El discurso “sexual” del Vicerrector de la Universidad de los Andes

El sexo se coló en el último discurso de grado en la Universidad de los Andes. Una petición abierta a llenar de “sexo” las universidades.

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Lucas Ospina

07.05.2014

En el primer número de Sextante, la publicación que sirve de “bitácora” de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de los Andes, el Decano de esa facultad escribió un texto sobre la remodelación que tuvo lugar en el edificio que acoge a los seis departamentos. Un fragmento:

“Recuerdo que cuando observaba el desarrollo de la obra desde la ventana de la oficina que ocupaba en el Edificio C, siempre me preguntaba si no debía ser éste el momento para emprender cambios que fortalecieran la organización y reforzaran el sentido de pertenencia de todos los miembros de la Facultad. Fue en medio de esas divagaciones cuando, en conversaciones con colegas, amigos y colaboradores, me surgió la idea, un tanto estrambótica, cierto, pero atrevida y sugestiva, de proponer que los profesores fueran reubicados aleatoriamente en el nuevo Edificio, con total independencia de las adscripciones disciplinares propias de los departamentos que componen la Facultad. La idea no encontró el eco necesario, pero reconozco que me sigue gustando, porque considero que con acciones de este talante se fomentan los vínculos y el conocimiento mutuo entre los colegas de las distintas dependencias; se promueven las relaciones y las uniones académicas e investigativas entre las diferentes disciplinas y se afianza el sentido de pertenencia de todos los miembros de la Facultad. Ojalá algún día, no muy lejano, podamos volver sobre esta iniciativa. Por el momento, con su recordación quiero dejar flotando en el aire su pertinencia.”

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Este tipo de ideas “estrambóticas”, “atrevidas” y “sugestivas” fueron las mismas que el Vicerrector de Asuntos Académicos, José Rafael Toro, puso en juego en el discurso que leyó en las tres ceremonias de grado que tuvieron lugar hace unas semanas. El título era “Las Islas”, copio algunos apartes de lo que oyó por una sola vez cada grupo de “graduandos” y lo que oyeron por triplicado los decanos de todas las facultades, el Vicerrector Administrativo y Financiero y el Rector de la Universidad de los Andes:

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—“Pues bien: una de las tesis centrales de este discurso es que a las universidades les hace falta sexo. Pero no es lo que están creyendo. Pensando en los profesores de una universidad como especie, un mecanismo de reproducción intelectual de los maestros serían sus estudiantes. O, más generalmente, la manera en que una disciplina académica logra reproducirse, pensada como ser vivo, es mediante los estudiantes que se gradúan de ella. Pero las disciplinas en las universidades en general se recubren de una camisa de fuerza llamada currículum que prescribe todo lo que el estudiante debe hacer mientras está en la universidad.”

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—”Charles Eliot, rector emblemático de Harvard durante 40 años, de 1869 a 1909 y químico de profesión, fue el adalid de la liberalidad curricular que después imitarían en todo EU en las primeras décadas del siglo pasado […] Para Eliot no tenían mayor valor ni importancia los perfiles profesionales o disciplinares dictados por programas rígidos. Lo único que hacía sentido era lo que se produjera en ese juego de profesores y estudiantes auto inducidos a la creatividad, en un escenario de libre escogencia. El más atrevido de los ideales de Eliot era el orientar la universidad como un juego entre profesores que solo enseñan lo que realmente les interesa, con estudiantes que diseñan su plan de estudios de manera completamente libre. Si hay suficientes profesores interesantes y suficientes estudiantes inquietos, se encontraran en algún punto intelectual de naturaleza excepcional, después del cual podrán sobrepasar el umbral de las obligaciones y lo rutinario para adentrarse en el terreno de la creatividad.”

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— “Érase una vez un pequeño país, del tamaño del Uruguay, donde decidieron ubicar su universidad emblemática en tres islas pequeñas, a no más de 10 kilómetros de la costa y separadas entre sí por 3 kilómetros de mar. Las tres únicas facultades que conformaban la universidad —como casi cualquier Universidad— eran Derecho, Ingeniería y Medicina […] Los estudiantes de las tres islas empezaron a presionar. Querían tener más tiempo para viajar a los islotes. Querían cursos que ellos libremente pudieran elegir en ciencias, matemáticas, filosofía y literatura . Querían graduarse de programas conjuntos de islas e islotes. Los decanos de las islas grandes accedieron moderadamente, pero se preocuparon. Estaban perdiendo terreno, tendrían que trasladar más dinero a los islotes, les costaría más trabajo desarrollar su propia isla y su participación en el gobierno de tierra firme se iría diluyendo. Tres discusiones distintas —académica, política y económica— ocurrían con una única fachada: la académica que escondía debajo de la carpeta las otras dos que eran las que más dolían.”

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— “El rector de la tierra firme explicaba en tono ofuscado y pomposo sus diferencias con las islas: “La pasión por el orden y algunas tradiciones, produce triunfos modestos y fracasos modestos. En cambio la libertad camina por las cumbres más altas, pero siempre de cara a los abismos más profundos “. Esta no es la historia de Uniandes, pero en cierta forma tiene parte de la historia de todas las universidades y los pulsos extenuantes entre la subsistencia y los ideales académicos. Es de esto de lo que aprendí en todos estos años.”

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Unas semanas después de la ceremonia de grado, en el consejo de profesores de planta del Departamento de Arte tuvimos la tarea de traer leído este discurso para discutirlo y detectar islotes propios, apatías e intereses “sexuales”.

La discusión tocó la labor de Toro como vicerrector, su gestión y los beneficios que su trabajo —junto al apoyo irrestricto del rector anterior, Carlos Angulo— trajo para los programas que hace dos décadas no eran considerados “viables” (bajo el rasero económico con que eran medidos). Hoy, a punta de ecuaciones bien calibradas en el Modelo de Distribución de Ingresos, prevalece una mirada académica sobre la politiquería o el economicismo. Todo un beneficio para los programas que eran “inviables” a comienzo de este siglo y eran vulnerables a presiones económicas o a ser vistos como unos parientes pobres y “mantenidos” por sus familiares de las ínsulas más pudientes. Toro es responsable de que en la Universidad de los Andes la creación tenga el mismo estatus que la investigación, de que un mínimo grado de electivas se mantenga y de que la idea de una “formación humanista” vaya un poco más allá de la retórica. Por algo los estudiantes de Arte, Historia del Arte, Literatura, Música, Biología, Física, Geociencias, Matemáticas, Microbiología, Química, Antropología, Filosofía, Historia, Lenguajes y Estudios Socioculturales y Psicología tienen acceso a un préstamo condonable que les permite beneficios que pueden llegar a cubrir hasta el 30% de la matrícula.

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La Universidad de los Andes puede no estar ahora en una crisis económica, pero si podría estar pasando por una leve crisis de identidad: su dependencia de las matrículas del pregrado en más de un 80% hace que la dualidad entre ser una universidad de enseñanza (por aquello de la subsistencia) o una encaminada a la investigación y creación (por aquello de la misión-visión) cause alteraciones en el comportamiento de sus diferentes instancias. El dinero del pregrado cubre con justeza el flujo actual de gastos y su proyección a futuro activa alarmas.

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Este atisbo de crisis en el modelo económico debería extenderse a lo académico, sin embargo, es claro que ante una eventualidad económica todo tienda a volverse más y más conservador, y la defensa de las islas e islotes o de cualquier playita para el veraneo artístico se torne aun más enconada que cuando fluía el circulante.

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No existe en la universidad un mandato de acción concreta como el que puso en juego el Rector Eliot invocado por Toro. De seguro sí hay iniciativas precisas en cada Departamento y Facultad que piensan y repiensan lo que es la educación y lo que es una universidad, que miran sus programas con atención y que buscan integrar lo que se hace adentro con la experiencia de lo que pasa afuera, que están de frente a Monserrate y de frente al país y miran de vez en cuando a la montaña no para cotejarse con su grandeza sino para tener una medida de escala y tiempo local que recalibre su enconchamiento foráneo y lo transforme en humildad. Pero muchas de estas iniciativas de cambio obedecen a entusiasmos ocasionales y si tienen continuidad no se han sabido comunicar.

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A simple vista el curriculum de los programas, en gran parte de los casos, continúa como algo rígido e inalterable, un repetitivo tomar y recibir clases, un estrés de andar corriendo de un lugar a otro que aparenta una agitada actividad intelectual pero que a lo sumo produce seres gregarios que saben responder a la normalidad con más normalidad y tienen la misma higiene mental que los espacios siempre límpidos de la universidad. Basta con ver a veces los discursos de grado de los estudiantes que obtienen el Summa Cum Laude, jovencitos juiciosos, futuros líderes con una inteligencia nominal, pero incapaces de citar a otros en sus solemnes parrafadas, a no ser que se asuma como cita la invocación al Ser Supremo y/o a la Patria que tantos hacen al final. Este ambiente cuasi gerencial de la Universidad de los Andes es anticlimático para el intercambio “sexual” entre profesores y estudiantes y evita que se logre ese estadio de promiscuidad académica invocado por Toro, ese “punto intelectual de naturaleza excepcional después del cual podrán sobrepasar el umbral de las obligaciones y lo rutinario para adentrarse en el terreno de la creatividad.”
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Basta recordar el poco eco que tuvo la idea del profesor Fazio en su Facultad: si los profesores de las ciencias sociales mostraron esa reticencia para diseminarse por un edificio, ¿qué reticencia no mostraremos todos cuando se trate de tener “sexo” con los colegas y estudiantes de otras islas e islotes y más allá de nuestras obligaciones y rutinas? Persisten los matrimonios por conveniencia, el miedo a la libertad y a salirse de la zona de confort de la matera de la oficina o de la clase en que cada profesor de planta echó raíces para siempre, la “endogamia uniandina”, la clase como parqueadero temporal de estudiantes, la confusión entre un pensamiento de elite y el elitismo, los privilegios de los que gozan algunos profesores ensimismados pero la desconfianza ante las iniciativas de colegas, profesores de cátedra, estudiantes, egresados, empleados administrativos y demás.

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Lo vi hace poco, puede uno discutir “Las islas” y dejarse llevar por esta modesta proposición de Toro, pero a los diez minutos de nuevo se instala la “disciplina” académica (uno de las acepciones de disciplina es “látigo”). A falta de imaginación la burocracia de la cotidianidad se impone, la tradición de los sistemas de pares, indexaciones y acreditaciones. Las iniciativas que intenten modificar o circular por fuera de estas nominaciones y canales regulares son calificadas de libertinas y se clasifican bajo motes reduccionistas: “actividades extraacadémicas”, “literatura gris”, “artículos de difusión”, “investigación no finalizada”, “agenda cultural”. Tenemos universidad sí, un ente proteico que es de todos y es de nadie, pero, ¿qué tanta “vida universitaria” —incluido el “sexo”— hay en la Universidad de los Andes?

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El discurso de Toro puede ser leído como una despedida del vicerrector, una aporía platónica, una parodia tipo Jonathan Swift, pero otra lectura lo podría interpretar como un mensaje serio y jovial de apertura:

 

¡Bienvenidos los surfistas! ¡Bienvenidas las orgías!

 

* * *

Video del discurso de Toro y archivo para leer el texto completo.

 

* Lucas Ospina es Director del Departamento de Arte de la Universidad de los Andes. Esta nota fue publicada originalmente en la página del mismo departamento.

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