Arte y Cine

Ciro & Yo (2017) / Miguel Salazar

Esperanza: Los remos hacia la paz Caño Cristales nace en la Sierra de la Macarena y desemboca en el Guayabero. Debido a las plantas acuáticas en su lecho rocoso, el río produce la sensación de estar “pintado” de distintos colores alegres. El río es sin duda alguna uno de los paisajes naturales más sublimes que […]

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Curso Arte y Cine

06.02.2018

C1

Esperanza: Los remos hacia la paz

Caño Cristales nace en la Sierra de la Macarena y desemboca en el Guayabero. Debido a las plantas acuáticas en su lecho rocoso, el río produce la sensación de estar “pintado” de distintos colores alegres. El río es sin duda alguna uno de los paisajes naturales más sublimes que Colombia tiene. No obstante, se encuentra ubicado en una zona geográfica que, a lo largo del conflicto armado en Colombia, ha estado alejada de la atención de los colombianos y que se ha visto fuertemente golpeada por el flagelo de la guerra. Caño Cristales, además, aparece como una figura literaria en el documental Ciro y Yo. ¿Cuál es la importancia del río Caño Cristales dentro de la película Ciro y Yo? ¿Acaso el director estaba intentando transmitir algún mensaje usando al río como analogía?

El documental inicia presentándonos el comienzo de la amistad del director con Ciro Galindo, un campesino habitante de un pueblo aledaño a Caño Cristales que, como se presentará más adelante en el documental, es una víctima del conflicto armado. Desde el principio, el río juega un papel fundamental, pues es precisamente éste lo que vincula al director y a Ciro. Pero, tal vez el río tiene un papel más profundo que el de unir al protagonista de la película con el director.

El agua de un río fluye con continuidad en corrientes naturales. Puede recorrer miles de kilómetros antes de desembocar en otro río, en una zona desértica, en un lago o en el mar. Caño Cristales desemboca en el Guayabero, pero este a su vez desemboca en otros ríos y así se va formando una conexión de ríos y un posible camino al mar. Pese a que todo río tiene un fin, el agua sigue fluyendo. En este sentido, es posible que agua proveniente de Caño Cristales termine eventualmente en el mar.

A lo mejor, Ciro Galindo está navegando sobre un río hacia la paz. Así entonces, Caño Cristales puede representar el punto de partida de su viaje. A través de un recorrido a veces calmado, a veces violento, pero siempre incierto, Ciro navega con la esperanza de encontrar la serenidad del mar. El mar, por supuesto, representa la paz que Ciro tanto ha anhelado desde que empezó su largo y duro viaje sobre las corrientes turbias y bruscas del conflicto armado. Siempre con esperanza, Ciro rema hacia la paz.

— Andrés Felipe Olivares

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Reclusos

Uno de los aspectos que más me impactaron al ver el documental Ciro y yo de Miguel Salazar, fue el hecho de que para los líderes de los grupos al margen de la ley, al reclutar menores de edad, estaban haciéndole prácticamente un favor a sus padres, ya que los volverían “hombres de verdad”. Lo que sucedía en realidad era que los niños vivían un infierno que les dejaba varios traumas físicos, emocionales y psicológicos.

Elkin, uno de los hijos de Ciro, era un niño que disfrutaba de la vida en La Macarena, ayudaba a su padre a atraer a los turistas, pescaba, se lanzaba al agua sin ningún temor, corría descalzo por los hermosos paisajes de Caño Cristales, se sentía libre, sin miedo… era el “niño de la selva”. Cuando tenía tan solo 13 años, fue reclutado por la guerrilla. Había llegado su momento de “convertirse en hombre”. Al volver tras un año, llegó agitado, enfermo. Su familia estaba destrozada al ver su cambio. Margarita, su madre, lo notaba violento, nervioso, veía cómo hablaba y reía solo. Claramente, la salud mental de Elkin estaba afectada, su personalidad había cambiado drásticamente, tenía una secuela emocional.

Por otra parte, Sneider, otro de los hijos de Ciro, fue reclutado tiempo después por los paramilitares. Fue engañado gracias a la presión social de dejar de vivir con sus padres y querer ser un hombre independiente. Duró 20 días, mucho menos que su hermano. Sin embargo, los daños también fueron notorios. Al volver, su padre lo describió como “flaco, enfermo y más negro”. Había adquirido una enfermedad en las encías. Como Ciro afirmó: “salió con una psicosis” en la que todo el mundo podía ser posible enemigo o podía matarlo. De hecho, pasados algunos años, Sneider cuenta cómo la idea de dejar el pasado y salir adelante era difícil: “a veces quiero estudiar, a veces no; a veces quiero trabajar, a veces no; a veces quiero sacar el bachillerato adelante, a veces no; a veces simplemente no quiero hacer nada”.

Entonces, ¿se necesita en verdad de menoscabar la salud mental y física de los adolescentes para convertirlos en verdaderos hombres?

— María Paula Rodríguez Navarrete

C3

Esperanza: un motor que no se funde

No nos confundamos, el título del rollo es Ciro & yo, pero ese “yo” no es por el director Miguel Salazar, ese “yo” representa a cada uno de los colombianos que, de alguna forma u otra, hemos vivido, sentido y sufrido la guerra en nuestro país. ¿Por qué? Porque en realidad no es una película, es un fragmento de nuestro pasado, es nuestro tatuaje. Entonces, qué mejor que sentir todo esto de cerca conociendo la realidad de unos humildes colombianos que no pararon de sufrir, que a donde quiera que fueran los perseguía la maldad. Por esto, surge el concepto de la esperanza: un motor que así digamos que se fundió, nunca deja de funcionar.

Ciro y su familia fueron desplazados de su tierra y solicitaron una vivienda al estado. Les dijeron que sí, que seguro les daban su casa, que no se preocuparan. Cuando se suponía que ya estaba construida, Ciro se dirigió al lote, el número 13, donde se dio cuenta que solo había pasto, su casa era una utopía. Aquí, dice Ciro: “no hay casa ni esperanza siquiera”, y ¿quién lo puede culpar? ¿Qué esperanza iba a tener? Pongámonos a pensar un momento en lo que sería llevar una vida cargada de muerte, terror, desplazamiento, odio y estímulo de venganza, parece difícil meter la palabra esperanza por ahí, pues en una vida donde predomina lo oscuro, ver la luz al final del túnel se vuelve una fantasía.

¿Será que la esperanza se perdió por completo? Pues Ciro, durante la película, habla de su propósito y deseo principal, el de tener la posibilidad de vivir una vida en paz y en familia. A pesar de la muerte de dos de sus hijos, de su esposa, de continuas amenazas y de no tener hogar seguía repitiendo “Yo quiero ser normal”, pues nunca paró de mirar hacia adelante y siempre luchó por su sueño, alias su esperanza.

Pasaron cosas terribles en su vida, pero se ve como Ciro conserva su compostura así haya afirmado lo contrario en un momento difícil, porque esta era su motor que lo mantenía de pie. No sé, la verdad, si a pesar del final tranquilizante de la película se les pueda asegurar a Ciro y a su hijo que ha llegado el momento de paz, porque aunque el panorama parece más alentador, será el tiempo quien dictará sentencia.
— Javier Patiño

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Realidad y ficción, ¿Cuál es cuál?

Reconozco que cuando empezó la película mi mente parecía más que todo en una ensoñación. Las palabras iniciales, me preguntaba cuántas veces las habría escuchado el director, cuántas veces habría repetido las escenas hasta dejarlas de la forma que yo observaba. Pero mis pensamientos no eran aleatorios, me fui dando cuenta que la misma película lo sugería. El material de archivo se mostraba a simple vista, las fotos, los negativos, las grabaciones, todo estaba allí. Era como si la película no fuera una construcción, sino lo que la develaba, como si la ficción no fuera la de la historia sino la de la realidad.

La película excavaba la historia de nuestro país, a través de Ciro. Pero en realidad no era una historia, sino muchas. La historia de Ciro es tan sólo una que llamaba a las demás. Si bien durante el documental no podía dejar de sentirme Ciro, Esneider y Memín, tampoco podía dejar de sentirme yo. En mis recuerdos estaba la historia de mis tíos que habían sido secuestrados, de mi abuelo, quien murió como Anita, la esposa de Ciro, de pena moral por todos estos sucesos, de la finca de mi padre que quedó abandonada. En la película no sólo veía los rastros de Ciro o de Colombia sino de mi propia historia. Una historia de la que nunca hablaba, una historia enterrada hasta para mí misma, pero que de repente empezaba a doler. Las palabras iniciales del director “la historia de Ciro es la historia de todos” no eran una ficción repetida, eran una premonición anunciada.

El sociólogo Peter Berger (1967) menciona que nuestras vidas están arraigadas narrativamente, que convertimos el mundo en un hogar a partir de historias y memorias. Y es que no sólo contamos historias, sino que pensamos y aprendemos historiadamente, vivimos nuestra vida como una historia y las historias alteran la comprensión de nuestra vida (Conelly & Clandini, 1990). Es en este sentido que Ciro y yo precisamente genera una reformulación de lo que soy a partir de lo que he vivido, de lo que hemos vivido como país y de lo que han vivido los otros. Ficción y realidad se mezclan en una danza extraña cuando nos damos cuenta que lo que llamamos realidad, no es más que una ficción que puede ser construida y reconstruida constantemente a partir de historias.

Berger, P. (1967). The sacred canopy: Elements of sociological theory of religion. Garden city, NY. Anchor books.
Connelly, F. M. y Clandinin, D. J. (1990). Stories of experience and narrative inquiry. Educational Researcher, 19(5), 2-14. doi: 10.2307/1176100

— María Paula Quintero

C7

Ciro y quién

Me siento en el auditorio del ML a ver la función de Ciro y yo junto a mis compañeros. Somos, como la mayoría de los estudiantes de esta universidad, unos niños de ciudad cuyo mayor acercamiento al conflicto armado colombiano ha sido en las aulas de clase y lo que se puede rescatar de los medios de comunicación.

Empieza la película y la sucesión de eventos desafortunados no se deja esperar; la metáfora de belleza y fatalidad, con escenas como la muerte de John en el Caño Cristales, de inocencia y crueldad, con la vida en si misma de Ciro, persigue al público en cada segundo de la proyección. Aunque en cuerpo me encontraba sentado en esa silla, siento que mis pensamientos estaban muy lejos de ese lugar, en ese palacio de reflexión al que tal vez el director buscaba trasladarnos.

Entre mis pensamientos más recurrentes durante la función estaba “¿Por qué ellos?”, por qué la familia de Ciro, así como muchas de sector rural colombiano, tenía que sufrir tanto. Cómo es posible que la policía y fuerzas armadas colombianas, instituciones en que deberíamos apoyarnos en momentos de necesidad pueden darles la espalda a las víctimas e incluso, como en el caso de Elkin, ser promotores de su vinculación en el conflicto hasta la llegada de su muerte.

Otro cuestionamiento importante fue “¿Qué hacemos nosotros por esos ‘Ciros’?”, ¿Somos los que nos interesamos en estos temas de victimas de conflicto armado?, ¿Somos los que soñamos con algún día pagar la deuda que tiene la sociedad colombiana con estas personas? O, por el contrario, somos esos que le damos en la calle 50 pesos al desplazado por la violencia para no escuchar más su historia, somos esos que sentados en nuestro sofá celebrábamos cuando en televisión aparecen los operativos militares que dan de baja a 20 guerrilleros que fácilmente podían ser el hijo de Ciro, cualquier otro niño raptado a sus 12 años o uno de los muchos cuerpos comprados como falsos positivos a los paramilitares; o peor aún, ¿Somos esos que desde la ciudad e ignorando la participación de todos como sociedad colombiana en la construcción del conflicto armado se niegan a perdonar cuando alguien como Ciro si lo hace?

Termina la función de Ciro y yo y me encuentro rodeado de mis compañeros que se están secando las lágrimas y me pregunto ¿Qué pasa con Colombia?

— Pedro Alejandro Cabra

C10

Sobre lo humano de la guerra

“¿Los documentales colombianos no tienen nada más de que hablar? Ciro solo es uno más del montón. Él se buscó lo que vivió”. Esas palabras fueron las manifestadas por un joven al salir del cine el día de ayer, como si pudiera criticar objetivamente después de haberse atragantado con las palomitas y un perro caliente que compró para la función. Intenté encontrar sentido a su comentario. Tal vez lo decía porque a Ciro todo se le salió de las manos: su hijo, Elkin, por voluntad propia se había enlistado en la guerrilla y la AUC. Este muchacho, a puertas de volverse adulto, había sido asesinado tras reincidir como miembro activo de un grupo al margen de la ley. Con su esposa y Sneider cometieron un sin número de errores. Intentaron regresar a su municipio querido, la Macarena, pese al gran peligro que enfrentaban en ese lugar. No obstante, incluso teniendo de presente esa reflexión, a la fecha de hoy todo les ha sido arrebatado.

Sigo sin entender por qué la interpretación de la película para ese joven fue justamente esa. Para mí se trata de que es un mero espectador, de esos que no han sufrido el conflicto armado en sangre propia. No conozco su historia, pero reconozco a plena vista sus privilegios. El simple hecho de darse el lujo de pagar una entrada de cine, acompañado de comida y buenas amistades, se convierte en suficiente para tener la vista nublada sobre una realidad. Hemos tomado la situación de Colombia como indolora y repetitiva. Incluso, de manera sorprendente, el Gobierno lo ha hecho. ¿Cómo es posible no considerar a la familia como víctima? Es que acaso Anita no tenía el derecho de intentar emprender en el negocio de los chorizos, solo porque el beneficiario ha muerto. ¿Esa es nuestra idea de sociedad?

¡Yo si he sido víctima! , por lo que para mí esa hora y media me brindó la oportunidad de reconocer al otro como un HUMANO. Ese ser dotado de derechos, que pese a sus errores, merece vivir en un ambiente propicio para desarrollarse. Todos nos hemos convertidos en los críticos de la vida ajena, como si pudiéramos juzgar sobre algo de lo que ni sabemos. La película nos conduce a una posición totalmente contraria, esa propiamente reflexiva, que nos enseña que únicamente hay que agradecer en algo a la guerra: nos ha dado la identidad como colombianos. Somos una población unida por el dolor, por lo que no debemos dejarlo a un lado.

— Daniela Méndez

C12

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