Columnas

Día #55

Un día encontré al aburrimiento echado en mi sillón, las ma­nos detrás de la cabeza, desparramado a sus anchas.

Varios

18.05.2020

Pelirrojo en una silla, Lucian Freud

La escuela del aburrimiento

por Luigi Amara

INTRODUCCIÓN

No son los males violentos los que nos marcan, sino los males sordos, los insistentes, los tolerables, aquellos que forman parte de nuestra rutina y nos minan tan meticulosamente como el Tiempo.

E. M. Cioran

Un día encontré al aburrimiento echado en mi sillón, las ma­nos detrás de la cabeza, desparramado a sus anchas. Estaba allí, se diría que esperándome, aunque en realidad no parecía esperar ya nada de nada. Me miraba fijamente, sin curiosidad, sin emoción, y yo en cambio no podía sostenerle la mirada. Lo eludía y más bien me comportaba como si él no estuviera allí, en mi propio sillón, con esa pinta desenfadada de inquilino incómodo, con ese aire de desafío que adoptan los que ya no piensan irse nunca de la casa.

Aunque se había apoderado de mi habitación, lo que más me desconcertaba era no conseguir mirarlo de frente; había algo en su presencia bostezante que me hacía sentir un intru­so; algo en sus facciones, en su manera insistente y hueca de mirar, me arrastraba hacia un extraño abismo de somnolencia, atormentándome con la pregunta “¿para qué?”. Incapaz de convivir con él, pasaba la mayor parte del día fuera de mi de­ apartamento. Vagaba por las calles sin ninguna dirección, del mismo modo intranquilo y sediento con que Louis Aragon iba a la deriva por un París que empezaba a derrumbarse. Entraba a un café y, al cabo de unos minutos, me salía; visitaba un museo: me salía; compraba un libro: lo dejaba. Podría haber incluso asesinado: ¿para qué?; también podría haberme matado: desistía. Al rato entraba simplemente a otro café. Es posible que hubiérémos intercambiado papeles y, abriendo y cerrando puertas sin curiosidad, abandonando planes sin motivo algu­no, me hubiera convertido en el Espectro Errante del Aburri­miento. Probablemente para entonces mirara a la gente en la calle con la misma distancia inquisitiva que él me regalaba en todo momento.

Como estaba claro que no tenia intenciones de marcharse y ya en el sillón se había marcado su contorno, la tibia inso­lencia de su peso, decidí probar a hacer su retrato. De esa ma­ nera ―pensé―, me obligaría al menos a mirarlo de frente. Tal vez la misma tarea de pintarlo, de ensayar toda clase de boce­tos del natural, sería una forma de contrarrestarlo, de hacer que desapareciera; quizá de ese modo su figura odiosa se tras­ladaría al papel en una suerte de conjuro.

Tengo que reconocer que no se ha ido. Tengo que recono­cer que, como un hábil y silencioso extranjero, se ha estable­cido en mi cerebro con la misma desfachatez que antes desplegó en mi sofá. Y tal vez porque ya habíamos intercam­biado papeles descubrí que en el retrato, en ese retrato obsesionante y maléfico, que me hacía bostezar continuamente y al mismo tiempo me quitaba el sueño; en ese retrato con el que fastidiaba a medio mundo, con el que empantanaba cualquier conversación y que al final del día terminaba por doblegarme, por hundirme en un estado plomizo y fúnebre; en ese retrato acaso del todo imposible, que ya antes otros intentaron sin de­ masiado éxito, quizá porque se requiere de mucho talento para pintar el vacío, o quizá porque en este caso el modelo se mueve demasiado poco y acaba por contagiarnos su desgana, su has­tío, su sopor; en ese retrato, decía, descubrí que fue aparecien­do mi rostro.

Anette, Alberto Giacometti

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