“Esto lo hacemos como un compromiso político y ético con las voces disidentes de la literatura”: Violeta Gómez

La directora de la editorial Saudade habla sobre la importancia de manetener una editorial enfocada en publicar voces de disidencias sexo-genéricas, las decisiones creativas a la hora de publicar y los retos de sostenerse como independientes en Colombia.

por

Stefany Ordóñez

Estudiante maestría en periodismo de la Universidad de los Andes


22.07.2026

Portada: Isabella Londoño

Si bien distintas editoriales han intentado rescatar narrativas que se habían perdido en la historia, como lo hizo Planeta al publicar a Pedro Lemebel o Sincronía con el libro de tatiana de la tierra, en Colombia no existía una editorial enfocada únicamente en las voces de disidencias sexo-genéricas. 

De esta ausencia nace Saudade en 2024, la cual ya cuenta con títulos como Zezé, una novela publicada en 1909, escrita por Ángeles Vicente, y conocida por ser la primera historia que tenía a una mujer no heterosexual como protagonista; La lesbiana el oso y el ponqué, de Andrea Salgado, historia de ciencia ficción sobre una mujer lesbiana cuya vida se ha vuelto un objeto de consumo que debe ser atractivo para sus espectadores; y los fanzines de Claudia Rodríguez, compilados en el libro Cuerpos para odiar, en los que cuenta con humor y rabia los sucesos que marcaron su vida travesti.

Gómez ha trabajado junto con su esposa y coeditora, Isabella Varela, para recuperar estas narrativas. Para ellas este proyecto representa el compromiso político que tienen para que estas voces circulen en bibliotecas y librerías, y lo sigan haciendo por muchos años más.

Aquí la entrevista: 

¿Por qué crees que es importante que exista una editorial enfocada solo en este tipo de voces? 

Mucha gente que trabaja en Penguin o en Planeta está haciendo un trabajo muy importante, pero siento que los ciclos y el movimiento de la edición comercial los dicta la ganancia monetaria y muchas veces estos proyectos o estas voces se pierden porque ya no es rentable seguirlas publicando. Pienso, por ejemplo, en una antología de la que yo hago parte llamada Como la flor, un trabajo muy bello que salió en Planeta. También en 2021 salió una antología de voces queer de la poesía colombiana. Fue un gran momento y a la gente le gustó, pero después de eso Planeta decidió no volver a publicar el libro. El público sigue buscando esas voces, sigue buscando ese libro, sigue buscando otras antologías como Calle Flamingo, que es un proyecto también de poesía trans y queer que salió en 2020.

La necesidad del público de leer esas voces va en contravía de las políticas de publicación de los grandes grupos editoriales que hacen estos experimentos y después dejan que los libros se descataloguen o se quedan con los derechos por muchos años, pero no publican la obra de estos autores. 

Hay otras editoriales independientes que hacen también ese esfuerzo, pero para nosotras lo importante es hacer un ejercicio de memoria histórica y por eso estamos trayendo voces que se perdieron en la historia o voces más contemporáneas. Como La lesbiana, el oso y el ponqué, de Andrea Salgado, que dejó de publicarse pero se convirtió en un libro de culto que la gente buscaba y encontraba a veces en las librerías de segunda.

Para nosotras es muy importante que esta literatura esté vigente, esté en las librerías, en las bibliotecas públicas, que se mueva alrededor del mundo en ferias internacionales y en librerías de otros países porque da cuenta de que nuestras voces siguen ahí, seguimos hablando y lo hemos hecho a través de la historia.

Camila Sosa, la escritora argentina, autora de Las malas, no está de acuerdo con la etiqueta de ‘literatura trans’, ¿qué posición tienen frente a esto en la editorial?

Para nosotras es muy importante el lugar que las disidencias de género y sexuales hemos logrado en el mercado editorial, en el cine, las artes y la cultura en general. Hace poco, en el marco del orgullo, tuvimos una charla con Giuseppe Caputo en Garabato, y él decía que la etiqueta ayuda a que otras personas diversas encuentren esa literatura. Si un chico gay o una chica lesbiana joven va a una librería o buscan una editorial de literatura lésbica, queer o trans, eso también genera una cercanía. Pero, por otro lado, la persona que no es diversa puede sentir que eso no le interpela y por tanto no se va a adentrar en ese libro. Cuando lo que debe ser es que si cualquier persona, sin importar su género, su identidad sexual, ve un libro que le llama la atención, así lo haya escrito una persona queer o no, se adentre en él. 

La categorización es una espada de doble filo. Por eso para nosotras es importante nombrar la editorial y lo que publicamos como disidente. La palabra disidente juega, no solo en la arista del género, sino en todas las estructuras de poder. Claramente nos interesa a futuro publicar voces negras o del sur global. Nos interesa darles esa categoría de disidente para que todo lo que queramos sacar quepa ahí.

¿Cuáles fueron los retos editoriales que tuvieron a la hora de traer al presente Zezé, la primera novela que publicaron?

La verdad, retos no hubo mucho, fue un proyecto que nació muy orgánicamente y que llegó en buen momento. Originalmente queríamos publicar Por los caminos de Sodoma, de Bernardo Arias Trujillo, la primera novela homosexual colombiana publicada en 1932 bajo un seudónimo. Las copias que llegaron a Colombia las quemó la familia. Él se suicida a los 30 por el estigma social que implicaba ser homosexual en ese momento. 

Todavía queremos publicar el libro, pero tiene aproximadamente 300 páginas y los costos de imprenta son muy altos. Entonces llegué a través de una investigación a Zezé y me pareció fantástica.

¿Cómo fue el proceso para esa obra?

Hicimos algo, que seguimos haciendo en la editorial, y fue leer el libro en voz alta entre las dos porque sentimos que en la oralidad podemos encontrar el registro, la sonoridad o lo que de pronto nos hace ruido. 

Nos la leímos de una sentada en una tarde, nos encantó. Fue un texto  que a pesar de haber sido escrito en 1909  sigue siendo fresco y vigente, no se siente acartonado o con un lenguaje ajeno. Traerlo al presente fue muy fácil. La editorial Kaótica Libros, que también publica narrativa y ensayo de disidencias sexuales y de género, la publicó en España en 2020. Esa edición nos acercó a como se estaba leyendo la novela hoy y nos dimos cuenta de que no había que cambiarle el lenguaje. La edición de Kaótica tiene algunos pies de página, pero sentimos que es porque el público español a veces necesita que le desmenucen las terminologías que no estén actualizadas, pero para nosotras era importante no quitarle el ritmo al libro. Confiamos en que las personas que leen nuestros libros tienen una capacidad de lectura crítica y la curiosidad para buscar lo que les suene ajeno al lenguaje que utilizan.

Lo que terminó de darle forma al proyecto fue el prólogo. Le escribimos a Tania Ganitsky para que lo hiciera y ella dijo que necesitaba escribirlo a cuatro manos. Así que lo hizo junto a una gran amiga suya, Azuvia Licón Villalpando, directora de los programas de escritura creativa de La Central y especialista en literatura de finales del XIX y principios del XX. Fue lindo recibir ese prólogo escrito por ambas porque la amistad es el hilo conductor del libro.

Cuerpos para odiar era originalmente fanzines, ¿cómo fue ese proceso de editarlo para transformarlo en un libro?

En el circuito editorial a veces le restamos importancia a los circuitos alternativos.  Pero hay mucha producción editorial que se hace en los márgenes del ecosistema y uno de esos formatos que ha sobrevivido y que siempre se ha afincado en lo queer, en lo punk, en lo anarquista ha sido el fanzine. Claudia Rodríguez escribe estos textos en diferentes fanzines que ella misma diseña, edita, imprime y entrega en eventos a amigos, familiares. 

Cuando Barrett, la editorial española, le pide a Mariana Enríquez que edite un libro y ella decide editar a Claudia, se pierde mucho de esa literatura al margen. En los fanzines originales Claudia pone muchos textos al margen. Hablando con Barrett y con Claudia, antes de que muriera, nos dieron luz verde para recuperar esto y jugamos en la diagramación con eso. Hay cosas de los fanzines que se mantienen, como algunos parámetros estéticos y utilizamos imágenes prensa del archivo de Claudia.

En cuanto al diseño y la materialidad de sus publicaciones ¿cómo deciden cuál será la identidad visual que tendrá cada libro?

Para nosotras la materialidad es clave. Yo soy diseñadora editorial y mi esposa es la diagramadora, entonces para nosotras tanto lo gráfico como lo material nos importa mucho. Además, en este presente hipermediatizado e hipervisual, en el que casi todo está en las pantallas, creemos que sentir algo, tocar algo, en especial un libro, es una gran puerta de entrada también para que la persona se deje seducir por este. Es algo que nos tomamos en serio y es lo que más se demora en la hechura de un libro. 

Se ve mucho en el caso de Zezé…

Nos pareció que Zezé, al ser un libro corto, un tamaño de bolsillo le daba ese detalle de coquetería al libro. Siento que las limitaciones estructurales de un proyecto a veces son un plus porque ayudan a encontrar la manera en que puede funcionar. Decidimos usar un archivo libre de derechos y ahí encontramos estas imágenes de naturaleza. Me puse a jugar haciendo tratamientos de imagen, encontramos los puntos de duotono falso con estos colores que terminan siendo un juego temático porque son los colores de la bandera bisexual. Aunque la novela se ha enmarcado mucho en lo lésbico, hemos querido hacer una reivindicación sobre la bisexualidad de la protagonista.

A lo largo de los tres libros que tenemos se ha mantenido el uso de las tipografías y el uso de las imágenes de archivo, así como el papel y los juegos de colores. Los tres libros son muy cercanos en color, pero la idea es ir moviéndonos hacia otros colores, precisamente haciendo ese juego con algunos colores de la bandera. En La lesbiana, el oso y el ponqué la trama de atrás de la ilustración tiene los colores de la bandera lésbica. El rosado que utilizamos en Cuerpos para Odiar es el rosado de la bandera trans. Cuando saquemos Por los caminos de Sodoma vamos a utilizar un azul más cercano a la bandera homosexual. Queremos que sea un guiño para que quienes sepan sobre las banderas del orgullo. A futuro, cuando tengamos muchos títulos, tendremos todo un arco iris en los libros. 

¿Cómo ves el panorama de las editoriales independientes en Colombia? 

Es difícil. Precisamente una de las razones por las cuales nos agrupamos para poder sacar Cuerpos para odiar con Laguna Libros, una editorial que es un ícono para muchas personas del sector y para el mercado editorial, fue porque tenían mucha más cancha y recursos que nosotras. Sin la coedición no habríamos tenido los recursos para sacarlo. Esta manera de agruparnos, de encontrarnos, de sacar cosas en conjunto es algo que es beneficioso para que los libros existan y puedan circular. 

Somos un gremio que vive de los estímulos, las convocatorias públicas y las becas. Por eso queremos publicar voces de afuera de Colombia, de países que tienen fondos de traducción robustos, algo que, por ejemplo, acá no tenemos.

¿Cómo se imaginan el trabajo de la editorial en los próximos años?

Con el incierto panorama político en Colombia, la cultura es una de las primeras líneas de batalla que tenemos. Muchas de las editoriales independientes que conocemos y están afianzadas, dependen de los estímulos del Ministerio de Cultura, de Idartes y Cocrea. Ahora todo está en el aire y no sabemos con qué recursos podremos contar a futuro. La idea es buscar cómo seguir publicando estas voces, intentando encontrar esos fondos de donde salgan.

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Stefany Ordóñez

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