Un viaje en trocha al corazón de la guerra

Juan Miguel Álvarez acaba de ser escogido por el True Story Award como uno de los mejores 39 reporteros escritores del 2018-2019 en el mundo. Su último libro ‘Verde tierra calcinada’ no sólo relata crónicas de la violencia en Colombia, sino que es una reflexión de lo que implica su ejercicio periodístico en el conflicto armado.

Tomas Urpimny

Estudiante de derecho y miembro del Semillero de investigación de 070

29.04.2019

El gambito de rey es una de las aperturas más audaces. Consiste en sacrificar un peón para lograr una mínima superioridad espacial. El ajedrez de la guerra en Colombia ha seguido una lógica similar: sacrificar miles de vidas por ínfimas ventajas militares y políticas en una absurda y delirante guerra. El libro Verde tierra calcinada (Rey Naranjo, 2018), escrito por el periodista Juan Miguel Álvarez e ilustrado con las fotografías de Federico Ríos, se empeña en recoger aquellas historias relegadas a un segundo plano durante el conflicto armado colombiano.

Son siete crónicas de lugares “calientes” de la geografía colombiana donde el común denominador es la casi total ausencia del Estado. Esto porque, como lo constata el autor, siempre llega primero “el Estado militarizado que el Estado Social”. En el cañón de las Hermosas, histórico bastión de las Farc, “la construcción de un puente o la pavimentación de una vía […] cargaba importancia militar y tenía como objetivo facilitar las operaciones”; mientras los anuncios de construir hospitales y escuelas se quedaron en repetidas y envejecidas promesas.

Si bien la élite política tradicional ha tratado de achacarle todos los males de este país, primero a Pablo Escobar y compañía, y muerto éste a las Farc, el trabajo de Álvarez y Ríos demuestra que la violencia y las atrocidades no son monopolio de un solo grupo. En este país han masacrado todos: grupos ilegales, agentes estatales, paramilitares y guerrilla, dejando a los civiles como carne de cañón; 1982 masacres desde 1985 a 2012 con el espeluznante saldo de 11 751 víctimas. Sin embargo, sin agobiar con datos y fechas, los relatos logran situar al lector de la manera precisa para entender la historia, haciendo hincapié en los testimonios de las víctimas como el de Esteban, campesino que sobrevivió a los duros enfrentamientos entre paramilitares y Estado, por un lado, y la guerrilla, por el otro.

Foto: Federico Ríos

Cuenta Esteban que el Bloque Calima de las Autodefensas Unidas de Colombia, confederación paramilitar orquestada bajo la batuta de la Casa Castaño, erigió una fortaleza de tortura en la cima de una pequeña colina de la vereda El Arenillo, Valle del Cauca, “en la que –dice Álvarez- se puede imaginar las súplicas de vida de las víctimas, los gritos de dolor por las torturas, el estallido de los tiros de gracia y el sonido inenarrable de la hoja filosa al despresar una persona.” En el hoy desbaratado y abandonado “Chalet de la muerte”, como lo conocen los habitantes del lugar, los paramilitares, con una descarada complicidad de las fuerzas militares, descuartizaron y desaparecieron a todo aquel que consideraban un auxiliar de la guerrilla. Para ser graduado de cómplice de la guerrilla bastaba con saludar a un integrante de las Farc o negarse a tener relaciones sexuales con algún jefe paramilitar.

Las historias contenidas en el libro son duras y dejan al lector en el filo de un abismo del cual se salva de caer gracias a las sobrias fotografías de Ríos, que brindan el tiempo y descanso necesario para seguir por las trochas olvidadas de la cartografía nacional. La cámara de Ríos enfoca los paisajes rurales de Colombia y de sus campesinos. Las imágenes enriquecen el texto y afirman rasgos de las personas, que sin aquellas serían más esquivos para el lector; tiene uno la sensación de que esas fotografías capturan a las víctimas en su humanidad. El atisbo de una sonrisa, las manos trajinadas de un campesino o incluso una lánguida mirada son imágenes que a las palabras, con frecuencia, les cuesta expresar. En esa medida, los dos trabajos dialogan y se complementan.

Foto: Federico Ríos

Verde tierra Calcinada se ocupa igualmente de la infamia del desplazamiento forzado masivo. Con nuestros casi ocho millones de víctimas, Colombia se ha coronado como el país con más desplazados internos en todo el mundo. En la historia que cierra el libro se relata el desarraigo y la barbarie del desplazamiento forzado: Wilfredi, un campesino pobre, vivió con su familia en Guadas, Chocó, “hasta que la guerra se los permitió”, ya que los paramilitares llegaron a sembrar el horror: “aniquilaron cuanto animal se les atravesó en el camino: perros que no se fueron detrás de sus dueños, vacas abandonadas, gallinas sin corral, loros enjaulados, cerdos con sus crías. Incineraron cada vivienda para dejar un escenario en el cual nadie pudiera quedarse y al que nadie pudiera regresar.”  La obra no se agota en la descripción de los alcances de la locura asesina desesperanzadora, pues el autor logra combinar la voz que narra con la voz que cuestiona, a tal punto que se hacen indisociables. Un verdadero “ornitorrinco de la prosa”, como define el mexicano Juan Villoro al periodismo narrativo.

El Álvarez que cuenta y el Álvarez que se pregunta se necesitan el uno al otro a lo largo de las historias. Dos tipos de preguntas y reflexiones formula aquí el periodista: por un lado, aquellas que versan sobre la lógica e idiosincrasia del conflicto armado colombiano –“A falta de combates abiertos entre las fuerzas del Estado y los grupos armados ilegales, la idea de nuestra guerra criolla es la idea de la muerte repentina y violenta por un torbellino de circunstancias inaprensibles e inevitables.”- que serían complementarias, de cierta manera, de los subjetivos relatos de las víctimas; y por otro lado, las reflexiones sobre la ética de quienes se acercan a estudiar el conflicto  y la forma en que nos relacionamos con el sufrimiento ajeno:

 -“Me sentí miserable. ¿Acaso mi vestido de periodista me autorizaba para venir desde tan lejos a pedirle a esta mujer que despertara su dolor más profundo?”-, se pregunta al entrevistar a una mujer cuya hija fue desaparecida por paramilitares.”

Foto: Federico Ríos

Otro acierto del libro es la forma en que evita caer en peligrosos maniqueísmos y muestra a las víctimas en todas sus complejidades y matices: hay unas que perdonan y buscan seguir adelante, y hay otras que no; hay víctimas que no guardan rencor, y otras que sí. Álvarez, que se describe como un blanquito cara limpia de ciudad, no juzga a sus entrevistados sino que trata de comprenderlos en sus contradicciones y sus dolores, y en sus esperanzas, como en el caso de los jóvenes tumaqueños que resisten a la guerra a través del teatro.   

Desde que la pluma de Rodolfo Walsh se interesó por aquel fusilado que aún vivía, el periodismo narrativo ha ejercido una labor de memoria y contrapeso frente al discurso oficial de los poderosos. La obra que nos entregan Álvarez y Ríos es una suerte de escudo contra el olvido y una invitación a recordar y preservar la memoria de los caídos, de los peones y de las piezas sacrificadas, y también de los sobrevivientes. De no hacerlo, solo nos espera el jaque mate.

 

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