La libre narrativa de la sospecha

La instalación de una narrativa de la desconfianza, la sospecha y el miedo en “defensa” de la democracia termina teniendo un efecto boomerang. Termina siendo como si en el fútbol, el equipo que va más arriba en la tabla eligiera a gusto el árbitro que va a pitar el partido final, como dijo Rodrigo Uprimny.

por

María Paula Martínez


22.03.2022

No han pasado 10 días desde que el presidente Iván Duque calificó al sistema electoral de “confiable, transparente, dinámico y ejemplar” para el hemisferio y ahora estamos frente a una solicitud de reconteo de 18 millones de votos y una voz popular que pide la renuncia de Alexander Vega para recuperar algo de confianza en la Registraduría. 

Para el 20 de marzo las denuncias de una diferencia atípica entre el preconteo y el escrutinio crecieron, así como las sospechas por un error sistemático en el reporte de los formularios E-14. Y entonces, la misma Registraduría terminó pidiendo al Consejo Nacional Electoral volver a contar todas las mesas y terminó rebatiendo otras de las frases del presidente en esa alocución de la noche del 13 de marzo cuando dijo: “Quienes hablaron de fraude han sido derrotados por la fuerza de las instituciones y por esta gran capacidad de darle información a nuestro país”. 

Otra frase que cambió en poco tiempo tiene que ver con la existencia de una democracia. En el debate organizado por Noticias Caracol y La Silla Vacía con las coaliciones que se presentaron a las consultas el 13 de marzo, todxs lxs candidatxs del Pacto Histórico contestaron “No” a la pregunta sobre la existencia de la democracia en el país. Una respuesta que llamó la atención en medio de una contienda electoral y en boca de un exalcalde y un exgobernador. 

Ahora, en medio de esta crisis electoral, el mismo candidato Gustavo Petro hace un llamado a salvar la democracia. Lo hace luego de que dos expresidentes, Álvaro Uribe y Andrés Pastrana, expresaran su desacuerdo con los resultados electorales, desconociéndolos y negando el principio básico de la democracia electoral: aceptar la derrota. 

Lo primero que suele pasar luego de conocerse los resultados es que quien pierde sale públicamente a reconocer su derrota y el triunfo de su contrincante. Lo que está pasando en Colombia se parece más a la reacción antidemocrática de Donald Trump cuando perdió ante Joe Biden y llamó a una acción colectiva en el capitolio, terminando bloqueado hasta de Twitter por su incitación a la violencia. Por ahora, lo que dijeron Pastrana y Uribe no configura un delito y está cobijado por la libertad de expresión. Sin que esto signifique que no pueda abrirse el debate sobre el eco que tienen voces poderosas como estas en la opinión pública y el impacto que pueden generar el uso de palabras como “fraude” o “no democracia” en el momento político que estamos.  

Hay fallas innegables cometidas por la Registraduría: la página caída y la mentira del hackeo el día de los comicios, la elección de jurados y capacitación, los errores en el diseño de los formularios, sus tardías explicaciones y el software que nadie entiende. La necesidad (y legalidad) de un reconteo general todavía está en duda, pero no por esas fallas, sino por la manera en que esto debilita aún más la democracia electoral y el precedente que marca para la primera vuelta presidencial que debe suceder en menos de 10 semanas.  

Cuando la oposición obtiene una votación histórica en el Senado y habla de fraude electoral arrancan las sospechas de todos lados. En el Nuevo Liberalismo invitaron a las personas a revisar sus mesas y los formularios E14 porque en los primeros días del escrutinio ya habían recuperado 47 mil votos y en el Pacto Histórico hablaban de 500 mil. Para ese momento Petro cambia su discurso rápidamente porque, como lo han dicho muchos expertos, el término es inexacto y arranca la narrativa de la cadena de errores. Ya es tarde y al barco de la sospecha se habían subido hasta el mismo presidente Duque y el registrador Vega que termina haciendo la petición que se repita el conteo de votos que hicieron más de 500 mil personas en 112 mesas de votación y abre un nuevo debate jurídico sobre los alcances de la CNE. 

La instalación de una narrativa de la desconfianza, la sospecha y el miedo en “defensa” de la democracia termina teniendo un efecto boomerang. La democracia electoral, como dijo Rodrigo Uprimny en los Danieles el pasado domingo, está basada en reglas claras, árbitros claros y la legitimidad de los resultados, que en el caso de irregularidades y sospechas de errores en el preconteo deben ser investigadas con los mecanismos existentes para esto (reconteos en mesas específicas y según las causales que determina la Registraduría). 

El régimen electoral colombiano es débil y el CNE tiene problemas de gobernanza e independencia al estar elegidos sus miembros por los partidos políticos y, en palabras de Uprimny, termina siendo como si en el fútbol, el equipo que va más arriba en la tabla eligiera a gusto el árbitro que va a pitar el partido final. 

Con la misma analogía, ¿cómo jugar en la cancha de la democracia en este momento? ¿Quién es el VAR? ¿Qué va a hacer la hinchada desde las tribunas, si están comprados los árbitros? ¿Cómo se reanuda el campeonato si el mismo registrador había advertido desde octubre del año pasado que “el que no sienta garantías no debería presentarse”? 

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