Anajirawa: crónica por entregas

Memoria

La memoria es el pilar de la identidad. Indispensable para la defensa de derechos y territorio. El turismo ha permeado la identidad y difuminado la memoria de los baruleros: recuperarla es urgente. Eso intentamos desde dentro y fuera del salón de clases del colegio del Pueblo de Barú.

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Mariana Sanz de Santamaría

02.09.2018

Barú es África. Así como lo es el 10,62% de los colombianos que son afro, y aunque ya han pasado cientos de años desde que llegaron los primeros africanos a esta tierra, y en esos años mucho mestizaje, las comunidades negras se identifican aun con África.  A veces incluso más que con el resto de Colombia. Esa memoria, de dónde vienen y qué los identifica, es pilar de su resistencia.

El turismo y la clase alta colombiana, propietarios de muchas tierras de la isla, influyen fuertemente en Barú y su gente. Esta injerencia es de doble filo. Positiva, claro, pues trae altos ingresos todo el año. Es, sin duda, de lo que se sustenta la gran mayoría de baruleros. Pero su influencia negativa es profunda y difícil de revelar.

 

La dinámica entre el turismo y la comunidad es, en algunos casos, una continuidad de muchos, muchísimos años de exclusión y de dominación blanca, es una nueva esclavitud y, desafortunadamente, es el incremento de la brecha de desigualdad -suficientemente honda-  en este rinconcito Caribe.

 

La propiedad de la tierra, por ejemplo, es una de estas dinámicas. Los nativos han sido, poco a poco, arrinconados en su propio territorio por extranjeros o colombianos de alto estrato quienes han comprado su tierra a precios irrisorios para fincas, casonas y hoteles.  Y son hoy esos nativos, quienes aun habitan esas tierras, pero ya no como propietarios, sino como cuidanderos, mayordomos, cocineras o jardineros de sus patrones blancos. Esta compra y venta de tierra ha sido en injusta desventaja del vendedor, quien, ante una jugosa propuesta y sin apropiada asesoría, vende a un precio irrisorio pero sobretodo sin entender las implicaciones a largo plazo de perder la propiedad del territorio.

 

En la crónica “Barú: La memoria como resistencia” de Javier Ortiz Cassiani que rescató el CNMH, dice que “En la isla de Barú han operado múltiples formas engañosas para quitarle la tierra a la gente, sin embargo, todas tienen algo en común: han estado sustentadas en inversiones millonarias detrás de un modelo de desarrollo que niega a las comunidades y privilegia los megaproyectos.” Y así tal cual continúa, con un tris más de garantías para las comunidades – garantías aun en papel- pero en injusta desventaja. O sino, vean la portada del mes de junio de JetSet.

 

Mucho del turismo que acá llega es, desafortunadamente, uno irresponsable.

 

A la playita de la Ciénega de Cholón, por ejemplo, llega lo peor del turismo. Es conocido como un destino de droga, de alcohol, de excesos. Un turismo masivo, proxeneta, inconsciente social y muchas veces mal tratante y abusivo con los nativos, quienes los atienden en la playa. La mayoría que llegan son gringos, pero también hay muchos colombianos en yates gigantes con música a todo volumen y mujeres en bikini o en bola.  Hace poco fue descubierta la red proxeneta de La Madam, red dirigida por una cartagenera y cuya sede era, en efecto, la playita de Cholón. Esto me ha confrontado muchísimo pues en algún momento yo fui a Cholón en ese plan, ignorante de las implicaciones detrás. Hoy lo veo y entiendo con desprecio.

 

Este no es el caso de todo el turismo que llega, claro. Pero sí es el que más influencia a la comunidad. “Seño es que esta es la única playita que nos queda a uno” dice una cocinera de Cholón, tía de Luzdey de octavo. “Ajá seño e’que Cholón es la única fuente de ingreso’ pa los baruleros” me dice Karim, estudiante de mi Equipo 10 que trabaja ahí los fines de semana. Papá en cuatro meses con una estudiante de once. El resto de los terrenos de la Ciénega de Cholón, y la isla,  son casas u hoteles privados de limitadísimo acceso.

Y en efecto ganan buena plata por un fin de semana en la playita, “ ‘Da seño, un buen fin’esemana nos rebojcamos hasta 400 mil pesos”. Frente a esa fácil fuente de ingreso de poco esfuerzo, entre otras, la educación termina teniendo un lugar muy rezagado para la comunidad.

 

Los turistas son cachacos o “blanquerío” como dicen ellos, los dueños de los hoteles y las casonas, blancos , los  dueños de los yates; blancos, y, por tanto, el anhelo es, claro, ser blanco. Usar la ropa de marca que usan ellos, y soñar algún día en ser como los patrones, a quienes veneran y sirven, pero también envidian y resisten. Patrones de nuevo, que muchos conozco y que, de alguna manera hace parte del círculo social de donde yo vengo. Esa dualidad ha generado en mí reflexiones difíciles y profundas.

 

“Ya mi papá me compró la camiseta nai, pá estrenar en las fiestas de mayo”; “yo ya le dije a mi papá que quería la cuiksilve”; “yo quiero los tenis de adidas bien bacanos pa vacila’los”; “el patrón de mi mamá le regaló unas camisetas para mí, nuevecitas, originai”. Cuchicheaban en recreo detrás de la sala de profesores unos pelados de noveno. “Seño, ¿sus tenis son originales?”, me han preguntado unas diez veces recordándome que soy parte de esa dinámica también. Se apodan con marcas y lo escriben en los pupitres; “Anyelo Underarmour”, “Yeison Adidas”, “John Naiker”, y este último, de séptimo B, así se llama.

 

“Seño, ¿qué significa just do it?”, me preguntó Anyelo una vez, me demoré un poco en entender que era el slogan de Nike y decidí dar toda una clase de slogans de marcas para trabajar en el vocabulario. Y eso, antes que el verbo To-Be de “I am afro”,  sí que se lo aprendieron.

 

Los baruleros reconocen, no todos, que son negros, pero su ideal, a veces consciente y a veces inconsciente, es no serlo. Esta influencia del “blanquerío”, como le dicen, ha alterado de su identidad y memoria profundamente.

 

Fe y Alegría, la fundación que administra el colegio del Pueblo de Barú, desde hace cinco años está apostándole a la recuperación de la memoria barulera. Busca fortalecer así su sentido de identidad para que con ello, protejan y defiendan su territorio y comunidad. Una iniciativa para lograrlo es la celebración del siete de junio: Día de la Memoria Barulera.

 

En el siglo XIX Barú era una gran hacienda propiedad del español Manuel Vicente Gómez Brevia y su familia. A ellos le servían esclavos negros que vivían a los alrededores del territorio cultivando y trabajando la tierra. El siete de junio de 1851, a portas de la abolición de la esclavitud, cinco esclavos; José Liberito Barrios, Pilar Cortez, Francisco Gómez, José Higinio Villalobos, José Antonio Medrano, en representación de las cinco familias de la “vecindad de Barú”, recogieron 1,200 pesos para comprarle la tierra. El español accedió y ellos inscribieron en Cartagena un título colectivo proporcionándole un carácter de propiedad colectiva y de bien común.

 

En ese título colectivo, que leímos los profesores con nuestros estudiantes de dirección de grupo el día antes, dice que “las enunciadas tierras en ningún tiempo puedan pasar a ser propiedad particular, ni patrimonio de ninguna persona ni familia, ni que por el transcurso de los siglos que pudiera consumir totalmente la población del vecindario de Barú́ aun en jeneraciones futuras, puedan considerarse las referidas tierras como bienes mostrencos i por tanto recaer su propiedad en el gobierno(A.H.C. Notaria Primera de Cartagena, 1851, Protocolo, 97. Tomo 1.). Este es, entre otras cosas, el primer título colectivo de Colombia.

 

Esa vocación e intención de colectividad, desafortunadamente, se ha perdido entre tanta cosa que viene y va en esta isla. Pero es esa colectividad, que tanto anhelaban sus ancestros, que queremos rescatar a través de este ejercicio de memoria.

 

Los preparativos para el siete de junio estuvieron a cargo del equipo de Orientación; la psicóloga del colegio, de Tunja y la trabajadora social, de María la Baja. Hubo roces y desacuerdos entre el cuerpo docente barulero y Orientación pues estos primeros sentían, una mezcla de inconformismo porque eran personas ajenas a la comunidad las que lo estaban organizando y, al mismo tiempo, envidia porque no eran ellos los que tenían la iniciativa de organizarlo. El liderazgo barulero, desafortunadamente, es débil y poco presente.

 

 

Por ser una comunidad afro a los baruleros los cobija la Ley 70 de 1993 que les prevé el derecho de autoridades autónomas para toda la toma de decisiones que les incumba. El Decreto 3770 de 2008 reglamenta el funcionamiento de Consejos Comunitarios, ente de máxima autoridad en estas comunidades conformado por líderes sociales escogidos colectivamente por ellos. Acá, con ninguna coincidencia con todos los gobiernos locales del resto del país, son contados los miembros del Consejo Comunitario que no están involucrados en otros negocios e intereses, como el picó, la venta de cerveza, los quioscos en Cholón, y que velen realmente por el bienestar y protección de su comunidad y cultura, por encima de la propia. La pasada símil era irónica.

 

He tenido, sí, la fortuna de conocer a algunos. El Señor Wilner, por ejemplo, de quién hablaré la extensidad que se merece en otra entrada de este blog. A Dioris,  a Leonard, papá de Yorimbet, una estrella de mi Equipo 10,  a Diego, papá de Ivana, otra excelente estudiante de séptimo y la Señora Cruz, vecina mía y madre comunitaria.

Wendy, la hija menor de la Señora Cruz me dijo una vez, “Seño yo ya soy líder de mi comunidad, yo no tengo que esperá a gradua’me del colegio.”. Y sí que lo es. Ella, por ejemplo, dice que es negrita y que le fascina su color.

 

El siete de junio nos despertamos a las 4am. Nos encontramos frente al colegio, los profes, un grupo de unos doscientos estudiantes y algunos padres de familia. Todos con farolitos de botellas plásticas reciclas iluminados con velas. Empezó así la alborada con tambores y gaitas recorriendo el pueblo. Recorrido que no dura más de media hora. Se iban asomando cabecitas por las puertas y ventas de las casas que íbamos pasando. Unos se unían y otros solo se quedaban viéndonos pasar. Aunque este ya era el quinto año en celebrarse, aun no tenía la convocatoria esperada. Reconstruir memoria y tradición toma tiempo.

 

Vimos cómo amanecía en esta isla mientras caminábamos juntos recordando a quién le pertenece este territorio. Fue mágico.

 

De regreso al colegio desayunamos peto de la “petera” recién hechecito. A las diez de la mañana era el encuentro en la Casa de la Cultura para un homenaje a los sabedores; más de setenta abuelos invitados a hablar de Barú y de su historia.

 

 

Los y las sabedoras fueron llegando perfumados, bien vestidos, con toda clase de collares y pulseras y maquilladas. “Buenoj diaj pelaos, que bonito que se acuerden diuno” Me saludó la abuela Marisela al entrar a la Casa con gafa de sol pues ya está ciega, tres collares, y flor en el pelo.

 

 

Hubo un homenaje al músico barulero Zapato, un abuelo de 90 y pico de años, quién se lanzó ahí un ritmo improvisado con el tambor. Tuvimos prueba de dulcecitos típicos como cocadas, dulces de mamón, de tamarindo y de mango para los invitados. Un historiador de la Universidad de Cartagena y un líder palenquero director mucho tiempo del festival de tambores, vinieron también a dirigir un conversatorio sobre la importancia cultural inmaterial de la memoria y la identidad para la comunidad.

 

Y después vino la presentación de baile.

 

El colegio tiene un grupo de danza a cargo de Catalaya. Es un pelado Santanero, becado en Bellas Artes dedicado a la danza, a entrenar y presentarse en todos los festivales y competencias existentes de la región. No me sé el nombre de verdad porque así le dice todo el mundo. Eso me pasa a menudo y muchas veces no se si es el nombre o el apodo pues en Barú, y en la Costa, apodar es un reconocimiento social. Una muestra de que te conocen, te reconocen y tienes un lugar en la comunidad. Practican en el patio del colegio por las noches, lugar donde pasa todo; las asambleas con padres, las clases de educación física y las presentaciones del colegio.

 

El piso está un poco quebrado y bailar descalzo ahí es doloroso. Pero nadie se queja. El baile es para ellos el medio más certero en el que su cuerpo expresa la memoria que sus genes tienen.

 

Empezaron a practicar un mes atrás. Mientras unos seis pelaos tocan los tambores, otras 10 o 15 bailan a su son. Los que tocan suelen ser hombres, menos Geraldine y Natalie que se meten, aunque se la monten, a pegarle al tambó. Las que bailan suelen ser mujeres, menos Maiker, que dejó que venir al colegio “porque Seño conmigo se meten porque bailo bacano y eso a mi no me gusta”, y otros dos que se debaten internamente si bailar o no pues puede significar que los discriminen por “maricas”.  Esas dinámicas de género son complejas y profundas. Yo aun no he podido entenderlas. Catalaya, por ejemplo, es abiertamente homosexual, y le dicen cosas y lo arremedan, pero él logró ganarse su respeto, pues sin él no hay grupo de danza y ese espacio es, me atrevería a decir, hasta más importante que el puesto de salud -que no hay-.

 

Yo, de sapa, me metí a algunas prácticas por la noche. Un poco para soltar la carga emocional y física que implica vivir y trabajar en un territorio como este pero también porque mi cuerpo siempre, desde que recuerdo, me ha pedido el baile.

No me aguanté las ganas de moverme con las peladas, así que me descalzé y bailé con ellas. Varias noches. Y es que es una delicia bailar con tambores, no con canciones comerciales ni con parlantes. No. Con tambores y descalza.

 

Catalaya y los pealos me propusieron que siguiera practicando y me presentara el 7 de junio con ellos. No tuvieron que insistirme mucho.

 

Así fue como, después del conversatorio nos tocaba el turno. Esto era era con vestuario que habían mandado a hacer en Cartagena y maquillaje y todo. Yo, la seño, me sentía otra vez de 15 años nerviosa con mis peladas mientras esperábamos para bailar frente a los abuelos, descalzas en tierra con piedritas y huecos. Compartir con ellos ese espacio, y todas las noches de prácticas, es indescriptible. Desde que me descalcé con ellos y moví mi cuerpo al mismo son,  me ven distinto, nos vemos distinto. “Esta es la seño que baila” me presentan algunas  a sus mamás, y así también me reconocen algunos en el pueblo.

Se sienten más cercanos a mí, y yo a ellos, confían más en mí y me tienen más empatía, que ha sido tan difícil de generar con muchos, por ser blanca, cachaca y mujer. El lenguaje corporal es el primer lenguaje de todos, nos comunicamos mucho más auténtico de manera no verbal. Bailar con ellos me hacía sentir negra.

 

Estamos en el proceso de construir memoria juntos y yo tiñendo la mía de negro.

 

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