[e-Duque: Tercer Capítulo] Llegó el Parque Ivan Duque

Papitos y mamitas, niños y niñas y abuelitos y abuelitas, ¡bienvenidos al Parque Iván Duque! Disfrute del jardín de dinosaurios expresidenciales, admire al coloso pesadilla, llévese todo por delante en los carritos chocones. En este parque diseñado por los periodistas Eduardo Arias y Karl Troller hay una atracción para todos. Los precios de entrada incluyen IVA del 19 por ciento. Esta es la

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Eduardo Arias y Karl Troller

Esta dupla lleva más de treinta años haciendo periodismo y el humor. Han estado detrás de la revista Chapinero, trabajaron con Jaime Garzón en Zoociedad, fundaron Larrivista y dirigen la Orquesta Sinfónica de Chapinero.

16.12.2018

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  • Luis Gabriel Vargas Campuzano

    La Caricatura: Descontento Popular o Garabato.
    El problema de la caricatura colombiana en la actualidad no es la denuncia social de los desmanes del poder, sino la muerte del arte en el día a día del suceso político.
    La música, el cine, la escultura y la novela sobrepasan el tópico que están tratando y reclaman un espacio propio en el arte. Sin embargo, ya sea por la materia de la que está hecha o porque no necesita recursos demasiado costosos, la sátira escrita o dibujada, salvo las grandes excepciones (El Satiricón, Los Viajes de Gulliver, Las Aventuras del Barón de Münchhausen en lo escrito o William Hoghard y Honoré Daumier en lo pictórico), se pierde en el momento mismo de su creación.
    La mofa se reemplaza por la siguiente morisqueta o sandez que se le ocurra al tipejo retratado, la caricatura se vuelve válvula de escape de las tensiones sociales, en vez de cumplir una función denunciadora del poder y de un llamado a la oposición política. Este simple desplazamiento de la función social del “caricaturista” lo transmuta en voceador, en un saltimbanqui que alaba al poderoso con esa extraña manera de veneración que tienen los bufones.
    Esa risotada que el dibujante pretende escupir con todo y vómito de ira contra el poderoso, no es más que una manera extraña de servirle al mismo poderoso o, por lo menos en estos regímenes democráticos donde la burla está permitida; su finalidad es ilustrar como el gobernante se encuentra al nivel del pueblo, lo comprende y lo celebra.
    La caricatura de Vladdo y Matador, pese a ser de las pocas expresiones de descontento popular, no fungen, por mucho que lo intenten, como una advertencia del peligro social del gobierno. Los caricaturistas le brindan sin desearlo una herramienta de control social, a cambio de perder el rumbo artístico que el dibujo bien encaminado puede lograr.
    ¿O acaso no pueden pintar algo que valga la pena? Cristo resucitado diciéndole a la Magdalena Noli me tangere, a Aníbal cruzando los Alpes, a Espartaco encadenado. Estos ejemplos solo buscan ilustrar la principal razón por la cual dudo del poder de la caricatura como medio de respuesta política, pues ninguno de ellos responde a sí mismo. Los motivos artísticamente sublimes pueden ser invocados para arengar, inspirar, ilustrar en cualquier momento histórico o, ¿acaso alguien, no entendería la conexión entre los feminicidios y El Suicidio de Lucrecia? Sin embargo, la caricatura trae la moraleja, la metáfora del mismo sujeto al que piensa combatir.
    Pretender menoscabar el gobierno de Duque, que ya es bien caricaturesco, con un dibujo, es una caricatura en sí.

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