Columnas

El artista que ejerce

Mitad artista y mitad docente, Iván Rickenmann es el quinto invitado a nuestro Horario de atención.

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Santiago Parga Linares

05.03.2018

Ivan_Rickenmann

Mi reunión con Iván Rickenmann es en su edifico, el nuevo Tx. En la cima de la montaña, detrás de la plazoleta del R y llegando casi a la caneca, el Tx es una cosa imponente. Es ultra moderno y estéril, como muchos de los edificios nuevos en la universidad. Todo es blanco y resplandeciente, casi quirúrgico, una mole de vidrio y acero. El único color está en algunas paredes internas, cubiertas con vidrio de un verde brillante, casi fosforescente que llama la atención sobre sí mismo, como para decir “¡Miren lo moderno que soy!” Un par de meses después me enteré de que los estudiantes le tienen apodo al nuevo Tx: le dicen Falabella. El salón en el que nos reunimos no es menos imponente. Es el taller de dibujo y pintura, un espacio cuadrado gigantesco, con techos improbablemente altos, como para construir adentro un avión o una de esas carrozas de carnaval. Sentado en una mesa en la mitad del salón, no puedo evitar sentirme un poco intimidado por el espacio.

“Este es el edificio de artes, que era el Tx viejo”, cuenta Iván. A él tampoco le encanta. “Lo volvieron a hacer pensado en talleres. Son espacios generosos, pero no muy bien diseñados necesariamente”. Iván Rickenmann lleva casi 25 años como profesor de cátedra. Empezó enseñando en el departamento de arquitectura en la Javeriana, enfocado más en el dibujo técnico que en la creación artística. En los Andes dicta Fundamentos de dibujo y pintura, clases más cercanas a su quehacer artístico. A diferencia de la mayoría de profesores de la universidad, Iván tiene la difícil tarea de calificar con números el resultado de la creatividad de sus alumnos. Mostrarle a cualquiera dibujos y pinturas implica necesariamente ponerse en una posición vulnerable y eso significa que Iván tiene que crear, en el hangar gigante del Tx, un ambiente en el que sus estudiantes se sienten lo suficientemente cómodos como para compartir su trabajo. 

"Es mi trabajo adquirir más experiencia con los años y transmitir ese saber práctico a los estudiantes"

Menos mal Iván habla despacio, suavemente, con la paciencia y el cuidado de alguien que lleva más de dos décadas creando espacios en los que se puede criticar sin herir sensibilidades. Después de todo, Iván es artista y por experiencia sabe cuáles son las críticas buenas, las que ayudan, y las malas, las que solo lastiman.

Desde que empezó a enseñar, Iván divide su tiempo, en partes iguales entre la docencia y el ejercicio de su profesión. “Defiendo mucho la cátedra”, dice.  “El significado de lo que es realmente un profesor de cátedra es un profesional que da cátedra de su saber; es un profesional que tiene que estar ejerciendo y comparte su saber”. Es una compresión muy específica y realista de lo que significa en realidad ser un profesor de cátedra. Para Iván, es esencial que estén siempre con un pie en el mundo práctico y profesional de su oficio. Los profesores de planta, los que están metidos en la academia todo el tiempo, no pueden saberlo todo y  no pueden tener afiladas todas las habilidades. Sí, pueden saberse de memoria la historia del arte o los fundamentos filosóficos detrás de las leyes, pero eso no significa que sean buenos pintores o que puedan hablar con propiedad de los intríngulis de la vida diaria y práctica de un abogado. “Para mí, realmente ser profesional es ser profesional y tener esa experiencia real”, agrega Iván. “Es mi trabajo adquirir más experiencia con los años y transmitir ese saber práctico a los estudiantes”. 

Fuera de la universidad, Iván se ha enfocado en el dibujo. Más por razones logísticas que por otra cosa, hace uno años dejó de lado la pintura; los óleos, los pinceles, los caballetes y los lienzos ocupan mucho espacio y no todo el mundo tiene un taller. Y aún si no hay dónde guardar cuadros, el impulso de estar creando y participando del mundo del arte no desaparece. Se trata de un sacrificio real, porque así llegara a necesitar más horas de clase para complementar los ingresos -a veces inciertos- del, a menudo, inestable e impredecible mundo del arte, Iván siempre reserva la mitad de su tiempo para su dibujo, no solo porque quiere, sino porque es parte de lo que lo hace un buen profesor de cátedra.  “A veces funciona y a veces no”, dice Iván sobre el mercado del arte en Colombia. “Pero esa es la apuesta, todos los semestres”. 

Entonces, a mitad de camino entre el arte y la docencia, Iván tiene la poco envidiable tarea de ser artista y, a la vez,  crear artistas. Pero, ¿cómo se crea un artista? En pocas palabras: “Es bien difícil”. Para lograrlo, Iván tiene que ser simultáneamente objetivo y subjetivo. El truco está en tener criterios específicos y en darles a los estudiantes la oportunidad de equivocarse, de explorar los talentos que conocen y descubrir las habilidades que no saben que tienen. “A veces uno como docente, es como cuando uno mira un juego de ajedrez desde afuera: se le ocurren jugadas que a los que están ahí adentro no. Uno tiene esa labor de ver lo que ellos puede que no vean”.

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