La revolución del papel: la apuesta de Iván Cepeda por una campaña con gravedad

Iván Cepeda lee sus discursos, evita los debates y apuesta por una campaña sin estridencias. No es torpeza ni accidente. Exploramos qué hay detrás de esa decisión desde la política, la psicología y la retórica.

por

Ana Sofía Lozano


23.05.2026

Portada: Ana Sofía Lozano

La decisión del candidato Iván Cepeda por escribir sus discursos personalmente y leerlos en plaza pública con papel en mano, puede ser una de las decisiones más inusuales en las campañas presidenciales del 2026.


El candidato presidencial del Pacto Histórico es confrontado por evocar cierta debilidad al rechazar espacios que no tenga controlados y argumentar de manera extensa sus posturas. ¿Cómo un candidato que hace campaña leyendo discursos escritos, en una época diseñada para la viralidad, va punteando en las encuestas?

Escribir, leer y repetir

Iván Cepeda escribe sus discursos a las cuatro de la mañana. Horas después, frente a una plaza llena, vuelve a esas mismas palabras y con una voz que conserva su volumen las lee exactamente como salieron del papel ante miles de personas. Mientras avanza en el discurso Cepeda acepta las interacciones: deja que lo apoyen, canten, aplaudan. Pero no acompaña al canto. Da una espera mientras se relaciona a través de la mirada. Y retoma en la puntuación donde dejó de leer y continúa.


“Él no le está apuntando a ese entusiasmo explosivo, sino a una emoción un poquito más lenta. Está la dimensión emocional, donde le va bajando la temperatura y la calentura a ciertas otras formas de hablar” dice Catalina Uribe Rincón, profesora del departamento de Narrativas Digitales en la Universidad de los Andes y experta en retórica y oratoria. Para Uribe Rincón, lo que Cepeda transmite es control, gravedad y autoridad moral. “No busca tanto ese momento viral que puede estar buscando hoy en día De la Espriella, o que ha utilizado muchísimo Petro”. 


Leer, para Cepeda, es una forma de no mentir. De dejar registro. De no dejarse llevar por la emoción del día. Ana Camila García, psicóloga y magíster en psicología con experiencia en comportamiento digital lo describe así: “Se aleja de lo performativo de la política actual. Esta forma es más tradicional, por eso se aleja de lo actual. Puede llevar a considerar que es alguien que cuida su discurso, que lo ha pensado”. Y agrega la otra cara: para ciertos votantes, ese mismo control puede leerse como dificultad para improvisar, para conectar con el otro y para responder en caliente. La hoja protege y a veces también lo distancia.

Cuando Cepeda lee sus discursos, en los momentos más ideológicos, aparece el otro registro: “igualdad sustantiva”, “neoliberalismo”, “demagogia”. Palabras que no están en el lenguaje cotidiano de nadie, pero que Cepeda utiliza. 

Omar Rincón, crítico de medios, lo dice directamente: “Son eslóganes que solamente sirven para el electorado de él. Funcionan como rosario: no hay que explicarlos, hay que repetirlos”. Diana Camila Garzón-Velandia doctora en procesos psicológicos e investigadora de la Universidad Católica de Colombia, lo confirma desde la psicología: ese vocabulario funciona como marcador de identidad para quienes ya están convencidos. “Puede llegar a traer una sensación de seriedad porque proporciona un marco explicativo. El electorado consolidado usa esas palabras porque se identifica con el discurso”. Pero para los indecisos, en cambio, puede generar fatiga cognitiva y desconexión emocional, resalta Diana Garzón y Ana García.

 
El público que necesitaba el mensaje rápido, la fuerza y la polémica ya está convencido. Una fuente interna de la campaña de Cepeda, que prefiere no dar su nombre, nos lo confirma: “El discurso más rápido, las cosas concretas, ya es un público que está con nosotros. Se quiere otro tipo de público”. No es solo un cambio de tono en el discurso sino un cambio de destinatario. El politólogo Juan Felipe Monroy lee en ese contraste algo más profundo: la imagen que le están construyendo a Cepeda es la de una especie de sabio, una figura respetable por sus conocimientos y su trayectoria. “Como el respeto que se le tiene a una persona mayor dentro de una comunidad, a quien se le atribuye sabiduría. Esa es la imagen que le están dando a Cepeda ahorita”.

Cepeda parece apostar por un procesamiento lento, con autoridad y contención. La pregunta es si eso también moviliza votos.

Los debates

Si la campaña de Cepeda está construida sobre precisión y control, los debates parecen el escenario menos natural posible. Cepeda ha decidido no ir a ninguno. Cuando finalmente retó a debatir a Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella, lo hizo como siempre leyendo una hoja.

La controversia llegó al plano jurídico. En abril de 2026 se presentó una acción de tutela que buscaba obligar a Cepeda a asistir al menos a dos debates antes de la primera vuelta, argumentando que su ausencia genera una “asimetría de información” que afectaba el derecho de los ciudadanos a tomar decisiones informadas. La tutela no prosperó. Pero dejó en evidencia algo que sus críticos no tardaron en señalar: en 2022, Cepeda había criticado públicamente a quienes evitaban participar en debates presidenciales. Hoy ocupa el mismo lugar que entonces cuestionó.

Desde adentro de la campaña la lectura es otra. Una fuente interna de la campaña lo dice con claridad: “Cepeda es muy concreto, muy al lugar. Y eso es algo que se ha ido buscando y trabajando. Un debate de treinta segundos no es el lugar para eso”. El debate presidencial, tal como lo conocemos, se ha convertido en un circo de frases de impacto, ataques personales y paletas de colores que no alcanzan para profundizar nada. Las redes sociales han democratizado lo que antes solo ocurría en ese formato: el contraste de ideas, la exposición pública, la rendición de cuentas. Por eso su ausencia empieza a verse menos como una contradicción y más como una consecuencia lógica de la campaña que construyó.

Hay quienes ven en esa negativa una zona gris democrática. Catalina Uribe lo matiza: “Un debate no es únicamente para el candidato y para mostrarse. También los hace prepararse, para que respondan preguntas impugnadas, para que veamos cuál es su personalidad. Como esas veces en las que Germán Vargas Lleras respondía como un furioso y uno se daba cuenta de eso”. En términos democráticos, dice, es complicado que los candidatos no vayan. La estrategia puede funcionar para Cepeda y aun así tener un costo real para el proceso electoral.

Juan Felipe Monroy lo complementa desde la ciencia política: “Los debates son el espacio propicio para caricaturizar todas las posiciones. Y él no es una persona que se desenvuelva bien ahí”. Sin embargo, Omar Rincón nos propone uno de los beneficios que le generaría a Cepeda el ir a debates: “Los que lo atacan quieren sacarlo de su lugar de seguridad narrativa. Si va a un debate y lee tranquilamente mientras los otros gritan, gana visualmente, aunque pierda argumentalmente”. El debate no es un escenario que se rechaza por miedo. Es uno que rechaza porque su lenguaje no se mueve bien ahí. 

Posteando por Cepeda

Las reglas de la viralidad no excluyen a la cuenta de Iván Cepeda. Un candidato que escribe a las cuatro de la mañana para leer con precisión en tarima convive con una campaña digital que se mueve con colaboraciones de influencers, clips compartidos y la viralidad que él no produce.

Diana Camila Garzón-Velandia y Ana Camila García lo analizaron en su investigación sobre la comunicación de los candidatos en redes este ciclo electoral. Lo que encontraron: Cepeda casi nunca aparece solo. Siempre rodeado, siempre en colectivo: “Su estrategia consolida un proyecto más que mostrar un líder en específico” dice Garzón-Velandia. “Al mostrarse siempre desde el nosotros puede llegar a generarle en contra una dificultad en esa conexión directa con él como líder”.


Esa lógica no es accidental. Una fuente interna de la campaña lo describe así: “No es de arriba hacia abajo, con Cepeda haciendo TikToks, sino desde abajo haciendo el TikTok y hacia arriba para que llegue a todos los lugares”. Influencers de Antioquia, de Bogotá, congresistas, gente del común, todos publican en colaboración con la cuenta de Cepeda. “Tú ves a Cepeda todo el tiempo publicando dobles imágenes con todos los influencers que le quieren compartir. Si te metes al Instagram de Paloma o de Abelardo no las tienen. Acá todos hablamos por Cepeda”.

Igualmente, esa contención tampoco es absoluta: “El hecho de que no vaya a los debates, que utilice el papel, no quiere decir que en otros lados y en redes no aparezca con ciertas formas tradicionales de política: tirar el ataque, irse un poquito con la viralidad. Hay de lado y lado”  dice Catalina Uribe.

La contienda electoral parece construir una doble campaña. Lo que se muestra en redes no es exactamente lo mismo que lo que ocurre en plaza pública. Garzón-Velandia y García lo identifican así: en digital también hay emoción, solo que activada de otra manera. “Está mostrando un reconocimiento colectivo, procesos de escucha directa. Eso puede generar emociones menos instantáneas, pero que llevan a procesos más reflexivos y a experiencias compartidas”. 

Pero en relación a conseguir votos si existe un riesgo que un tono moderado en exceso pierda capacidad de movilización, sobre todo en el terreno digital donde esa intensidad es el pan de cada día. También Omar Rincon lo refuerza: “Él ha decidido hablarle solamente a su electorado. No sé si pueda ganar electores hacia afuera.”


A pocos días de la votación, la pregunta sigue abierta. Si Cepeda gana en primera vuelta, la respuesta será obvia “Colombia necesitaba tomarse el tiempo de escuchar a alguien leyendo un papel”. 

Si no, la historia se decidirá en una segunda vuelta con uno de los candidatos decidido a leer.

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Ana Sofía Lozano


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