones en las que se llamaron negro yumeca, blanco descolorido, se acusaron de cobardes, de mentirosos, de miserables que se alimentaban con zarigüeyas y micos.

Los últimos años fueron rutinarios para Lorenzo Morales, que murió anémico y con una complicación pulmonar en 2011. Luego de una vida de parrandas de hasta cinco días en las que se consagró como uno de los músicos vallenatos más importantes de Colombia, de haber tocado para presidentes y de haber viajado a lugares donde la gente lo llamaba maestro, Morales gastó sus últimos días ejerciendo una rutina de monje.

Se despertaba todos los días a las cinco y media de la mañana. A esa hora llamaba a su hija Cecilia para que lo bañara. El cuerpo de Morales –flaco, pequeño y frágil– era presa del Mal de Parkinson. “La tembladera”, lo llamaba él; Mal de Parkinson le sonaba a mal de parto y eso no le gustaba: “uno no ha gozado de esa felicidad que Dios les puso a las mujeres”, dijo en una entrevista para El Tiempo en el 2006.

–Le tenía que calentar el agua porque cuando lo bañaba con agua fría me decía: “usted me va a enfermar a mi. Esa agua fría me va a matar de fiebre”– la voz de Cecilia parece la nota vibrante de un violonchelo cuando imita la voz de su papá.

Cecilia no se crió con su padre. Lorenzo tuvo veinte hijos, y el dinero, que nunca fue equivalente a su fama, no era suficiente. Los hijos se tuvieron que repartir en varios hogares. Ella se crió con una de sus hermanas y regresó a cuidar de Lorenzo cuando Ana Moreno, su madre y la mujer a quien más amó Morales, perdió una pierna por su diabetes.

–Luego del baño lo dejaba bien cambiadito. Le ponía su camisa manga larga, su franelilla debajo y su sombrero.

Lorenzo era un dandie para quien estar bien vestido era importante. La imagen icónica de Morales incluye una camisa de manga larga bien planchada, un pantalón que bailaba sobre su cuerpo flaco y menudo y un sombrerito de ala corta. Parecía una persona de otra época, salido de alguna foto en sepia tomada en los años veinte del Nueva Orleans francés. Ni Lorenzo ni Ana soportaban el aire acondicionado. Por eso le instalaron una cama en el patio de la casa para que pudiera hacer siesta en las tardes. Hoy en el cuarto del matrimonio Morales descansan las dos camas en las que dormían separados.

–Lo que pasa –dice Cecilia con una sonrisa que parece robada del rostro de su padre– es que ellos ya al final no hacían cositas. Aquella mañana de 2005 en la que murió Zuleta, Cecilia fue hasta el cuarto de su padre en la casa del barrio Primero de Mayo de Valledupar. Hoy la casa está pintada de verde y naranja. La puerta que da a la calle está abierta de día y algunas de las casa vecinas, como muchas otras en Valledupar, venden gasolina traída por contrabando desde Venezuela. Cuando llegó al cuarto miró a su papá. Lorenzo había oído la conversación. Cecilia se sentó a su lado en la cama.

Lorenzo Morales, entonces con 91 años cumplidos, agachó la cabeza y se echó a llorar.

–Lloró como un niño. Yo lo único que pude hacer fue abrazarlo.

De la piqueria de estos dos acordeoneros quedó La gota fría, la canción más grabada y repetida del vallenato. Emiliano Zuleta había cargado esa canción con toda la ponzoña que lo había caracterizado. “Es que desde pequeño he sido muy rencoroso”, le confesó Zuleta al periodista Alberto Salcedo Ramos. La víctima que más había recibido la furia de Emiliano había sido Lorenzo Morales.

Cecilia abrazó a su padre aquella mañana de octubre en la que había muerto su gran enemigo. Morales entre llantos le dijo: “se me fue mi compadre, mija. Me cogió la delantera”.

***

Valledupar –cuna del Vallenato– no era una tierra de acordeoneros en la primera mitad del siglo pasado. Julio Oñate, quien ha dedicado años al estudio de esta música, dice que no había más de cinco músicos buenos nacidos en Valledupar y los otros pueblos del Cesar.

–Estaba Chiche Guerra, Victor Camarillo… y Morales.

Morales, un músico que según Julio Oñate comparte lugar en un ranking superior con Alejo Durán, Juancho Polo Valencia y, por supuesto, Emiliano Zuleta. Estos músicos compusieron e interpretaron en todos los aires vallenatos: el son, el merengue, la puya y el paseo. Los aires son los diferentes estilos y ritmos que componen el folclor vallenato.

El compositor Beto Murgas asegura que en Lorenzo Morales se concentraba todo lo que define a un juglar, como se le llama a los pioneros de este género. Estos hombres fueron viajeros, andaban a pie o –en el mejor de los casos– en burro o mula. Recorrieron todos los pueblos del Cesar, la Guajira y el Magdalena y lo que veían lo convertían en canción. Llevaron y trajeron noticias entre los pueblos. Estos músicos se convirtieron en los medios de comunicación de una región que, en palabras del periodista Rodolfo Quintero, apenas despertaba del estupor colonial. Cuando surgió la necesidad de darles un nombre, el término juglar (aquella figura medieval de los músicos que contaban historias) fue el más adecuado.

Para los juglares vallenatos el acordeón fue siempre el acompañante obligado. Existen varias teorías de cómo llegó este instrumento a Colombia. Consuelo Araujo, una de las personas claves en el estudio del vallenato y una de sus promotoras más importantes, dice, en su libro Vallenatología, que el acordeón llegó al puerto de Rioacha, Guajira, traído por marineros alemanes e italianos. Otra teoría (registrada en el documental El viaje del acordeón del director australiano Andrew Tucker) asegura que todo se debió a un accidente: un barco que venía de Alemania a Argentina terminó en el río Magdalena. Como fuera, este instrumento, que fue creado para evadir los problemas de navegar con un piano, llegó a Colombia, se encontró con el tambor africano y con la guacharaca indígena y se convirtió en la piedra angular del folclor de la parte alta de la costa caribe colombiana. Fueron hombres como Morales quienes se echaron este instrumento al hombro, le dieron forma al vallenato y de paso contaron su tierra.

Morales y los otros juglares, como lo ha dicho Alberto Salcedo Ramos, fueron cronistas. Fueron cazadores de historias: “historias completas, redondas,” escribió Salcedo Ramos en El testamento del Viejo Mile, “en las que había burla, deliciosos arcaísmos, apuntes sobre la suerte de las cosechas, regaños para bajarle los humos a algún aparecido, guiños a una mujer amada que hoy se llamaba Manuela y mañana María”. Sus canciones fueron actos de fundación nacional. Fueron ellos los que le hicieron conocer al país los caminos entre el pueblo de Caracolisito y Fundación. Fueron ellos los que hicieron del Cañaguate y el Guatapurí tópicos literarios. Antes de García Márquez, de Cepeda Samudio y de Obregón estuvieron ellos. Fueron estos viajeros los que hicieron de la costa atlántica un discurso, una historia.

–Los unía el hecho de ser campesinos. Eran gentes de machete, de corrales, de montañas– asegura Oñate –Todos tenían esa particularidad y Morales no fue la excepción.

Morales nació en 1914 en el pueblo de Guacoche, un palenque fundado por negros cimarrones a unos veinte minutos de Valledupar. Su madre, “una india de manta” según Cecilia, se llamaba Juana Morales y fue la adoración de Lorenzo. Tuvo cinco hermanos. Agustín Gutiérrez, hermano por parte de padre, tocaba el acordeón.

Fue una familia humilde, de alfareros y hombres de campo. “Fui el consentido por ser el que se crió entre cinco hermanos y todos me dedicaron cariño”, escribió el mismo Morales en un pequeño cuaderno. “Esta es mi vida”, remata el texto que hoy la familia guarda en una vieja impresión a computador, “y se la dejo a mi familia y amigos”. Cuando Diana Trillos, su nieta, encontró a Lorenzo escribiendo le preguntó: abuelo, ¿qué escribe usted ahí?

–Aquí, mija– la voz de Diana se vuelve lenta y grave al asumir la de su abuelo–, escribiendo la vida mía.

En su autobiografía anota que jugaba con huesos de animales debajo de las mesas en las que las mujeres planchaban la ropa. Desde pequeño las mujeres se le robaron la atención. Su hijo Franklin Morales recuerda que alguna vez que su padre le contó de una golpiza que se ganó por mujeriego.

–Él estaba enamorado de una mujer en Guacoche. En esa época trabajaba pilando arroz. Él, por andar de jarocho y de enamorado, se distrajo y le dio con el mazo del pilón a una mujer que estaba trabajando con él. La mujer lo agarró, y como él era pequeñito, lo tumbó. Ella lo tenía pisado y lo estaba moliendo a golpes. Entonces papá agarró una cascara de coco y se la clavó en el tobillo. La mujer se dio cuenta de que estaba sangrando y empezó a gritar: ¡Morales me está matando, me está matando!

Por esos años se le atravesó el acordeón, y el primero que se cruzó en el pecho fue el de su hermano Agustín. Lorenzo tenía diez años.

–Se lo cogía a escondidas porque a Agustín no le gustaba que tocaran sus acordeones– asegura Diana Trillos.

Lo que sí permitía Agustín era que se quedara con los que se dañaban. Era una época en la que los acordeones que llegaban a Colombia eran de muy mala calidad y casi desechables. Pero acordeón era acordeón. Morales se volvió un experto en repararlos. Muchos años después, cuando a Alberto Murgas se le ocurrió crear El Museo del Acordeón en Valledupar, fue a la casa de Morales a conversar sobre este instrumento.

–La memoria de Morales era impresionante. Recordaba todos los acordeones que había tenido. Me habló de los acordeones de espejo, los de tornillo, de los de una hilera.

Cada vez que Lorenzo Morales hablaba de su acordeón lo hacía como si se tratara de una enamorada. No lo tocaba: lo acariciaba. No lo tenía olvidado: estaban sin relación. El primer acordeón propio que tuvo se lo ganó a fuerza de trabajo. En esa época era común que un niño trabajara interno en las fincas de la región. Lorenzo trabajó desde niño, y su sueldo siempre se lo entregaba, intacto, a su madre. Pero aquella ocasión fue diferente. Morales trabajó varios meses llevando encargos, haciendo trabajos de construcción y demás oficios que si hoy hiciera un niño, todo el mundo estaría escandalizado. Su propósito era claro: tener un acordeón. Cecilia recuerda que su padre le contó que cuando llegó la paga, Lorenzo descubrió descorazonado que no era suficiente para comprar un acordeón. El patrón, viendo la cara de aquel niño flaco y moreno, le regaló un burro para que pudiera completar.

La razón por la que se ganó aquella paliza cuando trabajaba pilando arroz fue también la inspiración para escribir su primera canción. Escribió para una mujer un merengue titulado Paulina: “Como el cielo no tiene nube/las estrellas no iluminan/ya llegó el cuatro de noviembre/pero hace falta Paulina”. Con esa canción Morales descubrió uno de los poderes de su música: enamorar mujeres. Paulina fue la primera mujer de Lorenzo y con ella tuvo su primer hijo. En su vida estuvo casado dos veces, pero su familia calcula que debió haber tenido muchas más mujeres. Cuando se lo preguntaban, o empezaban a hacer cálculos enfrente suyo, respondía con su voz lenta y grave: “todos esos son puros cuentos de velorio”. Luego de ese primer acordeón vino otro que cambió con permiso de su madre –siempre con permiso de su madre–, por una novilla.

A Lorenzo Morales Guacoche se le quedó pequeño. En las páginas que dejó escritas sobre su vida dice que a los veinte años quería emprender un viaje a la Zona Bananera. Pero la decisión no era suya: “A los veinte años yo todavía no era libre porque en esa época los jóvenes eran libres a los veintiuno”. Tuvo que esperar un año para que su madre –siempre, siempre con el permiso de su madre– lo dejara partir.

Trabajó en diferentes fincas en Ciénaga, Magdalena. Fue esta la época en la que Morales no tuvo relación con su instrumento, aunque insistía que lo llevaba en el corazón.

–Ciénaga fue un punto de ebullición musical importantísimo en la época de la Zona Bananera – asegura Julio Oñate– Allá llegaron todos los acordeoneros del Magdalena y de la Sabana Grande buscando trabajo.

La Zona Bananera fue una escuela musical para Morales. Allá conoció a músicos como Chico Bolaños, Enrique Daza y Pacho Rada, con quien Morales aprendió a tocar el Son, un aire que poco se ejecutaba en el Cesar.

De regreso para Guacoche Morales trabajó un tiempo en una finca llamada El Cauca. “Fuimos bien recibidos”, escribió Lorenzo. Escribió también que a los trabajadores les dieron unos cuadernos y unos libros de texto. Lorenzo y sus compañeros, como la gran mayoría de las personas que habían nacido en el campo, no sabían leer ni escribir.

–Ellos aprendieron a leer así, con esos libros de texto– recuerda Diana Trillos– Se los intercambiaron, y con mucho esfuerzo, se enseñaron a ellos mismos a leer y escribir.

Cuando Lorenzo estuvo de vuelta en Guacoche lo recibieron con un par de pantalones largos. En esa época ese era un símbolo de independencia. Era la manera en la que su madre le decía que era un adulto, que era, por fin, un hombre libre. Su estadía en la Zona Bananera marcó una de las características principales de Morales: el viaje. Lorenzo cargó con su acordeón por todos lados. Un día estaba en La Paz y al otro día en Badillo y agarrarlo en un solo lugar se convirtió en una tarea imposible. Esto dio pie para que Rafael Escalona le compusiera la canción Buscando a Moralito: “Porque Moralito es una fiebre mala/que está en todas partes y en ninguna para/Porque Moralito es hombre andariego, que cambia de nido ni el cucarachero/Porque Moralito es una enfermedá/que llega a toas partes y en ninguna está”. Las canciones empezaron a brotar. “Todo el mundo que tuviere plata/debe de gozar la vida”, cantaba Lorenzo en su canción La Primavera Florecida, “porque si se muere y deja/la pelea es para la familia”. Otra de sus canciones más famosas fue el merengue Carmen Bracho: “Carmen Bracho no sabe la pena/Carmen Bracho no sabe el dolor/si supiera la acobardaría/la negra tristeza de mi corazón”.  Lorenzo nunca conoció a Carmen Bracho. La canción la escribió por encargo de un amigo que estaba enamorado de ella. Hoy Carmen Bracho sigue viva, y muchos quisieron reunirla con el hombre que la hizo famosa, pero Lorenzo se rehusó porque el marido de ella era un tipo muy celoso.

A Lorenzo lo empezaron a llamar de todos lados para que hiciera parrandas que podían durar días. El pago no era más de un par de centavos.

–A veces incluso le pagaban con burros– recuerda su hijo Franklin– ¡Imagínese! Eso es como si ahora uno fuera a tocar a una casa y le pagaran con un carro nuevo.

Lorenzo se hizo famoso en un momento en el que las celebridades no hacían un peso pero gozaban de un reconocimiento tremendo. “Yo soy Lorenzo Morales al derecho y al revé”, cantaba, “Yo soy quien deja la huella antes de poner el pie”. Sus letras no tenían la calidad casi poética que tenía la música de Leandro Díaz o Rafael Escalona, pero, en palabras del compositor Beto Murgas, estaban plagadas de una simplicidad que la gente entendía. “Tengo que vivir errante en la vida”, cantaba, “por tu amor que me ocasiona demencia”. Así, ni más ni menos. El rumor empezó a correr: que había un acordeonero tremendo de Guachoche, que pocos podían tocar como él, que era de lo mejor que había de ese lado del río Cesar.

De ese lado del río Cesar. Del otro lado, donde empieza el departamento de la Guajira, la historia era otra, y el rey de las parrandas era un muchachito atravesado, malhablado y con una inteligencia perversa para escribir canciones. Del otro lado del río Cesar quien mandaba era Emiliano Zuleta Baquero, a quien un día le llegaron con el chisme de que un tal Lorenzo Morales tocaba mejor que él.

***

La última vez que Morales viajó fue a Bogotá para promocionar el Festival Vallenato en compañía de Emiliano. Ese fue el primer viaje que Cecilia hizo en avión.

–Él trataba de tranquilizarme. Me decía: Mija, usted me va a dañar la mano si me la sigue apretando así.

Lorenzo y Emiliano se convirtieron en un espectáculo que todo el mundo quería ver. Eran Batman y El Guasón, Holmes y Moriartry. Aparecían en escenarios juntos, Emiliano tocaba La gota fría y decía que Morales había nacido entre cardonales. Lorenzo cantaba Buscando a Emilianito y aseguraba que si Zuleta tocaba mejor que él le regalaba su acordeón. El público aplaudía enloquecido.

La mañana en la que Emiliano murió el show había terminado. Para ese momento La gota fría ya le había dado la vuelta al mundo. Fue grabada por las cabezas más grandes del vallenato: Bovea, Jorge Oñate, Colacho Mendoza. En 1994 Carlos Vives grabó una versión que se tomó todos los primeros lugares de las emisoras y la convirtió en la canción vallenata más famosa de la historia. Después vino la versión del popularísmo galán español Julio Iglesias y la del músico americano Ray Coniff. La gota Fría ha sido grabada en salsa por el Grupo Niche y la Sonora Dinamita, en guitarra flamenca, en versión para orquesta sinfónica. Y en todas las versiones siempre aparece la misma última estrofa: “Moralito, Moralito se creía, que él a mi, que él a mí me iba a ganar, y cuando me oyó tocar, le cayó la gota fría”.

Emiliano Zuleta tuvo una mejor vida, en términos económicos, que la de Morales. Contó con la suerte de tener hijos músicos. Y no sólo músicos: músicos brillantes. Los Hermanos Zuleta (la dupla conformada originalmente por Poncho y Emilianito) fue uno de los grupos más importantes en la época en la que vallenato dejó de ser una cosa de parrandas y se convirtió en un fenómeno comercial. Muchas de las canciones que grabaron los Zuleta eran de Emiliano. La cosa era un negocio redondo.

Lorenzo no tuvo tanta suerte. Por andariego, por inquieto, por errante, en 1957 decidió dejar la música e internarse en la Serranía del Perijá a plantar café. Por allá estuvo casi veinte años. Iba y venía pero pocos sabían en qué andaba. El maestro y compositor Leandro Díaz escribió entonces una canción basada en los rumores que decían que Morales había muerto: “Solo una página quedó de su recuerdo/cuando cantaba muy alegre en la región/en El Errante sus palabras se murieron/como pétalos de rosas destrozados por el sol”. Muchos, como Julio Oñate, intuyen en esa canción una suerte de protesta al olvido en el que habían dejado caer a Morales: “Si fuera un mexicano el que acaba de morir”, escribió Leandro, “corridos y rancheras todo el mundo cantaría/pero murió Morales ninguno lo oyó decir/ murió poéticamente dentro de la serranía”.

Morales había muerto poéticamente en la serranía. Esos años en los que Lorenzo estuvo sembrando café (los sesenta y setenta) fue la era del boom comercial del vallenato. Todo el mundo empezó a grabar y a todo el mundo lo grabó la nueva generación. Todos menos él.

–Si Morales no se hubiera ido, seguramente hoy tendríamos alguna grabación suya– asegura Oñate.

Hoy la voz de Lorenzo sólo se puede oir en una grabación que hizo Radio France cuando Morales ya había sobrepasado los ochenta. Su acordeón se oye impecable cuando interpreta su puya La Serenita, pero su voz era ya otra, débil y ennegrecida por los años. Existe otro Long Play, refundido en los archivos de la Nación. Ese fue el único intento de Morales por grabar su propia música. Viajó a Barranquilla, hizo unas tomas de prueba y todo quedó programado para que al día siguiente se hiciera la versión definitiva del Long Play. Pero una vez más Lorenzo estuvo de malas: cuando llegó al hotel lo llamaron a decir que su suegra había muerto y él –obediente a su mujer como lo había sido de su madre– se regresó al Cesar.

Y de malas volvió a estar cuando en los setenta el negocio de la marihuana se tomó la costa caribe. Ana Romero temió por la vida de sus hijos y le dijo a Morales que se regresaran a Valledupar. Y de malas, otra vez, porque a pesar de haber salido corriendo de allá, algunos años después dos hijos de Morales fueron asesinados: uno por la guerrilla y otro por los paramilitares.

De vuelta a Valledupar se instalaron en una casa de la familia de Ana. La finca de la Serranía la vendieron por un par de pesos y Lorenzo Morales –que en las calles llamaban maestro, que los políticos lo ponían como bandera del folclor, que los del Festival Vallenato llenaban de halagos– no tenía donde caerse muerto. Y Wilmar, el menor de sus hijos, murió de cáncer. Y Lorenzo, que trabajó como maletero del aeropuerto de Valledupar y de inspector de una bodega, tuvo que vender su acordeón para pagar las cuentas. Y Ana perdió la pierna. Y entonces, llegó Cecilia. Y por fin, luego de la tormenta, el sufrimiento se reemplazó por la rutina.

Su temporada en la serranía no fue la única razón por la que la música de Morales no dio plata. Muchos aseguran que el problema es que sus hijos no supieron sacar provecho de su música.

–No hemos tenido suerte– asegura su hijo Franklin Morales.

Franklin es acordeonero y compositor. A la pregunta de por qué nunca grabaron la música de su papá, él responde que las cosas no se dieron, que tienen el proyecto, que esperan hacerlo pronto.

La maquinaria comercial del vallenato no es tan sencilla y los contactos son importantes. Los Morales habían regresado a Valledupar como extranjeros. Cecilia asegura que hoy el talento no es suficiente para tener éxito. Diana Trillos Morales pone como ejemplo los saludos, una de las prácticas más criticadas de esta música, en la que los cantantes mencionan nombres de productores y políticos, muchas veces a cambio de favores o, directamente, de dinero.

Hoy los Morales guardan unos cuadernos en los que Lorenzo, con letra de alguien que se enseñó a escribir a si mismo, dejó escritas sus canciones. La gran mayoría son inéditas.

Al final de sus años Lorenzo vivía de un “auxilio” de un millón de pesos que la Sociedad de Autores y Compositores de Colombia (Sayco) le consignaba todos los meses. Además, algo de plata llegaba por las regalías.

–Pero por regalías nos debió haber llegado más– asegura Franklin.

Les debió haber llegado plata de canciones como La Enganchá, de Diomedes Díaz. Una canción cuya melodía, aseguran los Morales, es indudablemente robada de La primavera florecida de Lorenzo. Cecilia protestó en su momento.

–Nunca me quisieron atender por radio. Yo llamaba y llamaba a los medios para hablar en público sobre el asunto, pero la voz de nosotros era baja. Nos estábamos metiendo con Diomedes Díaz.

Tampoco recibieron regalías de El testamento de Rafael Escalona, una canción que compite con La gota Fría por el puesto del vallenato más popular. La melodía de esa canción, que popularizó una telenovela basada en la vida de Escalona, también parece pertenecer a Morales.

Cuando Franklin canta la versión de su papá, de su boca empieza a sonar una melodía que hace parte ya del imaginario colectivo de Colombia pero con una letra que nadie conoce. Escalona escribió: “Adiós morenita me voy por la madrugada/no quiero que me llores/porque me da dolor”. La versión de Morales dice: “Cuando Moralito va tocando su acordeón, se escucha la rutina, que sale por la calle”. Y entonces llega el coro. Escalona escribió: “como es estudiante ya se va Escalona, pero de recuerdo te deja un paseo, que te habla, de aquel inmenso amor, que llevo, dentro del corazón”. Lorenzo, en un giro perverso del destino, había escrito: “Esa es la rutina que deja morales, y que toca, su acordeón con orgullo, y que canta, bonito sus canciones, que canta, bonitas sus canciones, contento, sin robarle a ninguno”. Una sonrisa de medio lado, que parece tanto de victoria como de derrota, se apodera de la cara de Franklin cuando termina de cantar.

Pero Morales, a quien siempre identificaban con la altanería de la piqueria, odiaba la confrontación, y prefirió quedarse callado, no molestar a nadie y seguir con su vida.  Morales le había echado la última palada de tierra a su tumba poética al no querer reclamar lo que le pertenecía. Parecía como si ya la fama le estorbara, como si sintiera que la música, “mi arte” como lo llamaba, ya le había dado suficiente.

Morales había vuelto a tener la vida sencilla que siempre tuvo. Se entregó a los placeres simples: su antojo culinario era comer yuca asada con cáscara, una preparación campesina. En su nevera siempre mantuvo una botellita de aguardiente (que él llamaba tintico blanco). Su familia lo quiso y lo cuidó: en cada cumpleaños le decoraban la casa, le hacían parranda y le llevaban mariachis. Y sobretodo, lo oían: Lorenzo les contaba de la vez que, cuando niño, dejó de viajar de noche porque corrió el rumor de que en la zona había un tigre suelto, de cómo reparaba los acordeones de Agustín. No poder viajar era de lo poco que se quejaba, y mucho más no poderlo hacer a pie.

Morales parrandeó hasta que pudo. Bebió de su “tintico blanco” hasta los 97 años. Alberto Murgas recuerda que cuando celebró sus 50 años hizo una parranda en el Club Campestre de Valledupar a la que invitó a todos los grandes de la música vallenata. Morales, de 84 años, estuvo allá con Colacho Mendoza, rey vallenato y admirador ferviente de Morales.

–Recuerdo que cuando iba para mi casa, después de una parranda larga, me encontré con Colacho y con Morales que iban caminando en la dirección contraria cargando dos acordeones.

Morales y Colacho se fueron a una finca del segundo, se pusieron a beber y a parrandear juntos.

–Después Morales me dijo– y su voz se vuelve mínima y grave– “estuvo muy buena la fiesta. Hasta yo terminé parrandeando más que usted”.

Morales y Colacho habían tocado el acordeón hasta las cuatro de la tarde del día siguiente.

Antes de que llegara La Tembaldera, Morales gozó de una buena salud. Para toda la familia fue una sorpresa cuando, con más de ochenta años, Lorenzo descubrió en un examen de rutina que había nacido sin un riñón.

–El médico le preguntó que si lo habían operado –recuerda Cecilia– Él respondió que no. Que si no tenía riñón era porque se lo habían sacado en ese hospital.

Por la casa de Morales se paseó el Jet Set nacional. Una de esas visitas fue de Gabriel García Márquez, quien al enterarse de que Morales había vendido el acordeón, luego del cáncer de su hijo, salió corriendo a comprarle uno.

Pero pronto las visitas dejaron de llegar, y Lorenzo cayó en el olvido. Cecilia siempre recordará una vez en la que, en vísperas de Festival Vallenato, un periódico sacó una nota con los nombres de los músicos que habían muerto. Dentro de esa lista estaba su papá, que aún vivía.

Esa fue la cuenta de cobro que le pasó La gota Fría. Esa canción le había dado la fama a Lorenzo pero también se la había arrebatado. Cada vez que aparecía su nombre, aparecía la canción de Emiliano como un grillete que no permitió que sus propias canciones agarraran vuelo. Que se había ido de mañanita, que sería de la misma rabia, que negro yumeca sin criterio.

***

Hoy, un letrero de lata pintado de amarillo anuncia en letras rojas la llegada a Guacoche, un pueblo rodeado de siembras de eucalipto y de cactus espinosos.

–Esos son los cardonales– asegura Cecilia– en los que Emiliano dice en La gota Fría que nació papá.

En la mitad del pueblo hay una plaza y en la mitad de la plaza una tarima de cemento que en el contexto miniaturista de Guacoche parece gigante. La tarima es un homenaje que el pueblo le hizo a Morales.

–La plaza también es en homenaje a un señor de acá de Guacoche que se volvió médico.

–No sólo médico, Cesi. Es cirujano.

–¿Es cirujano, Franklin?

–Es cirujano.

Morales y el que podría o no ser cirujano son los dos hijos célebres de Guacoche.

Lorenzo se ganó esa tarima luego de que, a mediados del siglo pasado, convenció a todos que era el mejor del Cesar.

Y entonces empezaron los rumores.

En esa época la región estaba dividida como un estadio de fútbol en un clásico. De un lado del río estaban los seguidores de Morales, del otro, los de Emiliano.

Y la gente empezó a llevar y traer chismes. Que Emiliano dijo que era mejor que Lorenzo, que Lorenzo podía barrer el piso con Emiliano. Y ambos con la lengua chispiando como un pescado en aceite caliente y los dedos engatillados sobre las teclas del acordeón. La gente pedía piqueria. Y piqueria iban a tener.

La primera piqueria de la historia del vallenato es legendaria. Ocurrió, dicen, a finales de siglo XIX. Francisco el Hombre (un personaje mitad real y mitad leyenda que es casi el Adán y Eva del vallenato) viajaba de noche y se encontró con el diablo. El diablo, por supuesto, llevaba colgado un acordeón. Y empezó el duelo. Varias canciones hablan de ese encuentro, y todas coinciden que Francisco el Hombre logró vencer al demonio cantando el credo al revés.

Si por errores cósmicos el diablo se le hubiera aparecido a Emiliano y no a Francisco el Hombre, probablemente el demonio habría salido llorando antes de que a Emiliano se le ocurriera lo del credo. Nadie se sintió mas cómodo insultando gente con el acordeón como él. Le tiró a todo el mundo: a su hermano lo llamó pollo, a Morales un indio sin criterio. Fue el único que le siguió el juego a Juancho Polo Valencia.

–Juancho Polo era un tipo atravesado– dice Julio Oñate– un tipo muñeca de burro capaz de bajarse a cualquiera de un puño. Juancho Polo le tiró a todo el mundo y nadie le hizo parada porque le tenían miedo. El único fue Emiliano, que le compuso Las locuras de Juancho Polo.

Por eso, cuando llegaron los rumores del tal Lorenzo Morales de Guacoche, Emiliano empezó la batalla. La gente llevaba y traía canciones. Emiliano escribía en la Guajira que le iba a tapar la boca por mentiroso a Morales, que si no quería perder peleas que no se metiera con Emiliano, y esa canción salía en la cabeza de los viajeros que recorrían el caribe. Después llegaba la respuesta de Guacoche: que Emiliano se había ido a la Sierra para economizar gastos, respondía Lorenzo, que allá lo que comía era chucho, marimonda y maco.

Lorenzo se consiguió por esos días un acordeón al que llamó Blanca Noguera en honor a la madre de Consuelo Araujo. Cuando Emiliano se enteró de esto se consiguió uno parecido de segunda, le puso nombre y le mandó su canción a Lorenzo: “Morales tiene un acordeón/que llaman Blanca Noguera/y yo también tengo el mío/ que se llama La Morena”. “En mi nota no hay quien mande”, respondía Lorenzo, “conmigo no hay quien se meta/Rutina tiene Morales para Emiliano Zuleta”. Durante todo este tiempo, casi diez años, Emiliano y Lorenzo no se vieron la cara ni una sola vez.

Chente Munive, un acordeonero de Guacoche que conoció a Morales, y tal vez una de las últimas personas vivas que puede interpretar la mayoría de la obra de Lorenzo, dice que la decencia de Morales fue importante en esta piqueria.

–Morales era un negro fino, que se medía al hablar. Nunca fue un mentiroso, como dijo Emiliano, y estoy seguro de que jamás dijo nada de la mamá de Zuleta a pesar de que eso asegure en La gota Fría. Emiliano en cambio era un tipo soez, que no miraba a ver al lado de quien estaba antes de decir sus sandeces. Es que todo eso que le canta Emiliano a Morales en La gota fría, eso de mentiroso, de cobarde y de andar mentando madres, es algo que se lo debieron haber cantado más bien a él.

El primer encuentro real fue en Guacohe. El evento es narrado con maestría en El testamento del Viejo Mile, un perfil de Zuleta escrito por Alberto Salcedo Ramos. En la historia quedó que ya el odio de estos dos músicos era conocido por todo el mundo.

Que Emiliano iba rumbo a Bosconia y se encontró con una parranda en Guacoche.

Que al preguntar quién era el que tocaba el acordeón alguien le dijo que era Morales.

Que le pidió el acordeón prestado y, altanero, tocó una puya (el aire de mayor dificultad del vallenato) con la que se ganó los aplausos de todo el mundo.

Que entonces repartieron ron y le sirvieron primero a Emiliano y después a Morales.

Que Morales enfureció.

Que Morales le arrebató el acordeón y que Emiliano le dijo quién era.

Que era Zuleta.

Emiliano Zuleta.

Que si no se le hacía conocido ese nombre.

Pasaron muchos años, se enviaron muchas canciones repletas de insultos, pero jamás se volvieron a ver. Y entonces, un día que su mamá le pidió que fuera a buscar hierbas para hacer tabaco, Morales llegó a Urumita. Por fin, después de años de rencor, se encontraban cara a cara.

Si uno recorre casa por casa el pueblo de Urumita preguntando por Morales y Zuleta, se da cuenta de que allá la versión está unificada: Lorenzo llegó y se encontró con un Emiliano trasnochado y borracho. El duelo quedó pospuesto y al día siguiente, cuando Emiliano llegó a buscarlo, Lorenzo había desaparecido por miedoso. Héctor Guillermo Corrales, urumitero y abuelo del cantante vallenato Silvestre Dangond, recuerda que esa parranda se hizo en casa de Manolo Romero y Eloy Acosta.

–Y esa casa sigue ahí. Remodelada pero sigue siendo la misma.

Todos los urumiteros coinciden al dar las indicaciones para llegar al escenario de la piqueria. De creerles, la casa en la que por fin se encontraron Emiliano y Lorenzo hoy es azul, con ventanas selladas con puertitas de madera pintadas de negro y con la pintura corroída en la base. Para los urumiteros, fue de ahí de donde Lorenzo huyó como un cobarde.

Sin embargo, existen otras versiones que aseguran que ese día sí hubo piqueria.

–Ese día sí alcanzaron a tocar. Cuentan que Morales le pegó una deslucida tremenda a Emiliano, que llevaba varias horas de parranda encima– asegura Oñate.

Los parranderos de Urumita pararon el duelo y mandaron a Emiliano a dormir. Pero entonces contrataron a Lorenzo para que siguiera con la cumbiamba. Lo trasnocharon y lo emborracharon. Y al día siguiente, de mañanita, Lorenzo Morales se fue de Urumita sin terminar el duelo. Inspirado en ese evento, Emiliano Zuleta compuso La gota fría. Y con eso, el duelo tuvo un vencedor.

La canción, tal y como se volvió famosa, era impecable. Emilianito Zuleta, hijo de Emiliano, recuerda como Gabriel García Márquez dijo que la canción era perfecta: “es un punto de referencia que no pueden perder de vista los creadores de hoy”. Musicalmente la canción parecía hecha por un genio del mal. Las primeras estrofas, en las que Emiliano dice que Lorenzo se fue de Urumita lleno de rabia, están en tonalidad menor, una forma de interpretación que produce en el oyente una sensación de dramatismo. Luego, justo cuando Emiliano canta que en su nota es extenso, y que no hay nadie que lo corrija, la canción pasa a tonalidad mayor: más alegre. Hoy se sabe que esa estrategia musical no fue creada por Emiliano sino por Julio Bovea, el primer músico que grabó La gota fría. Pero al fin de cuentas eso no importa. Para el mundo, Lorenzo había perdido la batalla.

Pero Lorenzo había callado algo importante. Lorenzo nunca dijo que durante todo ese tiempo había ido a buscar a Emiliano, una y otra vez, y que él se le había escondido. Lorenzo nunca contó su versión de lo que había pasado en Urumita. Y sobretodo, Lorenzo nunca dijo que en ese primer encuentro en Guacoche, la primera y única vez en la que Emiliano podía asegurar que había acabado con él, quien había prestado el acordeón y se había ofendido luego de la repartición del ron no había sido Lorenzo. A quien Emiliano había humillado había sido a Agustín Gutiérrez, el hermano acordeonero de Lorenzo.

Lorenzo nunca habló de esto en público. Se lo dijo a Julio Oñate en una ocasión y a su familia en la intimidad pero jamás escribió una canción al respecto ni lo dijo en ninguna entrevista.

–A mi Emiliano me metió en un problema que no era mío– le confesó Lorenzo a Oñate.

Saber si esto es verdad o no es hoy imposible, pero lo que sí es claro es que Morales siempre estuvo en completo control de su mente y sus recuerdos y que mentir no era lo suyo.

Pareciera que Lorenzo había entendido que debía jugar un papel. Que cuando la vida de uno se vuelve leyenda no hay nada que se pueda hacer.

Hoy, muchos como Julio Oñate y el maestro Leandro Díaz aseguran que, con el acordeón, Morales ganó la batalla. Incluso el mismo Zuleta llegó a aceptarlo, pero siempre remataba con una frase que se convirtió en su eslogan: “el que compuso La gota fría fui yo”.

Emiliano y Lorenzo se volvieron a encontrar muchos años después en una parranda. Se fueron a una esquina, conversaron, se dieron un abrazo y desde ese día fueron amigos inseparables. La última vez que se vieron fue el día antes de la muerte de Emiliano. “Compadre –dijo Zuleta cuando vio a Morales– mire hasta donde hemos llegado”. Habían llegado a la vejez, al anonimato, a habitar cuerpos que ya no le daban la talla a sus ganas de seguir parrandeando, de seguir bebiendo. Lorenzo y Emiliano se habían hecho la promesa de no volver a tocar el acordeón cuando alguno de los dos muriera. Morales, que ya poco acariciaba su instrumento por causa de la tembladera, lo archivó para siempre.

“Oigan muchachos manaureros”, cantó Morales en su canción La primavera florecida, “no olviden a Moralito. Que yo después de muerto, ay, con amor no resucito”. Hoy el cuerpo de Lorenzo Morales descansa en una bóveda que le pertenece a Sayco. La familia de Morales espera poder trastear los restos a Guacoche cuando llegue la plata suficiente. Ese será el último viaje que hará Lorenzo Morales.

 

*Vicente Munive murió en septiembre de 2013, algunos meses después de la escritura de este texto.

**Alejandro Gómez Dugand es periodista y editor de esta revista. Este texto es producto de su trabajo de tesis para la Maestría en Periodismo del CEPER, y fue publicada como ebook para descarga gratuita en diciembre del año pasado.

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