Mis muertos tristes: la apagada versión de los cuentos de Mariana Enriquez, de Pablo Larraín

Pablo Larraín llevó a Netflix tres cuentos de Mariana Enriquez, “la reina del realismo gótico”. Se trata de una producción con buenas actuaciones y destellos de poesía visual, pero sus fantasmas ni asustan ni conmueven: donde la argentina pone rock and roll, el chileno pone un somnífero.

por

Juan Sebastián Lozano


08.10.2026

Portada: Isabella Londoño

Mis muertos tristes, en Netflix desde el 24 de septiembre, es la adaptación del chileno Pablo Larraín de tres cuentos de Mariana Enriquez. La argentina es quizás la escritora más popular hoy en Latinoamérica, tiene fans como una estrella de rock, y eso no es solo marketing literario, como dirían críticos mezquinos o colegas envidiosos: es calidad narrativa, originalidad, la búsqueda de hacer ficción para un público amplio sin renunciar al cuidado del estilo ni a la poesía.

Las expectativas eran altas. Se estrenó en la Sección Oficial del Festival de San Sebastián; el guion lo firman la propia Enriquez, Larraín, Anastasia Ayazi y Guillermo Calderón, y el reparto reúne a actrices de largo recorrido como Mercedes Morán, Dolores Fonzi y Alejandra Flechner. Existía también un antecedente prometedor: Larraín ya había dirigido una adaptación de Stephen King, el maestro de Enriquez, la serie Lisey’s Story (2021). Todo apuntaba a una alianza afortunada entre dos artistas del Cono Sur con preocupaciones sociopolíticas: Mariana, desde el conurbano bonaerense; Pablo, desde la alta burguesía chilena. 

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La miniserie, de cuatro capítulos, intenta ensamblar los cuentos “Mis muertos tristes”, “Julie” y “Un lugar soleado para gente sombría”, de su libro Un lugar soleado para gente sombría (2024). En la historia, Ema, una médica recién jubilada, puede ver el fantasma de su madre muerta, a quien cuidó en su agonía por un cáncer: la anciana era alérgica a la morfina, y el dolor trascendió hasta después de la muerte. El espíritu, con poco pelo y en pijama, se lamenta por la casa, donde su hija decide quedarse a vivir. Ema, a su vez, tiene con su hija, Carolina, a quien al parecer descuidó de niña, una relación conflictiva y un apego feroz.

Después de la muerte de la abuela llega a la casa Lidia, la hermana de Ema que vive en Estados Unidos, junto a su esposo y su hija Julie, una adolescente alta y con notorio sobrepeso —un guiño a la obesidad tipo EE. UU. y su comida chatarra—. Sus padres creen que padece una enfermedad mental, pero Julie más bien disfruta en las noches su neurodivergencia: la visitan fantasmas de cuerpos esbeltos con los que vive una sexualidad plena. Comparte con su tía ese don que a la vez es una tortura, una resignada condena. La llevan a Argentina por un tratamiento psiquiátrico barato, mientras que en Estados Unidos a sus padres, ya tan yanquis —prefieren hablar en inglés—, les querían sacar un ojo de la cara.

El hombre de la familia —también obeso— anda un poco perdido, exhibiendo un chaleco de Boeing, la multinacional en la que es barrendero, y de fondo se oye el llanto de la anciana muerta. La familia vive en Piedrabuena, un antiguo barrio privilegiado, hoy en ruinas y abandonado por el Estado, que colinda con monoblocks de vivienda popular tomados por el crimen y la violencia. En el lugar abundan los fantasmas tristes, que repiten, condenados, los últimos momentos de sus vidas: un loop sin salida, aterrador, aunque Ema pueda consolarlos.

Las actuaciones son lo mejor de la serie. Mercedes Morán convence como Ema, una mujer valiente, cansada, pero dispuesta a ayudar en un ambiente desolador. Dolores Fonzi y Alejandra Flechner están a la altura, y la revelación es Carolina Álvarez, que interpreta a Julie, la adolescente tímida y adicta a la comida que usa una camiseta ancha de fútbol americano y es una deidad sexual en orgías nocturnas con fantasmas sexys. No es una actriz natural: lleva nueve años haciendo teatro y se hizo conocida en redes sociales con videos de humor como “Carito Actriz”. Es su primer gran papel y lo agradece porque “es la primera vez que un director o gente de casting no me toma para hacer de la gorda de la serie”. Según Álvarez, “Pablo quería una reina en la cama”, una chica a la que los fantasmas vieran como una diosa, y eso logra: su Julie es a la vez frágil y soberana.

La mayoría de los cuentos de Enriquez son de verdad aterradores, al menos en mi experiencia como lector; en eso tiene el toque secreto, al igual que Stephen King. No es gratuito que a él se le llame el rey del terror y a ella, la reina del miedo. En la serie, en cambio, el terror es leve —tal vez tiene efecto tardío: algunas imágenes perturban antes de dormir—. La versión que Larraín hace de Enriquez se queda en el gótico urbano y en la crítica social, y transcurre lenta, a ritmo de Mercedes Sosa en slow tempo, mientras la narrativa de Mariana es ágil y eléctrica, rock and roll, dark como el heavy metal pero contundente como el punk.

La adaptación audiovisual de una obra literaria no tiene que ser fiel a ella; es, en el mejor de los casos, la versión de otro artista. Hay películas que superan a la obra madre siendo distintas, como hizo Kubrick con El resplandor, basada en la novela de King. Pero la serie de Larraín no está a la altura de los relatos de Enriquez: los fantasmas de la argentina son pícaros, a veces despiadados, perturban a los humanos, no los quieren dejar tranquilos; los del chileno ni asustan ni conmueven, casi pasan desapercibidos. Son más bien aburridos, como la serie en general, que ya en el segundo capítulo me funcionó como somnífero. La culpa es de la dirección, pero también del guion, en el que participó la misma autora.

La serie tiene momentos de gran poesía visual —Julie en el tanque de agua—, y está bien que Larraín no ceda al efectismo de algunas series de Netflix, a su ritmo anfetamínico. El problema es que Mis muertos tristes no termina de ser una cosa ni la otra, y languidece: le falta una belleza visual sostenida para ser exquisita y el pulso de una narrativa popular que atrape. Tampoco hay un desarrollo profundo de los personajes; la mezcla de los tres cuentos hace que ninguno conmueva del todo, y la que más se acerca es Ema.

Y aunque detrás hay una excelente idea literaria —una terapeuta de fantasmas—, la historia no tiene el suspenso que nos mantenga al borde del asiento —hablo por mí y por mi acompañante en la aventura, que roncó—. En eso no se parece a otra serie que ha estado en lo más alto del ranking de la plataforma: Monstruo: la historia de Lizzie Borden. Tal vez una buena adaptación de Mariana Enriquez, pensada para espectadores de poca paciencia, estaría más cerca de American Horror Story que de un intento de preciosismo de cine arte al estilo Larraín. Al fin y al cabo, Enriquez ha dicho que quiere que su obra sea popular, leída por un público amplio.

No es que Larraín sea ajeno a la estética de Enriquez: es un cineasta que vuelve una y otra vez a la muerte y a los muertos que no se van. Ahí están el auxiliar de la morgue de Post mortem, que transcribe las autopsias mientras se acumulan los cadáveres del golpe de 1973; los curas escondidos para expiar sus crímenes en El club; Pinochet convertido en un vampiro de 250 años, cansado de vivir, en El Conde; y sus retratos de mujeres célebres rondadas por la muerte, de Jackie a Maria, con una Diana acechada por las apariciones de Ana Bolena en Spencer. Buena parte de su cine ha sido una conversación con los espectros de la historia chilena. Pero los fantasmas argentinos de Enriquez, tal vez, le quedaron grandes o pequeños.

Lo repito: los cuentos de Enriquez son rock and roll y cocaína: tienen ese ritmo, la adrenalina, el pánico y los subidones poéticos. La serie de Larraín, en cambio, es un bajón de marihuana, una canción protesta deprimente, pero sin el lirismo de Mercedes Sosa —cuya “Alfonsina y el mar” suena en la banda sonora— y sin una crítica social muy punzante; está más acorde con “No”, de Shakira, una canción triste y pop, de letra mediana, que también suena en la serie. Un acierto, compartido con los cuentos, es mostrar la miseria y el abandono de una parte de Buenos Aires sin posibilidades claras de redención. Sin embargo, el final es feliz en medio del desastre, y en eso pertenece a Netflix. Las historias de Enriquez, en cambio, tienen finales ambiguos, abiertos, que nos dejan más preguntas que respuestas, y por eso son terroríficos.

En San Sebastián, Enriquez explicó que la condena cíclica de los fantasmas es la de Argentina: “Vivimos en un loop, y hay momentos en que parece que vamos a estar un poco mejor. Y luego vuelve a caer”. La serie es fiel a esa idea: los gritos de los espectros aturden, pero terminan siendo más tiernos que aterradores. La representación de esa crisis estructural, que hoy se vive en una Latinoamérica con varios gobiernos de extrema derecha, hubiera podido ser más contundente, como lo es en la literatura de Enriquez.

Que sí se puede llevar a Enriquez a la pantalla sin apagarla lo demuestra otra adaptación que llegó este año a las salas, hecha por una argentina: La virgen de la tosquera, de Laura Casabé, basada en dos cuentos de Los peligros de fumar en la cama. La película, ambientada en la crisis argentina de 2001, sigue a tres adolescentes obsesionadas con el mismo muchacho una de las cuales, con ayuda de su abuela, recurre a la magia oscura. Ahí están el deseo adolescente, la crueldad, la miseria y el miedo de los cuentos, con un ritmo punk y dark que interpreta el de la escritora. Representará a Argentina en los Oscar y los Goya de 2027, y es más fiel a la obra de Enriquez, quizá porque la directora conoce de primera mano la realidad en la que se inspiran los cuentos.

El resultado de Mis muertos tristes es como si se hubieran reunido músicos talentosos —digamos, Lucybell y Babasónicos— que, antes de salir a escena, se tomaran varios Rivotril: el toque sale lento, con un ensamblaje regular de los instrumentos, un par de solos de guitarra intensos y poco más. Después de los bombos y platillos por la reunión de dos artistas con trayectoria, hubiera preferido una obra más potente, oscura y asfixiante, que dejara la sensación de miedo, vacío e incertidumbre, y una extraña felicidad, como los cuentos de Mariana Enriquez.

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