“Los colombianos no fuimos carne de cañón”

Se acaba la FILBO después de una versión que se llevó halagos y críticas. El Pabellón Colombia, país invitado de honor, fue una de los temas más comentados. Hablamos con Cristina Lleras, la curadora de estos tres mil metros cuadrados, para entender las reflexiones que la exposición suscita.

Manuela Saldarriaga

06.05.2019

En la antesala alumbran luminiscentes conceptos definitivos de la época independentista. Están sujetos del techo, son tubos de neón que cuelgan y forman las palabras LIBERTAD, AMERICANO, CIUDADANO, IGUALDAD, ORDEN, OPINIÓN, REVOLUCIÓN, UTOPÍA. Por un angosto costado el circuito continúa y abre paso a El camino de la guerra, un corredor oscuro cubierto por telas con una gran estampa cartográfica que, con apoyo de sonido, da cuenta de que la revolución armada fue necesaria desde 1810 y hasta 1819 en el proceso de liberación del Imperio Español. También parece quedar sobre ese tamiz visual que la historia oficial olvida a los miles de soldados mutilados; la pobreza que ocasionó que la mayor parte de ejércitos, que eran labradores y artesanos, pasasen a combatir y las muchas provincias que se fueron agotando, no sólo a cambio de brindarse como tropas de refresco, también por ofrendar sus sustentos.

En la mitad del pabellón hay también un bulto que pende de la superficie alta y que está lleno de diferentes objetos. La instalación se llama Pueblo soberano, un saco enorme cuyo contenido representa lo que la gente donó al creer en un ideal republicano o monárquico, es decir —en palabras de Cristina Lleras, curadora comisionada para el Pabellón Colombia de la FILBO— lo que se entregó porque se creía en ideas políticas o porque se lo quitaron a dar en donación para poder sostener las tropas. “En 1819 hay una guerra que está in crescendo, que no se acaba con la Batalla de Boyacá y que, de hecho, los ejércitos (cosa que me impresionó mucho en la investigación), pasaron en 1824 a tener cerca de 30.000 personas cuando en 1819 eran siete mil”.

De repente, frente al bulto, hay algunas habitaciones por las que es posible transitar que se distribuyen entre los conceptos que alumbran en el vestíbulo: una es sobre LIBERTAD, donde se ve la emancipación esclavista; otro sobre INDEPENDENCIA, donde se alzan generosos telares y una más sobre IGUALDAD, donde las mujeres tienen una cabida importante. Para las habitaciones, el equipo de investigación y montaje identificó tres momentos: su aparición, donde no hay una explicación, simplemente están las palabras; su representación, donde aparecen personajes que no han tenido mayor relevancia en la difusión pública de la historia y donde se hizo necesario entender la subjetividad política de todos estos (desde el esclavo que escribe una carta a Simón Bolívar, justificando por qué se merece la libertad, hasta las hermanas huérfanas que justifican que ellas pueden tener empresa o que se llaman ciudadanas a pesar de que la Constitución no va a reconocer así a las mujeres sino hasta mucho más tarde) y, por último, interpretación donde, al final de la exposición, los visitantes interactúan con los mismos conceptos que abren el recorrido expositivo soportados en la aparición de la imprenta, en este caso de tipo móvil.

En el Pabellón también reposa la Librería Colombia, con tomos curados específicamente para este sector de la Feria; un foro con programación, talleres y conversatorios; hay un espacio adicional donde departir conocido como La Chichería y una muestra gastronómica. El equipo responsable además de Cristina Lleras, con una amplia trayectoria en el campo del arte, fue un parche de investigación (básicamente historiadores muy jóvenes, recién graduados o terminando la carrera), también Laura Cuervo, la arquitecta diseñadora así como los curadores Mariana Jurado y Nicolás Vizcaíno. También la Cámara del Libro sostuvo una primera conversación en donde participaron los historiadores Jaime Borja, doctor en historia de la Universidad Iberoamericana (México D.F.) o Margarita Garrido, doctora en Historia Moderna de la Universidad de Oxford, entre otros y participaron personas del gremio editorial, del Ministerio de Cultura y del Ministerio de Educación.

Hablamos con Lleras, doctora en museología, socióloga e historiadora de arte y quien sucedió a Beatriz González en el Departamento de Curaduría e Historia en el Museo Nacional de Colombia. Fue también curadora del emblemático espacio Voces para transformar a Colombia, ese montaje expositivo del Centro Nacional de Memoria Histórica que durante la FILBO 2018 atrajo tantos visitantes. Hablamos sobre el nacimiento y concepción del Pabellón Colombia, y sobre por qué la invitación para los visitantes consistió en pensar: “Si estas son personas del común que hace 200 años lucharon por la igualdad, ¿qué implicaciones tiene para nosotros ciudadanos comunes y corrientes del siglo XXI?”.

Algunos escritores esperaban encontrarse con un pabellón crítico, quizá buscando un espejo de reflexión al concebir una sociedad violenta, ¿piensa que el espacio cumple ese propósito?

La pregunta me remite a un comentario o crítica que recibí de un visitante: me decía que por qué no hablaba de paz o por qué no hablaba de víctimas y, digamos, si sustraemos algo tan puntual, pensemos para qué nos puede servir la Historia en este momento con un resurgimiento del conflicto armado en distintas zonas del país. Alguien dice: ¿Por qué no están discutiendo lo actual? ¿Por qué se van a remontar a algo que pasó hace 200 años? La verdad es que si uno quita capas de la Historia, el mensaje final de la exposición es uno que apela a la contemporaneidad. Creo que la exposición no es ni nacionalista, ni inocente en ese sentido. El mensaje de pronto viene codificado y muchas veces es difícil de desencriptar. Pero, aún si nos vamos por lo más básico, ese montón de niños que visita este pabellón por la mañana, puede salir pensando: “ah, hay otros sujetos históricos que no son los que nos han contado siempre”.  El pabellón por lo menos abre la puerta a para pensar la Historia de otra forma. Es un poco salirse de lo obvio y apelar a ella como a esa otra cara de la guerra que está documentada, que la han contado los historiadores pero que nunca hemos visto. La dureza de esa guerra de independencia no la hemos visto en un espacio público.

¿Por qué tomaron la decisión de que la exposición se detuviera en el siglo XIX y no, en cambio, comprendieron algunos hitos durante estos 200 años?

El siglo XIX es suficientemente complejo y hay que anotar que esta exposición se hizo en muy poquito tiempo. No sé muy bien las causas, pero trabajé en ella solo seis meses. Normalmente lo hago en dos años y esto fue una carrera profesionalmente distinta. No lo digo como excusa: la decisión sí fue conmemorar 200 años de la creación de una República. También trato de que el mensaje de las exposiciones sea muy sucinto.  

¿Cuál sería el mensaje sucinto de esta?

Que los colombianos no fueron carne de cañón. No fueron espectadores de una historia. Fueron protagonistas. Si no se montan en el cuento de qué es esto de los derechos y deberes, por más de que las personas tengan consideraciones sobre las primeras concepciones de ciudadanía, pues: póngase uno en el momento en que le cambian el mundo político, como si acá llegara alguien a decirnos que ya no vamos a ser una democracia sino una monarquía, lo que eso implicaría para nosotros… Me pareció que ese problema era lo suficientemente interesante, y aprovecho para decir que la primera propuesta que hice tenía que ver con un concepto: UTOPÍA. Una gente que se sueña, como Francisco Miranda, con un continente colombiano porque quieren un continente para ser independientes, son ideas absurdas, gigantes, ambiciosas, y el juego con la utopía implicaba entonces no caer en fatalismos y lo resalto en el último texto de la exposición con la idea del imaginario: solo si nos imaginamos la libertad, vamos a querer alcanzarla. Si no, apague y vámonos.

¿Hubo diálogos cruzados con respecto al pabellón del año pasado del Centro Nacional de Memoria Histórica, que le daba un lugar a las voces no oficiales, y ahora con Colombia 200 años, que pretende hacer algo semejante?

Esta es como una VOCES del siglo XIX, porque en estos casos también se reflejan las violencias que sufrieron quienes fueron discriminados por ser mulatos o zambos, o las mujeres que fueron excluidas de la ciudadanía por tanto tiempo, así como los esclavos e indígenas. Yo no creo que la violencia se repita de la misma forma y tampoco creo que la historia por sí misma nos sirva para no repetir. La única forma en que la historia nos sirve es si apela a nuestras subjetividades. Por eso los mediadores [los guías de la exposición] son tan importantes, porque la labor de ellos es devolverles la pregunta al público. Para dar un ejemplo: había un grupo de jóvenes y el mediador les va contando de una manera un poco más sencilla parte de una anécdota que parece un poco menor, esa que dice que José Prudencio Padilla [prócer de Colombia] tenía una compañera sentimental que no es invitada al baile y no haber sido invitada fue todo un asunto que Padilla lee como una gran ofensa, porque él era una persona ya muy importante, y ya había tenido grandes logros militares. Padilla escribe una proclama pública sobre este tema y sí hay una historia de discriminación. Hoy se sabe que Padilla fue fusilado injustamente, que Simón Bolívar se arrepintió pero, más allá de eso, el mediador trata de embarcar a los chicos al preguntarles: ¿Hoy en día tenemos una sociedad donde todos somos iguales ante la ley?

¿Cómo obtener esas preguntas sin mediadores? ¿Sin ellos, la exposición queda un poco incompleta o sería imposible desencriptar el mensaje?

La mediación y las circunstancias del Pabellón la hacen difícil porque estás recibiendo más de 12 mil personas. Se vuelve muy complicado y se vuelve también agobiante y empiezas a sentir ese cansancio del diálogo. Pero, incluso desde la concepción de la exposición del Centro Nacional de Memoria Histórica, siempre pensamos en la mediación no como un grupo que te dé una información en una sola dirección, sino que crea horizontalidad y que genera una reflexión e incluso, idealmente, una reflexión propia. En ningún momento la exposición es fatalista, el mensaje no es que no hemos hecho nada en 200 años, pero tampoco triunfalista: no pretendemos decir que la nación está hecha.

Otra crítica es la que defiende la idea de que esta exposición es nacionalista. Si así lo cree alguien, que me lo defienda porque aquí no estamos defendiendo una colombianidad ciega ni el amor patrio.

Los conceptos del ingreso, incluso, serán definitivos o determinarán el recorrido, ¿por qué estos y no otros?

Fue una decisión curatorial. Hay un diccionario de conceptos iberoamericano que editó un español, Daniel Fernández, en donde enuncia conceptos y cada uno desarrolla la historia acerca de cómo fue cambiando el significado según el concepto. Tiene desde finales del siglo XVIII hasta principios del siglo XIX, cada uno en cada país, y los escogimos un poco también para darle un peso y organizarlo en torno a la creación de un mundo. Pensar que cuando las mujeres se llaman a sí mismas ciudadanas también es porque el concepto de ciudadanía tiene un significado muy ligado a lo patriótico: lo hemos dado todo y merecemos llamarnos de esta manera. Los conceptos van variando y muchos historiadores contemporáneos de donde nosotros recogemos la mayoría de estos casos, defienden esta tesis de que la gente no solo está produciendo acciones sino generando sentidos también: cuando una persona esclavizada está luchando por su libertad y escribiendo por qué se la merece, también está cambiando y generando la forma en que se entiende el concepto de libertad. U otra tesis de la historia de la abolición de la esclavitud, que siempre se ha contado desde José Félix de Restrepo o Juan del Corral, y desde otros legisladores en su momento, pero hoy en día también se entiende que ellos no se despertaron y dijeron “¡Hay que hacer esto!”. No, estaban cambiando las cosas y esos cambios los estaban generando también los mismos esclavos. La gente no solo se quedó esperando a que llegara la Constitución de 1821.

En una columna de opinión del diario El Espectador, Javier Ortiz considera que en nunca ha estado en una feria del libro de un país donde gobierne una dictadura o régimen militar, pero que tiene la impresión de que sería algo parecido a lo que he visto en la actual versión de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, ¿qué piensa?

Me pareció interesante su sugerencia de prestar atención a los países grancolombianos (Venezuela, Panamá, Ecuador, Perú y Bolivia); lo que pasa es que es una investigación tremenda poner a dialogar estos países. Aquí dentro la exposición hay casos de venezolanos, y hay un gran mapa a la entrada cuando hablamos de una república muy distinta a la de nuestros días, y hay un mensaje de estos encriptados que es: tenemos una historia democrática compartida con los otros países. La fuerza pública, sin embargo, ha tenido una presencia históricamente muy fuerte en la FILBO, no es cosa de este año. El año pasado los recibimos en el stand del Centro de Memoria Histórica y he visitado stands muy grandes de la fuerza pública. A mí eso me parece interesante, porque uno tiene que tener acceso a distintas formas de entender el país y la historia. Entonces, ese punto de la exacerbación militar no es correcto, porque no es que llegaron, siempre han estado.

Otra crítica es la que defiende la idea de que esta exposición es nacionalista. Si así lo cree alguien, que me lo defienda porque aquí no estamos defendiendo una colombianidad ciega ni el amor patrio. Estamos hablando de discriminación, de una ciudadanía que se tarda en llegar. No tenemos una descripción en una pancarta que diga que este país es desigual, pero justamente la historia está para desentrañarlo, no para ser obvia.

La exposición, y según el relato de la misma, busca que la ciudadanía se autosugestione, autocuestione y autodetermine ante la muestra, ¿con qué objetivo y por qué escapar de la obviedad?

Cuando hice otra exposición (mi otro bicentenario, la llamo yo) en el Museo Nacional, en 2010, trabajaron varios historiadores. De nuevo, no es un trabajo que se haga sola ni mucho menos, pero de las cosas que aprendí es que las exposiciones tienen que abrir las posibilidades interpretativas y no encauzarte. Esa exposición empleaba muchas preguntas que hoy me parecen instrumentalizan y direccionan al espectador en la forma de mirar o pensar y eso para mí fue una gran lección y es también un riesgo: como no es un manual de instrucciones—y es lo fantástico que tienen las expresiones artísticas— plantean distintas posibilidades, no un solo significado y un solo sentido.

El Pabellón Colombia le exige al visitante un comportamiento curioso y si no hay curiosidad, es posible que entre, salga, y que no pase nada. Los textos los tratamos de hacer sucintos. En la medida en que jugamos con este asunto de la imprenta, el diseño gráfico de la exposición tiene que ver con la creación de viñetas a suerte de periódico pero trasladado a texto museográfico. Los niveles de texto dentro de la exposición varían y están desde un aspecto estético hasta la interacción de los visitantes.

Este ha sido un gobierno muy criticado pero, al mismo tiempo, con el que muchos se abstienen por las repercusiones que pueda traerles, ¿con qué tanta independencia trabajó la curaduría? ¿Hubo alguna insinuación de no tocar algunos temas o no tocarlos de cierto modo?

Fue una decisión curatorial hacer una exposición que, si bien para un historiador ortodoxo no sería necesariamente una exposición de Historia, está basada en contenidos históricos y quiere analizar ese momento de creación de la República. Me pareció interesante el cambio de sistema político y no es la primera vez que lo hago. Fui muy literal en el sentido de hacer una exposición que indaga en un momento histórico. Me he acercado a gente que ha trabajado sobre estos temas y son profesores con proyectos en torno a este nuevo Bicentenario como Francisco Ortega, Marixxa Lasso, entre otros.

La pregunta va más por los usos públicos de la historia: volver al pasado a ver qué nos ilumina. Si estamos en el Pabellón en la habitación sobre INDEPENDENCIA y estamos viendo que distintas comunidades indígenas adoptaron posiciones diferentes, por un lado de acuerdo a cuál era su situación frente a la corona pero por otro buscando mantener la tenencia colectiva de la tierra, entendemos que esos son problemas históricos sin que haya un cartel que diga: Y para las comunidades indígenas hoy en día ese sigue siendo un gran reto. Parte del desafío curatorial era ese: cómo introducir problemas históricos que resuenan con la actualidad pero que no necesariamente se tiene que retorcer la historia para que el uso público de la misma me sirva. Y en este año de Bicentenario puede haber mucha instrumentalización de la Historia y era algo que quería evitar a toda costa. Uno representa el pasado en función del presente, no creo que exista ninguna inocencia detrás.

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