El cierre de librerías en Bogotá como Prólogo, Hojas de Parra y Garabato vuelve a abrir la pregunta por la salud de este sector en el mundo del libro.
por
Leonardo Bautista Romero
14.08.2026
Portada: Isabella Londoño
Cerrar una librería no es apagar la luz y girar la llave. Toca devolver los libros, casi todos ajenos, propiedad del editor y no del librero, hacer inventario y sanear cuentas con cada proveedor. “Es un proceso bastante largo que hay que hacer con cuidado”, dice Santiago Sepúlveda desde Guadalajara, México, donde trabaja desde hace tres años en una librería universitaria. A la distancia, coordina el cierre definitivo de Hojas de Parra, el proyecto que fundó en 2016 cerca de la Universidad Nacional y que bajó sus persianas a comienzos de junio de 2026. “Cerrar es mucho más difícil que abrir”.
En los últimos meses, Bogotá ha visto apagarse cuatro proyectos que definieron una manera de leer la ciudad: Garabato, Hojas de Parra, Prólogo y la librería infantil Mr. Fox.
Mientras tanto, la Cámara Colombiana del Libro (CCL) reporta que 2025 fue el mejor año para el sector editorial, con ventas por 1,06 billones de pesos, lo que se traduce en un crecimiento del 7,5%. ¿Pero si el sector editorial está viviendo un momento tan bueno, por qué siguen cerrando las librerías independientes?
Para empezar a entender el fenómeno, vamos a la raíz del término. Una librería independiente, en palabras del presidente ejecutivo de la CCL, Emiro Aristizábal, es aquella que no supera los dos locales ni los tres empleados por local. Bajo ese criterio, cadenas tradicionales como la Lerner o la Librería Nacional quedan fuera de esa categoría, y lo que queda dentro son negocios autogestionados, donde el fundador o fundadora atiende el mostrador, casi siempre porque no hay margen para contratar a más personal.
Una cifra, dos lecturas
Este mes, la Biblioteca Nacional, en alianza con la firma de economía cultural Lado B y la Asociación Colombiana de Libreros Independientes (ACLI), publicó una encuesta que realizó con decenas de librerías del país para entender su situación financiera.
Aquí hay que entender que no existe un registro oficial de este tipo de negocios en el país. Desde la Biblioteca Nacional explicaron a 070 que ni el Ministerio de Cultura ni ninguna entidad lleva la cuenta del número de librerías independientes que hay en Colombia, ni de cuántas han cerrado en los últimos años. Lo más cercano es el directorio de la Cámara Colombiana del Libro, que en su web agrupa a poco más de 400.
De esas, 137 participaron en este estudio de la Biblioteca. El resultado más revelador es que solo el 41% se declara rentable. Más preocupante aún es que esta cifra “engaña”.
Así lo advierte Juliana Barrero, directora asociada de Lado B: “De ese 41%, solo 7,3% opera con márgenes saludables. El resto, un 33,6%, sobrevive con márgenes tan ajustados que cualquier tropiezo, como una subida del arriendo o un mes flojo de ventas, los sacaría de ese margen por completo”. Es decir, los llevaría a un inevitable cierre.
Pero el presidente de la CCL llega a una conclusión distinta. Sumando el 7,3% rentable, el 33,6% ajustado y el 32,8% que se declara en “punto de equilibrio”, calcula que casi 74% de librerías del país operan bien o son rentables. A su criterio, abrir y cerrar negocios es “parte normal” de cualquier sector comercial. “Yo no diría que hay una mortalidad en librerías, no la hay”, afirma Aristizábal.
Números que no cuadran
Detrás de esa discusión hay una arquitectura de costos que explica por qué el margen es tan estrecho, pero para eso hay que entender una parte clave de la cadena del libro: del precio final de un texto, el librero se queda, en promedio, con el 30 o 40%. El resto se reparte entre distribuidor, editorial y autor.
“Esto lo hacemos como un compromiso político y ético con las voces disidentes de la literatura”: Violeta Gómez
La directora de la editorial Saudade habla sobre la importancia de manetener una editorial enfocada en publicar voces de disidencias sexo-genéricas, las decisiones creativas a la hora de publicar y los retos de sostenerse como independientes en Colombia.
Isabella Varela, fundadora de la Librería Casa, en la calle 100 con 18a en Bogotá, hace la cuenta con un ejemplo concreto: “De los $60.000 que cuesta un libro, después de comisiones bancarias y costos de operación, a la librería le queda apenas un 30% real. Por eso, este es un trabajo que se hace por amor, pero el amor no paga las cuentas”.
Con ese margen hay que cubrir arriendo y nómina, los dos costos fijos que, según el estudio de Lado B, más pesan sobre estos negocios.
Miremos las cifras: el 73,7% de librerías encuestadas opera en un local arrendado y más de una cuarta parte tiene contratos menores a dos años, lo que las deja expuestas a que el arrendador suba el canon apenas el barrio se revalorice.
Esa es una paradoja que Barrero resume en tres pasos, más comunes de lo que se cree: una librería atrae vida cultural a una zona, esa zona se gentrifica y la gentrificación termina expulsando a la librería que la hizo atractiva.
Otra de las dificultades que agrava el cuadro financiero de los libreros es la falta de acceso a créditos. Como explica César Hernández, fundador de Matorral, el librero administra durante el mes la plata que le debe al proveedor, porque los libros llegan en consignación y se pagan sobre lo vendido.
“Cualquier desvío de esos fondos, como una mala inversión o un gasto imprevisto, abre un hueco que se acumula mes a mes”. Y cuando llega el momento de pedir un crédito para tapar ese hueco, no hay nada que ofrecer: ni los libros ni el local (casi nunca) pertenecen al librero.
“¿Sobre qué te van a prestar la plata?”, se pregunta Ana María Aragón, directora de la librería Casa Tomada y presidenta de la Asociación de Libreros Independientes.
A esa fragilidad estructural se suma un patrón que se repite en varios testimonios que recogimos: la mayoría de quienes abren una librería vienen de estudiar artes o humanidades, sin formación previa en administración de empresas.
Santiago Aguirre, fundador de Garabato, señala eso como un error de fondo en el sector: haber empezado, en sus palabras, “desde un lugar a veces muy romántico, creyendo que la vocación cultural podía sostener por sí sola un negocio con márgenes de esta estrechez”.
Cuatro historias de cierres
Garabato nació en 2015 en Chía como un espacio pequeño, de apenas 45 metros cuadrados, con un modelo que Aguirre podía manejar sin agotarse.
Años más tarde se mudaron a Teusaquillo, a un local arrendado en la calle 34 con 19, y la pandemia les trajo una bonanza de ventas que él mismo describe como una trampa, pues la expansión a una segunda sede aumentó la nómina y la carga administrativa hasta un punto que ya no pudo sostener solo.
“Los últimos dos años he estado haciendo malabares financieros para cumplir con todas las responsabilidades”, cuenta en pleno proceso de cierre. Su autocrítica se amplía al sector de libreros, pues según dice, a veces sus colegas “tienen vergüenza de hablar de sus números reales, de admitir cuándo un librero ha tenido que inyectar plata propia al negocio, porque todos queremos ser vistos como exitosos”.
Hojas de Parra tomó un camino distinto, pero con el mismo final. Nació en 2016 junto a Café Nicanor, con la idea de que el margen del restaurante sostuviera el proyecto cultural de la librería.
Esa fusión nunca se gestionó como una sola unidad y cada área terminó compitiendo por recursos. El quiebre definitivo llegó cuando el socio que llevaba la administración se fue del país y Santiago Sepúlveda descubrió, a la distancia, un hueco contable que ya no pudo cerrar.
Su diagnóstico coincide con el de Aguirre: la falta de una “administración consciente y no romántica” fue, para él, la columna vertebral que faltó.
Mr. Fox tuvo un origen distinto. Al principio, fue una librería de apenas 40 metros cuadrados especializada en ilustración que, según su fundador Lucas Insignares, vendía más que librerías de mayor tamaño.
La pandemia dilató su punto de equilibrio y la apertura de una segunda sede en Usaquén (pensada para cerrar ese hueco) lo profundizó, una situación que se agravó por los cierres prolongados en la zona tras el hallazgo de vestigios muiscas.
Pero el problema mayor, dice Lucas, fue el desencuentro con sus socios sobre el rumbo del proyecto. Cuando anunciaron el cierre, niños y adultos lloraron al cruzar la puerta de la librería. “Uno se da cuenta no tanto de lo alto que puede escalar una empresa, sino de la profundidad con la que puede cavar un sentido de pertenencia en su comunidad”.
Prólogo tiene la historia más larga de las cuatro. Nació en 2007 por iniciativa de Mauricio Lleras junto a su amigo Rodrigo Matamoros, y pasó por seis locales a lo largo de su historia, hasta asentarse en la Carrera Séptima con calle 70, donde funciona hoy. José Manuel Lleras, hijo de Mauricio, tomó las riendas del negocio tras el fallecimiento de su padre en 2022 y anunció el cierre definitivo para el próximo 31 de agosto.
A diferencia de otros libreros consultados, Jose Manuel no atribuye el cierre solo al peso financiero. Habla de una suma de factores que van desde el desgaste personal hasta la ubicación de sus locales, la irrupción de plataformas digitales y una saturación reciente del mercado.
Sobre el arriendo en particular, evita señalarlo como culpable. Dice que es un costo que “cualquier negocio debe asumir” y que él mismo bajó el suyo el año pasado al trasladarse a un local más económico. “Tenía que gastar menos y vender más”.
Su idea funcionó parcialmente. Cuenta que en ese punto subieron las ventas, pero no fue suficiente. “Quedé cortico por una pata”, dice.
De los locales que tuvo Prólogo, al menos cuatro estaban en zonas de bajo tráfico peatonal, según Lleras. Los dos anteriores al actual quedaban sobre la calle 67, en Chapinero, que describe como “una calle muerta, por ahí no pasa nadie ni por accidente”, muy distinta a la esquina donde funciona Tornamesa, otra librería de la zona con más afluencia.
Bajo su dirección, contrario a lo que sugiere el diagnóstico general del sector, las ventas crecieron. “Mi primer año en esta librería fue el mejor año en ventas que tuvo Prólogo en su historia”, lo que atribuye a haber abierto el negocio a públicos que su padre “no atendía”. “Él no le hablaba a todo el mundo”, recuerda.
Su diagnóstico del sector es que “si el número de librerías crece más rápido que el de lectores, cada una termina repartiéndose una porción más pequeña de la misma demanda. Así es muy difícil que las ventas suban”.
Lo cierto es que después del 31 de agosto Prólogo cerrará sus puertas para siempre. José Manuel planea usar la comunidad que construyó alrededor de la librería para seguir recomendando libros, esta vez desde las redes sociales. Y sobre el inventario que no logre vender antes del cierre, dice, todavía no sabe qué va a pasar.
Los que resisten
Pero no todas las librerías de la ciudad están a punto de desaparecer. Matorral, con tres sedes (dos en Bogotá y una en Tabio), y Casa Tomada, con 18 años de trayectoria, ofrecen un contraste que vale la pena conocer.
César Hernández atribuye la estabilidad de Matorral a una regla que se impuso después de un error propio: entre los años 2021 y 2022 delegó el área contable de su negocio a terceros y “se les fue de las manos” el orden administrativo. Desde entonces retomó el control directo de los números, sin dejar nunca de atender personalmente el mostrador, así la librería haya crecido.
Ana María Aragón, por su parte, explica la resiliencia de Casa Tomada con una ventaja que pocos tienen: el local donde funciona es propio, así que no paga arriendo.
A eso, suma una estrategia deliberada desde el inicio, enfocada en cultivar lectores a través de clubes de lectura antes que perseguir ventas rápidas. Aun así, admite que el margen sigue siendo estrecho. “Estamos bien, pero muy a ras”, dice. Incluso, este año tuvieron que prescindir de un librero.
José Manuel Lleras, de Prólogo, ve el fenómeno con una mirada distinta, casi optimista. Cree que el cierre de librerías como la suya puede terminar ayudando a los que sobreviven, al devolver el mercado a un tamaño “más manejable”.
“Menos oferta, igual demanda. Las ventas deberían subir”, resume, sobre lo que espera que ocurra cuando la ciudad tenga, otra vez, menos espacios compitiendo por los mismos clientes.
A esto hay que sumar un detalle fundamental que no aparece en ningún estudio: la propuesta de valor de una librería está en la experiencia de un lugar donde alguien puede sentarse, conversar, tomar un café. Como dice César Hernández, “ese es el plus de cada local, de cada librería. Si te fijas, no vendemos libros radicalmente distintos a los demás locales. El diferencial de cada uno es el espacio”.
Las plataformas digitales no compiten por esa experiencia. Compiten, dice el librero, por “vaciar el anaquel”, como cualquier otra mercancía. Se refiere en particular a Buscalibre, la plataforma que se autodenomina “la librería más grande de América Latina” y que llegó a Colombia en 2012, procedente de Chile.
Desde una bodega cerca de Cota despacha alrededor de 1.500 libros al día, casi la mitad con destino a Bogotá, y su facturación en el país creció 200% durante los confinamientos de la pandemia, justo cuando varias librerías físicas cerraban o veían caer sus ventas por la misma razón.
La diferencia está en el margen que cada quien negocia con las editoriales. Violeta Gómez, fundadora de la librería La Verbena, explica que a las independientes las editoriales y distribuidoras les dan un descuento de entre 30 y 40%, mientras que a plataformas como Buscalibre les otorgan porcentajes más altos. “Eso les da mucha más margen de ganancia (…) Cuando ellos mismos otorgan diferentes condiciones a las librerías es que nace la especulación mayor del precio”, le dijo a este medio en 2024.
La cadena desigual
Detrás de las librerías hay una cadena editorial cuya desigualdad explica buena parte de la paradoja. Óscar Campo, de la editorial independiente Himpar, recuerda que más de la mitad del mercado del libro en Colombia se reparte entre dos multinacionales: Penguin Random House y Planeta.
Las editoriales independientes ocupan una porción minoritaria de ese mercado y dentro de esa porción las librerías independientes son apenas un eslabón entre varios que compiten por sobrevivir.
“Las cifras récord que celebra la Cámara Colombiana del Libro”, advierte Campo, “describen el crecimiento agregado de esa cadena entera”, no la salud financiera de quienes están en su extremo más frágil.
El propio estudio de la Cámara ofrece una pista de por dónde se filtra esa desconexión. Las librerías representan apenas el 4,5% de las ventas de libros de texto escolar, segmento que ahora se mueve a través de planes lectores negociados directamente entre editoriales y colegios, sin pasar por ningún mostrador.
En el segmento de interés general (donde entran categorías como ficción, no ficción, literatura infantil y juvenil) la proporción se invierte: 55,4% de esas ventas pasan por una librería.
La legislación que rige al sector tiene más de tres décadas. La Ley 98 de 1993, que sigue vigente, exime a los libros del Impuesto al Valor Agregado (IVA), otorga beneficios arancelarios a la importación de papel y ordena al Estado promover la creación de nuevas librerías y bibliotecas en el país.
Esa norma también contempla la creación de un centro de capacitación para libreros, una medida que, 30 años después, sigue siendo una de las peticiones centrales del gremio.
Lo que la ley nunca reguló fue el precio de venta de los libros. Ese vacío es el que la ACLI intentó llenar con un proyecto de reforma que impulsó el exministro de Cultura Juan David Correa durante el Gobierno Petro, pero la propuesta perdió su artículo sobre regulación de descuentos en el primer debate en la Cámara de Representantes, antes de hundirse por completo al terminar el periodo legislativo.
El pedido concreto del gremio tiene matices internos. Emiro Aristizábal, desde la Cámara Colombiana del Libro, respalda abiertamente una ley de precio único. Ana María Aragón, por la Asociación de Libreros Independientes, prefiere no usar ese término, que a su juicio genera confusión, y habla en cambio de “armonización de la cadena”, que se traduciría en fijar un tope a los descuentos, no un precio idéntico para todos los libros.
Ambos coinciden en que el instrumento legal todavía no existe y a esa demanda se suma otra, más fiscal que comercial: que las librerías se reconozcan como equipamientos culturales y no solo como espacios comerciales, con la carga tributaria que eso implicaría aliviar.
Ese reconocimiento, de hecho, también estuvo en el borrador de la Ley General de Cultura que impulsó Correa, pero se cayó junto con el resto del proyecto.
El editor Óscar Campo señala, además, una tensión que el propio sector no ha logrado resolver: entender el libro como negocio puro, medible en los mismos términos que cualquier otra mercancía, o “entenderlo como proyecto cultural que merece protección pública”.
“Cuando nos conviene, es un proyecto cultural. Cuando no, deberíamos funcionar como una empresa de zapatos”, dice.
Hoy, 30 años después de que el Congreso declarara al libro un asunto de interés nacional, esa pregunta sigue sin resolverse y con ella la suerte de las librerías independientes que hoy cierran sus puertas.