Nunca más el miedo: quemar el nombre de tu violador

Miles de chilenas llegaron al Estadio Nacional, ex centro de detención y tortura, a cantar “Un violador en tu camino”. Una protesta feminista contra los abusos y violaciones y de la violencia político sexual de la policía chilena. Crónica de una catarsis con efecto dominó.

Carolina Rojas N.

Periodista de El Desconcierto de Chile

06.12.2019

[N. de la E. esta historia se publicó en conjunto con El Desconcierto de Chile y Cosecha Roja de Argentina]

La avenida de Campos de Deportes está repleta de filas de mujeres que avanzan con la ropa distintiva: prendas negras (en señal de duelo) y pañuelo rojo. Así llamaron a vestirse en las redes sociales. De lejos se siente el beat de tambores y kultrunes. El eco de la perfomance Las Tesis se escucha a cuadras y eriza la piel. Apenas son las seis de la tarde y el Estadio Nacional está atestado de mujeres. Filas y filas de jóvenes con sus abuelas y madres. Yo camino con la mía y una amiga. Ambas apuran el paso. Están ansiosas. 

La cita era a las seis y media para el primer ensayo, pero las ganas de participar adelantan el encuentro. Las confesiones de abusos en las redes sociales fueron el rugido subterráneo que antecede un terremoto. Días antes de esta performance, muchas chilenas comenzaron a confesar las agresiones de las que habían sido víctimas de niñas, estudiantes o adultas. Usaban la letra que ya era conocida: “Y la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía”. Tres datos que terminaron en Twitter como historias de violaciones y abusos de amigos, tíos y abuelos impunes. Quién/qué lugar/y la ropa que llevaban cuando fueron agredidas sexualmente.

Son muchas.

Ya son la seis y media: las senior están ubicadas adelante, abuelas combativas, otras tímidas, mujeres familiares de detenidos desaparecidos; a sus espaldas, las feministas más jóvenes de melenas verdes, canas, lugar desde donde flamean algunas banderas mapuche. Más atrás el Estadio Nacional: el centro de detención y tortura más grande durante el golpe de Estado en Chile en 1973. Siete mil detenidos, 1200 eran mujeres. Un infierno de recuerdos, gritos, la bota del soldado aplastando a hombres y jóvenes, lotes de detenidos entrando y saliendo de esos oscuros pasillos. Las y los desaparecidos. Estos días he tecleado sobre historias que se parecen. 

Espero que esto sea un exorcismo.

Somos los abusos y torturas en las comisarías. Sentadilla. Somos mi tía huyendo en dictadura. Sentadilla. Somos nueve mujeres embarazadas y desaparecidas. Sentadilla. Somos 59 femicidios que no se nombran. Sentadilla. Somos todos los abusos que callamos.

Desde que comenzaron las primeras manifestaciones que partieron el 18 de octubre hasta hoy van 106 casos de violencia sexual, 517 casos de torturas. Denuncias de abusos, violaciones y desnudamientos por parte de agentes del Estado.

Y la mujer de nuevo como botín de guerra. El control de nuestros cuerpos como elemento represivo.

“¡El que no salta es paco (tombo), el que no salto es paco!”, es el grito para acortar los tiempos de espera. 

Las madres y abuelas que ensayan bajo ese sol pesado saben de dolor. “No hay cuerpo que aguante dos dictaduras”, dice una señora en medio de estas conversaciones que se dan espontáneas y sororas. Anita Peña, es una abuela de pelo cano que acompañó a bailar a sus hijas y sus nietas. Vive en uno de los tantos sectores más reprimidos de Santiago: la Villa Frei.

-Pasé el golpe de Estado con mi hija de dos meses, muchas veces me acurruqué con ella en la última pieza, pero hoy no tengo miedo (…) Somos fuertes, vigorosas, unas leonas-, dice emocionada. 

Sigue el ensayo, son un cuarto para las siete y ya son diez mil las mujeres. Hay risas, descoordinación y mucha paciencia. Amigas que se ayudan con el maquillaje de rouge rojo furioso. Las vendas en los ojos son transparentes y algunas suman los pañuelos verdes amarrados en las muñecas.

Izquierda. “La otra”. Izquierda. “La otra”. Marcamos el paso. Se vuelve un chiste no nombrar “la derecha”. Todas ríen fuerte al caer en cuenta de la broma. Nos piden que tomemos distancia entre unas y otras. Nos medimos con los brazos. Comenzamos a cantar. Gritamos, gritamos fuerte. Yo sostengo a mi madre de la mano, mientras ensayamos algunos pasos. Se ve feliz. Nos tomamos una selfie con mi amiga. Estamos nerviosas.

“¿Y cómo llegamos a esto?”, pienso. 

Fueron cuatro chicas de Valparaíso, que irrumpieron con ese baile sobre algo que todas sabíamos: la violencia político sexual, las sentadillas de mujeres y niñas desnudadas en las comisarías; la joven amenazada de violación con un fusil, otra mujer abusada en un carro policial. Gargantas de mujeres asfixiadas en manos frenéticas de carabineros. Todo lo que ha ocurrido en siete semanas de represión. 

Sobrevivimos a nuestras rutinas en piloto automático: ir al trabajo, volver a casa, ordenar el clóset, preparase un café, prender la televisión, recordar los muertos, los torturados de estos días. Solo un llanto ahogado cada tanto nos salva de no caer. Estamos a un pie de un despeñadero.

Y están las mujeres abusadas. Y esta danza que nos obliga recobrar la fuerza. 

En la mañana antes del ensayo seguía la catarsis. En Twitter una chica lanzó la pregunta. “¿Ustedes tienen a alguien a quien funar? ¿Me refiero a alguien a que alguna vez les hizo algo?”. Tecleo un tímido “Sí” antes de arrepentirme de esa pequeña confesión. Una amiga feminista me responde a los segundos: “Yo también, y ahora debe ser un milico de edad muy avanzada”.

Al medio día recibo otra confidencia: una amiga me dice que ella fue abusada por un familiar. Eso sin hablar de nuestras madres. La suya también; la mía alguna vez dejó escapar en un balbuceo la historia de su tío impune.

“Esto es una plaga… ¿Es que todas fuimos abusadas?”, insiste mi amiga y deja la pregunta en el aire. Solo respondo con un emoticón de corazón violeta y otro de carita triste. No me atrevo a más.

En la serie “El cuento de la criada” hay un capítulo donde muestran en flash back a la madre de June (la protagonista) en su pasado de protestas feministas. A ella le queda en la retina un recuerdo: hay una hoguera, las mujeres bailan y escriben en un papel el nombre su violador y lo queman. “Eran tantos papeles que parecían copos nieve”, reflexiona. 

Esto es una plaga… ¿Es que todas fuimos abusadas?”, insiste mi amiga y deja la pregunta en el aire. Solo respondo con un emoticón de corazón violeta y otro de carita triste. No me atrevo a más.

Yo veo miles de manos alzadas que parecen mariposas.

Quedan 15 minutos, nos guiamos por el ruido de nuestros aplausos, megáfonos y gritos que indican que al final del canto habrá ocho segundos de espera. Regamos la voz. No hay que apresurarse. Observo al grupo, el ensayo ha dado sus frutos y hay más coordinación. Partimos. 

“¡Ya llegué!”. Me whatsappea otra amiga. Me cubro los ojos con las manos para avistarla, los rayos encandilan y queman la piel. Imposible encontrarse. Son muchas. Somos muchas.

Hablo con una mujer mayor, se llama Viviana y viajó desde la sexta región solo para atesorar este baile. Dice que su vida estuvo marcada por el patriarcado, un hermano autoritario y su ex marido.

—Vengo por las mujeres abusadas en las protestas, siento una ola, una vibración, el amor fraternal—, comenta. El viento le despeina el pelo. Lleva los labios rojos. 

Son las siete y media. Comienza el baile. Decenas de drones surcan el cielo, cientos de celulares graban la escena. Hombres y niños rodean este aquelarre.

“¡El- patriarcado- es- un -juez…!”

Repaso de nuevo el grupo con una mirada rápida: veo ancianas, jóvenes con capuchas fucsias, burdeos, negras. Veo niñas y mujeres que ríen, quizás para sortear sus propios demonios. 

Cantamos tan fuerte, que parece un rugido. Tan fuerte que los gritos desgarran nuestras gargantas deshidratadas. O quizá es el desgarro de un canto ambivalente: hay alegría y dolor. 

Un grito en contra de la violencia sistemática. Una sinfonía que nos puede curar.

Miro a mi madre y a mi amiga. Se ven más hermosas que nunca. Intercambiamos guiños cómplices mientras bailamos. 

“¡El-violador -eres –tú!

Somos los abusos y torturas en las comisarías. Sentadilla. Somos mi tía huyendo en dictadura. Sentadilla. Somos nueve mujeres embarazadas y desaparecidas. Sentadilla. Somos 59 femicidios que no se nombran. Sentadilla. Somos todos los abusos que callamos. 

Pero este grito es fuego. 

El nombre del abusador de nuestras abuelas, el de nuestras madres y amigas; el del tuyo y el mío, arden en esta hoguera.

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