La atención infinita: ¿Estamos perdiendo la capacidad de leer largo?
Apuntes sobre un semanario de ‘Infinite Jest’, la icónica novela de David Foster Wallace, que este 2026 cumple 30 años de su publicación.
por
Gabriela Ardila Jácome y Juan Ángel Gomez
Estudiantes de la clase Crónica y Reportaje de la Universidad de los Andes
30.07.2026
Portada: Isabella Londoño
“La mayoría de las personas adictas a las sustancias también son adictas a pensar”, dice Don Gately, personaje de Infinite Jest, mientras intenta describir cómo funciona la mente de un adicto.
Son personas, añade, “atrapadas en una relación compulsiva y poco saludable con sus propios pensamientos”. A partir de ahí, su monólogo interior deriva en una larga enumeración de verdades incómodas, cosas que muchas veces preferimos no decir en voz alta: que el cliché “no sé quién soy” quizá no sea realmente un cliché; que la aceptación suele llegar más por cansancio que por convicción; que todos compartimos la secreta creencia de que, en el fondo, somos distintos de los demás; y que, aunque tal vez no existan ángeles, hay personas que casi lo parecen. Al fin y al cabo, cuando se trata de esa “adicción a pensar”, tal vez el primer acto de libertad no es pensar más, sino aprender cuándo dejamos de creerle a cada pensamiento que tenemos.
Algo parecido parece ocurrir hoy con el flujo constante de estímulos que produce el mundo digital. El infinite scroll de las redes sociales —y el brainrot que deja tras horas de consumo automático— ha vulnerado nuestra economía de la atención.
Pensar se vuelve más difícil cuando cada momento de silencio puede llenarse con otra notificación, otro video, otra distracción. En ese contexto, la pregunta de Luke Barnhart—profesor del seminario sobre “Infinite Jest” en la Universidad de los Andes— resulta inevitable: “¿Cuántas personas hoy en día pueden sentarse a ver una película de 90, 100 o 120 minutos sin coger el teléfono en algún momento para revisar las redes sociales?”. Si cada vez nos cuesta más sostener la atención durante largos periodos de tiempo, quizá también estamos perdiendo la capacidad —o al menos el hábito— de leer largo.
Infinite Jest, la novela de David Foster Wallace, cumplió treinta años de su publicación el pasado primero de febrero. Con más de mil páginas, cientos de notas al pie —muchas de ellas largas y aparentemente irrelevantes para la historia—, capítulos sin un orden cronológico claro y cambios constantes de voz narrativa, es una de las obras más desafiantes de la literatura contemporánea. Sus páginas parecen moverse entre mundos que, al principio, no guardan una relación evidente: el cine de vanguardia llevado hasta el absurdo, centros de rehabilitación para adictos, jóvenes tenistas sometidos a una presión competitiva constante, adolescentes intentando encontrar su lugar en medio de ese mismo sistema.
Pero si el libro es tan difícil de leer, ¿por qué seguir haciéndolo? Más aún en una cultura de pensamiento fragmentado y distracción permanente, saturada de estímulos. ¿Vale la pena leer Infinite Jest hoy? ¿Seguimos siendo capaces de hacerlo?
Esa dificultad no parece accidental. Para Luke Barnhart, el libro está diseñado precisamente para poner a prueba esa capacidad de concentración.
Antes de responder, medio desparramado en una de esas sillas negras de plástico con respaldo acolchado, mano al mentón y ojos al vacío, deja que el silencio se instale en la oficina, como si la pregunta necesitara de suficiente meditación antes de ser respondida, no tan distinto de lo que exige el propio libro. Luego dice: “La novela está intentando deliberadamente desafiar tu capacidad de prestar atención”. Wallace estaba profundamente interesado en la atención como una especie de capacidad espiritual: la posibilidad de permanecer con algo —un pensamiento, una historia, otra persona— sin escapar hacia una distracción más fácil. En ese sentido, la dificultad de la novela no busca alejar al lector sino lo contrario. “Es como tener una conversación difícil con alguien que quieres”, explica Banhart. El esfuerzo de sostenerla es precisamente lo que crea intimidad.
En el seminario, ese esfuerzo se repite todos los días.
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Durante unos segundos nadie dice nada.
La voz de Luke resuena en el aula de poca luz y asientos individuales. Los estudiantes se ven cansados bajo los focos blancos que salen del techo. La grandeza notoria de los libros sobre el pupitre. Su uso marcado con post-its, hojas dobladas en sus esquinas, notas con esfero a los márgenes de la página, desgastes representados en grietas en sus portadas y contraportadas. Las páginas avanzan con lentitud, las miradas confundidas frente a ellas, releyendo una y otra vez sus líneas, como buscando algo de lo que agarrarse.
Luke rompe el silencio, explica que parte del ejercicio consiste justamente en resistir el impulso de abandonar la lectura cuando se vuelve demasiado densa. “El libro te exige paciencia”, dice. No solo para seguir la historia, sino para permanecer dentro de ella el tiempo suficiente como para que algo empiece a tener sentido.
En una entrevista para la televisión alemana ZDF en 2003, David Foster Wallace hablaba del temor que produce ese instante en el que ya no hay nada que nos distraiga de nosotros mismos. Cada vez parecemos menos dispuestos a tolerar la quietud. Leer, decía, requiere sentarse solo en una habitación silenciosa. Infinite Jest parece construida alrededor de esa idea: exige permanencia.
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Lo que ocurre en el aula no termina cuando se cierra el libro. Para muchos estudiantes, la batalla por la atención continúa fuera de clase.
Cuando empezó la novela, Luciano, estudiante de Literatura y participante del seminario, tomó una decisión simple: dejar el celular en otra habitación.
La regla era estricta. Si lo miraba una vez —dice— la lectura se acababa. Bastaba una notificación para que el libro desapareciera detrás de Instagram o cualquier otra distracción
inmediata. Así que optó por leer despacio, casi con disciplina, en su tiempo muerto de vacaciones.
Dice que aprendió a leer con lentitud después de las primeras cien páginas, cuando la novela saltaba entre personajes y nada parecía tener sentido. “Si uno se pone metas de leer muchísimas páginas al día, se vuelve un trabajo”, explica. Leer despacio —y aceptar la confusión inicial— fue la única manera de seguir.
Luciano no cree que todas las novelas tengan que ser placenteras. “A veces leer se parece más a un trabajo que a un entretenimiento”, dice. La recompensa, agrega, llega después.
Paula, igualmente participante del seminario, lee de otra manera. Mientras Luciano es metódico frente a la lectura, ella se mueve con más soltura. Sentada con las piernas encima de la silla, medio encogida, parece no preocuparse demasiado por avanzar rápido. Lleva ropa holgada, capas sueltas que caen sin rigidez. En la lectura, tampoco necesita una forma fija.
Tomó Infinite Jest como un reto personal, pero no le importa no terminarlo antes de que se acabe el seminario.
Casi siempre tiene el computador abierto al lado del libro. No para distraerse, dice, sino para entenderlo. Las páginas están llenas de palabras técnicas en inglés, referencias culturales, notas al pie que obligan a detenerse cada pocos minutos. “A veces una footnote te corta la historia en seco”, dice, pero también cree que ahí está parte del sentido del libro. Esa interrupción —piensa— se parece un poco a salir abruptamente de un estado de estimulación constante.
La pregunta entonces no es solo si la novela es difícil, sino si todavía estamos dispuestos a sostener esa dificultad.
En un mundo donde casi todo compite por nuestra atención, permanecer durante horas frente a un libro de mil páginas puede parecer una tarea absurda.
¿Realmente es una tarea absurda?
Con esa duda, decidimos investigar por nuestra cuenta. Una tarde, abrimos el computador, buscamos, pasamos de un enlace a otro —junto a la penetrante luz azul que hace arder los ojos después de horas en la pantalla—, y entre artículos y estudios apareció una afirmación que se repite: la capacidad de atención ha venido disminuyendo de forma sostenida en las últimas dos décadas.
En una entrevista, la psicóloga Gloria Mark, de la Universidad de California, hace una historia de esa caída: “en 2004”, dice, “la atención promedio frente a una pantalla era de dos minutos y medio”. Con los años se fue acortando. Hoy, ronda los 75 segundos.
Para muchos estudiantes fuera del seminario, esa dificultad no se queda en las cifras.
A Juan Ángel, estudiante de Derecho, le gusta empezar muchas novelas, pero las más largas suelen terminar aburriéndolo. A veces siente que ya leyó suficiente y que el libro no terminará diciendo nada nuevo.
Mientras habla, Juan Ángel deja escapar una pequeña mueca de frustración. “No es que no quiera concentrarme en un libro tan largo”, explica. “Es que en redes sociales uno ve todo el tiempo gente que dice haberse leído Infinite Jest y diez novelas más en un mes”. Se encoge de hombros. “Probablemente no sea verdad, pero igual termina generando ansiedad por querer leer al mismo ritmo”.
Esa sensación —la de querer abarcar más de lo que realmente se puede— aparece también en los estudios sobre atención. La psicóloga Gloria Mark, la describe como una consecuencia directa del exceso de estímulos: “Queremos incluir más contenido en menos tiempo, porque hay muchísimo contenido disponible”. Como si estuviéramos, dice, frente a la tienda de dulces más grande del mundo, intentando probarlo todo.
Quizá por eso Infinite Jest sigue siendo un experimento extraño para el lector contemporáneo.
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La clase termina, pero nadie se levanta de inmediato.
Algunos estudiantes siguen mirando la página abierta frente a ellos, sus cuadernos llenos de los frágiles pensamientos que algún día olvidarán, buscando una frase que no terminaron de entender.
Otros hablan con los compañeros que se encuentran a su lado, sus caras conmocionadas, buscando aceptación en el otro.
Sobre los pupitres quedan los libros abiertos. La palabra dicha y escrita ha recobrado el mero sentido de su existencia.
Por un instante suspendido en el tiempo, en ningún lugar del salón hay dispositivos a la vista.
Nadie intenta alcanzarlos con la acostumbrada inmediatez. A nadie le hace falta el sonido, la imagen, el entretenimiento que reproducen.
Durante unos segundos más, todos siguen leyendo. Discutiendo.