Un tigre importado

El candidato Abelardo de la Espriella ganó la primera vuelta con 10.270.049 votos. Le preguntamos a expertos en comunicación política por una campaña que fue eficaz.

por

Ana Sofía Lozano

estudiante narrativas digitales de la Universidad de los Andes


17.06.2026

Portada: Ana Sofía Lozano

Abelardo de la Espriella, ‘El Tigre’, ha venido desarrollando una imagen significativa que será difícil que los colombianos olvidemos.

En una época donde nuestra atención se inclina a los formatos rápidos y tomamos cómo la cuna del conocimiento Europa y Estados Unidos, era de esperarse ver esto reflejado en la política colombiana. El candidato Abelardo de la Espriella trae el politainment (politics + entertainment) en su campaña y ha logrado que sus votantes confíen en que el outsider que traerá la patria milagro.

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Abelardo de la Espriella no inventó su campaña en Colombia. La importó, la ensambló y la vendió como novedad. Néstor Julián Restrepo, experto en comunicación política, descompone la fórmula pieza por pieza: de Milei tomó la figura del cirujano que viene a destripar la enfermedad del Estado. De Trump, la venta del éxito empresarial como credencial de gobierno. De Bukele tomó la construcción de una narrativa nueva para un país que, como El Salvador, no tiene un pasado glorioso al que regresar. Por eso no dice “volvamos a ser grandes” sino “hagamos el milagro”.

“Yo vivía feliz en Miami, no tengo problemas, todo muy bien. Pero viendo esta enfermedad que está pasando en Colombia, yo vengo. Ustedes me llamaron”. Así describe Restrepo la narrativa con la que Abelardo abrió su campaña: el héroe que se hace el llamado a sí mismo.

Omar Rincón, crítico de medios, no le da más vueltas: es una farsa sin autenticidad ni verosimilitud. “Patria milagro, firme por la patria, eso no es ni por Colombia, ni por los militares, ni por la seguridad. Es un concepto vacío que cada votante llena con lo que necesita”. Para Rincón la idea de ‘la manada’ responde al “mandato de masculinidad de atacar en manada, es muy del machismo tradicional” — un lenguaje trasplantado directamente del ecosistema de Milei al vocabulario político colombiano.

Pero la fórmula le funciona. Juan Felipe Monroy, politólogo, dice que Abelardo copió la estructura narrativa del petrismo pero la invirtió ideológicamente. “Yo nunca necesité de la clase política para ser rico” es el espejo exacto de “los nadies que nunca tuvieron nada” de Francia Márquez. La novedad no estaba en el contenido, sino en el espejo.

Al mostrarse como un outsider de la política se presenta como una opción neutral — la que el resto de la derecha no logró consolidar. No viene del Centro Democrático, no tiene el peso de Uribe encima, no carga con los escándalos de los partidos tradicionales. Llega sin mochila. Y eso, en un país donde la desconfianza en la clase política lleva décadas acumulándose, es exactamente lo que muchos votantes estaban esperando. En sociedades altamente fragmentadas y con desconfianza profunda en la política tradicional, el outsider ocupa ese lugar de forma casi automática — así lo explican Diana Camila Garzón-Velandia, doctora en procesos psicológicos y Ana Camila García, psicóloga e investigadora en comportamiento digital.

La campaña lo costó. Según reportes ante el Consejo Nacional Electoral Abelardo gastó 26.087 millones de pesos en primera vuelta — el doble que la de Cepeda, y fue el mayor gasto de todos los candidatos. Y el 72% fue en propaganda electoral. El outsider que dice no depender del establecimiento financió su campaña con créditos de Banco de Bogotá, BBVA y Bancolombia.

Los 10 millones de tigres

“Volver a la Colombia de principios de los 2000 es uno de los miedos más importantes del país y se mantiene como un fantasma constante”, señalan Garzón-Velandia y García. Un fantasma que la campaña de Abelardo sabe exactamente cómo invocar. Garzón-Velandia y García lo identifican como el motor emocional central de su electorado: les genera confianza, cuando se encuentra con ese miedo y dice ‘yo soy la alternativa viable para quitártelo’.

¿Quién vota por él? Restrepo divide su electorado en tres. El militante tribal, al que ha atraído desde el principio: pareciera que perteneciera a un clan o grupo religioso, lo que diga el líder eso lo hace. Por eso Abelardo pudo pasar de presentarse como ateo a enarbolar de valores cristianos sin perder a ese elector base, pues este no analiza, sino sigue fiel a su líder y no desintegrará la manada. El segundo lector es el fan, el que se emociona como se emociona con Silvestre Dangond, al que le montan el espectáculo en los auditorios. El tercero es el nuevo elector que están captando en segunda vuelta: jóvenes y moderados que no son de la base pero tampoco son de Cepeda.

Para Monroy, la primera pista que le atrae a la mayoría de sus votantes es que está en contra de Petro. Con eso les alcanza. La segunda es ser el outsider: nunca ha sido congresista, alcalde ni ministro. Para un electorado hastiado de la clase política, esa impresión no es un problema. Es lo más atractivo que tiene.

Hay algo que ese mismo electorado tiende a perdonar con facilidad. Lo que llevó a Abelardo a la fama fue su disposición a defender los casos que nadie más quería asumir: David Murcia Guzmán, cerebro del esquema piramidal DMG, el mayor fraude financiero en la historia de Colombia. Álex Saab, señalado testaferro de Nicolás Maduro. El hombre que promete limpiar Colombia de corrupción construyó su reputación siendo el abogado al que acudían quienes más la necesitaban.

Garzón-Velandia y García lo explican: el votante prefiere la incertidumbre a la continuidad conocida en la historia política. Prefiero a este que me habla diferente antes que seguir con lo que conozco. “Y en Colombia, ¿quién quiere ser pobre? Todo el mundo quiere ser rico. Y si él lo pudo hacer, yo por qué no” comenta Omar Rincón sobre los votantes de ‘El Tigre’.

“El Tigre” en Colombia

Para Omar Rincón, la identidad visual no es el animal sino lo que rodea al animal: “La figura del tigre es una marca fácil de asimilar, una imagen fácil, pero lo que construye identidad es ese estado de euforia constante, ese punto máximo de actuación que ningún otro candidato en Colombia supo hacer”.

El análisis de emociones que Garzón-Velandia y García realizaron sobre la campaña de Abelardo dice que: “Las tres emociones principales que activa Abelardo en sus votantes son confianza, pasión y tranquilidad. Las mismas tres que activa la campaña de Cepeda. Mensajes opuestos, mundos opuestos. Las emociones que movilizan: idénticas”.

Su PDF de propuestas tiene emojis, imágenes y bullets points diseñados para compartirse. “Lo primero que haces es liberar al ciudadano de tener que leerse un mamotreto. Es una lógica de redes sociales, de bajo nivel de contenidos, de 30 segundos”, describe Restrepo. Garzón-Velandia y García añaden la otra cara: esa misma simplicidad libera al votante de la responsabilidad de entender la complejidad real de gobernar. La propuesta se vuelve estética antes que programática. Y en su mismo programa de propuestas modificó el escudo patrio. Sobrepuso un tigre en las dos fajas inferiores del istmo de Panamá y el gorro frigio, lo que Restrepo llama un principio de refundación subnacionalista: cambiar hasta el símbolo patrio, es abrazar a Colombia dolida desde ese símbolo nuevo. El país soy yo.

Vale la pena detenerse ahí. En Colombia, cuando las comunidades indígenas y los habitantes de la Amazonía y el Pacífico hablan del tigre, están hablando del jaguar —Panthera onca, el felino más grande de América. Los conquistadores españoles lo llamaron “tigre” por su parecido lejano con el tigre asiático que ya conocían, un nombre colonial que nunca fue el nombre propio del animal. Restrepo es explícito en el origen de la fórmula: “hay una escuela de la ultraderecha, de Europa y Estados Unidos, que se ve perfectamente en esta puesta en escena narrativa. Tiene tintes de Milei, tintes de trumpismo, tintes de Abascal. Es una adaptación de algo de afuera que se está adaptando al interior.” El candidato que viste como europeo, que opera entre Colombia y Miami, importó también su modelo político. Hasta el tigre es importado.

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Ana Sofía Lozano

estudiante narrativas digitales de la Universidad de los Andes


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