El dieciocho de enero de 1989, aproximadamente a las once de la mañana, una comisión de quince funcionarios judiciales fue masacrada en la vereda La Rochela, un pequeño corregimiento del bajo Simacota. A esa misma hora, a treinta y siete kilómetros de distancia, mi primo Nicolás y yo nadábamos en la piscina del campestre de San Gil.
—¡Niños, llegó el taxi! —nos llamó mi tía Chía desde la orilla.
Después de veinte minutos de “¡ya vamos!”, nos montamos en el carro y el conductor nos dio la noticia:
—¡Mataron a unos funcionarios del Tribunal de San Gil!
Le subió el volumen a la emisora y escuchamos los nombres de los muertos. Uno de ellos llamó la atención de mi tía:
—¡Carlos Fernando Castillo! —dijo casi gritando.
—¿Quién es él? —le preguntó Nicolás.
—Es el hijo de Elisabeth, la profesora de educación física de su primo —respondió ella refiriéndose a mí.
Ese mismo año Rasputín, un primo por parte paterna, apareció flotando en las aguas del río Fonce con una soga amarrada en la cintura. En San Gil no existían las masacres. Tampoco el asesinato de niños. En 1989 todo lo que hacíamos era nadar en piscinas, jugar a los policías y ladrones en las fincas de mis amigos y mirar a Mickey Mouse en Disney Channel.
Si hubiera manera de elegir los recuerdos, me quedaría con las piscinas, las fincas y los dibujos animados y eliminaría para siempre a 1989.
Para ello debería pretender que Rasputín no existió así como tampoco las procesiones al cementerio que le siguieron a la masacre de La Rochela. De esta manera dejaría de pensar en el funeral de mi primo. No tengo una foto suya para ponerle otra expresión: todo lo que me queda de su rostro es su cara de piedra en el ataúd. Llovía mucho el día de su entierro. Los ojos de sus padres llovían también, y lo hacían con lágrimas espesas, como el barro frío del cementerio.
***
De las quince personas que conformaron la comisión judicial en La Rochela de 1989, sólo tres sobrevivieron: Arturo Salgado Garzón, Wilson Humberto Mantilla Castilla y Manuel Libardo Díaz Navas. Estaban allí para investigar una masacre previa, ocurrida dos años atrás. Desde luego, no tenían manera de saber lo que les ocurría. Tampoco lo sabían Orlando Morales Cárdenas, César Augusto Morales Cepeda, Yul Germán Monroy y Carlos Fernando Castillo Zapata. Para cuando los interceptó un grupo de hombres armados, vestidos de civil que se identificaron como las FARC, ignoraban que ya estaban muertos.
Les preguntaron qué hacían allí, cuál era el motivo de su presencia en la zona y quiénes conformaban el resto del grupo.
—Somos una expedición judicial —respondieron— Recolectamos evidencias.
—La comandancia quiere hablar con el jefe de la comisión para ayudarlos con su trabajo —contestó uno de los hombres armados.
Años atrás, el seis de octubre de 1987, las autodefensas torturaron y descuartizaron a diecinueve comerciantes en esa misma zona. Hasta ese momento nadie se había atrevido a investigar los hechos teniendo en cuenta que los paramilitares comandaban el lugar. También lo hacían las FARC. Los únicos que no mandaban en esa región eran el ejército y la policía.
A pedido de los guerrilleros, que en realidad eran paramilitares disfrazados de los primeros, se reunieron con los jueces Pablo Antonio Beltrán y Mariela Morales Caro para discutir la importancia de su trabajo.
—Nosotros respetamos la justicia —dijeron los pretendidos FARC— Queremos ayudarlos, pero antes, como el ejército patrulla esta zona y no queremos que mueran en fuego cruzado, los vamos a amarrar para que piensen que los secuestramos.
En ese momento llegaron más de esos hombres con fusiles y pistolas. Eran amables y daban apretones de mano. Sonreían, los abrazaban y les decían cumplidos. Preguntaron comedidamente si alguno estaba armado. Tres de los funcionarios lo estaban. Entregaron los revólveres y fueron conducidos a los Toyota Land Cruiser en los que arribó la comisión un par de horas atrás. Los acomodaron en la parte trasera de los vehículos y los mismos hombres armados tomaron el volante para conducirlos a un claro lejos de la carretera a unos pocos kilómetros de distancia. En todo el trayecto no les hablaron. Un hombre conducía y el otro apuntaba con el arma. Tampoco dijeron nada cuando se bajaron del vehículo.
—Esto está muy raro —le dijo el juez Pablo Beltrán a Manuel L. Díaz— Tengo miedo de que nos secuestren de verdad.
—Voy a bajarme para hablar con ellos —respondió Manuel.
Orlando Morales estaba frente a Manuel. Como también estaba amarrado, golpeó la manija de la puerta trasera con la rodilla y esta se abrió. Puso el pie en el estribo del vehículo y, antes de que tuviera tiempo de apoyarse en el suelo, la lluvia de balas empezó.
***
Para Manuel L. Díaz, sentir cómo las balas le impactaban en el cuerpo y que siguiera con vida, era difícil de entender. Se le ve tranquilo y apacible en la entrevista que dio para el Canal Institucional en agosto de 2015, en donde contó su experiencia de La Rochela con la calma de quien no tiene más horrores por experimentar. Pero, aquella mañana de enero de 1989 sí que le faltaban más cosas nuevas por aprender. Tirarse al piso del carro y hacerse el muerto era una de ellas. No podía creer que siguiera con vida. El tiempo se detuvo y el viento sopló con la modorra del medio día. Tal vez fue debido al calor sofocante que supo que seguía con vida. Eso no quería decir que estuviera a salvo.
—¡Quémenlos! —ordenó alguien.
—¡No! —respondieron— Desátenlos y sáquenlos de los carros.
A Manuel lo desamarraron y lo bajaron del vehículo. Permaneció boca abajo, muerto en apariencia, desde donde escuchó los tiros de gracia que le propinaban a los moribundos del otro carro:
“Ta – Ta – Ta”.
Ya le tocaba el turno al grupo de Manuel, cuando milagrosamente alguien gritó:
—¡Ya no más! ¡Vámonos!
Manuel permaneció como estaba: boca abajo e inmóvil, hasta que levantó la mirada y se encontró con los ojos de Wilson Humberto Mantilla.
—¿Cómo se siente? —le preguntó Wilson.
—¡Regular! —contestó Manuel.
Se levantaron y fueron hasta el carro. Lograron encenderlo.
—¡Me caigo! —gritó alguien en la parte trasera.
Se trataba de Arturo Salgado, vivo de milagro también. Como seguía amarrado no tenía manera de mantenerse dentro del carro. Manuel lo tomó de los pies y lo sostuvo contra el cuerpo de Yul Germán Monroy, hasta que el auto se detuvo. Estaba tan averiado que apenas si pudo recorrer quinientos metros. Salieron como pudieron, tropezando con todo, y empezaron a correr ante el ruido de un camión que se aproximaba. El conductor, en cuanto los vio ensangrentados, se detuvo y empezó a dar reversa.
—¡Por favor!… somos de policía judicial de instrucción criminal —explicó Manuel.
—¡Yo no puedo! —respondió el conductor— ¡Aquí la gente toma revancha si uno ayuda!
—¡O nos lleva o nos quita usted mismo! —amenazó Manuel.
—Bueno —concedió el conductor— ¡Nos vamos ya!
Manuel llamó a Wilson y este corrió en dirección al camión.
—¿Dónde está Arturo? —le preguntó Manuel— ¡Debemos esperarlo!
—O nos vamos ya, o se bajan —sentenció el conductor.
***
No había oscurecido cuando el reportero gráfico, Jesús Villamizar, llegó a La Rochela. El sol siempre brilla en La Rochela, decía la gente de la zona antes de que empezaran a matar gente. Ese mismo sol se encontraba en el cenit del cielo y el calor abrazaba a los cuerpos destrozados. Minutos antes, se encontró con un carro lleno de hombres armados que le dijeron tranquilamente: “más adelante está su noticia”. En 1989 la oscuridad era tan vasta que no se podía ver afuera de las intenciones más oscuras. Eran las dos de la tarde y aún con toda esa luz, la sangre pintó la tierra de negro.
“Tenían el cráneo explotado y estaban dispersos en la vía”, dijo Jesús en una entrevista para Caracol Noticias el diecinueve de enero de 2019. No era la primera vez que se encontraba de frente con la muerte. En Colombia todo reportero gráfico se convierte en corresponsal de guerra. En los 80 cualquier campo era de batalla.
Arturo Salgado no se contaba como un soldado caído, porque no lo era. No era militante, diletante ni guerrillero. Era miembro del cuerpo técnico de policía judicial encargado de investigar una masacre previa a la suya.
Louis Ferdinand Céline, novelista francés, decía que los lobos y los perros se parecen cuando duermen. Lo mismo puede decirse de los vivos respecto de los muertos. Arturo Salgado parecía un vivo que duerme con el peso de la tumba. De no ser por sus movimientos de vivo, sus palabras de vivo y la mirada de vivo, Jesús lo habría pasado por alto. La foto que le tomó saldría en los periódicos del día siguiente. Las imágenes de los jeeps destrozados también. Las víctimas, las fatales, eran demasiado aterradoras como para publicarlas en el diario de la mañana.
***
En el siglo pasado San Gil era un pueblo recluido entre montañas y mucha agua en donde nunca pasaba nada. Ni siquiera la guerra de independencia pasó por allí. La violencia bipartidista de los años 50 dejó unos disparos en día de elecciones por aquí y una pelea a machete el domingo de mercado por allá. A falta de gestas homicidas, los libros de historia lo pasaron por alto. Todo eso cambió el dieciocho de enero de 1989.
La radio sonaba tan fuerte ese día que apenas si podíamos escuchar nuestras propias voces. En cualquier otra parte del mundo a los niños se les guarda de conocer la cruda realidad del mundo. Nicolás y yo conocíamos algo de esa realidad por las noticias del medio día. A la hora del almuerzo la radio se encendía en todos los hogares.
La Rochela se encuentra a cinco horas de distancia de San Gil, pero lo que allí sucedió se sintió en todo el pueblo. Se sintió en la casa de la familia de Carlos Fernando Castillo y de todos aquellos que enterraron a un padre. A un hijo. A un esposo. A un hermano.
Mamá llegó antes de la hora de siempre. Los comercios cerraron temprano por respeto a los muertos. El pueblo guardó silencio desde las cuatro de la tarde. Mi tía y mi madre no habían almorzado. Nadie tenía hambre y la comida se enfriaba en los platos, así como debía enfriarse en casa de quienes nunca regresaron. Esta es la hora en la que seguirán esperándolos con la comida servida. Para ellos un puesto vacío en la mesa siempre será una tumba llena en el cementerio.
***
1989 ha sido el año más trágico de mi vida hasta ahora. Lo recuerdo como en una bruma de pesadilla en donde cada retazo de memoria se decolora como una fotografía antigua. Mi primo Rasputín contaba con ocho años cuando apareció flotando en el río con una soga amarrada en la cintura unos meses después de La Rochela. El día anterior, a la hora del almuerzo, el tío Fernando, su padre, pasó por la casa preguntándome si lo había visto. “En el recreo”, respondí. Mamá le pidió que tomara asiento y comiera algo. Era evidente que no tenía hambre. Se le veía tan angustiado que nos asustó a todos.
No volvimos a pensar en Rasputín lo que restó del día. Mi madre fue al trabajo y mis hermanas a casa de amigas. Cuando cayó la tarde comimos juntos y fuimos a dormir. En algún momento de la noche me pasé a su cama porque eso era lo que hacía siempre. Cuando abrí los ojos al día siguiente, emocionado por los dibujos animados del sábado, la vi sentada frente al espejo de su tocador. Era raro que se maquillara tan temprano en fin de semana.
—Pasó algo terrible —me dijo sin responder a mis buenos días—. Rasputín se murió.
Más que morirse, a Rasputín lo mataron. Nadie supo qué estaba haciendo en el río con su niñero a quien nunca encontraron. A esa hora debía estar almorzando en casa con sus padres. Desde entonces surgieron miles de historias: un secuestro fallido de la guerrilla, delincuencia común, ajuste de cuentas de los paramilitares. Para mis tíos daba lo mismo. Ambos tenían una cara como la de mi primo en el ataúd. Hoy pienso en el miedo que debió sentir con toda esa agua metiéndosele por la nariz y la boca. El río Fonce es marrón y huele a tierra estancada y hojas muertas. Debajo del agua los olores se pierden con el color absoluto de la nada.
En la procesión camino al cementerio, pensé en algodones de azúcar y chocolatinas. Rasputín coleccionaba las monas que venían en las chocolatinas Jet. Siempre que nos encontrábamos en el recreo me preguntaba si tenía alguna lámina de dinosaurios. Yo estaba en cuarto de primaria y él en tercero. Intercambiábamos golosinas y de vez en cuando iba a mi casa el domingo.
—¿Ese de allá es Rasputín? —le pregunté a mi madre.
Me costaba creer que pudiera caber en un ataúd tan pequeño. Mamá no respondió. Nadie decía nada. Todo lo que se escuchaba eran los pasos desganados de la gente y los gemidos de mis tíos Silva.
Unos meses atrás Nicolás y yo quisimos ver la procesión de los muertos de La Rochela. En ese momento ignoraba que sería yo quien vería, meses después, pasar a Rasputín en uno de esos cajones blancos para niños. Entonces no tendría nada para decir. Las expresiones muertas de nosotros los vivos contaban la historia mejor de lo que yo puedo hacer en este momento.
Réquiem aeternum
Esta mañana de tormenta el granizo golpea la ventana de mi casa como un tambor de guerra. Si fuera un hombre supersticioso, diría que son los fantasmas de La Rochela que vienen a reclamarme por contar mal su historia. Temo tanto decepcionarlos que llevo escribiendo el mismo párrafo una semana. No es fácil hacerle justicia a las víctimas de la muerte violenta. Decir una palabra de más podría empañar su memoria y la de las personas que siguen llorándolos.
Elisabeth, mi profesora de educación física de primaria, es una de ellas. Vivía a dos calles de mi abuela. Pensé en llamarla para contarle esto que estoy haciendo, pero soy tan cobarde que esperaré a que alguien se atreva a publicarlo primero. La buscaré entonces y recordaremos juntos a mi primo Rasputín de quien también fue profesora, y a su hijo Carlos Fernando cuyo nombre escuché por primera vez en la radio de un taxi mientras el mundo se caía a pedazos. ¿En qué se relacionan todos ellos? ¿Rasputín, Elisabeth y su hijo Carlos Fernando? Supongo que para el mundo, en nada. Para mí fue el final de la inocencia. Para las familias de los asesinados en La Rochela fue el final de la existencia misma.
Quisiera hacer más para decirle a todos ellos que sus vidas importan. Que su paso por esta tierra vale más que el de los héroes en los libros de historia que asesinan a medio mundo en nombre de una utopía; héroes a los que poco les importa la angustia de una madre que espera el regreso de su hijo a casa. O la de un padre que pregunta a la hora del almuerzo en dónde se habrá metido su niño.
Masacre de La Rochela. Enero dieciocho de 1989.
Asesinados
- Mariela Morales Caro, 36 años – Jueza 4 de Instrucción Criminal de San Gil
- Pablo Antonio Beltrán, 40 años – Juez 16 de Instrucción Criminal de San Gil
- Virgilio Hernández Serrano, 59 años – Secretario del Juzgado Ambulante de Instrucción Criminal
- Carlos Fernando Castillo Zapata, 24 años – Secretario del Juzgado Ambulante de Instrucción Criminal de San Gil
- Luis Orlando Hernández Muñoz, 29 años – Investigador del Cuerpo Técnico de Policía Judicial de Bogotá
- Yul Germán Monroy Ramírez, 28 años – Investigador del Cuerpo Técnico de Policía Judicial de Bogotá
- Gabriel Enrique Vesga Fonseca, 23 años – Miembro del Cuerpo Técnico de Policía Judicial de San Gil
- Benhur Iván Guasca Castro, 24 años – Investigador del Cuerpo Técnico de la Policía Judicial
- Orlando Morales Cárdenas, 21 años – Investigador del Cuerpo Técnico de la Policía Judicial
- César Augusto Morales Cepeda, 28 años – Miembro del Cuerpo Técnico de Policía Judicial de San Gil
- Arnulfo Mejía Duarte, 24 años – Conductor del Cuerpo Técnico de Policía Judicial
- Samuel Vargas Páez, 44 años – Conductor del Cuerpo Técnico de Policía Judicial.
Sobrevivientes
- Arturo Salgado Garzón – Miembro del Cuerpo Técnico de Policía Judicial.
- Wilson Humberto Mantilla Castilla – Miembro del Cuerpo Técnico de Policía Judicial.
- Manuel Libardo Díaz Navas – Miembro del Cuerpo Técnico de Policía Judicial.