Búsqueda inversa: cuando es el cuerpo el que busca a su familia
Por lo general, una desaparición comienza con una familia preguntando: ¿Dónde está? ¿Quién lo vio? ¿Qué pasó? ¿Dónde debemos buscar? Pero hay una estrategia que invierte la dirección habitual de la búsqueda.
por
Koryn Bernal Manrique y Oskar Gutiérrez Garay
Koryn Bernal Manrique es magíster en psicología clínica e investigadora en duelo y desaparición forzada. Oskar Gutierrez Garay es psicó [...]
04.11.2026
Portada: Isabella Londoño
El relato que viene a continuación corresponde a la ficción, sin embargo está basado en datos obtenidos a partir de sucesos reales. Esto es lo que tratamos de imaginar de la historia de un vacío; la historia de un desaparecido que estuvo en suspenso varios años y que nos atrevemos a narrar con base en la información que se conoce gracias al trabajo realizado por la Jurisdicción Especial para la Paz, el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, la Fiscalía General de la Nación y especialmente a la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas (UBPD). A este personaje le hemos prestado pensamientos, palabras, pequeñas preocupaciones porque un desaparecido en Colombia debe ser más que una cifra, y tristemente muchos quedan solo como eso.
***
Desde aquí se ve casi todo
Prohibido exhumar o alterar
Un recorrido por el Cementerio del sur y unas reflexiones sobre la intervención que allí está haciendo la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas.
No sé si es porque estoy arriba o porque todavía no me acostumbro a Yalí. Hay montañas detrás de las montañas y otras que ya no alcanzan la vista. Cuando amanece despejado se distinguen algunas casas entre tanto verde. Después llega la neblina y las va borrando, una por una.
En El Bagre el calor era distinto. Aquí el frío se mete por la ropa mientras aparece el sol.
A veces me quedo mirando. Las montañas esconden por un rato las necesidades.
Ya escucho a mi hermano diciendo que deje de perder el tiempo y venga a ayudar. Siempre hay algo que hacer. La plata tampoco alcanza. Nunca alcanza.
Tengo diecinueve años y mis sobrinas ya están despiertas.
—Tío.
No respondo.
—Tíooo.
—¿Qué?
—¿Usted qué hace?
—Nada.
—¿Entonces viene?
Eso es lo bueno de los niños: si uno está haciendo nada, encuentran inmediatamente algo para ponerlo a hacer.
Desde que llegué a la casa de mi hermano se la pasan pegadas a mí. A veces quisiera caminar solo y pensar qué voy a hacer conmigo.
Desde que murió mi papá pienso mucho en eso. No en morirme. En qué hacer.
Llegué a Yalí buscando a la familia de mi mamá y terminé conociendo gente que hasta hace poco eran apenas nombres.
Mis sobrinas preguntan cuánto tiempo me voy a quedar.
—Por ahí un ratico más.
Ni yo sé cuánto significa eso.
Un día bajamos al pueblo y vimos unos relojes de plástico. Ellas se quedaron mirándolos. Pregunté cuánto costaban. Metí la mano al bolsillo, conté y volví a contar.
No alcanzaba.
—Después se los compro.
No sé si lo dije o solamente lo pensé.
Con los niños uno hace promesas pequeñas porque cree que siempre habrá tiempo para cumplirlas.
Últimamente pienso que debería irme. Dicen que en alguna parte siempre hay trabajo: una finca, una mina, otro pueblo. Podría trabajar unos meses, guardar algo y volver.
A los diecinueve años uno tiene toda la vida por delante.
***
Al final sí me fui.
Metí las pocas cosas que tenía en una chuspa.
—Entonces se va.
—Sí.
—¿Para dónde?
—A buscar trabajo.
Buscar trabajo no era un lugar. Era una brújula.
Antes de salir miré la casa. Las niñas estaban por ahí.
—Se portan bien.
Caminé.
Las montañas siguen allí. El barro se pega a los zapatos y parece que la tierra quisiera retenerlo a uno.
Pregunto:
—¿Por aquí se consigue trabajo?
—Pregunte más adelante.
Y sigo.
No tengo reloj.
Entonces me acuerdo de los de las niñas.
Cuando tenga plata se los compro.
Sigo caminando.
“Las montañas siguen allí. El barro se pega a los zapatos y parece que la tierra quisiera retenerlo a uno”. Foto: Oskar Gutiérrez Garay.
Hasta aquí podemos acompañarlo
Su nombre era Cristo José Romero Isaza. Había nacido el 31 de enero de 1984 en El Bagre, Antioquia. Después de la muerte de su padre había buscado a la familia materna y durante algunos meses vivió junto a su hermano y sus sobrinas en la vereda El Jardín, en Yalí. En agosto de 2003 salió de allí buscando nuevas oportunidades y su familia no volvió a saber de él. Desapareció.
Después aparece una referencia: El Águila, Valle del Cauca, señalado años más tarde como posible lugar de su desaparición. Luego nada, o mejor, nada para quienes lo esperaban. Porque Cristo José estuvo en alguna parte, ocupó un lugar en el mundo, caminó por algún camino. Alguien debió verlo. Tal vez habló con alguien, preguntó por trabajo, comió, durmió, tuvo miedo o siguió haciendo planes. Hubo un último lugar en el que estuvo vivo y otro en el que dejó de estarlo. Hubo personas alrededor, decisiones, palabras, movimientos que hoy en día son un absoluto misterio.
Pero ninguna de esas coordenadas llegó hasta su familia. Para ellos, Cristo José simplemente había salido y no había regresado. Mientras tanto, en otro lugar del país existía otra parte de la historia, otras coordenadas sueltas.
Podemos imaginar sus pasos, el cansancio, el barro reclamando sus pies, las montañas tras las montañas. Podemos ver la mirada acerada que se cuela por entre sus cejas pobladas que podría contener una ternura sin resentimiento, o un silencio hondo y doloroso. Podemos imaginarlo pensando que en algún lugar habrá trabajo, que unos meses buenos tal vez alcancen para guardar algo de plata, regresar a Yalí con alguna cosa entre las manos y, quién sabe, comprar finalmente aquellos relojes que no pudo comprarles a sus sobrinas. Nunca llegaremos a saberlo con exactitud.
Desde agosto de 2003 las coordenadas de la brújula se perdieron. Podemos imaginar el relato inicial gracias a lo que dijo su familia. Toda la información que alimentó nuestra ficción la extrajimos directamente de la página de la UBPD donde se narra la entrega del cuerpo de Cristo José. Tratamos de personificar un ser que durante años estuvo habitando el vacío. Esta puede ser la realidad de los más de 137 mil desaparecidos que hay en Colombia. Relatos íntimos cortados de tajo, silencios impuestos y autoimpuestos por amenazas o por formas particulares de elaborar el duelo en familiares que no saben cómo lidiar con esto. El sujeto vive y se crea en las narraciones. No se conocen las razones de su muerte y mucho menos de su desaparición, lo cierto es que quedó un cuerpo buscando a su familia.
Desde el 6 de octubre de 2005 en Cartago, Valle del Cauca, específicamente en la bóveda 181 del Cementerio Asofundadores permaneció el cuerpo sin identificar de Cristo José. A partir de ese momento la historia parece comenzar a caminar como el cangrejo.
Durante años su familia había buscado desde la ausencia: tratando de saber dónde estaba, qué había ocurrido, preguntando si alguien lo había visto. Pero en otro extremo de esa misma historia había un cuerpo esperando que alguien pudiera darle un nombre, devolverlo a una familia y a una casa.
En julio de 2012, mediante cotejo de huellas dactilares, se confirmó su identidad. Cristo José ya tenía nombre. Lo que todavía no había podido encontrarse era a su familia porque no había una denuncia formal por desaparición. Y esa distancia resulta quizá en una de las formas más extrañas de la desaparición: que alguien pueda estar identificado gracias a las instituciones y a los registros del Estado y, al mismo tiempo, continuar desaparecido para quienes lo aman y lo esperan. Por ello es tan importante siempre hacer la denuncia.
Durante años esas dos verdades existieron sin encontrarse. Eran líneas paralelas separadas por un muro infranqueable. En un lugar estaba Cristo José Romero Isaza y en otro, sus sobrinas seguían sin saber qué había pasado con aquel tío tímido que las acompañaba, que se dejaba perseguir por la casa y que alguna vez había metido la mano al bolsillo para comprarles dos relojes antes de descubrir que la plata no alcanzaba.
“La dirección de la búsqueda, entonces, se invierte. Ya no es únicamente una familia recorriendo oficinas, cementerios y expedientes preguntando por alguien. Ahora existe un nombre, un cuerpo, algunas fechas, quizá una fotografía, y son las instituciones las que intentan encontrar a quienes llevan años esperando una respuesta”. Foto: Oskar Gutiérrez Garay.
La búsqueda inversa
En octubre de 2024, la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas y Medicina Legal intervinieron la bóveda del cementerio de Cartago y recuperaron el cuerpo ya identificado. A comienzos de 2025, el caso entró a hacer parte de una estrategia que invierte la dirección habitual de la búsqueda: La Búsqueda Inversa que ya cumple dos años de creada. Por lo general, una desaparición comienza con una familia preguntando: ¿Dónde está? ¿Quién lo vio? ¿Qué pasó? ¿Dónde debemos buscar?
Aquí la pregunta cambia. Ya existe un cuerpo plenamente identificado, pero lo que hace falta es encontrar a quienes lo están esperando. En el caso de Cristo José, la distancia entre ambos extremos comenzó a cerrarse de una manera en apariencia simple. Su sobrina, Lorena, esa niña que 22 años atrás fue la que quería el reloj, vio un anuncio por televisión de la estrategia de Búsqueda Inversa y reconoció inmediatamente la fotografía de su tío. Según relató Lorena, contactó de inmediato a la UBPD y, en pocas horas, recibió la información. Vinieron las verificaciones, los documentos, las preguntas y el acompañamiento institucional. Finalmente, veintidós años después, el camino llevó a Cristo José nuevamente a Yalí.
En agosto de 2003 había salido del municipio buscando trabajo y una posibilidad distinta para su vida y en agosto de 2025 regresó por esa fotografía que su sobrina vio en un anuncio de televisión. Regresó no como seguramente había imaginado cuando tenía diecinueve años. No con plata guardada. No con alguna historia que contar sobre los lugares que había conocido; tampoco con familia. Sus restos óseos regresaron dentro de una cajita para ser recibidos y despedidos dignamente por su familia.
Tal vez por eso aquella imagen inicial adquiere ahora otro peso: las montañas detrás de las montañas. Cristo José mirando un paisaje que parecía continuar mucho más allá de lo que alcanzaban sus ojos. Durante veintidós años, su historia también estuvo latiendo en algún lugar detrás de esas montañas. Nunca desapareció por completo.
Su historia había quedado desperdigada. Una parte en Yalí, otra en Cartago y en medio de esos dos espacios un abismo insondable de preguntas. La Búsqueda Inversa consiste, en buena medida, en conseguir que todas esas coordenadas vuelvan a encontrarse; en ir cerrando esas brechas, en coser esos pedazos que pareciera que no encajan entre ellos.
La historia de Cristo José nos llevó como investigadores a una pregunta aparentemente sencilla: ¿cómo puede una persona estar identificada y, al mismo tiempo, seguir desaparecida para su familia? ¿Cómo se elabora el duelo desde ahí?
Esa pregunta fue también la que nos acercó a la Búsqueda Inversa. Para entender cómo funciona hablamos con José Darío Puentes Ramos, funcionario de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas que hace parte de la estrategia. La Búsqueda Inversa es un esfuerzo interinstitucional en el que participan la UBPD, la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses y la Fiscalía General de la Nación. Su propósito parece simple, aunque detrás exista una operación bastante más compleja: encontrar a los familiares o seres queridos de personas desaparecidas cuyos cuerpos ya fueron identificados, pero no han sido reclamados.
La dirección de la búsqueda, entonces, se invierte. Ya no es únicamente una familia recorriendo oficinas, cementerios y expedientes preguntando por alguien. Ahora existe un nombre, un cuerpo, algunas fechas, quizá una fotografía, y son las instituciones las que intentan encontrar a quienes llevan años esperando una respuesta.
Para ello existe un portal, en el que pueden consultarse los perfiles mediante nombres y apellidos, número de documento, lugar de nacimiento o posible lugar de desaparición. Pero la página web es apenas una parte de la estrategia.
Un cuerpo no habla. No llama. No pega afiches, pero hace que una fotografía circule, que un nombre suene en una emisora gracias a la titánica labor de la UBPD para que una sobrina diga: “ese es mi tío”. Foto: Oskar Gutiérrez Garay.
Durante nuestra conversación, José Darío insistió especialmente en algo que inicialmente podría parecer menor: comunicar también es buscar. Estrategias como afiches, fotografías, un nombre repetido por una emisora comunitaria, un mensaje compartido por WhatsApp; conversaciones entre vecinos donde una persona le dice a la otra “¿Ese no es…?”, han resultado vitales para la identificación de los familiares y la entrega digna del cuerpo.
La estrategia ha recurrido a televisión nacional, radio, prensa, redes sociales, medios comunitarios y afiches ubicados en lugares estratégicos de municipios y ciudades. No se paga pauta publicitaria ni digital, es puro trabajo orgánico y de responsabilidad civil y social de ciertas cadenas tradicionales que son las que muestran de vez en cuando anuncios como el de Cristo José. Hay historias que muestran la eficacia de esos mecanismos sencillos. Por ejemplo, la familia de Raquel Torres llegó a conocer la ubicación de su cuerpo después de la divulgación realizada en medios comunitarios de Santander. En El Tambo, Cauca, la familia de Salvador Zambrano lo reconoció en un afiche colocado en una fotocopiadora cercana a la Registraduría. No son detalles secundarios. Son parte de la búsqueda.
Entre septiembre de 2024 y octubre de 2026 el portal, que funciona como un buscador, ha recibido más de 34.183 usuarios, 139.782 vistas y 16.940 búsquedas de perfiles. Hay un total de 138 registros publicados que hacen parte de esta estrategia, de los cuales ya han sido entregados 58 cuerpos a sus familiares. Sin embargo, detrás de esas cifras sigue existiendo algo mucho más elemental: conseguir que una imagen, que proporciona la UBPD, la JEP o la Fiscalía General desde sus archivos forenses de reconocimiento, llegue hasta alguien capaz de reconocerla.
El duelo del cuerpo
Nunca imaginamos que los muertos pudieran volver por sus vivos. Quizá porque nunca se han ido del todo o porque quienes los aman tampoco han podido dejarlos ir. Quizá es porque un cuerpo, aún después de la muerte, sigue reclamando algo. Durante siglos aprendimos a pensar un cuerpo separado del alma. Pero frente a un desaparecido esa separación se vuelve insolente.
Ese cuerpo es Cristo José. El mismo que tenía diecinueve años y el que veintidós años después regresó. Y entonces aparece una pregunta difícil: ¿Cómo se recibe la verdad después de haberla esperado durante veintidós años? La muerte de una familiar o un ser querido duele, parece una obviedad, pero cuando alguien desaparece, incluso las preguntas más sencillas dejan de tener respuestas claras. ¿Cuándo comienza el duelo si no sabemos si alguien está vivo o muerto? ¿Termina cuando aparece el cuerpo? ¿O encontrarlo abre una forma distinta del dolor?
La Búsqueda Inversa lleva todavía más lejos esa pregunta: ¿El cuerpo que busca pasa por un duelo? ¿Por qué un cuerpo busca a sus familiares?
Un cuerpo no habla. No llama. No pega afiches, pero hace que una fotografía circule, que un nombre suene en una emisora gracias a la titánica labor de la UBPD para que una sobrina diga: “ese es mi tío”. Pensamos y pensamos y aún no conocemos la naturaleza del duelo particular de ese cuerpo y de esa sobrina; si arrancó cuando se fue, o cuando vio la dureza de la verdad de que no iba a volver vivo, o cuando apareció de repente y todo arrancó de nuevo. No lo sabemos. Pero entendemos que quizá los muertos también buscan, que devolverles un nombre no consiste solamente en identificarlos: también necesitan de alguien que los llore y enaltezca su memoria.
Cristo José quizá prometió que se iba a quedar un ratico más con sus sobrinas o que iba a volver “ahorita” cuando se fue. Esa palabra ahorita es la esperanza de muchas familias que buscan a su desaparecido. Es una palabra tan colombiana, tan atemporal pero que promete y siembra una semilla de esperanza.
Ida Vitale escribe: “No hay malestar como la sombra que se derrumba sobre los más custodiados recuerdos”. Quizá una parte de la búsqueda consista precisamente en impedir que esa sombra termine de caer o que el tiempo convierta el recuerdo en una pared sin hiedra ni vida, para que el nombre termine convertido en una tumba verde o en una oscura fosa común, y que las montañas sigan sangrando detrás de las montañas.
Contar historias como la de Cristo José, Ale Pardo, Álvaro Motta, Belisario López, Camila Herrera, Cristian Gaitán, Eduardo Gutiérrez Torres y decenas más, también puede hacer parte de la búsqueda. Este texto nace de allí. Quizás alguno de estos nombres encuentre a alguien que los recuerde. Porque una fotografía puede ser vista por la persona precisa. Alguien puede compartirla con una tía, un vecino, un antiguo compañero de trabajo. Después de años de procedimientos forenses, cruces de información, documentos y bases de datos, algunas búsquedas todavía pueden resolverse mediante una de las tecnologías más antiguas que tenemos: una persona diciéndole a otra que está buscando a alguien. Es todo.
Koryn Bernal Manrique es magíster en psicología clínica e investigadora en duelo y desaparición forzada. Oskar Gutierrez Garay es psicólogo y autor del libro 'Palabras que aparecen para cuerpos que desaparecen' de la editorial de la Universidad Pedagógica Nacional
Koryn Bernal Manrique y Oskar Gutiérrez Garay
Koryn Bernal Manrique es magíster en psicología clínica e investigadora en duelo y desaparición forzada. Oskar Gutierrez Garay es psicólogo y autor del libro 'Palabras que aparecen para cuerpos que desaparecen' de la editorial de la Universidad Pedagógica Nacional