La poética de la grieta: Anne Carson y la reapropiación de los clásicos

La obra de la recién laureada con el Nobel de Literatura tiene en su centro una investigación de los textos griegos que es imprescindible a la hora de leerla como poeta, ensayista y traductora.

por

Andrea Lozano Vásquez

Profesora del Centro de Estudios Clásicos, departamento de Literatura. Universidad de los Andes


14.10.2026

Portada: Isabella Londoño

El 8 de octubre de 2026, la Academia Sueca anunció que el Nobel de Literatura recaía en Anne Carson (Toronto, 1950).

El fallo destacó una obra «audaz e inventiva» que, en diálogo con la tradición clásica, ha creado «nuevas formas para la literatura contemporánea». Aunque se la identifica principalmente como poeta, Carson es también filóloga clásica, traductora, ensayista y “compositora” de libros que se resisten a las categorías editoriales convencionales. En esa diversidad, su erudición clásica cumple un papel esencial, lejos de ser complemento, se ha convertido en materia prima de su creación.

Carson no vuelve a los griegos como quien busca una lección intemporal. Le interesan, más bien, los restos: los versos incompletos, los silencios que dejó el tiempo, las palabras que sobreviven sin su contexto y los silenciamientos estructurales de las grandes historias. De ahí que su relación con la Antigüedad no sea de devoción reverencial, sino de lectura minuciosa y de apropiación creativa. En su obra, traducir no consiste solo en trasladar un texto de una lengua a otra; consiste en decidir qué hacer con sus lagunas, sus fisuras y sus zonas de opacidad.

Carson convierte la discontinuidad —material, textual o cultural— en un principio de composición. En efecto, su estudio continuado de Safo, uno de los ejemplos emblemáticos de esa pérdida irrecuperable de la Antigüedad, es determinante en su producción creativa. 

Esta comienza justamente con la reescritura de su tesis doctoral (Eros the Bitterswett: An Essay, 1986) en la que caracteriza el concepto sáfico de eros como un deseo simultáneamente “dulce-amargo”, en tensión permanente entre la contención y la búsqueda. Esa profunda comprensión hace de Carson, a mi juicio, su mejor traductora; no tanto porque la reconstruya, como tantos otros han pretendido, sino porque en su fidelidad filológica, recrea esa misma grieta, ese intermedio, que caracteriza al amor sáfico y su expresión poética. 

Para mostrarlo, me detendré primero en If not, Winter (2002, Si no, el invierno, publicado en español por Vaso Roto 2019), su versión de la fragmentaria poesía de Safo, donde los corchetes no son una mera marca filológica, sino un dispositivo que hace visible la ausencia. Después consideraré brevemente Antigonick (2012, Antígo Nick, 2019), donde la pérdida deja de ser un accidente en la transmisión y se convierte en una distribución desigual de la voz. En ambos casos, Carson propone una respuesta distinta a la pregunta habitual sobre la vigencia de los clásicos: no se trata solo de preguntar qué pueden decirnos los textos antiguos, sino de examinar qué exige de nosotros leerlos sin borrar sus fracturas.

En verdad, la fragmentariedad se convierte en seña del silencio, la ausencia y la representación de la carencia del amante en el poema. Carson aclara en la introducción del volumen que el uso del corchete no pretende ser un inventario frío del papiro destruido, sino un:


gesto estético hacia un acontecimiento papirológico (…). No he usado corchetes en los pasajes, frases o palabras cuya existencia depende de las citas de autores antiguos, puesto que ellos están incompletos intencionalmente. Enfatizo la distinción entre corchetes y no corchetes porque, si yo lo permito, esto afecta tu experiencia de lectura. Los corchetes son excitantes (If not, Winter. p. xi, Vintage Books, 2002, mi traducción).

En los fragmentos 15 A y 15 B, por ejemplo, Carson los utiliza, no en parejas como se hace habitualmente para señalar vacíos, introducir hipótesis de reconstrucción o variantes textuales, sino uno solo, el corchete de cierre, haciendo que el lector experimente la interrupción física del papiro como un paréntesis del afecto y de la plenitud amorosa. Carson no se limita a trasladar al inglés lo que ha sobrevivido de Safo. Hace visible, en la propia página, el carácter irregular de esa supervivencia. El lector, incluso si no conoce el griego, puede ver que el poema no llega completo: subsisten palabras, sílabas y una sintaxis rotas.

A la izquierda, el texto griego original; en el centro, la traducción de Carson al inglés; a la derecha, la traducción de Andrea Lozano del inglés de Carson.

El poema se abre rodeado por el vacío del papiro y, de hecho, los muñones de palabras se desplazan. Algunas de esas palabras fragmentadas, solitarias en algunas  ediciones, se juntan en la versión de Carson, en el verso inglés, y ofrecen una posibilidad de redimir los errores entre la suspensión de los abismos en el griego original. Una “suerte del puerto”, que los intérpretes consideran mercantil, apoyándose en las referencias a este pasaje de Estrabón (Geografía 17.1.33) y Ateneo (Deipnosofistas 13.596b); pero que, para nosotros, se nos revela amorosa en la decisión de Carson de poner en la misma página la estrofa en la que se impreca a Dórica, cortesana a la que frecuenta el hermano de Safo.  

Representar así las lagunas textuales tiene consecuencias poéticas. Al conservar las interrupciones en la traducción, Carson impide que el poema se lea como si la pérdida pudiera repararse sin rastro. Así, por ejemplo, el verso final, «al deseo del amor», lo precede un corchete de cierre; no sabemos, por tanto, cómo se articulaba esa expresión en el original. Pero al llegar a nosotros precedido por una ausencia, se convierte en imagen de acceso interrumpido: el deseo no aparece en el poema como una experiencia plena y continua, sino atravesado por la falta.  Será muy amarga (πι[κροτ´’..]α̣ν) para Dórica. 

La división entre 15 A y 15 B refuerza esa impresión. El primer bloque gira en torno a una posible reparación —una «suerte del puerto», una liberación de faltas anteriores—, mientras el segundo concentra la invectiva contra Dórica y la petición a Afrodita de que vuelva amargo su triunfo erótico. Si bien la división procede, en buena medida, de la tradición editorial, Carson la mantiene en la traducción y hace perceptible al lector una alternancia entre un anhelo de reparación y amenaza de amargura. 

En su Antigonik (2012, Antígo Nick, La pollera 2019), en cambio, Carson afronta el borramiento intencional y da voz a las víctimas, a las mujeres arrastradas por las decisiones de otros, mujeres como Euridiké, a quien escuchamos, aunque sea brevemente al filo del tiempo: 

Euridiké:

este es el monólogo de Euridiké
es su único discurso en la obra
puede que no sepan quién es ella
está bien
como la pobre señora Ramsay
que murió en un paréntesis
en Al faro
ella es la esposa del hombre cuyos estados de ánimo tensan
el mundo de esta historia
el mundo dividido por ella
digo dividido por ella
esa muchacha con los muertos vivientes 
atados a su espalda (Trad. Bernadita Bolumburu. Editorial Pollera 2022)

Euridiké no pide ser comprendida; se presenta, se explica y reclama un lugar en una historia que casi la ha reducido a la esposa que muere para completar la ruina de Creonte. Al hacerla anunciar que este es su único parlamento, Carson vuelve visible una asimetría de la tragedia: hay personajes cuyo dolor organiza la acción y otros cuya vida desaparece en una acotación escénica. 

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La comparación con la señora Ramsay, que muere entre paréntesis en Al faro (Virginia Woolf, 1927), no es un adorno erudito, sino una manera de decir que ciertas mujeres son recordadas sobre todo por el vacío que dejan en la narración de los hombres. Y la de las mujeres. Recuperar la voz de Eurídice implica, entonces, más que ampliar el reparto: obliga al lector a preguntarse qué silencios sostienen el canon y quién decide quién merece ser escuchado. Esa atención a lo que la tradición deja al margen guarda afinidad con lo que Carson aprendió de sir Kenneth Dover, su otro maestro, cuyo estudio de la sexualidad griega sustituyó la Grecia idealizada por una cultura atravesada por cuerpos, deseos, jerarquías y conflictos concretos.  

Tal audacia metodológica está sin duda en Carson y en su producción en la que se borra el límite entre la alta cultura académica y lo popular contemporáneo. Así en Autobiography in red: a novel in verse (1998, Autobiografía de Rojo, Vaso roto, 2006), reescribe dulcemente el mito clásico del monstruo Gerión transformándolo en un adolescente homosexual y fotógrafo en el siglo XX o en la forma en que yuxtapone a Helena de Troya con Marilyn Monroe en Norma Jeane Baker of Troy (2019, Norma Jeane Baker de Troya, Vaso roto 2021), en una pieza teatral en la que se reflexiona sobre la belleza, la guerra y el trauma. 

Al igual que su maestro, Carson entiende que lo clásico no está muerto, es nuestro, aunque no es sagrado. Es un archivo encarnado y maleable, que aún no hemos descubierto. Sin embargo, su radar literario va mucho más allá de Grecia: sus libros establecen diálogos fascinantes con figuras tan diversas como la mística Marguerite Porete, Emily Brontë, Paul Celan, Franz Kafka, Virginia Woolf, Simone Weil o la Albertine de Proust. 

De ahí que también el razonamiento del jurado del premio Princesa de Asturias que recibió el 18 de junio de 2020 resaltara: 


Desde el estudio del mundo grecolatino ha construido una poética innovadora donde la vitalidad del gran pensamiento clásico funciona a la manera de un mapa que invita a dilucidar las complejidades del momento actual. Su obra mantiene un compromiso con la emoción y el pensamiento, con el estudio de la tradición y la presencia renovada de las Humanidades como una manera de alcanzar mejor conciencia de nuestro tiempo. 

Es un lugar común decir que los clásicos nos siguen hablando hoy. La obra de Anne Carson nos recuerda —y estos premios celebran— que los textos antiguos no nos interpelan por ser monumentos intactos o verdades sagradas, sino por su naturaleza dual: son hermosos a la vez que fragmentarios, distantes y sobrios, pero profundamente encarnados. Al atreverse a traducir las grietas y los silencios del pasado sin reverencia académica, Carson nos entrega un archivo vivo donde nuestros propios vacíos, traumas y deseos encuentran, finalmente, un lenguaje. 

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Andrea Lozano Vásquez

Profesora del Centro de Estudios Clásicos, departamento de Literatura. Universidad de los Andes


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