La merma del coroncoro

Esta es la historia de la disminución de una población de pez que muestra el daño ambiental en las aguas del Magdalena Medio. Crónica.

por

Isabella Londoño

Diseñadora de 070


05.07.2026

Portada y fotos por Isabella Londoño

Hace más de veinte años que no se prepara sancocho de coroncoro en los restaurantes del muelle de Barrancabermeja, Colombia.

Si una busca platos típicos ribereños en Barrancabermeja todavía consigue las especies más comerciales como el bocachico o el bagre (que también escasean por temporadas) en distintas formas de preparación: frito, fritosudado o en viuda (al vapor) acompañados de patacón, arroz con coco y ensalada. Pero el “sancocho de avión”, como le decían al sancocho de coroncoro, por la forma alargada y la posición de las aletas, no se consigue. Al menos no como antes. 

Pez endémico de Colombia, el coroncoro empezó a escasear en la cuenca del tramo medio del río Magdalena y esto no solo permite hablar de los cambios en la cultura gastronómica del puerto petrolero, sino también del agotamiento de la vida de las aguas en la región.

Los muchos nombres

“Coroncoro” le dicen a varias especies. Según información suministrada por el biólogo Ovidio Brand, hay nueve especies que tienen las características de lo que habitualmente se conoce como coroncoro y que habitan la cuenca del río Magdalena: Chaetostoma brevilabiatum (cucha jetona), Chaetostoma thomsoni (cucha jetona), Panaque cochliodon (cucha de ojos azules), Hypostomus hondae (coroncoro, cucha), Hypostomus niceforoi (cucha negra), Isorineloricaria tenuicauda (zapatero), Pterygoplichthys pardalis (coroncoro, cucho), Hypostomus wilsoni (coroncoro amarillo) y Pterygoplichthys undecimalis (coroncoro, cucho)

Al coroncoro también le dicen cucha, cucho, choca, corroncho, zapatero, pez diablo, raspacanoa o cabecita de piedra. 

Los muchos nombres dan cuenta de las distintas especies de coroncoro que hay, sin embargo, todas tienen un elemento en común: pertenecen a la familia de los loricáridos, peces acorazados, con placas óseas que cubren su cuerpo. “Peces armados” dice Mauricio Valderrama, director de la fundación Humedales, una ONG colombiana que trabaja para contribuir a la conservación y manejo de los ecosistemas acuáticos. 

“Pez endémico de Colombia, desde hace unos años, el coroncoro empezó a escasear en la cuenca del tramo medio del río Magdalena”.

Se trata de animales de piel dura, propios de agua dulce, que presentan una cabeza triangular, aletas con radios y cuerpo alargado, normalmente chispeado con puntos negros. Hay coroncoros de distintos tamaños y colores, unos más achatados, otros ojiazules, los hay grises, cafés, negros y amarillos. En algunas ocasiones, el coroncoro toma el color del agua que habita –como es el caso del Pterygoplichthys undecimalis, que encontramos en una jornada de pesca artesanal liderada por Carlos Vizcaíno en la ciénaga de El Llanito, un corregimiento a media hora de Barrancabermeja–. 

El coroncoro es del color del río, de esas aguas opacas y amarillas de la cuenca del Magdalena Medio y Bajo que solo permiten imaginarlo moviéndose debajo de las canoas, en busca de empalizadas para resguardarse y alimentarse.  

Álvaro Fabra, bagrero que vive en Barrancabermeja y que lleva más de 45 años pescando, cuenta que cuando era muchacho “el coroncoro había por desprecio. Había en cantidad. Yo tenía 25 años y por el lado de Barranca llenábamos la canoa de coroncoro en una hora. Uno no necesitaba atarraya y con la mano lo cogía. Ahora para coger un coroncoro toca hacerse un curso en el Sena”.  Yuli Briceño, pescadora y presidenta de la Federación de Pescadores de Santander recuerda que “era una especie que estaba a simple vista, cualquier pescador podía capturarla en su faena”. 

Antes no sólo abundaba el coroncoro, sino también el bagre, el bocachico o la doncella (otra especie que los mismos pescadores reportan actualmente como escasa). Pero el coroncoro sufrió más que otras especies, incluso se creía extinto o en vía de extinción, y los mitos de su desaparición incluían una enfermedad que acabó con gran parte de su población, ceguera y muerte colectiva. Daniel Campo, antiguo pescador artesanal, dice que veía bajar al coroncoro flotando muerto por el río, una experiencia similar a la de Fabra, quien sostiene que “al coroncoro le cayó algo, como una enfermedad y el coroncoro se boyaba, se le ponía rojo el cascarón y se moría”.

Saber las razones exactas de la merma del coroncoro no es una tarea fácil. Primero, porque se trata de un fenómeno que empezó hace tantos años (varios pescadores y cocineras dicen que entre 20 y 30 años atrás), segundo, porque no es una sola causa sino un entramado de factores y, tercero, por la poca investigación existente. 

Ángela Gutiérrez, del Instituto Humboldt, dice que “a pesar de tener especies tan importantes como el bocachico o el bagre, no tenemos suficientes estudios. Si de las que son más comunes no hay mucha información, de especies que tuvieron importancia más local tenemos muchísima menos”. El coroncoro es una de esas especies de importancia local y además es “de muy baja comercialización”, de acuerdo con Javier Ovalle, director regional de la Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca (AUNAP) en el Magdalena Medio. Ovalle agrega que la AUNAP “no tiene paquetes de reproducción del coroncoro establecidos y que no se ha sembrado coroncoro antes”, es decir, no se han criado alevinos de coroncoro para su repoblamiento.

“Anteriormente no se veía el fondo de los ríos” 

Esta frase no es mía, ni tampoco de los entrevistados, sino que la repite mi abuela para decir que las cosas han cambiado mucho. En efecto, todo es muy distinto y los ríos lo confirman. Álvaro Fabra, pescador y representante legal de la Asociación de Bagreros de Barrancabermeja, dice que antes los ríos eran más correntosos: “Veinte o veinticinco años atrás, el Sogamoso era un río caudaloso, crecido, hondo. Había pescado y de todo. Ahora es mera playa. Está seco”. 

Por supuesto, no solo había más agua antes sino también más peces. El pescado en general ha disminuido de una forma preocupante, según lo comenta Ángela Gutiérrez, bióloga y ecóloga del Instituto Humboldt: “En la década de los 70 y 80 nosotros teníamos una productividad pesquera muy alta en la cuenca [del Magdalena] y en unos 30 años más o menos tuvo una disminución de casi el 70%. Estamos perdiendo muchos peces y la pesca nos permite identificar eso”. 

Otras fuentes confirman esta reducción alarmante: según el Ministerio de Medio Ambiente, en 1975, la producción pesquera era de 58 mil toneladas y en 1995, apenas alcanzó las 10 mil toneladas. Eso es una reducción aproximada del 83% en veinte años. Y entre los años 1975 y 2015 pasó de 70.000 toneladas a 11.000 toneladas anuales, es decir, una reducción del 85%. en cuarenta años.

Carlos Vizcaíno El pescador saca su atarraya en la ciénaga El Llanito.

La merma del coroncoro se puede explicar en parte por una disminución generalizada de peces, aunque los registros históricos de desembarcos pesqueros sugieren que varias especies de coroncoro experimentaron un impacto mayor al promedio. En las cifras del Sistema del Servicio Estadístico Pesquero Colombiano (SEPEC), que muestran los desembarcos desde el 2012 hasta el 2025, los centros de acopio de pescado de Barrancabermeja no registraron la especie de coroncoro Pterygoplichthys undecimalis durante diez años (del 2012 al 2022) y el Panaque cochliodon se registró en muy pocos años y con números muy bajos. En cambio, el Hypostomus hondae, sí tiene un registro continuo aunque con números medios o bajos. No se registran otras especies de coroncoro. Los registros anteriores al 2012 no están realizados con el mismo sistema estadístico (el SEPEC fue creado en este año), por lo que no es posible tener datos comparables de cantidad de coroncoro antes del 2012.

Aunque la información sobre el estado de amenaza del coroncoro en el Magdalena Medio sigue siendo opaca porque no hay datos actualizados o registros continuos de la población este pez, sí hay datos que indican grados de riesgo alto para algunas de las especies de coroncoro mencionadas anteriormente: la Hypostomus wilsoni está en estado vulnerable y la Panaque cochliodon está casi amenazada, según la base de datos de peces Fish Base. Y según el Libro Rojo de Peces Dulceacuícolas de Colombia, para el 2012, la especie Hypostomus hondae estaba casi amenazada, lo que quiere decir que está muy cerca de cumplir con los criterios para estar en peligro de extinción o que podría estarlo en un futuro cercano.

Para los pescadores y habitantes de las zonas aledañas a Barrancabermeja, no hay dudas de que no solo hay menos coroncoro, sino que estos peces crecen menos y saben distinto. “Anteriormente era gordo, la manteca coloradita, la carne más sabrosa, hoy es más simple, la carne se ve babosa y está más flaco”, dice Álvaro Fabra. También sabe a químico, según Alcira Meza y además “el pescado enhueva más joven” para adaptarse a sus condiciones adversas, según Carlos Vizcaíno.

Sabor a petróleo

En las conversaciones con pescadorxs, cocineras, bióloguxs y ecóloguxs se reitera que la merma del coroncoro está conectada con el daño ambiental de la cuenca del Magdalena Medio, una degradación de la vida generada por muchos factores como la contaminación, la pérdida de conectividad hídrica, la creación de represas, el uso de métodos de pesca arrasadores como el trasmallo deslizado, entre otros. 

El segundo punto con peor calidad de agua en todo el río Magdalena, después de Girardot (por los aportes del río Bogotá), es por Barrancabermeja según los registros del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales. No es coincidencia que esto suceda en el puerto petrolero de Colombia, donde la extracción de hidrocarburos lleva más de cien años. Según Álvaro Fabra “uno coge un pescado a pegue de refinería y no se puede comer porque sabe a petróleo”. Para el coroncoro, la presencia de hidrocarburos en el agua es más dañina que para otros peces porque los hidrocarburos “crean una lámina que bloquea el intercambio de oxígeno con la superficie. Si hay un pez que necesita subir a respirar [como el coroncoro] no va a poder porque tiene un techo de aceite que se lo impide” explica Mauricio Valderrama.

Otro factor del deterioro ambiental es la pérdida de la conectividad hídrica. Para la pescadora Yuli Briceño este es el más importante: la pérdida de la conexión entre ríos, ciénagas y caños. La conformación de asentamientos humanos, la ampliación de la frontera agropecuaria o la creación de represas producen el cierre de las bocas de los caños y de las ciénagas o aíslan definitivamente tramos de la cuenca. El agua se desconecta y el agua sola es agua muerta. Peces como el coroncoro, aunque no sean migratorios, se tienen que mover entre los ríos y las ciénagas a través de caños y la interrupción de estos caminos fluviales afecta su ciclo vital. 

Atardecer en la ciénaga El Llanito.

El coroncoro no solo tiene menos espacio y sus aguas están más sucias sino que las paleras (acumulaciones de madera náufraga) en donde se refugia y se alimenta son arrasadas por las subiendas drásticas y artificiales que generan las represas. Estos cambios del nivel del agua también afectan la reproducción de los peces porque “si no hay agua, no hay desove”, dice Álvaro Fabra. 

Por ser un pez acorazado, el coroncoro queda fácilmente atrapado en las mallas de pesca, y cuando se usan métodos de pesca arrasadores e incluso ilegales como el trasmallo deslizado, este pez no logra escapar de las redes de la pesca voraz. Para un pez con poca fecundidad como el coroncoro, todos estos factores lo hacen especialmente delicado. 

Las consecuencias directas de esta suma de prácticas devoradoras en el caso del coroncoro le da un cuerpo particular y vivo a un la noción de daño ambiental que puede parecer tan abstracta.

Recetas en vía de extinción

Lxs pescadorxs y habitantes de la cuenca consideran al coroncoro un alimento muy valioso. Existen múltiples preparaciones tradicionales, como por ejemplo el chocolate de coroncoro, con el que se trata la infertilidad. Otra vez, Yuli Briceño nos explica: “Mi niñez fue al lado del río Magdalena. Mi abuela ayudó a muchas mujeres a que pudieran tener hijos, porque eso es una vitamina muy natural que ayudó dentro de ese conocimiento ancestral de nuestras abuelas a que por medio del coroncoro se hicieran tomas como el chocolate que aprendí a hacer de niña”. Alcira Meza, comerciante y residente de El Llanito prepara caldo de coroncoro para su hija que tiene discapacidad, dice que el coroncoro le da fuerza. Isabel González, cocinera tradicional del muelle de Barrancabermeja, comenta: “Mi mamá siempre nos decía que la mejor vitamina era del coroncoro y el bocachico, el que tenía más calcio y proteína. Es un alimento muy bueno. Lo pone a uno a sudar el paludismo”. Como si fueran pocas las propiedades del consumo de coroncoro, también se le atribuyen poderes afrodisíacos. 

Gloria Ramírez, también cocinera tradicional del muelle de Barrancabermeja, cuenta que “cuando el coroncoro existía, se vendía mucho”. Ella preparaba chocolate, sancocho y guisado de coroncoro pero desde que empezó a escasear “nunca me han llegado a preguntar por el coroncoro y yo tampoco lo cocino porque uno no lo consigue”. Gloria menciona que aunque actualmente en los mercados pesqueros sí hay una especie de coroncoro, se encuentra el que llaman “raspacanoa” y no es el mismo de antes.

Estas preparaciones tradicionales, que hacen parte de la seguridad alimentaria de lxs habitantes de la cuenca del Magdalena, se ven afectadas por el decrecimiento del coroncoro. Así que no solo ha mermado un pez sino que se está extinguiendo parte de la tradición cultural gastronómica que venía con su abundancia.

El coroncoro está tan unido al río que lleva su color

Cuando le pregunté a Yuli Briceño si ella había escuchado de una enfermedad en particular que hubiera afectado al coroncoro, me dijo que “como mujer pescadora, la enfermedad que ha sido es la humana”. La vida de las aguas se agota con las prácticas extractivas humanas que ven la naturaleza como un recurso explotable y no como una dependencia mutua donde el pez vive del humano y el humano del pez. 

La pérdida de peces endémicos como el coroncoro es el síntoma de un mundo que se acaba, que se seca y se contamina. Con la sequía viene la sed y con la muerte de los peces, el hambre. Pero también el pez está conectado con la vida de los humanos. La interdependencia de los seres del río Magdalena produce el espacio donde se prolonga la vida. 

El coroncoro está tan unido al río que lleva su color y su sabor pero también está unido a lo que pasa por fuera del agua: el pez sabe lo que es un tiro y lo espantan los sonidos de las dragas, hace huecos en las paredes del río donde desova y estos son usados como nidos de aves cuando el nivel de agua baje, el pez come del hombre muerto que baja con la corriente y, a su vez, el hombre come del pez muerto. 

“En las conversaciones con pescadorxs, cocineras, bióloguxs y ecóloguxs se reitera que la merma del coroncoro está conectada con el daño ambiental de la cuenca del Magdalena Medio”.

Una es agua y lleva adentro los animales, las plantas, los minerales y el plástico que comemos y que nos tocan. Una lleva el pez adentro cuando se lo come y lleva el agua del río que lo alimenta y el petróleo y el barro que él se traga. Una se come su vientre que lleva sus huevos, en los que hay agua y calcio que se vuelven los huesos propios. Esa carne blandita y clara del pez que se convierte en tripa y sangre es la que hace vivir al río, aún con sus muertos, su mercurio, sus plaguicidas e hidrocarburos. 

Me pregunto si la muerte de tantos peces ha sido posible no solo por una relación extractivista con la naturaleza que imprime un daño lento, gradual e imperceptible (para los que no dependemos directamente de ellos), sino también porque no podemos ver a los peces nadando y reposando en ese río barroso a menos de que los saquemos del agua y los pesquemos; porque tenemos que hacer un esfuerzo por imaginarlos vivos, desovando, buscando corrientes tibias y maderas para resguardarse. Me pregunto si la imposibilidad de verlos interactuar en vida hace que no podamos reconocer su importancia.

El río hondo y limpio es un derecho para todos los animales (incluidos nosotros) y es un paisaje del pasado, como lo cuenta Fabra, es un paisaje que no sabemos si volveremos a ver.

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Isabella Londoño

Diseñadora de 070


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