Terapia de arte y choque para el San Juan de Dios

La Feria del Millón se realizó en un diamante arquitectónico, cultural, científico e histórico: el vasto y fotogénico Hospital San Juan de Dios. Este espacio ha sido, en sí mismo, una obra de arte y, por eso, hablamos con quienes lo han retratado desde esa y otras disciplinas.

por

Manuela Saldarriaga Hernández

Es Comunicadora social-periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana y Magíster en Periodismo de la Universidad de los Andes. Ha escrito para los medios nacionales El Tiempo, El Espectador, VICE y otros. Ha trabajado en la Fiesta del libro y la cultura de Medellín, Parque Explora, Universidad de Antioquia, Universo Centro y con la Fundación Gabo.


08.10.2021

Fotografías de la Feria del Millón y de María Elvira Escallón | Proyecto proyecto fotográfico y escultórico 'En estado de coma'.

Es arte pero también un paciente terminal. Así es como la artista María Elvira Escallón describe al Hospital San Juan de Dios en su proyecto ‘En estado de coma’ (2004-2007), cinco series sobre esta infraestructura del siglo XVIII, hoy llena de moho, abandono y belleza. Aún así, de puertas abiertas.

Fue donde se llevó a cabo la más reciente edición de la Feria del Millón en la que todo, como su nombre lo indica, tiene un costo alrededor de un millón de pesos: arte plástico, escultórico, grabado, fotografía, en fin. Desde 2019 esta Feria se trasladó de la zona industrial de Bogotá hacia el gran complejo arquitectónico del Hospital que, mediante ese dispositivo de exhibición lo convierte en una arte maestra.

El San Juan de Dios se integra a la apuesta distrital Bronx Distrito Creativo (BDC) con la que buscan construir un centro de desarrollo económico, social y cultural en el gran sector que permita reconfigurar su propio devenir histórico. Ahí está, entre otras, la gran mancha de las calles ‘Cartucho’ y luego ‘Bronx’, antes conocidas como ollas de vicio, que tras desmanteladas se han llenado de pintura y música.

El debate nacional sobre el destino del patrimonio, de hecho, nunca caduca. Ahora menos, cuando la toma de espacio público por parte de colectivos en medio de protestas sociales, así como la disputa discursiva y de poder sobre el asfalto, el suelo y los pedestales y peanas es tan intenso y estimulante.

Siempre que el arte entra a escena encuentra cómo alumbrar reflexiones. El Hospital San Juan de Dios fue clausurado el 29 de septiembre de 2001. Y sobrevivió a la amenaza de demolición por una gestión de sus antiguas empleadas  que junto con la Senadora María Isabel Mejía M. lograron que fuera declarado Patrimonio Cultural y Científico de la Nación. Hoy permanece firme aunque en un estado vegetativo persistente. 

La inercia 

La artista María Elvira Escallón recibió una nota en el libro de visitas de la exposición “Desde Adentro, fotografías y video sobre el atentado al Club El Nogal” en el 2004 en donde le pedían que visitara al enfermo más grave que había en Bogotá: el Hospital San Juan de Dios. 

Esa nota estimuló su inquietud y aunque el Hospital estaba cerrado hace ya varios años encontró el modo de entrar. “Era un complejo de enormes dimensiones completamente equipado y fuera de servicio. Como si alguna fuerza misteriosa hubiese sustraído a las personas aunque todo estaba allí”, anticipa la artista. “Fue un impacto muy fuerte encontrar en una capital, con tan apremiantes necesidades de salud, un bien social tan importante en semejante estado”.

Después de un tiempo, encontró que las personas que habían dejado esa nota era un pequeño grupo de aproximadamente quince personas, principalmente mujeres, que fueron durante años enfermeras del Hospital y que se consagraron a la labor de cuidarlo, tal como se hace con un paciente grave que no se puede abandonar. Estas mujeres se reunían en la capilla. 

“Siempre me acerqué al Hospital como un enfermo que no propiamente vive, pero tampoco está muerto. Que permanece en estado de coma, en un profundo sueño durante años. Llegué a hablar con esas enfermeras que estaban en la capilla a finales de 2004 y estuve visitando a este enfermo hasta el 2007”. La experiencia de recorrer este lugar fue tan fuerte que cuando entró, por primera vez, reconoció a esa antigua enemiga, ya conocida en la antigua Estación de Tren de la Sabana: la inercia. “Es verla no como una falta de actividad, sino como una fuerza viva que se apodera de los territorios”. En este caso, de estos dos bienes públicos. 

Con las antiguas jefes de enfermería, Escallón entró a la torre central del Hospital, la misma que se convirtió en sujeto de investigación de su proyecto. Las enfermeras, que después de ser despedidas se ocuparon durante más de una década de limpiar, uno por uno, los pisos de la torre médica; de conseguir el ACP mes tras mes para impedir que el equipo de resonancia magnética se apagara; de valorar el estado de los equipos, fue la presencia que más llamó la atención de la artista por tratarse de un trabajo silencioso de resistencia que nadie había encargado ni pagado. 

Para la artista, su obra no podía ser solo un registro documental del hospital, también debían acceder al testimonio vivo de quienes lo habitaron como Margarita Castro y Janeth Damián, líderes del grupo de enfermeras del que hay un video que incluye sus testimonios de cómo fueron los tiempos después de que el Hospital cerró. 

Después de pensarlo Escallón decidió hacer una primera serie que tituló Postales. Tomó muchísimas fotos por los distintos pisos y de ellas seleccionó algunas y como respondiendo a esa nota que recibió un día envió postales como si fuera la correspondencia de ese enfermo pidiendo auxilio. Por el revés de cada una se leía el inventario de los bienes del Hospital, piso por piso. 

540 camas de hospitalización
Un servicio de urgencias con capacidad de atención para 80 pacientes
16 salas de cirugía

“Empezaba de abajo hacia arriba. Todos los pisos que iba recorriendo tenían su inventario. Fue una especie de recuento del tránsito. Seleccioné diez fotografías y de cada una hice mil copias y envió a todas las personas que conocía del sistema de salud y a las no conocía también, y a periodistas, historiadores, artistas… Pero sentí que eso no era suficiente”, cuenta Escallón.

De esa primera serie fotográfica pasó a la segunda: Recorridos nocturnos. El Hospital fue definitivamente sacado de funcionamiento, desconectándolo, quitándole el suministro de luz, en palabras de la artista, así como se desconecta a un paciente terminal. “Este recorrido se realizó por las noches y estuvo centrado en el espacio de la cama como el único en que un enfermo puede tener intimidad. Consistió en captar la atmósfera de las habitaciones que eran iluminadas por el remoto alumbrado público o, a veces, por la luz de la luna”. 

“Hay muchas formas de pobreza. Una puede ser no tener, y otra tener y no haber sabido qué hacer con eso o cómo mantenerlo”.

La tercera serie se llamó Tejido blando. Con esta, Escallón fue tras el registro de las huellas de los pacientes que aún se veían en las telas del Hospital. “Es que no es solo lo pesado, también lo blando: toda la lavandería. 540 juegos de cama solo en un día, cuántas sábanas y almohadas, pañuelos, toallas. Y uno hace la cuenta de los miles de pacientes sin ocuparlo”, dice. Las tendió sobre el piso y las retrató también.

Las series siguientes son más subjetivas. Son Extracciones y Cultivos. Encontró catres o camas en un hospital que estaba liquidando su mobiliario antiguo en el centro de Bogotá y replicó en su taller una habitación de hospitalización del San Juan de Dios con una cama sobre la que cultivó una capa de hierba. Y, de otro lado, en la serie Extracciones realiza una operación escultórica de sustracción cortando fragmentos de esos catres o en otros casos sumergiéndolos en las paredes, como aludiendo a la pérdida progresivo de los bienes del Hospital hasta no dejar espacio para el paciente. 

Esta fue la escuela de medicina de la Universidad Nacional durante décadas, donde se perfeccionó un sistema de enseñanza y fue un centro médico de altísima especialización en Colombia y en Suramérica. Cuando se visita hoy en día este espacio, como en la Feria del Millón, el peso de su historia gravita por sus pasillos. 

El arte también hace de nodriza 

En 1564 fue cuando el arzobispo de Santafé, Fray Juan de los Barrios y Toledo, donó una de sus casas para convertirla en centro de atención a enfermos. Y hasta 1723 pasó a ser un Hospital público, administrado por la Beneficencia de Cundinamarca. 

“Fue el centro de atención emblemático que estuvo al alcance de todos. Atendió a una población de muy bajos recursos, era considerado un hospital de guerra y no se requería ni siquiera cédula para acceder a sus servicios de altísima calidad”, dice Escallón. “ A pesar de ser una institución de caridad, el San Juan de Dios no era un hospital pobre. Fue costumbre de los cristianos y católicos en los siglos pasados dejar una porción de sus bienes a estas instituciones”, dice la artista.

Ese fue el caso de José Joaquín Vargas Escobar, conocido también como J.J. Vargas, quien dejó en su testamento 2.100 fanegadas al San Juan de Dios, una inmensa parte del occidente bogotano de su hacienda El Salitre –ubicada entre la calle 68 y 22, y las carreras 30 y Boyacá–, que hoy se juzga como una tremenda herencia mal administrada. “El Hospital fue confinado a su propio lote”, dice Escallón. 

Desde la Ley 100 todos los centros médicos cambiaron su forma de gestionar sus propios recursos y muchos hospitales públicos y universitarios fueron sacados de funcionamiento. “Hay muchas formas de pobreza”, dice Escallón. “Una puede ser no tener y otra tener y no haber sabido mantener lo que se tiene”, declara. 

De este recinto arquitectónico que escenificó la Feria del Millón, en la que también participó con otra obra María Elvira Escallón como parte de una curaduría especial llamada Maestras del arte contemporáneo –a la que también fueron invitadas la artistas Leyla Cárdenas, Libia Posada, Rosario Lope, Ana María Rueda y Mariana Varela–, también sobresalen otros procesos paralelos.

Hablamos de sus habitantes, quienes indudablemente otorgaron una energía a la memoria que allí se levanta. Hubo 26 ocupantes, ex empleados del lugar, que tras el Hospital quedar en deuda con ellos lo tomaron como la vegetación al barro. Una historia muy bien dilucidada por el periodista Lorenzo Morales en su libro ‘Adentro, vida en Bogotá’, en el que trabajó durante cinco años para contar la historia. Para él, el San Juan de Dios no es solo fotogénico por su estructura desvencijada, sino también por su majestuosidad.

Él concibe que las ciudades en sí mismas son sitios de constante transformación, esa es su naturaleza. “Se construyen cosas que luego decaen, desaparecen, se abandonan”, dice, “y con frecuencia vuelven a tener otra prolongación de su vida, tal como sucede con las viejas prisiones en Estados Unidos que hoy renuevan”. 

“En el caso del Hospital no es solo nostálgico, estamos hablando de un servicio público no elitista que desapareció y donde quedó enterrado un escándalo de corrupción”. 

Le parece incluso deseable que un espacio así, como el Hospital, pueda ser sacado del abandono, sobre todo porque quien lo visite, así sea para ver una Feria de arte, se enfrente a recordar lo que fue, porque es lo que mucha gente ignora, dice el periodista, a quien le llamó la atención principalmente toda la vegetación de sus altos muros, los árboles bicentenarios en el jardín y las ambulancias antiguas desvencijadas y pinchadas, además de la gente. 

“Asomarse al pasado de esa época gloriosa que tuvo el Hospital es interesante, pero sí hay una tragedia: cerró. Y nadie asumió su cuidado hacia el final. El arte abre canales de comunicación diferentes y, mediante artículos y denuncias que no funcionaron, dispone otra forma de conversación sobre lo que aquí pasó”, dice Morales. El arte juega, entonces, el papel de ser nodriza.

Y es que se podría pensar en el Teatro Popular de Bogotá, en la Avenida Jiménez, hoy en día Espacio Odeón que pasó a ser una galería de arte contemporáneo pero conserva su vocación cultural. Donde tiene preguntas el periodista es con el centro de salud en el que el arte pretende hacer terapia de choque. “El caso del Hospital no es solo nostálgico, estamos hablando de un servicio público no elitista que desapareció y donde quedó enterrado un escándalo de corrupción”.  

Ante la pregunta de si el arte puede curar el dolor de este espacio, Escallón cree que no. “El arte puede señalar, puede construir metáforas que nos permitan sentir una serie de cosas que no son directamente visibles y puede aludir a asuntos que han pasado y ya no están”. 

Y el arte en este caso, para ella, puede hacer que la gente se acerque al patrimonio y haga consciencia de esta pérdida que aún no es absoluta. “Aquí no se trata solo de que el arte exalte una joya arquitectónica; el patrimonio con el que este proyecto de arte se relaciona, es el derecho a la salud por parte de todos que este Hospital representó”.  

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Manuela Saldarriaga Hernández

Es Comunicadora social-periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana y Magíster en Periodismo de la Universidad de los Andes. Ha escrito para los medios nacionales El Tiempo, El Espectador, VICE y otros. Ha trabajado en la Fiesta del libro y la cultura de Medellín, Parque Explora, Universidad de Antioquia, Universo Centro y con la Fundación Gabo.


BIO

Manuela Saldarriaga Hernández

Es Comunicadora social-periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana y Magíster en Periodismo de la Universidad de los Andes. Ha escrito para los medios nacionales El Tiempo, El Espectador, VICE y otros. Ha trabajado en la Fiesta del libro y la cultura de Medellín, Parque Explora, Universidad de Antioquia, Universo Centro y con la Fundación Gabo.


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