Convertirse en leopardo para entenderlo

Entrevista con el fotógrafo Emilio Aparicio Rodríguez, cuyo libro SHEN explora la evasiva vida, la espiritualidad, los ritos humanos y el impacto ambiental que rodean al leopardo de las nieves de las altas montañas del Himalaya.


Fotos por Emilio Aparicio Rodríguez

En la mañana Aparicio me contesta con mensajes de voz en los que me explica que está atrapado en los trancones de Bogotá. Lleva cajas de su libro en el carro, tiene 20 lugares por visitar, dónde entregar ejemplares. Cuando hablamos, ya en el ocaso, su voz tiene la misma energía, la misma fuerza de las 8 a.m., sin cansancio de la capital, como si la hubiera extrañado después de haber estado al escurridizo leopardo de las nieves en las cumbres del Himalaya. Su trabajo fotodocumental, materializado en el libro SHEN (Raya Editores), documenta cinco largas expediciones al remoto valle de Spiti, en la India, también conocido como “Tierra del medio”. Sus fotografías, sin embargo, no son solo un trofeo visual del felino; intercalan escenas de la majestuosidad de la montaña con la cotidianidad de las comunidades, desde la devoción por el animal considerado un dios protector, hasta el duro choque del turismo masivo y la basura en el ecosistema.

Su fotografía oscila entre la paciencia extrema que enseña la naturaleza y una profunda aproximación antropológica. “Mi leopardo empezó a verse reflejado en las comunidades, en la generosidad de la gente, en la belleza de los paisajes”, explica. El libro, que retrata un territorio aislado del mundo, pero epicentro de cierto turismo osado, captura un territorio donde la nieve empieza a escasear por el cambio climático, lo que altera la vida humana y más que humana.

Pudimos conversar cuando faltaban pocos días para su presentación en la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo), donde mostrará por primera vez SHEN, concebido minuciosamente como un objeto sagrado de 108 fotografías en alusión a las cuentas de un japa mala budista.

Acá la entrevista:

¿Recuerda usted ese primer momento en el que el leopardo de las nieves empezó a convertirse en esa búsqueda personal al punto de irse hasta las cumbres del Himalaya?

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Yo creo que mi obsesión nació de una idea muy sencilla, en el año 2014 al ver La increíble vida de Walter Mitty, una película que te invitaba a salir de tu zona de confort y a volar. Su clímax sucede con el leopardo de las nieves, y aunque en ese momento solo pensé “yo no necesito hacer la foto, necesito estar presente”, esa imagen se quedó en mi cabeza como una semilla. Pasó el tiempo y en 2018 viajé a Islandia, donde vi, como por pareidolia (cuando uno ve figuras o rostros en objetos), en el horizonte, en una formación de rocas con nieve, la figura de una cabeza de leopardo de las nieves y empecé a llorar, era una señal de que estaba buscando mi propia felicidad. Ese mismo año fui a intentar hacer cumbre en el monte Kilimanjaro y me encontré con Sanare, un guía que traía un saco que asemejaba la piel de un leopardo de las nieves, el cual siempre le alagué mucho. Sanare me retó, dijo que si lograba la cumbre me lo regalaba, aunque era un saco viejo y usado. Sentí que tenía que perseguir ese leopardo hasta la cumbre y cuando él me regaló el saco en la cima, fue una señal poderosísima de que uno puede lograr sus metas.

Ya en el año 2019, mientras estaba de voluntario en el Himalaya, una pareja de indios me dijo: “tú deberías ir a la Tierra del medio… y si de pronto tienes suerte, vas a ver Leopardos de las nieves”. Para mí fue una revelación que me estalló la cabeza y me hizo viajar 30 horas hacia ese territorio para iniciar la búsqueda. Esa primera expedición fue una frustración porque por el calor de la temporada de primavera y verano no pude ver al felino con vida, porque necesita mucho frío para salir. Solo vi un ejemplar momificado que en el monasterio veneraban como una deidad, como algo que los protegía, pero ese encuentro me demostró que tenía que volver. Ahí fue cuando proyecté más viajes, sumando un total de cinco expediciones a lo largo de seis años que incluso se vieron interrumpidas por la pandemia.

Foto por Emilio Aparicio Rodríguez

¿Qué cosas descubrió usted durante la búsqueda del leopardo en este territorio?

El objetivo obviamente inicial siempre fue ver el leopardo, pero rápidamente me enamoré de las montañas y me dí cuenta de que el terreno del Himalaya tiene mucho que enseñar. Decidí explorar hacer autoestop, algo que me aterraba porque es una incertidumbre, pero me enseñó a dejar mis comodidades atrás. Caminando con 40 kg a la espalda en solitario, esperando un alma caritativa, mientras me subían en tractores, o me regalaban un mango, comprendí que la vida es así, me di cuenta de que “lo importante no es ser fuerte, sino sentirse fuerte”.

Entendí que mi búsqueda iba más allá y mi leopardo empezó a verse reflejado en las comunidades, en la generosidad de la gente, en la belleza de los paisajes que con la nieve asemejaban su pelaje. Con la extrema altitud descubrí que tienes que ir despacio, tienes que adaptarte al lugar, porque si no lo vives con calma, no vas a poder respirar. El Himalaya me condicionó a vivir en el presente y a desacelerar mi ritmo. La montaña me enseñó a soltar este mundo tan acelerado, y por encima de todo, a dejar que la vida te sorprenda y entender que no todo lo puedes controlar.

En mis expediciones llevaba todo mi equipo técnico, pero usar el saco moteado que asemejaba al leopardo de las nieves, el que me regaló Sanare por llegar a la cumbre del Kilimanjaro, me permitía mimetizarme y ser parte del paisaje. Era una manera emocional de convertirme en un leopardo para tratar de entender al leopardo, de sentirme integrado con su espíritu y con la vastedad de la montaña.

Más allá de su apariencia que generaba risas y chistes de “¿dónde está el leopardo?”, era un amuleto de protección.

Emilio Aparicio Rodríguez

¿Cuando decides que la cámara no solo mire al felino, sino también a lo humano?

Mi mirada cambió desde el momento en que se me empiezan a cruzar a mí personajes como Dorje. Cuando él me recogió en su tractor azul y me llevó generosamente a compartir con su comunidad una tortilla dulce y té en medio de un funeral, entendí que nuestras interacciones son el verdadero núcleo de la experiencia. Así comprendí que antes de encontrar al leopardo tengo que tratar de entender cómo se mueven las comunidades.  Empecé a sentir que no era un turista, sino un viajero.

Cuando les mostraba fotografías, me di cuenta de que ellos no decían leopardo, sino Shen, con ellos aprendí de qué se alimentaba el leopardo, sus presas como los carneros azules, la altitud a la que vive. Como fotógrafo necesitaba empezar a armar esa historia en términos de imagen, visitando el territorio en verano, invierno y primavera. Fueron cinco expediciones acumulando información.

Foto por Emilio Aparicio Rodríguez

¿Cómo logró acercarse, ser bienvenido por estas comunidades?

Siempre me he guiado por una idea maravillosa de Juan Pablo Villarino, un viajero que dice que “el lugar donde mejor te reciben es el lugar donde no te están esperando”. Al llegar solo, viajando a dedo, la gente local se sorprendía y se preguntaba: “¿por qué llegó así y no en tour de $5,000?”.

A esas preguntas yo siempre respondía sinceramente que “no quiero ser un turista, sino alguien dispuesto a sumergirse en su cultura mediante el respeto y la permanencia”. En lugar de entregar dinero, regalaba manillas, trozos de un rollo con la bandera de Colombia que daba a quienes me ayudaron en la ruta. El impacto mayor llegó en mi cuarta expedición, cuando llevé 150 fotos impresas de los viajes previos. Regalarles esas fotografías físicas fue un gesto invaluable, ya que para lograr imprimir una imagen en esa zona tan remota, las comunidades tienen que andar 10 horas en un carro.

Ahora mi sueño es regresar a Spiti, guardé 50 ejemplares para mí y voy a tratar de llevar unos buenos ejemplares. En Spiti también hablan inglés. Quise estructurar el libro con textos muy sutiles que pudieran estar tanto en español como en inglés precisamente para asegurar que estas maravillosas personas que me guiaron, que no me cobraron nada, que me acompañaron tanto, puedan leerlo y apropiarse plenamente de él. Mi gran anhelo es poder entregar Shen personalmente, mirandolos a los ojos. Incluso me gustaría muchísimo dejar una copia en la Biblioteca Nacional de la India. La dedicatoria está dirigida a Dorje, quien fue un ángel protector a lo largo de mi travesía. Él tristemente falleció y jamás pudo ver el proyecto materializado en sus manos. A pesar de esta pérdida, sigo en contacto con su familia y anhelo el día en que pueda darles a SHEN. Quiero que ellos lo lean y que este viaje colosal cierre su ciclo volviendo a su lugar de origen.

Foto por Emilio Aparicio Rodríguez

¿En qué momento usted empieza a entender al Shen como algo mucho más grande que solo un animal?

Entendí la magnitud de Shen al estar aguantando 9 horas a -20 grados esperando para verlo. En esas condiciones extremas comprendí que para encontrarlo debes dejar algo de ti. Esa paciencia me abrió los ojos a su enorme dimensión espiritual en la montaña. Observé cómo las mujeres locales hacían reverencias al divisarlo, considerándolo como un gran guardián de las montañas, como un espíritu protector. Me explicaron que este dios físico asegura que el territorio se mantenga estable, ya que, como gran depredador, genera un equilibrio ecosistémico del cual dependen absolutamente todas las otras especies en la región. A nivel emocional, Shen se convirtió para mí en una motivación para luchar, para perseverar. Se transformó en el detonante que me permitió poner todas mis capacidades físicas, emocionales, espirituales para aguantar jornadas durísimas.

Foto por Emilio Aparicio Rodríguez

El libro además reflexiona sobre cómo en Spiti, esta “Tierra del medio”, vive una tensión entre su tradición y la creciente llegada de turistas y de un mundo tecnológico. ¿Cómo vio usted estas dos realidades?¿Conviven, se anulan, luchan, congenian?

Durante mucho tiempo, el hecho de ser un territorio tan aislado permitió que la cultura local preservara su esencia. Sin embargo, la llegada masiva del turismo, causado al menos en parte por fotos que los turistas suben a sus redes sociales, y la tecnología, han generado un choque contundente sobre el que reflexiono en el libro para advertir sobre esta fragilidad. Después de la pandemia, la situación cambió radicalmente cuando un magnate indio instaló torres de telecomunicaciones en cada pueblo del Himalaya. El impacto fue inmediato, y ahora te encuentras niños ya capaces de girar una rueda de oración, pero también capaces de manejar el celular para escuchar reguetón mientras cosechan.

Aunque soy muy consciente de que esto va a seguir pasando, siento mucha precaución por la forma en que ocurre. Es una línea muy delgada que, si se pasa muy rápido, corta, por lo que decidí titular el último capítulo del proyecto “el filo del equilibrio”. Toda esta observación también se devuelve hacia mí mismo. Me pregunto cuál es el impacto que yo genero en estos lugares tan hermosos, desde el contenido que comparto en redes hasta la simple basura que dejo de los productos que consumo en la montaña.

Foto por Emilio Aparicio Rodríguez

¿Cómo aborda el libro esa tensión entre denunciar los impactos del turismo y ser un producto hecho por alguien que no es local?

Como fotógrafo y creador visual, yo intento responder desde las fotografías en lugar de utilizar sermones o denuncias. Quise que la gente lea e interprete la situación, por lo que expongo fuertes contrastes, como una gran imagen a doble página del botadero con un montón de basura al lado del valle nevado.

Foto por Emilio Aparicio Rodríguez

De forma contundente, incluyo imágenes de fotógrafos aglomerados, cuya presencia altera el ecosistema. Hay una foto de varios fotógrafos, todos con unas bazucas enormes, esos lentes telescópicos, y uno está vestido de rojo, lo que puede alterar el comportamiento de la especie, que es sumamente tímida.

Foto por Emilio Aparicio Rodríguez

También muestro una fotografía de 40 fotógrafos en línea india caminando frenéticamente tras un solo avistamiento. Estas imágenes documentan cómo entre más gente conozca el lugar más gente querrá ir a cumplir el mismo sueño, lo que ocasiona un peso innegable que debe ser visibilizado con mucha autocrítica.

Para complementar el relato, elaboré un mapa que hice exhaustivamente a mano, en cuyo reverso hay una guía con 108 pies de fotos en donde está explicado muy sutilmente cada detalle de las fotos, donde el turismo y el cambio se problematizan.

Foto por Emilio Rodríguez

En el fotolibro también se expone el riesgo que atraviesa este territorio y el mismo leopardo de las nieves por el cambio climático, ¿es SHEN un llamado de auxilio por este paisaje, o un réquiem?

Es innegable que el cambio climático es inminente, ya la embarramos desde la revolución industrial. A medida que el calentamiento global toca el Himalaya, el leopardo de las nieves cada vez tiene menos territorio porque necesita zonas muy frías que están desapareciendo. Sumado a esto, he documentado cómo la construcción constante de carreteras secciona el territorio de este frágil felino. Los ruidosos motores y el pavimento fragmentan el poco espacio disponible que le queda a un animal que es naturalmente demasiado sensible, demasiado tímido.

Foto por Emilio Aparicio Rodríguez

En cuanto a la arquitectura local, las casas de la gente de Spiti se conocen como Khangpas, pero no se refieren netamente a una casa, se refieren a un refugio, a un lugar donde te proteges de absolutamente todo, del clima, de las malas energías, de los malos dioses. Las construían con arcilla, piedras, palos y excremento, pero en esta zona históricamente nunca llovía. Pero hoy en día, el cambio climático ha hecho que llueva y si llueve estas casas se derriten poco a poco, obligándolos drásticamente a adaptar sus hogares usando cemento, concreto, varillas.

A pesar de esta tragedia ambiental, veo una luz de esperanza en las comunidades locales que están haciendo frente a la situación. Apoyados por científicos, ahora aprenden a estudiar al leopardo, saben instalar cámaras trampa y entienden que preservar esta especie no solo los beneficia económicamente cuando hay turismo, sino que es equivalente a promover una “salud ambiental” en la cordillera.

Foto por Emilio Aparicio Rodríguez

Además del lenguaje puramente fotográfico, en SHEN usted también incluye sus propios apuntes personales, un mapa, incluso dibujos. ¿Por qué tomó esa decisión?

Elegí esta cantidad exacta porque el 108 es un número sagrado para el budismo y el hinduismo. Este es el número de cuentas que tiene un japa mala, un collar de cuentas utilizado para meditar o recitar mantras, algo así como un rosario; por eso concebí el fotolibro con 108 fotografías, para que, al recorrerlo, puedas casi que haber completado un ejercicio de meditación.

Junto a mi editor, Santiago Escobar-Jaramillo, de Raya Editorial, fragmentamos la estructura visual en cinco capítulos que asocié con mis cinco expediciones y a los cinco colores de las banderas tibetanas. Incluir mis bitácoras fue un elemento de reflexión para tratar de contar algo de la intimidad del autor. Ese riguroso proceso de anotar detalladamente lo adopté cuando comencé a estudiar arquitectura, carrera que decidí no terminar, y lo utilicé en la nieve, escribiendo en solitario. Era una forma de consolidar lo que vivía en memorias. Mi editor de textos, Jorge Mestre, me animó fuertemente a no guardarme estas reflexiones.

Parte de los diarios de Aparicio que incluye SHEN

¿SHEN, todo esto que vivió en el proceso, todas las personas que conoció, qué le dejan?

Me dejan luz, me dejan paz, me dejan humildad, me dejan ganas de seguir soñando, me dejan el enorme alivio de haber hecho realidad un sueño de largo aliento. También admito que me infunde preocupaciones sobre qué pasa si este libro provoca que crezca el turismo que genera un impacto dañino en esa geografía.

Además, para cerrar, me demostró contundentemente que los grandes proyectos fotográficos y vitales florecen acompañados de mucha gente dispuesta a creer en tu relato y a entregarte la mano.

Registro del proceso de creación de SHEN

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