Prohibido exhumar o alterar

Un recorrido por el Cementerio del sur y unas reflexiones sobre la intervención que allí está haciendo la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas.

por

Koryn Bernal Manrique, Héctor Gamba Collazos y Oskar Gutiérrez Garay


11.07.2026

Hay lugares construidos para recordar. Hay lugares que existen para tratar de seguir con la vida mientras lidiamos con el dolor, a veces en silencio, a veces con llanto, a veces con rabia, e incluso, con algo de risa. Así son los cementerios, como el que se encuentra en la Avenida Calle 27 Sur No. 37-83 en el barrio Eduardo Frey de la localidad de Antonio Nariño en Bogotá, ubicado frente a Matatigres, barrio vecino con el que se suele asociar a todo el sector.

Este cementerio, como cualquier otro, está lleno de historias y de flores. Sin embargo, este camposanto cuenta una historia que “para muchos” pasa desapercibida: la de las personas desaparecidas.

La labor de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) en el Cementerio del Sur se ha centrado en la revisión de 2.534 protocolos de necropsia y en la intervención de bóvedas con cuerpos no identificados e identificados no reclamados, permitiendo establecer un universo de al menos 130 cuerpos de interés para la búsqueda de personas desaparecidas en el contexto del conflicto armado en Colombia. 

El cementerio dejó de ser cementerio a secas y empezó a convertirse en otra cosa: un territorio de memoria no solo individual y grupal, sino nacional; una geografía donde la ausencia adquirió dirección exacta dentro de un mapa. Pero decir que el Cementerio del Sur se convirtió en lugar de memoria únicamente por la desaparición forzada o el conflicto puede reducir la complejidad simbólica que los camposantos guardan por sí mismos.

Los cementerios son, por naturaleza, territorios de memoria. En el caso del Cementerio del Sur, esta condición se ha fortalecido mediante medidas cautelares adoptadas por la JEP desde 2023 para proteger posibles cuerpos de personas desaparecidas en el contexto del conflicto armado. En abril de 2026, estas medidas se ampliaron para reconocer el lugar como un escenario fundamental de memoria en relación con las víctimas de la toma y retoma del Palacio de Justicia, junto con la Casa del Florero y las Caballerizas del Cantón Norte, gracias al impulso del MOVICE y de familiares como Helena Urán de Bidegain. El Cementerio del Sur alberga más de 1.284 bóvedas con cuerpos no identificados.

El caso del Palacio de Justicia mostró que la desaparición forzada también puede ocurrir a plena luz del día, bajo la mirada de las instituciones y de las cámaras. Varias de las personas desaparecidas fueron encontradas años después en el Cementerio del Sur, con errores de identificación o sin nombre, convirtiendo este lugar no solo en un camposanto, sino también en un archivo forense, una escena del crimen y un territorio de memoria.

“Prohibido exhumar”

Llegamos al Cementerio del Sur al mediodía, cuando el sol parecía caer sin mediaciones sobre el concreto y las bóvedas. El aire estaba espeso pero el olor no era desagradable. Miles de mosquitos orbitaban con una insistencia casi ritual mientras nos bajábamos del carro con las cámaras en la mano. Preguntamos a un funcionario por el lugar exacto donde la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) adelantaba su intervención, pero antes de llegar al núcleo robusto de excavaciones encontramos una primera escena que nos obligó a detenernos. Eran tres sepulturas consecutivas, apartadas del resto, intervenidas con marcas de la UBPD. Sobre el blanco irregular del cemento, entre códigos, fechas, siglas forenses y una inscripción que reducía una vida a la fórmula fría de CNI (Cuerpo No Identificado) masculino, aparecía la frase repetida dos veces como una advertencia o una paradoja: PROHIBIDO EXHUMAR O ALTERAR. Nos quedamos mirando ese mensaje con una mezcla extraña de desconcierto y reverencia. En un país atravesado por la desaparición forzada, exhumar no es alterar el orden de la muerte: es intentar restituirlo.

Dimos varias vueltas. En el Cementerio del Sur orientarse no es sencillo; tampoco lo es comprender qué clase de silencio habita allí. No es el silencio pétreo que uno imaginaría en un camposanto, ese mutismo solemne y homogéneo que parece imponerse sobre los muertos. Aquí el silencio se deja interrumpir. Se fragmenta con llantos esporádicos, con conversaciones en voz baja, con el eco distante de alguna canción que suena desde un celular, de un parlante o un grupo de mariachis. Mientras buscábamos el punto exacto de la intervención, comenzamos a atravesar otro paisaje inesperado: tumbas de jóvenes adornadas con camisetas, escudos y colores de equipos de fútbol: Millonarios, América. Junior, Nacional, Santa Fe. Había flores frescas, botellas de licor, humo de porro, familias arreglando lápidas. Una especie de solemnidad festiva.

También nos encontramos con un monumento que se destaca cuando se lo ve, pero que puede perderse de vista entre hierbajos. Una enorme mano de piedra se eleva sosteniendo un halo metálico, un círculo atravesado por puntas que recuerda al mismo tiempo un sol, una hostia o un haz de luz suspendido sobre el cielo lábil de Bogotá. Se le conoce como la “Mano de Dios”. El monumento, levantado por la Universidad Nacional, honra a decenas de cuerpos NN utilizados durante años en prácticas de medicina. La piedra y la placa resultan el único vestigio de humanidad que se les otorgó a esos cuerpos que también son de interés para la UBPD. Pero la labor resulta más difícil porque el formol y otros químicos usados para su preservación con fines de investigación anatómica, destruye el material genético. 

Seguimos caminando y, entonces, apareció él: Un muchacho de no más de veinte años llegó rápido en bicicleta, frenó con urgencia, se bajó sin quitarse del todo la prisa y se dirigió hacia una tumba marcada con un gran escudo del Junior de Barranquilla. Dio tres golpes secos sobre la lápida. No eran golpes violentos, aunque contenían algo de rabia; tampoco eran caricias, pero dejaban escapar una ternura que parecía resistirse a mostrarse del todo. Eran golpes parecidos a esos que algunos hombres se dan al abrazarse, como si necesitaran blindar el afecto con rudeza para no poner en riesgo cierta idea de hombría. Luego se sentó con las piernas abiertas, encendió música desde su celular y permaneció allí, mirando al vacío. Lo extraño fue comprender que esos sonidos no competían con el silencio. No lo rompían. Lo acompañaban. Tal vez hay sonidos precisos para atravesar el duelo. Todo en este lugar insiste en impedir que los muertos desaparezcan del todo, pues son los protagonistas.

Una presencia difícil de ignorar 

El silencio del Cementerio del Sur se parece al sonido de un búho en la noche. No siempre se le ve, a veces ni siquiera se logra precisar desde dónde llega su llamado, pero se sabe que está ahí, acompañando la oscuridad con una presencia difícil de nombrar. Puede inquietar, incluso provocar miedo, porque parece anunciar algo oculto, algo que escapa a nuestra comprensión inmediata. Y, sin embargo, también es signo de vida. El búho (animal asociado a la sabiduría, la intuición y la capacidad de ver donde otros apenas distinguen sombras) parece una metáfora inevitable para este lugar. Como si hiciera falta aprender a mirar con sus ojos para comprender lo que ocurre aquí: ver más allá del concreto, más allá de las lápidas, más allá de los nombres borrados. Porque en espacios atravesados por la desaparición forzada, la verdad rara vez se presenta a plena luz; hay que aprender a percibirla en la penumbra, allí donde apenas se insinúa. No podemos huir de su llamado.

Lo paradójico del silencio es que no siempre significa lo mismo. A veces es el único refugio posible, un aliado discreto que acompaña el dolor cuando las palabras no alcanzan. Pero otras veces es condena, es insoportable: el silencio impuesto por el miedo, por la amenaza que llega cuando alguien pregunta demasiado por ese cuerpo ausente, por ese nombre que no aparece, por alguien que salió una mañana y nunca volvió. En un lugar como este, la importancia del cuerpo es imposible de ignorar. Se necesita la lápida, la certeza (aunque sea precaria) de lo que descansa detrás del concreto, para desplegar los rituales que vuelven el dolor un poco más transitable: las flores, la música, la visita dominical, el trago compartido, el diálogo con quien ya no responde. 

Todavía no encontrábamos el lugar exacto de la intervención de la UBPD, pero todo en el Cementerio del Sur parecía empujarnos hacia la misma pregunta: ¿qué ocurre cuando ni siquiera existe un cuerpo sobre el cual depositar el duelo? Porque si algo enseña la desaparición forzada es que no solo arrebata una vida, también vuelve ambiguo los rituales que permiten a los vivos reorganizar el mundo. 

Volvimos a preguntar. El funcionario, un señor amable que tenía más de 60 años señaló con el pico hacia adelante con naturalidad, como quien indica algo evidente. El lugar había estado, literalmente, frente a nuestras narices todo el tiempo. 

Era el columbario San Martín, una estructura distinta a las demás: abierta al cielo, sin techo, expuesta de lleno a la luz dura del mediodía. Allí se concentran numerosos cuerpos no identificados, los NN que el país ha aprendido a nombrar con una sigla que intenta domesticar la violencia burocráticamente. Frente a ese muro de bóvedas comprendimos que no estábamos simplemente ante un lugar de entierro. Estábamos frente a una arquitectura del ocultamiento, de los secretos sin revelar. 

Pero el columbario San Martín guardaba otra capa inesperada. La mayoría de las lápidas repetían una misma inscripción, casi como una letanía: “Acción de gracias a las benditas almas por los favores recibidos”. Algunas estaban adornadas con flores frescas; otras con rosas secas, velas consumidas, pequeñas ofrendas improvisadas. Muchas no nombraban a nadie. O mejor: nombraban la ausencia. NN masculino. Bolsa sin información. Restos sin información. Y, sin embargo, alguien volvía. Alguien dejaba flores. Alguien agradecía.

En ciertas tradiciones populares estos cuerpos sin nombre ocupan un lugar singular en la economía espiritual del duelo y la fe. Como no tienen dolientes identificables, se les atribuye una vulnerabilidad particular: almas sin quien rece por ellas, sin quien las nombre, sin quien les encienda una vela.

Hay otras que ni la lápida, ni la devoción. Son las más frías, las más transparentes:

Rezar por esas ánimas es considerado un acto de piedad; acompañarlas en su abandono es una forma de misericordia. Pero la lógica afectiva da un giro inesperado: esas almas también pueden conceder favores. De ahí la inscripción repetida en sus tumbas, como un pacto silencioso entre vivos y muertos.

Quizá eso también dice algo profundo sobre la desaparición forzada: incluso cuando el nombre ha sido borrado, persiste una obstinación humana por dotar de rostro, de ritual y de sentido a aquello que se quiso reducir al olvido.

Desmontar el anonimato

 Y en medio de toda esa religiosidad popular estaba la intervención de la UBPD. No sólo como una irrupción ajena, también como otra forma de disputar el sentido del espacio. Los lunes, no se realizan labores de recuperación en el Cementerio del Sur. Son los lunes de las ánimas, un día dedicado por muchas personas a visitar las bóvedas, llevar flores, encender velas, hacer peticiones y agradecer favores concedidos por aquellas almas que permanecen sin nombre. Durante un tiempo, quienes llegaban a rezar por los NN observaban con extrañeza la presencia de equipos forenses, herramientas y procedimientos técnicos. En ocasiones, ambas prácticas parecían interferirse mutuamente.

Con el tiempo, la Unidad a través de procesos pedagógicos desarrollados con la administración del cementerio, trabajadores, visitantes y comunidades cercanas, se construyó una comprensión compartida sobre la importancia de la búsqueda y la identificación de los cuerpos. También la UBPD aprendió algo fundamental: que la memoria no se ejerce de una sola manera. Hay quienes buscan en archivos, protocolos y registros. Otros buscan en la oración, en las flores o en una conversación silenciosa frente a una bóveda.

Por eso los lunes el trabajo se detiene. No porque la búsqueda haya terminado, sino porque otras formas de búsqueda ocupan el lugar. 

Lo estremecedor es que ambas capas conviven en el mismo espacio de concreto. A un lado, una lápida que dice “Acción de gracias a las benditas almas por los favores recibidos”. Al otro, el sello violeta de la UBPD, códigos técnicos, fechas que no entendimos en un primer momento y la orden explícita de no intervenir. Entre ambas inscripciones se abre una grieta por donde incluso ha comenzado a crecer una planta pequeña, como si el cemento también estuviera cediendo ante el tiempo y a la esperanza de lo que persiste en germinar. Allí entendimos algo que este país conoce demasiado bien: la desaparición forzada no produce únicamente ausencia; produce superposiciones. Devoción y burocracia. Fe popular y archivo judicial. El duelo íntimo y la investigación forense.

Nos entrevistamos unos días después con Anyi Cárdenas, de la oficina de Comunicaciones y Pedagogía de la UBPD. Ella nos aclaró muchas cosas sobre la intervención de la Unidad en el Cementerio. 

Antes de intervenir una sola bóveda, la UBPD reconstruye la historia de cada cuerpo mediante el análisis de protocolos de necropsia, registros de inhumación y otros archivos históricos, un proceso que se realiza con la veeduría del MOVICE. Cada intervención busca contrastar la información documental con la evidencia forense para restituir, cuando es posible, la identidad de quienes permanecieron durante años en el anonimato. Se busca restaurar, aunque sea tardíamente, el vínculo roto entre un cuerpo y su nombre; entre un nombre y su familia. 

Esta foto podría ser casi una tesis visual sobre Colombia: las flores que acompañan la intervención de la UBPD:

Reorganizar la existencia

La memoria funciona como una brújula. En los cementerios, la aguja suele apuntar hacia un lugar preciso: una lápida, una bóveda, un cuerpo. En medio de la bruma del dolor, los visitantes siguen esa orientación para llegar a sus muertos y, una vez allí, desplegar los rituales que hacen habitable la ausencia. El duelo necesita un lugar para anclarse.

La desaparición forzada descompone esa brújula. La dirección desaparece, el mapa se vuelve incierto y el cuerpo deja de ser un destino reconocible. Sin embargo, la desaparición también revela algo inesperado: la búsqueda se convierte en una nueva forma de orientación. Muchas familias transforman el dolor en una ruta de vida, hacen de la memoria una práctica cotidiana y de la no repetición un horizonte ético. Lo que comenzó como una ausencia termina movilizando nuevas formas de comunidad, resistencia y reparación.

Aunque quisiéramos tachar la desaparición forzada de nuestros mapas, para miles de personas ella sigue siendo el punto desde el cual organizan su existencia. Cada búsqueda es un intento por recuperar una dirección perdida, por encontrar el lugar al que todavía apunta la memoria. El cuerpo, desde el anonimato, desde detrás de la lápida sin nombre, clama ser identificado. La brújula orienta en trayectorias que se cruzan. En ese contexto, la labor de la UBPD consiste en recomponer la brújula: reconstruir trayectorias interrumpidas, devolver coordenadas en medio de la incertidumbre y acercar, aunque sea parcialmente, el cuerpo ausente al lugar donde el duelo pueda finalmente comenzar a orientarse.

Al salir del Cementerio del Sur pensamos que la búsqueda siempre había sido la misma: familias intentando encontrar a quienes les fueron arrebatados. Pero la conversación con Anyi nos obligó a mirar el problema desde otro ángulo. En algunas bóvedas reposan cuerpos plenamente identificados cuyos familiares aún no han sido localizados. El cuerpo tiene nombre. Tiene historia. Tiene identidad forense. Lo que falta es encontrar a quien todavía lo espera.

La UBPD llama a este proceso “búsqueda inversa”. Es una de las paradojas más conmovedoras que deja la desaparición forzada. Durante años una madre, un hermano o un hijo pueden recorrer oficinas buscando una respuesta; mientras tanto, en algún cementerio del país el cuerpo ya ha sido encontrado, recuperado e identificado, pero nadie sabe dónde está la familia. La brújula vuelve a invertirse. Ya no se busca solamente el cuerpo. Ahora también se busca a quienes tienen derecho a despedirlo.

En el Cementerio del Sur comprendimos que la búsqueda no termina cuando una bóveda se abre. Continúa en los archivos, en los laboratorios y en la reconstrucción de los vínculos que la violencia y el tiempo fragmentaron. Encontrar un cuerpo es solo una parte de la tarea; la otra consiste en devolverlo a su historia y a su familia.

Si usted busca a una persona desaparecida o cuenta con información que pueda contribuir a una búsqueda, puede comunicarse con la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) a través de la línea gratuita 01 8000 162 226, el celular (+57) 316 278 3918, el correo servicioalciudadano@unidadbusqueda.gov.co o consultar la plataforma de Búsqueda Inversa, donde se encuentran personas ya identificadas cuyos familiares aún no han sido localizados.

La desaparición forzada intentó romper el vínculo entre los cuerpos y sus nombres. La búsqueda continúa intentando restituirlo.

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