“¡Ay, si yo fuera decano!”

“Una buena forma de comprender un sistema complejo es crear una alteración para ver qué pasa. El choque que ha propiciado la pandemia en que estamos desde el 30 de enero de 2020, y el estado de violencia del país, acentuado desde la posesión presidencial del 18 de agosto 2018, han creado un estado de alteración que quizá ha abierto nuevas formas de comprensión y de actuación sobre la complejidad del sistema universitario.”

por

Lucas Ospina


30.07.2021

Buenas tardes a todas y todos:

Quiero compartir con ustedes la noticia del nombramiento de Andrea Lozano como nueva decana de la Facultad de Artes y Humanidades.

El comité de selección recibió seis postulaciones para la decanatura de la Facultad. Así mismo, compartió con todos los candidatos las memorias de las reuniones con los miembros de la comunidad de Artes y Humanidades, el informe de gestión de Patricia Zalamea y el PDI. Con base en estos documentos, los seis nominados sometieron a consideración un ensayo con su visión de Facultad. Con estos insumos el comité seleccionó una lista corta de candidatas para entrevista que incluyó a Carolina Alzate y Andrea Lozano.  

El Comité Directivo tuvo en cuenta la visión integral que tiene Andrea de la Facultad, su experiencia en el manejo de equipos y gerencia, su propuesta que coincide con las prioridades del PDI y su voluntad de genuino servicio a la Facultad.  

Estoy seguro de que Andrea hará un excelente trabajo.

Saludos cordiales,

— Alejandro Gaviria


Un ensayo de postulación para el rol de la decanatura de la Facultad de Artes y Humanidades / Por Lucas Ospina

En la universidad medieval algunos estudiantes pobres, a imitación de los frailes, recurrían a la mendicidad para aliviar sus necesidades básicas de alimentación, techo y ropa. Alan Coban, en su texto English University Life in the Middle Ages, cuenta que en algunas universidades —Oxford, por ejemplo—, los rectores tramitaban licencias de mendicidad que le permitía a estos “pauperes scolares” mendigar sin riesgo de ser enjuiciados. Gracias a la aleatoriedad de un subsidio público callejero, basado en la bondad de los extraños, un sector de la juventud pudo dedicarse a una vida de riqueza intelectual y sensorial en condiciones adversas.

El adagio medieval liber enim liberat studentem in eo ab ignorantia et paupertate (“el libro libera al estudiante de la ignorancia y la pobreza”) resume ese horizonte de la educación como espacio de emancipación, de acceso a otras realidades y privilegios por la vía trabajada de la experiencia y el conocimiento. El aforismo clásico griego de “conócete a ti mismo”, potenciado en Europa por la revolución tecnológica de la imprenta, se institucionalizó en la universidad y amplió su práctica a una mayor escala y proyección en el espacio y el tiempo.

En este espacio y tiempo, en su texto What’s the point of a Professor? (¿Cuál es el punto de ser un profesor?), el profesor Mark Bauerlein muestra una transformación que ha visto acentuarse en la universidad en los últimos años. Bauerlein usa como ejemplo una reconocida y tradicional encuesta que mide la percepción de los estudiantes de pregrado. En 1967, en la sección del estudio donde los estudiantes declaran los “objetivos esenciales o muy importantes” que los motivan a ir a una universidad, el 86 % marcó como razón primordial la casilla de “desarrollar una filosofía significativa de la vida”. Menos de la mitad, en contraste, marcó la opción de “estar muy bien en términos financieros”. En 2015, la misma encuesta y la misma pregunta dejó ver un cambio significativo de prioridades: solo un 45 % marcó la primera opción, la que gravita en torno al “conócete a ti mismo”, y un mayoritario 82 % marcó la segunda, la que promete alejarlos de la pobreza, según la aporofobia (fobia a la pobreza) que rige la racionalidad de tantas de nuestras decisiones en este sálvese quien pueda propio del capitalismo tardío, donde los profesores seríamos solamente certificadores en un “centro comercial de títulos” (el símil encomillado de la profesora Carolina Sanín complementa bien la conclusión de Bauerlein).

A mediados de 2003, cuando entré a trabajar como profesor de planta en la Universidad de los Andes, en el Departamento de Arte, me propuse de voluntario para las charlas de introducción y de reclutamiento de estudiantes (“scouting”). Luego, como director de Departamento, entre 2011 y 2015, me encargué de esta actividad. Ante diferentes auditorios, a veces solo ante estudiantes en ferias de colegios, otras ante una audiencia de madres, padres y acudientes cansados luego de la jornada laboral —todos preocupados por el juego de Tetris económico—, siempre comencé la charla con la misma línea irónica de apertura: ¿A quién lo obligaron a estudiar arte?

La pregunta servía de puesta en escena de la puesta en escena. Una puesta en abismo que sinceraba la tensión que se siente en el ambiente de esas charlas de inducción en las que se muestran imágenes con la arquitectura de los edificios, la tecnología de las salas, los estudiantes saludables y felices, las tablas de ranquin y pasteles de estadísticas, indicadores de éxito y profesores triunfantes. Mucho autobombo, pero poco pathos: poco se habla de la contingencia de tomar una decisión adversa en lo económico, de tramitar con una terquedad furibunda las dudas propias y ajenas, de esa paradoja del arte que escapa a la formulación conceptual y al mecanicismo virtuoso y que consiste en estudiar —por siempre y para siempre— lo que no se puede aprender, y en aprender —por siempre y para siempre— lo que no se puede enseñar; y de hacerlo con ruido y en silencio, en la soledad paradójica del lenguaje, acompañados de tantas otras soledades.

En esas charlas siempre compartí la incertidumbre de una pregunta: ¿De qué vive un artista? Y luego de formular las posibilidades más mundanas y disímiles llegaba a un ejemplo de cierre. En El Festín de Babette, ese cuento largo o novela corta de la escritora Isak Dinesen, se narra la historia de una artista que gasta todo su capital en una obra efímera. Ante la inquietud de sus empleadoras sobre el porqué de ese gasto desmesurado y su condena a la pobreza, ella, luego darle un fin satisfactorio a su obra, afirma: “Un artista nunca es pobre”. Así como ella tuvo, por chance de la vida, la oportunidad de entregarse a su festín de arte, en la universidad, hacerlo como artistas advertidos e inadvertidos y como espectadores privilegiados, es el regalo de tiempo y espacio que se da a las personas cuando pueden participar, por ejemplo, de un programa de Artes y Humanidades. Con esa provocación cerraba la fase retórica de la charla y pasábamos a preguntas a las que respondía con ejemplos concretos, apoyado en el robusto archivo en línea del Departamento de Arte. En lo económico mostraba cómo la política de “programas especiales” ponía la matrícula de Los Andes en un rango apenas superior o igual al de una universidad confesional vecina.

Desde el 2003 he podido ver el crecimiento de la Facultad de Artes y Humanidades desde distintas perspectivas. Gracias a mi participación como profesor representante ante el Concejo de Facultad vi el cambio que se dio con la llegada a la decanatura de Claudia Montilla, quien le apostó a ejecutar el presupuesto existente para potenciar la investigación, la creación, y, tal vez más importante, para generar confianza entre los profesores y administrativos para que integraran su vida creativa a la vida universitaria y sumaran su entusiasmo a la vida laboral de este proyecto educativo.

Paralelo a esto, las políticas institucionales le apuntaron a convertir a Los Andes en una universidad de investigación y la facultad respondió a esto con la creación de varios comités —de investigación y creación, de publicaciones—. Pude participar en las primeras versiones de estos comités y sentir que estábamos ante algo nuevo y dotados de un alto grado de autonomía para crear modelos propios de trabajo y medición a base de prueba y error.

Esta labor fue complementada en estos últimos seis años por Patricia Zalamea, quien abrió nuevas instancias, organizó y formalizó los procesos existentes, y además extendió a la facultad algunas de las prácticas que ya habíamos ejecutado con anterioridad en el Departamento de Arte entre 2011 y 2015 y que estaban en consonancia con algunos de los valores del PDI actual: desarrollar una línea de conservación y patrimonio como opción para el pregrado y la maestría, pero, a la vez, trabajar con el sector externo con la opción de generar reconocimiento e ingresos; potenciar el Banco de Archivos Digitales bajo una política de acceso abierto, de donaciones y exposiciones públicas ambiciosas en la sala del primer piso del edificio Santo Domingo; tener una oferta constante de educación continuada en una Escuela Experimental de Arte donde se concibe una universidad para toda la vida; pensar en nuestros eventos expositivos y culturales hacia afuera, hacia lo público, y contar con una estrategia de comunicaciones con páginas de internet propias que reflejen esa actividad, sirvan de archivo y cuenten con un eco permanente en redes sociales.

A nivel académico la facultad se siente sólida. En reuniones y comités he sido testigo de cómo los profesores de planta responden con madurez, juicio y dedicación a las tareas que demandan los asuntos académicos y cómo la nueva figura de la Vicedecanatura de Investigación y Creación es garante de que estos procesos, incluidas las publicaciones indexadas y la Escuela de Posgrado, sigan su curso.

Esta “capacidad instalada” de lo académico permitirá que la persona que ocupe la próxima decanatura se pueda dedicar más a la universidad y a los estudiantes (de pregrado y de posgrado), a convencernos de que son el centro de nuestra actividad, a acompañarlos no solo en su vida académica sino en su vida universitaria: en su vida económica buscándoles becas y apoyos, en su vida administrativa cuando hacen pedidos de “ajustes razonables”, en su vida política cuando marchan y paran. La labor de la decanatura es darles confianza para que puedan arriesgarse a “desarrollar una filosofía significativa de la vida” sin que les gane el temor a ser unos “pauperes scolares”.

Este acompañamiento se extiende a los equipos de trabajo administrativo, a un trabajo de colegas en lo laboral y horizontalidad bajo la comprensión de su vulnerabilidad económica y las dificultades propias de una ciudad adversa.

Nuevas ideas y tonos narrativos pueden alimentar la práctica de la comunicación de lo que pensamos y hacemos, de todo eso que nos hace academia, pero, sobre todo, y ante todo, comunicar que somos una universidad abierta al juego y al riesgo de lo público. Programas como Narrativas Digitales nacen de esa apuesta, maestrías como las de Patrimonio y la de Humanidades Digitales tienen un emplazamiento sólido en lo público, y unidades como el Laboratorio de Estudios en Artes y Patrimonio y el portal Cerosetenta han mostrado que el “campus de acción” no se limita al territorio físico y mental que nos marcan los torniquetes de las porterías.

Desde la decanatura se puede incentivar el trabajo conjunto con otras unidades, departamentos y facultades de esta y otras universidades para meterle vida a la letra muerta de los convenios y proponer con grupos de profesores y semilleros de estudiantes proyectos bien fundados en lo conceptual, en lo ético, en lo económico, en lo práctico. Hay entidades públicas, alcaldías, gobernaciones y ministerios deseosos de garantizar su ejecución presupuestal en una asociación virtuosa y sin ánimo de lucro.

La decanatura puede integrar nuestra actividad artística y cultural con la agenda cultural de la universidad. El “poder suave” de la cultura, su valoración de las fuerzas activas del ocio, es más eficiente que cualquier propaganda. A esto se suman otras fuerzas poderosas como la de la música, el teatro y el cine, a los que hay que dotar de espacios y a la vez de convenios para que se proyecten en la esfera pública.

A la luz de la virtualidad reciente y de la ampliación del mercado en la oferta de programas interdisciplinarios de carácter virtual, se puede plantear la creación de pregrados diferenciados en lo económico y en lo virtual para personas de otras edades, fronteras y zonas —cárceles, zonas rosas y rojas, barrios periféricos—. Programas educativos con instancias alternadas de presencialidad para verse cara a cara y tener acceso al campus, pero donde podamos ser una opción de estudio calificada y de apoyo a las personas en los espacios y tiempos en que habitan. Este tipo de educación puede ser un suelo fértil para modelos experimentales de pedagogía, programas flexibles, dinámicos, profesionales, pero con un énfasis crítico en resonancia con ideas como las del físico y teórico estadounidense Richard Feynman cuando señalaba que “el problema no es que a las personas les esté faltando educación. El problema es que las personas solo son educadas lo suficiente para que crean que han sido educadas, y no son educadas lo suficiente para cuestionar la educación que reciben”.

Hace diez años, Patricia Zalamea me animó, en un concejo de profesores, a ser candidato para la dirección del Departamento de Arte. Otras dos colegas se habían postulado. Mi voto estaba con una de ellas, me sentía bien representado y pensé que mi carácter crítico y la práctica de hacer pública esta actividad crítica no me daban muchas opciones de salir elegido. Un profesor de planta lo confirmó diciendo que mi postulación podía ser leída en una instancia superior como una provocación. Semanas después fui elegido y cuando la decana Montilla y el vicerrector Toro lo anunciaron en el concejo se mostraron comprensivos con las preocupaciones expresadas por algunos de mis colegas, pero su decisión, tal vez, mostraba no tener aversión al riesgo.

De mi trabajo como director pueden dar cuenta los estudiantes de ese periodo, los egresados y las personas del sector del arte con las que trabajé, los profesores de cátedra y las personas de los cargos administrativos. Y también mis colegas de planta —con los que pacté tácitamente una política de hacer y dejar hacer, mientras me ocupaba en gestionar los recursos para ejecutar sus propuestas—, con quienes también tuve importantes diferencias, como cuando planteé la posibilidad de tener un uso diferente de los espacios de los edificios nuevos y cuando propusimos un nuevo pensum desde la Dirección y la Coordinación Académica del programa (ambas acciones fueron ejecutadas años después bajo la tutela de la Patricia Zalamea y de la Vicerrectoría Académica).

Mi postulación a la decanatura puede ser leída como una nueva provocación. En los 24 años que llevo como estudiante y profesor de la Universidad de los Andes he tenido puntos altos, medios y bajos, aprendizajes cómicos (el verme involucrado en el robo de un Goya) y aprendizajes dolorosos (el malentendido con Piedad Bonnet), pero siempre he sentido la universidad como un espacio abierto para los comienzos auspiciosos y donde he tenido reconocimiento por mi trabajo.

Una buena forma de comprender un sistema complejo es crear una alteración para ver qué pasa. El choque que ha propiciado la pandemia en que estamos desde el 30 de enero de 2020, y el estado de violencia del país, acentuado desde la posesión presidencial del 18 de agosto 2018, han creado un estado de alteración que quizá ha abierto nuevas formas de comprensión y de actuación sobre la complejidad del sistema universitario. “Las universidades están legítimamente orgullosas de sus tradiciones centenarias, pero sus antiguas genealogías se han utilizado con demasiada frecuencia como una excusa para resistir el cambio. Si el covid-19 los sacude de su complacencia, es posible que algo bueno salga de este desastre”, decía un editorial reciente de The Economist.

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