Día 4: A la espera de una semana que no comienza

Un día lleno de reportería, regresos victoriosos, abandonos tristes, viche y plancton fluorecente.

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Ernesto Soto Madriñan

17.06.2015

niña-sefie

El tiempo parece dilatarse en la costa pacífico. El proyecto también.

Tras un largo y plácido fin de semana en Bahía Málaga, el martes comenzó con el propósito de conocer las rutinas industriosas de la semana laboral in situ, y con él, seguir a los habitantes del archipiélago de la Plata en sus oficios rutinarios. Sin embargo, ya trasteados los pupitres y demás indumentaria a la Iglesia Pentecostal —en donde por deficiencias infraestructurales los locales responden a la urgencia de dar clases en otro espacio— la lancha que venía con las profesoras desde Buenaventura demoraba en llegar. En la espera, Mariana distrae a los niños con juegos y varios dedicamos la mañana al dibujo del paisaje y a la lectura de la Ley 70 de 1993. El texto, facilitado por Maru Lombardo, fue importante para la comprensión de las condiciones de bajo las cuales se le atribuye el derecho colectivo sobre el terreno a las negritudes en los consejos comunitarios del pacífico. En este rato de estudio, la pesadez del calor mañanero humedecía las copias sobre las que apoyábamos nuestros puños y de las cuales costaba trabajo despegarse para leer y escribir notas y hacer bocetos.

Hacia el medio día, Alejandro —el profe— y María llegaron después de una larga y afanosa operación de salvamento: muy madrugados habían salido hacia Buenaventura desde la Base Naval en la Bahía, donde María —mejor conocida como Mama Gallina— había acompañado a su hermana Gabriela en su convalecencia tras padecer una intoxicación con mariscos que había pasado desapercibida en Bogotá —vale destacar que los mariscos Malagueños son más bien frescos. En esta madrugada, Gabriela había decidido tomar el vuelo de las ocho y cuarenta de la mañana volviendo a la capital, lamentablemente dejando al grupo periodístico uniandino atrás.

De vuelta a La Plata, María llegó para tomar otra lancha junto con José Luis en dirección a la vereda de Mangaña. En esta isla, hablaron con una partera llamada Doña Blasina y con Doña Amalia, una curandera del archipiélago, siguiendo el tema ancestral para el reportaje. Durante su visita comieron raya y vieron a un ‘perico’ —u oso perezoso— en cautiverio que, para el pesar de María, sería preparado para la comida de los próximos días. Antes de volver, los estudiantes fueron sorprendidos por una serpiente, la cual, según otros testigos, ya se encontraba muerta para el momento que José aún describe como un encuentro alarmante.

Por la tarde conocí a la profesora Mary Luz Torres mientras que sus niños, estudiantes de kinder a quinto de primaria, llegaban uniformados con la sudadera blanca ya listos para el día deportivo. A las tres y media de la tarde, después de a penas una hora y media de clases, salieron a jugar las actividades lúdicas aprovechando la suerte de ribera que la marea alta apenas dejaba descubierta para correr.

Durante la reunión de la noche, María José y Alejandro insistieron en recursos visuales que pueden solucionar los problemas técnicos que se darán para el momento de edición de los videos en curso. Seguida la revisión de procesos procedimos a probar ‘viche’ y su versión local conocida como ‘vinete’ —aromatizado con una buena variedad de especias locales. Después de una serie de rondas de jugar ‘vikingo’ en el puerto y restaurante principal de La Plata, nos acercamos al agua para volver a la fluorescencia del fitoplancton, que se permite apreciar en espacios rurales en la costa al anochecer, virtudes del lugar en el que nos encontramos y de las que nos vamos percatando cada día.

 

 

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