El NO a los estímulos y el peligro que representa la cultura para este gobierno
La suspensión de los estímulos del Ministerio de Cultura nos muestra un temor del actual gobierno por el pleno desarrollo de la cultura y pone un palo en la rueda a miles de mujeres y hombres creativos que han buscado el reconocimiento para su oficio y sus creaciones. Es una acción de guerra en la llamada “batalla cultural”.
por
Olga Isabel Acosta Luna
Profesora Asociada del Departamento de Historia del Arte de la Universidad de los Andes
30.09.2026
Portada: Nefazta
No es nuevo en Colombia que artistas y actores culturales deban justificar su existencia y su importancia para el país. La suspensión de los estímulos del Ministerio de Cultura para este 2026 decretada hace una semana muestra un claro desconocimiento de la importancia del sector cultural, de la dignificación del oficio, y del derecho a la creatividad como forma de vida en Colombia. Sin embargo, y a pesar de la llamada batalla cultural y la batalla contra los estamentos del Estado creados para el reconocimiento y cuidado del sector, no debemos olvidar que la cultura existe más allá de la institucionalidad.
Estas decisiones han representado las primeras acciones públicas de una ministra que poco o nada tiene que ver con el sector, de la cual tras escarbar en su palmarés político como congresista del Centro Democrático algunos medios han destacado el impulso que dio a la ley del Carriel aprobada el 6 de agosto del 2021 como su única interacción con el sector. En los mediocres diseños publicitarios con los cuales la presidencia ha dado a conocer a cada nuevo ministro como un ser milagroso que emerge de la ondeante bandera nacional, se presenta a “la guerrera que emprenderá la batalla cultural en la patria milagro.” En el marco de esta designación no debería extrañarnos entonces la cancelación de más de 1000 propuestas presentadas, es decir, más de 1000 proyectos relacionados con literatura, creaciones editoriales, narrativas orales, música, artes visuales y audiovisuales, danza, teatro, investigación en múltiples áreas, circo, publicación de obras inéditas, mercados, ferias, festivales y encuentros realizados y dirigidos a la sociedad plural y diversa del país. Esta acción enarbola el desprecio a más de 1000 propuestas que no merecieron ser leídas, ni evaluadas, que contenían formulaciones novedosas y nuevos conocimientos, muchas horas de trabajo sin reconocimiento, esperanzas y futuros ignorados que fueron consignados en esos proyectos.
De becas a deudas: el dilema de lxs artistas becarios del MinCultura
El MinCultura suspendió por primera vez en la historia los premios nacionales de su Programa de Estímulos, el mismo que reparte cada año becas de creación. Muchos de los artistas que ganaron esos estímulos no han recibido el pago prometido.
Tras las notas de diferentes medios de comunicación que casi al unísono condenaron la suspensión de los estímulos y las valientes protestas del sector cultural celebradas el pasado lunes 21 de septiembre frente al Palacio Echeverry, la ministra reiteró brevemente que la verdadera razón de la suspensión es por la falta de dinero. ¿A qué se refiere cuando habla con la verdad?, ¿Es realmente una afirmación demostrable y verificable con fuentes confiables? Ante la pobreza de explicaciones, la única razón dada nuevamente es la falta de presupuesto, especialmente en un país donde las artes y la cultura poquísimas veces han representado un innegociable y donde pareciera que sus actores nuevamente no merecen explicaciones del calado de las dadas en otras carteras, es decir, elaboradas, rigurosas y tan extensas como sean necesarias.
No podemos olvidar, que la historia de Colombia es también la historia de la lucha de mujeres y hombres creativos que han buscado el reconocimiento personal, familiar, social y estatal para su oficio y sus creaciones, un grupo poblacional que siempre ha tenido que justificar su existencia no como un derecho, sino como una posibilidad rentable. Existimos hoy, porque otros han dado esta lucha en el pasado, han logrado avances, pero ante la fragilidad de nuestra existencia, los retrocesos, cancelaciones y procesos inacabados son una constante en las historias colombianas de la cultura. Por eso, la consigna “no hay plata” para los estímulos del ministerio dicha en pocos minutos por la ministra satisface a buena parte del país que ha normalizado la pobreza de la cultura, pero que indigna a un sector valiente y resistente que, a pesar de la mediocridad de los directivos de la cultura, todos los días crean y conservan.
Ahora bien, la batalla cultural que propone la ministra y el gobierno actual obviamente demuestra un reconocimiento del poder y del peligro simbólico y político que representa para ellos apostar por la cultura, no en el sentido de “industria” y “emprendimiento”, sino más en sentidos que evocan a pensadores como Gramsci, Geertz y Bordieu que reconocieron la cultura como parte fundamental de las sociedades humanas y, como tal, inseparable de las relaciones de poder. Por ende, la cultura representa un escenario en disputa y en constante transformación sobre las visiones y proyectos de mundo y de la vida de la humanidad. La eliminación de los estímulos por parte del ministerio responde a una acción de guerra en una batalla en contra de esta noción de cultura y que podríamos alinearla a otras acciones preocupantes dadas en los últimos días como: la derogación de la suspensión general del porte de armas, la estigmatización de las universidades públicas y del movimiento estudiantil, la retirada de la Coalición por la Igualdad de Derechos LGBTIQ+, la disminución presupuestal para el 2027 de los ministerios de cultura y deportes, entre otras propias de la patria milagro.
¿Es ésta la primera gran acción de otras que vendrán? Lo sabremos en los próximos días y meses, pero mientras tanto, ¿qué debemos y podemos hacer? Por lo pronto, no callar, resistir, y aprender del sector y de tantos actores que históricamente han luchado por no desaparecer, por insistir en que nuestras acciones y nuestras creaciones no deben existir en tanto limosna, ni negocio rentable, sino en tanto derecho humano reconocido por la Constitución colombiana de 1991. Porque las culturas, su reconocimiento y su protección no son el resultado de una acción sobrenatural, mucho menos, de los milagros de la escultura de la Virgen de Fátima que con desatino coronó el presidente en una plaza secularizada desde el siglo XIX, son derechos conquistados históricamente por la gente y no por sus gobernantes.