Las noches de pánico en Cali y Bogotá

Los toques de queda en Cali y Bogotá de hace 15 días estuvieron protagonizadas por el pánico colectivo luego de que las redes se llenaron de imágenes de supuestos vándalos entrando en conjuntos y unidades residenciales. Autoridades, como la Policía y Alcaldía de Bogotá, han desmentido estas imágenes. Tres profesoras de Comportamiento y desarrollo, en compañía de sus estudiantes, analizaron el origen del pánico.

Lina Moros, Catalina Estrada-Mejía y Mariana Santos

Universidad de los Andes

07.12.2019

En nuestra última clase de Comportamiento y Problemas del Desarrollo, en la Universidad de los Andes, una estudiante, Ana María Steiner, nos sugirió discutir sobre lo que sucedió en Cali y Bogotá el 21 y 22 de noviembre en medio del Paro Nacional y el toque de queda. ¿Qué conceptos de las ciencias del comportamiento nos pueden ayudar a darle sentido a lo que pasó en estas ciudades? 

Abrimos un espacio de discusión en el curso, integrado por estudiantes de diferentes disciplinas y que vienen de distintos lugares del país. Con este artículo, y basadas en las experiencias que compartieron nuestros estudiantes en la última clase del curso, queremos compartir algunos conceptos que nos pueden servir para entender por qué “buenos” ciudadanos se armaron con machetes y palos para defender a un enemigo que, parece, nunca existió. 

Los hechos

Jueves 21 de noviembre: diversos sectores convocaron un gran Paro Nacional. Antes de esta fecha, algunos personajes públicos difundieron información sobre cómo el Paro estaba orquestado por grupos ilegales para desestabilizar al país, que era una conspiración del “castro-chavismo” o del Foro de Saō Paulo y que en este día los más violentos se tomarían las calles y destruirían las ciudades. Por otro lado, empezaron a compartirse audios y videos por las redes sociales cuyos protagonistas “encapuchados” invitaban al vandalismo y a la violencia en la jornada del Paro

El #21N terminó en paz en algunos sitios, pero no en todos. Un cacerolazo espontáneo comenzó en Bogotá hacia las 7 de la noche y se extendió por toda Colombia. Ciudadanos se tomaron masivamente las calles para protestar con cacerolas por el mal gobierno. 

Lo que no se esperaba era lo que pasó en Cali esa misma noche. En medio de un toque de queda declarado desde la tarde, los ciudadanos vivieron una noche de zozobra y angustia, en parte amplificada por información compartida a gran velocidad sobre un escenario aterrador: hordas de “vándalos encapuchados” estarían entrando a las unidades residenciales a asaltar. La especulación comenzó por WhatsApp: “Me llegaron videos que me ponían súper nerviosa”, cuenta Patricia, una estudiante de Cali. “Mostraban que se estaban metiendo ladrones a las unidades (…) se sentía como la película La Purga; incluso algunas personas pusieron la música de la película en la calle”.  

Ante la multiplicidad de mensajes y videos compartidos por sus familiares y amigos, los caleños decidieron defender sus unidades y se organizaron en grupos para hacer guardia a las entradas de sus casas. Lo hicieron con palos y machetes pero también empezaron a aparecer videos de personas armadas con fusiles. 

Cali no durmió hasta altas horas de la madrugada. Todo se transmitía a su vez al resto del país a través de las redes sociales. “La gente sacó armas de fuego, hachas. Todos salían de sus casas y hacían rondas, se hacían comentarios muy violentos y agresivos entre mis vecinos, que eran personas de clase media y alta que viven en unidades”, contó Patricia, otra estudiante.

La siguiente noche, el viernes 22 de noviembre, le tocó el turno a Bogotá, en donde se decretó también un toque de queda. De repente, los bogotanos comenzaron a recibir mensajes por redes sociales de que lo que había ocurrido en Cali estaba ahora ocurriendo en su ciudad. El pánico colectivo desveló a Bogotá. Mientras los ciudadanos compartían videos y audios sobre la supuesta invasión de los vándalos a sus conjuntos, gritaban en las calles al ver a cualquier persona, hacían sonar las alarmas de sus casas y marcaban a la línea de emergencias de la Policía Nacional hasta hacerla colapsar. Por redes sociales también se estaba generando el ambiente propicio para el pánico: “Leí un tweet que decía que las ‘hordas castrochavistas’ se estaban metiendo a las casas, vi también un tweet de María Fernanda Cabal recomendando a las personas que se armaran y protegieran sus hogares”, cuenta Brayan. 

Erick, otro estudiante, nos cuenta que poco a poco comenzaron a escribirle amigos que vivían cerca diciendo que “habían tenido que bajar a defender su conjunto. Mis vecinos comienzan a salir con palos diciendo que debemos bajar (…) luego suenan las alarmas en el edificio. Salen mis vecinos diciendo ‘bajemos, bajemos’. Yo digo, ‘esto es lo que yo tengo que hacer si todos lo hacen (…), los guardias vienen corriendo, se genera una acción en mi propio contexto entonces yo me sumo, algo incrédulo, pero mejor estar preparado que no estar. Luego me quedé abajo con los vecinos, pese a que seguía preguntándome ¿por qué los vándalos vendrían aquí y no a un centro comercial?”

El origen del pánico

La teoría de los dos sistemas de pensamiento, popularizada por el psicólogo y ganador del Premio Nobel de Economía Daniel Kahneman (2012), nos ayuda a explicar este fenómeno. Según Kahneman contamos con dos sistemas de pensamiento: uno rápido (sistema 1) y uno lento (sistema 2). El Sistema 1 automático, usa información emocional, usa estereotipos y es subconsciente. Este sistema detecta relaciones simples entre la información que recibimos y genera conclusiones de una forma rápida y automática. Al contrario, el sistema 2 es lento, requiere más esfuerzo, es lógico, es calculador y es consciente. El sistema 2 nos sirve para tomar decisiones después de analizar con más detalle la información y la evidencia disponibles. Tanto el sistema 1 como el sistema 2 están continuamente activos y mantienen un diálogo constante. Para poder entender cómo estos dos sistemas funcionaron durante las noches que siguieron al Paro Nacional dividimos la historia en partes.

Primera parte: las personas recibieron una avalancha de información. Los mensajes transmitidos por los noticieros y las redes sociales, antes y durante el paro, crearon la antesala psicológica de lo que ocurriría pocas horas después de terminadas las marchas. Todo el ambiente previo al #21N alteró lo que se conoce como el heurístico de disponibilidad (Kahneman &      Tversky, 1973). Un heurístico es una herramienta que utiliza el sistema 1 y que consiste en usar pocas piezas de información para sacar una conclusión general de una situación compleja. 

es mucho más probable que usted haya buscado en Google o Twitter cosas como “ladrones en la ciudad”, “robos en conjuntos” o “vándalos paro”, a que haya buscado cosas como “barrios en calma”.

En particular, en el heurístico de disponibilidad los juicios de una persona están influenciados por las primeras ideas que se le viene a la mente, sin considerar en muchos casos que esta información puede ser incompleta o representativa. De este modo, el heurístico de disponibilidad nos puede llevar a subestimar o sobreestimar la probabilidad de que un hecho suceda al basarnos únicamente en la información disponible en nuestro cerebro sobre sucesos parecidos al que estamos evaluando. 

La información sobre algunos actos violentos ocurridos durante las marchas se repitió a través de muchos canales y con relatos e imágenes visuales muy vívidas. En consecuencia, esta información se encontraba muy activa en la memoria de las personas, y puede haber sido usada por el sistema 1 para construir la idea de que era muy probable que efectivamente fueran víctimas de hechos violentos, lo que da prioridad a acciones de autoprotección. 

Sin embargo, el sistema 2 debe activarse también para evaluar si esta reacción instintiva realmente corresponde a la realidad. El sistema 2 debe evaluar con datos y análisis si la percepción inicial de estar en riesgo es correcta o no. El diálogo entre el sistema 1 y el sistema 2 debería ser algo parecido a la siguiente conversación:

Sistema 1: “He visto 10 videos de vándalos en sitios distintos, mi tía dice que se metieron a su conjunto y ella vive a quince minutos, las calles están solas y mis vecinos se están armando, esto va a pasar en toda la ciudad y debo estar listx”

Sistema 2: “¿Estás segurx? No generalices, esto no puede ser así. Estás siendo víctima del sesgo de disponibilidad, sólo porque pasó en otro lado de la ciudad o en otra ciudad no significa que te va a pasar a ti, la probabilidad es muy baja”

Una de las cosas que las personas hacen para intentar corroborar si los juicios del sistema 1 son ciertos es buscar información adicional. Aunque en principio esta acción debería ser útil, muchas veces se cae en el sesgo de confirmación. El sesgo de confirmación consiste en buscar la información que confirme lo que estamos pensando y en desvalorizar o ignorar la evidencia que contradice esa hipótesis. En las noches del 21 y 22, es más probable que las personas buscaran información que confirmara los peligros y no la información que corrobora lo contrario. 

Por ejemplo, es mucho más probable que usted haya buscado en Google o Twitter cosas como “ladrones en la ciudad”, “robos en conjuntos” o “vándalos paro”, a que haya buscado cosas como “barrios en calma”. Es más, con nuestros amigos de Whale & Jaguar, un equipo de ciencia de datos, hicimos un ejercicio rápido en Twitter para encontrar los términos más asociados al Paro Nacional durante el viernes 22 de noviembre. 

Con ellos, descubrimos que “miedo y vandalismo”, “palos y piedras” y “venezolanos” fueron las palabras más usadas en las publicaciones relacionadas con el paro ese día. La referencia a los “venezolanos” es un ejemplo claro de cómo se forman y refuerzan estereotipos, que son generalizaciones que hacemos de las personas que pertenecen a grupo claramente identificado. 

Adicionalmente, las personas en muchas ocasiones no se preguntan sobre la veracidad de la información que están recibiendo. Por ejemplo, una persona en nuestra clase recibió cuatro veces el mismo video de un presunto robo de esa noche. Sin embargo, en cada oportunidad, quien lo enviaba decía que el robo había pasado en una parte diferente de la ciudad. Estos dos mecanismos del sistema 1, el heurístico de disponibilidad y el sesgo de confirmación, pueden explicar por qué las personas formaron una creencia tan fuerte de que la amenaza era real. 

Segunda parte: comienza a aparecer el contagio emocional y el estrés colectivo (Hatfield, Cacciopo & Rapson, 1993). Está demostrado que cuando observamos a otra persona en una situación de estrés, nosotros también comenzamos a experimentarlo fisiológicamente: los niveles de cortisol aumentan tan sólo al observar a alguien estresado (Buchanan, Bagley, Stansfield & Preston, 2012). 

Las personas que ya se habían formado la creencia de que estaban en riesgo empiezan a escuchar, a leer y a ver en las redes sociales que otros ciudadanos también se están preparando para defenderse. Al enterarse que otras personas también están asustadas, este sentimiento empieza a intensificarse y a transmitirse de unos a otros. Esta imitación de los estados emocionales es tan potente que incluso personas que estaban convencidas de que no era posible que sucedieran tales robos (los que escucharon a su sistema 2) son contagiadas por esta emoción al ver a personas cercanas (y no tan cercanas en redes sociales) angustiadas. El finalizar esta etapa nos encontramos no sólo con individuos sino con grupos convencidos de que algo malo va a pasar. 

Tercera parte: vemos una movilización de personas que armadas con palos y armas que deciden salir a defender sus residencias. Este fenómeno es muy importante porque en muchas oportunidades se ha observado que la intención de hacer algo nunca se materializa tan rápidamente en una acción concreta. Frecuentemente, aunque nos molesten las acciones de otras personas (la música alta de un vecino, por ejemplo) no hacemos nada al respecto. Entonces, ¿cómo podemos explicar esta movilización? 

Por lo general, en situaciones que son nuevas, ambiguas o extrañas las personas no tienen seguridad de cómo deben actuar. Para decidir qué hacer las personas miran e imitan el comportamiento de los demás. Entre más personas se unan al comportamiento más evidencia se tiene de que ese es el comportamiento adecuado y podemos creer incluso que los demás tienen más información que nosotros que los hace comportarse así. Esto se conoce en la literatura como una norma social o borreguismo (Bicchieri, 2017; Shiller, 1995).

Adicionalmente, cuando las personas a las que se observa pertenecen a un grupo importante o cercano para el individuo, como puede ser el grupo de vecinos del conjunto, se genera más presión a imitarlos por el miedo a ser castigado si se hace lo contrario.

Producto de este enemigo (que la misma policía y Alcaldía de Bogotá ha desmentido) es posible que aumente, al menos temporalmente, la desconfianza entre vecinos de diferentes unidades residenciales.

Recordemos a Erick. Sus vecinos tocaban las puertas para que bajara. Si no lo hacía era probable algún tipo de castigo o sanción social: por ejemplo, ser tildado de “cobarde” o “poco colaborador”.  Aun cuando no había certeza de lo que estaba pasando, Erick y sus vecinos salieron armados de sus casas en parte por presión social y en parte por algo que se conoce como ignorancia pluralista (Katz y Allport, 1931). Esto se da de la siguiente forma: es posible que en privado cada persona pensara que NO era necesario salir con palos y machetes, sin embargo, salen armados porque creen erróneamente que los otros vecinos sí ven la necesidad de salir y si yo no salgo puedo ser castigado. La ignorancia pluralista ocurre cuando yo creo erróneamente que mis creencias sobre un grupo son distintas a las mías. El hecho de que los vecinos se llamaran unos a otro, puerta a puerta, refuerza la creencia de que el/la único/a con dudas sobre lo que hay que hacer soy yo.

Las noches del pánico

Esta experiencia termina con aspectos positivos y negativos para todos los ciudadanos. 

Empecemos por los negativos.

Producto de este enemigo (cuya existencia la ha puesto en duda la misma policía y Alcaldía de Bogotá) es posible que aumente, al menos temporalmente, la desconfianza entre vecinos de diferentes unidades residenciales pues cualquier externo que se acercara a las viviendas resultaba sospechoso. Esta desconfianza hacia otros pero confianza hacia un grupo cercano es común en situaciones de estrés y violencia externa percibida, por ejemplo, en el caso de conflictos civiles (Bauer et al. 2014; Branscombe, Wann, Noel, & Coleman, 1993). Sin embargo, a largo plazo esto no es deseable.  

Otro efecto negativo evidente fue la afectación de la salud mental de los ciudadanos. Muchas personas pasaron la noche sin dormir por el susto de ser atacados por unos vándalos que nunca existieron. Ya está demostrado que una noche sin dormir tiene efectos cognitivos adversos (Alhola & Polo-Kantola, 2007). Otro efecto lamentable fue que algunas personas resultaron heridas, ya sea por vecinos de otros conjuntos al confundirlos con los vándalos, o por las balas perdidas que más de uno disparó al aire con la intención de disuadir a los supuestos vándalos. 

Otro hecho que se notó tras esta experiencia fue el cambio en el grado de confianza en instituciones como la Policía y las Fuerzas Militares. Gracias al sesgo de confirmación que mencionamos, a quien antes sentía confianza en las instituciones, los hechos le sirvieron para corroborar su visión de que lo que se debe hacer para aumentar la seguridad es tener más presencia de la fuerza pública. En cambio, a aquellos que desde antes sentían desconfianza de estas instituciones les pareció más válido creer que estas eran sospechosas de haber causado el pánico y su confianza en ellas disminuyó. De ahí que la declaración del alcalde de Bogotá sobre la intención de “alguien” por sembrar el pánico haya sido recibida de formas opuestas por los ciudadanos según sus propios sesgos anteriores.

Un aspecto positivo de toda esta historia fue conocer y afianzar las relaciones entre vecinos (sobre todo en los cacerolazos y no tanto en medio de los palos y machetes). En algunos conjuntos residenciales hubo fiesta entre vecinos cuando a la gente se le pasó el miedo. Después del toque de queda en muchos barrios se han inventado el cacerolazo bailable, chocolatadas, asambleas de vecinos, conciertos sinfónicos, clases en la calle, tamborazos, performances como el de La Tesis. Todo esto es positivo y necesario y apunta a la construcción de capital social que es un mecanismo fundamental para resolver problemas de acción colectiva. 

Estas formas de expresión en el espacio público apuntan hacia nuevos caminos de movilización ciudadana. La incredulidad, “el engaño”, la indignación y el miedo que generó el enemigo que no existió (sumado, por supuesto a la muerte de Dilan) se transformaron en una fiesta por la vida. Claro, podemos ser víctimas de nuestro propio sesgo de confirmación y otros dirán que más bien ha resultado en estigmatización y polarización… 

Referencias

*Alhola, P., & Polo-Kantola, P. (2007). Sleep deprivation: Impact on cognitive performance. Neuropsychiatric disease and treatment, 3(5), 553–567.

*Bauer, M., Cassar, A., Chytilová, J., & Henrich, J. (2014). War’s Enduring Effects on the Development of Egalitarian Motivations and In-Group Biases. Psychological Science, 25(1), 47–57. https://doi.org/10.1177/0956797613493444

*Bicchieri, C. (2017). Norms in the wild (1st ed.). New York: Oxford University Press. 

*Branscombe, N. R., Wann, D. L., Noel, J. G., & Coleman, J. (1993). In-Group or Out-Group Extemity: Importance of the Threatened Social Identity. Personality and Social Psychology Bulletin, 19(4), 381–388. https://doi.org/10.1177/0146167293194003

*Buchanan, T. W., Bagley, S. L., Stansfield, R. B., & Preston, S. D. (2012). The empathic, physiological resonance of stress. Social Neuroscience, 7(2), 191-201, DOI: 10.1080/17470919.2011.588723

*Hatfield, E., Cacioppo, J. T., & Rapson, R. L. (1993). Emotional Contagion. Current Directions in Psychological Science, 2(3), 96–100. https://doi.org/10.1111/1467-8721.ep10770953*Steindl, C., Jonas, E., Sittenthaler, S., Traut-Mattausch, E., & Greenberg, J. (2015). Understanding

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