La nueva generación emberá que convierte el silencio en su territorio

Orlaby, Doris y Héctor son tres menores emberá chamí que nacieron en Bogotá. Crecen entre pagadiarios en el sur de la ciudad, carpas hechas con bolsas negras en parques públicos y colegios donde nadie habla su idioma. Su respuesta es el silencio como forma de adaptarse a una ciudad que les sigue siendo extraña.

por

Gabriela Herrera

periodista


24.04.2026

Todas las fotos son de Alex Jiménez M

Héctor Manuel Queregama Borocuara (16 años) decide solo responder preguntas cerradas. De lo contrario, se lleva las manos a la cara, cubriéndose y arrugando los ojos. Como un  gesto de nervios, se frota las manos en el pantalón o en la camiseta, una prenda que lleva en su pecho la palabra money. Mueve la cabeza de arriba a abajo cuando la pregunta es si le gusta la música. El movimiento es frenético si la música es reggaetón. Repite este movimiento para confirmar que es hincha de un equipo. Vuelve a hacerlo para decir que le gusta ir al colegio. Al cabo de unos minutos, parece una respuesta automática. 

Dice que en el colegio habla español. Le da pena hablar emberá. Con nosotras, casi no habla ninguno de los dos. Después de permanecer con él una jornada, nos suelta algunas palabras que nos permiten intuir sus gustos: “Matemáticas”, “TikTok”, “Rojo”, “Reggaetón”, “Daddy Yankee”. En medio del silencio, deja entrever a veces una voz muy tenue, entre aguda y grave, casi escondida. A veces parece incómodo y dudamos en seguir preguntando. De repente toma el celular e inicia una partida en el juego online Free Fire. Antes de perder su atención, alcanza a enseñarnos sus apps favoritas: Facebook y Snapchat, donde chatea con amigos del colegio en español. 

Sus hermanas menores hablan un poco más. Orlaby y Doris estudian en el mismo salón. Ambas son competitivas en los deportes. Frente a la cámara, saltan, corren y se ríen, pero tampoco responden nuestras preguntas. Asienten o niegan. Su silencio no parece timidez o ignorancia, sino una decisión propia, desinterés o una forma de marcar hasta dónde quieren dejar que el mundo entre. 

A principios de este año, en Bogotá había 2038 personas emberá, de acuerdo con la caracterización realizada por la Secretaría de Salud. De ellas, más de 800 eran adultos entre los 18 y 59 años lo que significa que más del 60% es población vulnerable entre menores de edad y adultos mayores. 

En julio de 2024, la Secretaría de Integración había señalado que el 40 % se refería a la primera infancia (0 a 5 años), 29 % infancia (6 a 12 años), 2 % adolescencia (13 a 17 años), 7 % juventud (18 a 28 años), 13 % adultez (29 a 59 años) y en el 8 % no se identifica rango. La cifra más reciente que se publicó fue en mayo del 2025 cuando algunas familias emberá 
volvieron a ocupar el Parque Nacional. De ese encuentro se registraron 220 niños en condiciones de alta exposición a enfermedad, violencia y desatención. 

Orlaby, Doris y Héctor son parte de los 1500 emberá que habitaron en el Parque Nacional entre 2023 y 2024. Nacieron en Bogotá y desde entonces han vivido principalmente en pagadiarios en zonas como Las Cruces y San Bernardo. Sus nombres provienen de “nombres de ‘blancos’ que escucharon sus papás en la calle”, según recuerda Jairo, su tío y acudiente en Bogotá. La única vez que han visitado su territorio fue en 2021, cuando su abuela Enriqueta falleció y la familia tuvo que regresar a Risaralda por unos meses. Cuando volvieron a la ciudad, se asentaron en la UPI La Florida, uno de los dos espacios que habilitó el Distrito como albergue temporal de los emberá que ocuparon el Parque Nacional en 2021. “Era muy complicado para el agua, la gente no lo manejaba bien, teníamos muchos problemas de convivencia”, recuerda Jairo. 

Luego de permanecer en el parque, hicieron parte de las 50 familias emberá que decidieron quedarse en la ciudad y no retornar, según lo señala el Distrito. Quieren ser reubicados en una finca en Jerusalén, Cundinamarca, la cual, según dicen, están esperando desde 2024 por parte de la Unidad para las Víctimas. Mientras aguardan, vivieron tres meses en el albergue La Lupita, en Las Cruces, pagado por el Distrito. 

Inicialmente serían solo dos meses. “Somos 90 personas en total. Estamos regados porque no tenemos dónde vivir; en la ciudad no hay recursos ni empleo. Algunos se rebuscan trabajo en otras zonas porque no les gusta mendigar en la ciudad –como ocurre con los padres de Orlaby, Doris y Héctor–. Cuando nos compren el predio, nos van a unir a todos”, agrega Jairo. 

Desde que se acabaron los subsidios del Distrito a principios de 2025, la familia se mudó a un pagadiario en San Bernardo, en la localidad de Santa Fe. El barrio es hoy uno de los puntos más críticos de la ciudad, con atracos, homicidios y choques entre bandas que se disputan el territorio y el microtráfico. A comienzos de año explotaron tres granadas en sus calles y, según estadísticas de la Contraloría, los indicadores de homicidio, extorsión y hurto siguen en aumento. 

Así, mientras los padres de los tres jóvenes trabajan en fincas del eje cafetero, Jairo y su esposa Eloisa los cuidan en Bogotá, en uno de los barrios más peligrosos de la ciudad. Pero ellos parecen no preocuparse por esto. Solo lamentan la ausencia de sus dos perros, Elena y Tony, con quienes ya llevaban ocho meses. “¡Se los robaron!”, explica Jairo y Orlaby. Héctor y Doris parecen querer agregar algo más sobre el recuerdo de su perro, pero solo asienten con más ímpetu. 

La fachada de la casa de la familia Queregama Borocuara se abre con un portón azul menta, algo oxidado. Los muros de cemento se alzan hasta un balcón con rejas blancas, entrelazadas con luces de alguna navidad pasada de las que cuelga un enchufe suspendido. Al abrir la puerta, un pasillo estrecho nos conduce a las escaleras, y en el segundo piso, Jairo y Eloisa, que no habla español, nos esperan. 

“¡Héctor!”, grita Jairo. Los jóvenes irrumpen desde la habitación. Saludan con la mirada, más por curiosidad que por cordialidad, pero siguen con sus quehaceres. Doris sostiene un peine y una bebé. Orlaby lleva la ropa en la mano. Se alistan para ir al colegio. 

Todos los días deben recorrer a pie los diez minutos que los separan del Colegio José Antonio Uribe. Entre estaciones temporales de policía, andenes rotos, calles destapadas y carros y transeúntes acelerados, los tres hermanos caminan junto a Jairo cada mañana, a las 10:50 a.m, hasta las rejas blancas del lugar. Antes de llegar, Orlaby y Doris ven a lo lejos a una familia emberá que va caminando en el otro andén. Hay otros niños ahí. Se esconden ciñéndose a la pared y nos sonríen con picardía. “¿Qué pasó?”, les preguntamos. Niegan con la cabeza sin dejar de reír. 
El señor Jairo llega y cruza la calle. Saluda a las personas y ellas miran de reojo, pero siguen su camino hasta el portón del colegio. Al llegar, a Orlaby le cambia la expresión del rostro. Abre su maleta, esculca con cierto afán y mira a su tío con angustia: “¡se me olvidó el cuaderno!”. Un pequeño drama universal, típico de la vida escolar. 

Héctor está en quinto y Doris y Orlaby en tercero. Sin embargo, no están en el tradicional modelo de educación. Los tres forman parte del programa Volver a la Escuela (VAE), una estrategia de innovación social educativa para vincular jóvenes que han tenido dificultades escolares y acelerar su proceso en las aulas, como las poblaciones migrantes. 

Las chicas se sientan una detrás de otra en la parte de atrás. Toman nota de los números que el profesor Julio Herrera escribe en el tablero. Es clase de matemáticas. Al entrar a su salón, ellas nos miran de reojo y saludan. A Doris se le acerca el chico que está adelante de ella. Hablan esporádicamente y dibujan algo en el cuaderno. Más tarde, mientras hablamos con el profesor, ella luce concentrada en su puesto, pero su compañero de nuevo se gira y le habla. Ella no responde, pero sí sonríe. La tarea era escribir una secuencia de números en el cuaderno. Al cabo de un rato se acerca a nosotros y le pide ayuda al profesor ya que no ha podido continuar con el ejercicio. 

El sonido y las voces de los niños se elevan cuando caminamos por el pasillo hacia el salón de Héctor. La profesora de inglés Diana Alarcón nos atiende. Nos explica que le ha costado conectarse con Héctor ya que este no le habla ni en inglés, ni español ni emberá. 

Recuerda que en años anteriores tuvo estudiantes emberá con quienes sí logró construir un puente lingüístico. “Uno de ellos me enseñó frases cortas en su idioma. Estuvimos casi un año trabajando juntos en el aula”, dice. Aquel estudiante sufría burlas –le decían “zombie”, “indio”– y ella aprovechaba para recalcar al curso que él tenía una ventaja: dominaba más de una lengua. Para integrar la diversidad, Alarcón usaba palabras sencillas y las traducía al español, al inglés y luego pedía al niño que aportara la versión en emberá. “Prácticamente todos sabíamos decir ‘Hola’ en emberá, ‘¿cómo estás?’, y también responder ‘bien’”, recuerda. “En ese momento la lengua ganaba prestigio”. 

Con Héctor, Diana intentó hacer el mismo proceso pero no recibió ninguna respuesta. Por eso, la profesora duda de sus conocimientos de la lengua emberá. Héctor decide simplemente no responder en ocasiones. Ve sus redes sociales en español y reacciona con risas o atención a lo que dicen sus compañeros en el salón. Desde su puesto nos sonríe. Parece muy concentrado dibujando en su cuaderno. Ignora el bullicio de los adolescentes de su salón, incluidas las peleas, los gritos y los regaños de la profesora. Parece absorto en su mundo. 

En el pasado, Alarcón relata que ha tenido otros estudiantes que no han podido adaptarse al modelo educativo por la barrera del español y han desertado del colegio. “No contamos con herramientas interculturales para acercarnos a Héctor, pero es un reto bonito. Él presta atención y sigue muy bien las indicaciones, aunque es muy introvertido”, señala. 

Pero el silencio también puede ser un mecanismo de adaptación. De acuerdo con la profesora, Héctor no es completamente integrado por sus compañeros de curso. “Le quitan los útiles, no se le acercan tanto. Pero tampoco he visto que pasen los límites. Es particularmente introvertido, a diferencia de otros jóvenes emberá que he tenido”, explica. Por su parte, Héctor nos cuenta que tiene amigos con los que hace tareas. Uno de ellos es Bryan, también un joven emberá, quien rechaza ser reconocido como parte de la comunidad. “Se molesta mucho cuando se le pregunta”, explica Diana. La profesora lo llamó para que él nos contara su experiencia pero cuando mencionó que él era uno de los jóvenes emberá de la clase, hizo un gesto de incomodidad y regresó a su puesto. 

De acuerdo con Gabriel Ramírez, experto en cultura y lengua emberá, los colegios integran algunas de las entidades que mejor trabajan con estas comunidades, debido a la sensibilidad de los profesores. “Lo están haciendo mejor que el resto. No es ideal, en los colegios hay discriminación, pero el Colegio Jose Antonio Uribe, por ejemplo, ha vinculado niños emberá desde hace una década”, explica. 

El colegio de Héctor, Orlaby y Doris, José Antonio Uribe, ocasionalmente recibe asesoría de la Secretaría de Educación a través de la figura de dinamizadores, esto es, personas de la comunidad emberá que trabajan como mediadores y asesores. Según datos de la Secretaría de Educación en 2024, más de 600 niños y niñas de la población emberá recibían atención educativa en tres instituciones escolares distritales. 

Sin embargo, los maestros insisten en la dificultad que tienen para encontrar herramientas de interculturalidad y comunicación para los procesos pedagógicos. La realidad de los jóvenes que entran a las aulas es el rechazo o adaptarse a la cultura occidental para ser parte de los grupos sociales. “Quieren usar TikTok, bailar, aprender canciones que cantan los otros chicos y dejan su cultura”, señala Mariana Rincón, profesora del colegio. 

Al buscar algunos apellidos emberá o numerales con palabras como ‘katio’, ‘chami’, ‘dóbida’, en la plataforma de TikTok, aparecen múltiples perfiles de jóvenes con canciones de reggaetón en español. Uno de ellos es Emberá Paima, uno de los jóvenes dóbida que viven en la UPI La Florida y contamos en este punto. 

Antes de irnos, le preguntábamos a Héctor qué quería hacer cuando fuera mayor y si le gustaba la ciudad. A punto de responder con un movimiento de afirmación, su tío intervino en la respuesta y le sugirió algunas palabras en emberá. Héctor permaneció varios minutos en silencio sin encontrar las palabras. “Sí, en el campo”, agregó tímidamente al final. 

Al cerrar el portón de la casa de los Borocuara, pensamos. ¿Cómo ibamos a transcribir los silencios? Un primer camino fue pintarlos a través de otras voces: hablamos con sus profesores, con su tío y buscamos expertos. El camino tradicional. 

Pero lo que no dicen pesa más que todas las historias que otros cuentan por ellos. En una ciudad que los nombra, los clasifica y habla en su lugar, Héctor, Orlaby y Doris sostienen un territorio propio: su  silencio. Allí marcan los límites de lo que quieren entregar y de lo que no. Allí resisten los desplazamientos, aulas que no entienden su lengua y adultos que deciden por ellos. El silencio no es vacío sino una huella que dejan los movimientos constantes mientras ellos buscan definir el mundo en el que quieren vivir. 

*Este texto parte del especial Kundrara Bogotá: Ser joven emberá en la ciudad. 

COMPARTIR ARTÍCULO
Compartir en Facebook Compartir en LinkedIn Tweet Enviar por WhatsApp Enviar por WhatsApp Enviar por email

Gabriela Herrera

periodista


Gabriela Herrera

periodista


  • Ojalá lo lean
    (0)
  • Maravilloso
    (0)
  • KK
    (0)
  • Revelador
    (0)
  • Ni fú ni fá
    (0)
  • Merece MEME
    (0)

Relacionados

#ElNiusléterDe070 📬