Lo que aprendimos en Brasil Siete reflexiones sobre el cubrimiento electoral de Cerosetenta en Brasil.
Siete reflexiones sobre el cubrimiento electoral de Cerosetenta en Brasil.
Siete reflexiones sobre el cubrimiento electoral de Cerosetenta en Brasil.
A una semana de que se celebrara la segunda vuelta en Brasil, Cerosetenta y la Revista Rosa, nos embarcamos en un recorrido de 2.000 kilómetros para entender a ras de suelo cómo se vivían los días más agitados de la contienda.
Iniciamos el recorrido en el norte, en el estado de Bahía, pasamos por el decisivo estado de Minas Gerais y por Río de Janeiro, hasta llegar a Sao Paulo, en el sur, donde cubrimos el día de la votación y el triunfo de Lula. Estas son siete conclusiones que sacamos de ese cubrimiento.
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Desde jóvenes estudiantes hasta barrenderos, camioneros y trabajadores rurales, la ciudadanía brasileña está altamente politizada y participa del juego electoral, desde las barriadas más pobres hasta los polos de poder. Aunque el país vivió una larga dictadura, la política no es un tema tabú. La gente habla de política sin miedo; no hay silencios precavidos ni estigmatizaciones que pongan a la gente en peligro.
Pese a la extrema polarización de las últimas elecciones, las marchas por un candidato u otro no son escenarios de confrontación, ni entre oponentes ni entre manifestantes y la policía. Incluso en los momentos de máxima efervescencia y “desorden” callejero, ni los manifestantes vandalizan la ciudad ni la policía llega a provocar. Cero encapuchados. Cada uno en lo suyo.
La vieja publicidad de las vallas, pendones y afiches en Brasil ya no existe. Solo sobreviven los stickers. La arena política está en los teléfonos de los electores por lo que dos actores claves de las campañas fueron políticos convertidos en influencers y adiestradores de masas. De un lado André Janones, quien reunió a 11 millones de brasileños en un canal de WhatsApp para llevar a Lula a la victoria. Del otro lado, Nikolas Ferreira, con casi 30 millones en diferentes redes, jalonó la victoria de Bolsonaro en primera vuelta. El estilo gritón y pendenciero de ambos se convirtió en el show político cotidiano.
En la semana previa a las votaciones de segunda vuelta, ambos candidatos asistieron a dos debates televisados. Era inevitable pensar en la última campaña colombiana, que no tuvo debates por ausencia del candidato que consideraba que no le convenía, esquivando el debate abierto. Aunque el formato ya luce anticuado, aún es un espacio en el que los electores pueden ver a los candidatos en franca lid, lo que mueve la aguja de los indecisos.
Los feligreses deciden entre votar por una derecha que habla de valores tradicionales (impulsada por las iglesias evangélicas) o por una izquierda que busca ayudar a los menos favorecidos (en una vertiente más católica). Las iglesias evangélicas han logrado construir tejido social a través de encuentros periódicos, un terreno organizativo que la izquierda ha cedido.
A lo largo de dos mil kilómetros, pudimos ver una marcada división: un Nordeste progresista, un Sudeste volcado hacia el conservadurismo de la agroindustria; y Minas Gerais, el estado péndulo que definió las elecciones. Las vastas extensiones agrícolas encarnan la pujanza exportadora del Brasil contemporáneo, al tiempo que chocan abiertamente con el paulatino declive de las antiguas zonas industriales urbanas.
Vimos como en la favela más grande Rio de Janeiro, llena de necesidades, exclusión y reclamos, poca gente participa de los comicios. No solo es apatía y quizás desilusión ante tantas promesas, sino también dificultades de acceso: ir a votar cuesta dinero y no todo el mundo lo tiene. Hipótesis: los 10 millones de votos que resucitó Lula en la segunda vuelta, puede que vengan en parte de esa fuerza dormida.
¿Quiere entender mejor los resultados?
Lea los diarios de nuestro recorrido en Ruta Brasil: diario electoral de la segunda vuelta.