El debate por los premios en el cine colombiano

La próxima edición del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias FICCI llega con una novedad: Felipe Aljure, su nuevo director, eliminó los premios. Mientras unos aplauden la decisión de quitarle al arte el peso de la competencia, críticos, directores y productores creen que la decisión le hace daño a la industria. 


Ilustración: Juan Andrés Barreto

Ahí tienen su hijueputa casa pintada”: una estampa en la lámina de un inquilinato y una escena fija en la memoria de los espectadores que ocuparon la sala en la que era proyectada La estrategia del Caracol de Sergio Cabrera. Era la 34ª edición del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias – FICCI y corría 1994. La película, hoy una de las más importantes en la historia del país, recibía el Premio Ópera Prima y el Premio de la Crítica Especializada.

El FICCI nació en 1960. Su intención ha sido promover el cine latinoamericano y otorgar un carácter de industria e internacionalización favorable para la filmografía nacional. Desde entonces, directores han pasado por él llevándose premios comoVíctor Gaviria, que obtuvo el India Catalina y los reconocimientos a Mejor Director, Mejor Película y Mejor Actor; Carlos César Arbeláez, que con Los colores de la montaña (2011) recibió el Premio del Público, mismo de Daniela Abad con el documental Carta a una sombra (2015), Luis Ospina con Todo comenzó por el fin (2016) o Laura Mora con su ópera prima Matar a Jesús (2017). Rubén Mendoza, con el documental Señorita María, la falda de la montaña (2017), recibió la distinción a mejor director sección colombiana y estrenos contemporáneos como los de Franco Lolli, Juan Sebastián Mesa, William Vega, Natalia Orozco e inclusive de Ciro Guerra, demuestran que el FICCI ha crecido. Esto lo soporta, entre otras cosas, el que su competencia sea parte de la Federación Internacional de Asociaciones de Productores Cinematográficos (FIAPF), creada en 1933 en París.

Ahora, cuando el de Cartagena ocupa un lugar destacable en la lista de festivales en competencia de cine especializados de esa federación, llegará con otra pinta a su 59ª edición: las muestras centrales, que son la nuez del encuentro, dejarán de concursar por premios en categorías. Aunque el guionista y director de cine Felipe Aljure, quien se estrena desde julio de este año como director artístico del evento, explica por qué es pertinente hacer un cambio en el mapa de ruta; personajes del gremio se oponen, dudan, opinan y dan sus razones sobre si lo creen o no saludable para la cinematografía colombiana.

En Cartagena, las muestras habían concursado normalmente en seis categorías: Competencia Oficial Ficción, Documental, Cine Colombiano, Competencia Oficial Cortometraje, Nuevos Creadores y Gemas. Los estímulos que se otorgaban a cada ganador o equipo productor eran montos de hasta USD$35.000 distribuidos en deliveries, equipos cinematográficos para el rodaje de una siguiente película o servicios de posproducción digital para un director. Para los creadores emergentes, por ejemplo, se otorgaba una dotación en efectivo, cámaras y un paquete de servicios digitales para realizar un master en uso de cámaras digitales (DPC), Blu Ray y subtitulaje, entre otros.

El FICCI 2019, que se realizará del 6 al 11 de marzo, recibirá al público con diez muestras que no competirán entre ellas. Ahora hay unas nuevas categorías que buscan, enfáticamente, exhibir un cine con un acento en los territorios y sus identidades. La convocatoria está abierta en secciones que pasan a llamarse Migración y Mestizaje, Documentes, Póngase Serie, La gente que hace cine y lo que el cine le hace a la gente, Onda Corta, De Indias, Hace Calor, Ficciones de aquí, de allá y de acullá, Cortizona y Omnívora. Solo dos categorías más, Infra rojo y PuertoLab, serán competitivas. La primera, que cuenta con USD$28.000, está dirigida a un proyecto de nacionalidad legal y cultural colombiana. La segunda, con USD$15.000, será para una película iberoamericana en desarrollo. Ambos en servicios de posproducción.

Pedro Adrián Zuluaga, crítico de cine y quien fuera jefe de programación del FICCI gran parte del periodo en que Diana Bustamante fue su directora artística (2014-2018), advierte que la decisión de eliminar la competencia fue muy poco consultada, consensuada y debatida con el sector, además de apresurada y en detrimento de una historia de carácter iberoamericano cuya primera premiación ocurre en el 78.

Omar Rincón propone prescindir de las jerarquías en los resultados de la cultura, sobre todo cuando depende, como en este caso, del contexto, del jurado, de las personas del circuito cinematográfico, pero, en últimas, de los gustos.

‘Por un cine no hegemónico’: Felipe Aljure

Para Felipe Aljure, responsable de películas como El colombian dream (2006), La gente de la Universal (1993) y Tres escapularios (2015), la determinación obedece, entre otras cosas, a una coyuntura: “no solo hay un cambio de Gobierno, también hay una ruptura delicada entre la marca del cine colombiano y el público”. Cita a la colonia para hablar sobre su reflexión alrededor del concepto competencia y con ella aborda la estrecha e histórica relación que hay entre el deporte y la cultura en Colombia, una mixtura que tenía el propósito de construir nación. Sin embargo, no funciona, según dice, porque la cultura busca contestar a otras preguntas y casi siempre mediante un aparato de representación.

Omar Rincón, académico y analista de medios, tenía la idea de que todos los festivales de cine eran competitivos y que en todos otorgaban primer, segundo y tercer lugar. Le parece, no obstante, interesante la decisión del FICCI. Cree que su director artístico lleva la discusión a otro lugar: “el argumento de Aljure es contundente porque dice que la competencia es un asunto mucho más del deporte, no de la cultura: el que corre más rápido, será el primero; el que corre menos, el segundo y así. O el que mete más goles, gana. Pero cuando uno habla de cultura la competencia no es lo importante sino la celebración, en este caso, del mundo audiovisual”.

El FICCI lleva 58 ediciones que han sido muy meritorias según estima Aljure. Los papeles de Víctor Nieto (fundador), Mónica Wagenberg y Diana Bustamante como directores también le parecen maravillosos. Pero, para entrar en materia, cruza el atlántico en pro de la reflexión: el cinematógrafo francés y el cinematógrafo americano de finales del siglo XIX y comienzos del XX generaron una discusión acerca de quién se lo inventó. 122 años después, eso tiene una influencia clara: Francia ha irradiado una manera y Cannes es la expresión y Estados Unidos ha irradiado otra y los Premios Óscar son la suya.

“Si vas al Festival de Cannes o a los Oscar y dices ‘quitemos los premios’, no tiene sentido. ¿Por qué? Llevan 122 años haciendo nacionalidad con su cine e internacionalidad. Entonces, Estados Unidos logró con el género Western convencer de que la conquista del Oeste no fue un genocidio y es la gesta de una gente trabajadora que emigra y se enfrenta a salvajes que los asedian y logran asentarse y construir un país. Luego, cuando llega la época de los gánsters generan otro gran género y construyes nacionalidad vendiendo tu industria y toda esa carreta. Todas las películas del star-system, después de la época de prohibicionismo, tenían un bar en el que se volteaba el más teso de la película y le decía a la más tesa: “Would you like a drink?” y el mundo a tomar. Hay un aparato comercial que ha vendido cosmovisiones y son culturas en donde tienen mucho sentido las premiaciones. Si yo soy francés y convencí al mundo con mi cinematografía de que ser sofisticado es ser francés, lo convierten en verdad. Y 122 años después son hegemonías consolidadas”, concluye Aljure, quien lo explicó en detalle para Cerosetenta.

Rincón propone prescindir de las jerarquías en los resultados de la cultura, sobre todo cuando depende, como en este caso, del contexto, del jurado, de las personas del circuito cinematográfico, pero, en últimas, de los gustos. Según explica, “hacer de la cultura una competencia no es celebrar el símbolo como construcción colectiva de que lo que sabemos, lo sabemos entre todos. En lo cultural se celebra la diversidad y la riqueza simbólica, narrativa y estética. No quién es mejor o peor, sino cómo significa cada película en un contexto en la cultura”.

Alexander Arbeláez cree que las competencias en los festivales no son una carrera para encontrar la mejor película sino que ratifican una propuesta de identidad que un festival comunica cuando elige unas y no otras como ganadoras.

¿Y la conquista de la FIAPF? 

Para Pedro Adrián Zuluaga, crítico y académico, es una posición un poco ingenua y romántica la de no competir en la escena cultura. Zuluaga asegura que está de acuerdo, en papel, con la idea. No obstante, el esquema de competencias demuestra, para él, que el arte es un bien capitalista como cualquier otro bien, de manera que, si la lógica es discutirlo, cree que habría que desmontarlo todo desde el comienzo, lo que incluye el Fondo de Desarrollo Cinematográfico y el Ministerio de Cultura con su sistema de estímulos. “Yo, en esencia, lo considero depredador y es una reproducción del mundo capitalista, pero si queremos desmontarlo, no lo veo posible. Tiene, sin embargo, un aspecto de cualificación para la vida de una película y así siempre ha sido el arte, de qué nos asustamos: no se produce por generación espontánea”, agrega.

Simón Mesa Soto, que con LEIDI (2014) obtuvo la Palma de Oro a mejor cortometraje en la 67ª edición del Festival de Cannes, admite que las competencias son muy subjetivas y comprometen “la visión de unos jurados y no necesariamente lo que eligen representa lo mejor, sino lo que que ellos creen que se corresponde con su visión de lo mejor”. El cine, dice Aljure por su parte, es una opinión. Eso hace que cuando el jurado verticaliza una vez lo que observa, lo hará 60 veces si 60 veces cambia el jurado.  

Sin embargo, LEIDI contó con un aliento que el director atribuye al estímulo que le fue otorgado en 2014 y también lo que permitió que su película fuera vista alrededor del mundo. No le cabe duda de que el premio le abrió puertas. Tan solo participar en una competencia como el FICCI, dice, le da una visibilidad importante a una película. En 2016 Soto representó nuevamente a Colombia con su trabajo Madre, único cortometraje colombiano en la Competencia Oficial del Festival de Cannes seleccionado entre 5.008 trabajos enviados.

Pesa reconocer la importancia de la FIAPF, en este contexto, dado que 38 organizaciones de productores de 31 países de los cinco continentes, velan por los intereses económicos, legales y regulatorios de las industrias cinematográficas y de producción televisiva de manera global, así lo autodenominan. Son 46 festivales internacionales los que están inscritos por lo que tienen un acuerdo de confianza y cooperación. Las categorías las conforman los Festivales de cine con características competitivas (Berlín, Locarno, Venecia, Cannes, Mar del Plata y diez más); Festivales competitivos de cine especializados (Cartagena, Turín, Santo Domingo, Estocolmo y veinte más); Festivales no competitivos de películas (sólo Toronto y Viena) y Festivales de cine documentales y cortos.

El FICCI, desde el 60, ha otorgado premios. Es en el año 77 cuando ingresa a la Federación Internacional de Asociaciones de Productores Cinematográficos FIAPF y en el 78 cuando inicia la competencia iberoamericana. Para Pedro Adrián Zuluaga, estos circuitos de festivales de cine sirven para visibilizar, promocionar y cumplir una función industrial, además de ser formadores de públicos. La historia del Festival de Cartagena está asociada a la búsqueda de un perfil que se fue definiendo con el tiempo y termina con un carácter iberoamericano: “Tiene que ver con las obsesiones de Gabriel García Márquez, por ejemplo, quien tuvo a lo largo de su vida tres iniciativas fundamentales: la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano; la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de Los Baños (Cuba) y el Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (que funcionó también como una caja de resonancia de sus obsesiones). Aunque no se lo inventó, lo apoyó. Todas con acento iberoamericano. Y este cine, el iberoamericano, es de un lugar de enunciación muy vulnerable que posiblemente (con la no competitividad) pierde un lugar que necesita”.

Para Alexander Arbeláez, productor de Monociclo Cine, la decisión que toma el FICCI está en contravía de lo que Cartagena ha conquistado participando en la lista de festivales en competencia especializados de la FIAPF. Él asegura que ese mundo funciona como una suerte de validador, dado que cada uno tiene un prestigio a partir de su historia, su trayectoria y de qué películas han pasado por sus ediciones. El productor explica que el caso de Cartagena dentro de la FIAPF es particular: “Es ampliamente conocido que quienes están inscritos representan en primera línea a los festivales clase A, por decir algo, que comprenden ciertas cosas: las películas que pasan por ese primer nivel deben ser estrenadas mundialmente, por ejemplo. Cartagena, en segunda línea, se consolida dentro de la categoría especializada por hacer parte de Latinoamérica y esta posición es quizá más importante, a mi juicio, que la siguiente a la que pasará con el cambio que proponen”.

Zuluaga explica que los festivales están concebidos como un escalón dentro de la industria que no necesariamente pasa por el tema de otorgar o no premios. Cita el caso del Festival de Toronto, uno muy consolidado y no competitivo, que solo entrega premios del público pero no es uno al que las películas accedan con la promesa de un estímulo. Pero, para él, no es el foco principal. Zuluaga cuenta que el FICCI nació anclado a una idea turística y de negocios de una familia, los Nieto, que contaba con salas de cine. Hasta este punto, la reflexión sobre lo que significa un premio en las economías periféricas del cine, como el iberoamericano o el de autor, es que permiten la subsistencia de iniciativas tal como Monociclo Cine que, detalla, mueven el cine colombiano a estándares internacionales, lo que es parte y propósito del Fondo de Desarrollo Cinematográfico.

Arbeláez cree que las competencias en los festivales no son una carrera para encontrar la mejor película sino que ratifican una propuesta de identidad que un festival comunica cuando elige unas y no otras como ganadoras. Lo mismo considera en el caso de los jurados que, como está convencido, tienen una fijación en particular y está implícito el mensaje de la selección misma que hace el festival con sus jurados. En el caso de los directores artísticos, el productor juzga que la selección no solo dependa de la calidad de los trabajos, también obedezca a una línea editorial, un eje temático, un panorama o lo que se desee plantear.

Los Nadie (2016), por ejemplo, la película en la que Arbeláez participó como productor, ha sido seleccionada en más de veinte muestras internacionales y habría que recordar que fue la película inaugural del FICCI en su edición 56. En los festivales medianamente grandes siempre hay un director de programación o director artístico con un equipo de programadores que, si es internacional, se divide por regiones entre los cinco continentes y, si no, se dividen por muestras que pueden ser documentales o cortometrajes. De esta manera, lo que ven los asistentes es responsabilidad del programador y del director artístico que cura y propone. “Muchas veces hay películas muy buenas que pueden quedar por fuera, pero quedan por fuera porque no caben en un concepto o criterio de selección, no por malas. En los últimos años el FICCI estaba proponiendo películas que dialogaban entre sí, un poco disruptoras, un cine muy novel, arriesgado y poco clásico. Era un diálogo entre el documental y la ficción muy interesante”, añade.

Oscar Ruiz Navia, director de películas como Epifanía (2017); Los hongos (2014); Solecito (2013) y El vuelco del cangrejo (2009), cree por su parte que es interesante que lleguen nuevas ideas al FICCl, pero la decisión de que no sea competitivo le parece “errática”. Su argumento es puntual: la competencia hace parte de la naturaleza de los festivales. Adicionalmente, destaca que productores y directores de Latinoamérica quieran hacer su estreno en Colombia, no solo por la posibilidad de ganar un premio y que su película brille; también por lo que había logrado el FICCI al posicionarse como el mejor festival de su tipo en Latinoamérica, por lo que hacer estrenos en él significaba algo.

El de Cartagena fue en su momento el nido del Nuevo Cine Latinoamericano. Junto con el de Viña del Mar, el de Río, el de Mar del Plata, el de Mérida y el de La Habana se crea un circuito de festivales que piensan también en lo iberoamericano, no solo del sur continental. Para Zuluaga, las competencias hacen que subsista esta cartografía de un cine posible, sin decir que sea el único posible. “Un festival tiene que tener un criterio curatorial y el que asumimos, en su momento, lo asumimos dentro de su carácter industrial, con la decisión de proteger un cierto tipo de industria vulnerable en una industria que ya es vulnerable por naturaleza, la del cine. Sacrificar las premiaciones y abrir una compuerta a una muestra va a tener unas consecuencias muy inmediatas porque en los últimos años se había posicionado como un lugar de estrenos, eso hoy en una muestra no competitiva va a ser casi imposible y tendrá un contenido mucho más viejo”. A propósito, Aljure cuenta que hasta el momento han recibido cerca de 700 películas, no hay detalle de cuántas de estas son estrenos.

“Ahora van a preferir estrenar en Buenos Aires o en Guadalajara, donde puedan obtener un premio, porque son importantes para que las películas viajen y se distribuyan”, explica Ruiz Navia. “Hace parte del protocolo la importancia de estar nominado. En México hay competencia nacional y así todos los cineastas están tratando y, si no pueden estrenar en Guadalajara o en Morelia, entonces estrenan en donde sepan que si hacen el estreno mundial ahí, y se gana un premio, la película podría irse para Cannes o para Locarno”.

Para el caleño el festival de Cartagena es uno de los mejores en su época del año, porque hay dos grandes momentos, como los entiende: los festivales de primavera (febrero, marzo y abril) y los festivales de otoño (septiembre, octubre y noviembre). Dice que el FICCI es un excelente escenario con el que muchos trabajan según su cronograma (primavera) y también para proyectar después de festivales como el de Berlín o Sundance o Róterdam. Que el FICCI elimine la competencia, para Ruiz Navia, hace que, en suma, el evento pierda un poco de rigurosidad.

Aunque Omar Rincón estima que el criterio mercantilista de la cultura se tomó todo, cree que volver a unas lógicas de territorio e identidades, de comunidades ancestrales, populares, indígenas o femeninas genera que el criterio de calidad deje de tener que ver con lo bueno o lo malo y se ocupe del compartir. Eso es lo que pretende el FICCI. No obstante, bajo la lógica de la competencia, para Rincón, cuando el capital es lo que abunda, lo colaborativo no tiene lugar. “Independientemente de que el cambio en Cartagena sea exitoso, la conversación que genera modificar ese mecanismo es muy buena para la sociedad porque exige pensar con otro sentido común”.

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