La malversación de la entrevista

¿Que tanta verdad hay entre el reportero y su entrevistado?

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Juan Serrano

29.05.2015

La gracia de toda entrevista está en encontrar en una respuesta aquello que no aparece en ningún rincón de google. Los mejores en este oficio son esos reporteros que logran combinar la dosis justa de simpatía e ingenio para romper la coraza del entrevistado y sonsacarle el dato desnudo o el razonamiento revelador que se oculta en las profundidades de su alma. El buen entrevistador no busca reemplazar con las respuestas del personaje la tarea investigativa que no ha hecho. Persigue, en cambio, algo más difícil e inasible: aprehender la singularidad de una voz y un pensamiento.

En el prólogo del libro Las grandes entrevistas de la historia, Rosa Montero lo pone en los siguientes términos: “al entrevistado le interesa, por lo general, quedar bien ante el público, y para ello se esfuerza en soltar los mensajes que más le convienen y en silenciar los temas espinosos, pero lo que le interesa al periodista suele ser lo contrario, esto es, que el entrevistado se calle aquello que está empeñado en decir y diga justamente aquello que no quiere decir”. Juan Villoro, en cambio, piensa que el reto de cada entrevista está en lograr que el entrevistado diga cosas desconocidas incluso para sí mismo. “Las grandes entrevistas aleccionan al declarante”.

Dirán que esta es una forma muy candorosa y literaria de concebir el género de entrevista, que más parece estar inspirada en el Gran Periodismo que en el laborioso pero ingrato oficio de llenar una cuartilla en blanco bajo la premura del reloj. Que algo va, como siempre, de Dinamarca a Cundinamarca. A lo mejor tengan razón. Sin embargo, no viene mal aludir a sus rasgos fundantes, recordar que una buena entrevista puede ser también una obra de arte, para poner al descubierto una extraña y soterrada malversación de la que, de un tiempo para acá, viene siendo víctima este género periodístico.

Umberto Eco, en un muy conocido discurso titulado Sobre la prensa, se encarga de hacer una especie de rosario de quejas en contra del periodismo italiano. Y entre los vicios que él señala está precisamente la extraña predilección del periodismo de su país por el género de entrevista. “La entrevista se ha convertido –dice– en el modo más típico de divulgar cada noticia de política, literatura y ciencia”. Y ello no sería grave si no fuera porque la entrevista ha pasado a ser una forma de “regalar el propio espacio a alguien para hacerlo decir lo que él quiere”.

Eco pone el ejemplo de las entrevistas con los escritores. A través de esta práctica, la prensa cultural italiana ha renunciado a ser el faro que a través de la crítica logra orientar al lector en medio de los estantes de las librerías, para erigirse en el vehículo por excelencia de la autopromoción. “¿Qué es una entrevista con el autor?”, se pregunta: “Es fatalmente autopublicidad: es rarísimo que el autor afirme que ha escrito un libro inmundo”.

Lo dicho por Eco encaja bien dentro del panorama del periodismo colombiano. Los medios de nuestro país han encontrado en la entrevista una las mejores formas de capotear la crisis, esto es, de administrar la escasez de tiempo y recursos, sin renunciar a su objetivo de generar noticia. Sin embargo, el problema reside en que este género ha terminado por convertirse en una herramienta barata y facilista que, pese a ser capaz de alimentar la agenda informativa, supone al mismo tiempo renunciar a la función crítica de la prensa. La entrevista ya no como vehículo para bucear en los entresijos del alma humana, sino como pretexto y celada de nuestra mediocridad.

En el asunto de los libros es palmario. Sin duda, resulta más barato y toma menos tiempo enviar a un periodista a entrevistar a un escritor, con ocasión del lanzamiento de una novela, para preguntarle –palabras más palabras menos– de qué va su nuevo libro, que pagarle a un redactor por sentarse a leer la novela con la atención que ameritaría la escritura posterior de una reseña, o de un artículo a medio camino entre la reseña y la entrevista. En el primer caso, aun en el peor encuentro de todos, incluso si el periodista ha sido completamente errático con las preguntas al punto de hacer evidente que jamás ha leído una página del escritor –pese a los intentos de adobar cada pregunta sobre el libro con una buena ración de generalidades sobre el autor y su oficio, disponibles en internet–, se tendrá a fin de cuentas la tarea hecha. Una mala entrevista, sí, pero en cualquier caso un artefacto periodístico lo suficientemente hilvanado –bastará con transcribir y editar las preguntas y respuestas– para llenar la página sin mayores sobresaltos.

Con todo, me parece que la perversión de la entrevista es aún más grave en las secciones de la prensa escrita destinadas a la información política. No es lo mismo, por obvias razones, abrirle un micrófono a un escritor para darse autobombo, que darle cuatro columnas en el diario más leído del país a un político para que se despache a placer y diga sólo aquello que él quiere decir.

Y eso es precisamente lo que ha sucedido. La prensa se ha prestado para servir de caja de resonancia de los políticos con entrevistas confeccionadas a la medida de sus intereses. Por ejemplo, en los asuntos espinosos y encriptados, se acude a la entrevista como herramienta pedagógica, donde el político reemplaza la labor informativa del periodista. El redactor, en vez de leerse el proyecto de ley, le pide al ministro que explique en qué consiste tal o cual reforma, o que enuncie las ventajas que le traerá al país la puesta en marcha de determinado proyecto de infraestructura. No hay que ser muy perspicaz para saber que no es posible esperar honestidad en sus respuestas, pues en la gran mayoría de casos serán siempre declaraciones amañadas, encaminadas a destacar las bondades y a minimizar o ensombrecer los lunares.

No creo ni mucho menos que la entrevista sea un género destinado a poner contra las cuerdas al interlocutor. Sin embargo, dejar pasar con total indulgencia los disparates de los políticos, sin ninguna clase de interpelación, me parece una insensatez. Equivaldría a decir que la prensa, dentro de su función de entregar las noticias, ha desechado cualquier intento de formar criterio entre sus lectores.

Con este uso informativo de la entrevistas se acaba por cederle el dominio de la pieza periodística al interlocutor. Ocurre lo mismo que Leila Guerriero anotaba hace poco a propósito de las entrevistas que se realizan ya no bajo el “terso borde de tensión” del encuentro cara a cara, sino con la ventaja que ofrece la fría y sosegada lucidez de las respuestas a través del correo electrónico: que el autor del artículo, decía ella, “termina por ser no el periodista, sino el entrevistado”. El periódico convertido, en suma, en un mero folletín de comunicados intercalados con preguntas. El horror.

 

 

 

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