Tanquetas a control remoto: los problemas del último invento del Esmad

La Policía Nacional ya tiene aprobación para implementar tanqueta sin tripulantes que será controlada remotamente. La tanqueta, que costará 600 millones de pesos cada una, plantea nuevos problemas en la ya problemática relación del Esmad con los manifestantes.

Tania Tapia Jáuregui

21.07.2020

El pasado 11 de julio, El Tiempo reveló que en los próximos meses el Esmad implementaría una nueva tanqueta que podría ser controlada remotamente. El diseño de la nueva tanqueta, que ya obtuvo aprobación de la Superintendencia de Industria y Comercio, incluye cañones de agua y gas y la capacidad de tumbar barricadas y de lanzar granadas aturdidoras sin tener a nadie en su interior. Cada una tendría un valor de 600 millones de pesos y sería un poco más pequeña que las tanquetas actuales.

Según un documento al que El Tiempo tuvo acceso, estas nuevas tanquetas están pensadas para garantizar la protección de los agentes del Esmad que “se ven expuestos a ataques en marchas, revueltas o exhibiciones públicas”. El coronel retirado y consultor internacional en seguridad John Marulanda le dijo a ese diario que ningún Estado puede darle la espalda a los avances tecnológicos y que las nuevas tanquetas requerirían nuevos protocolos “para que haya responsabilidad de mando en caso de que se presente algún inconveniente o abuso”.

Esta tecnología plantea nuevos problemas que se suman al cuestionado actuar del Esmad. Además, se da en medio de una investigación de la Procuraduría a la Policía por irregularidades en la compra de tanquetas y carros blindados: el 76 % de los contratos se ha quedado en manos de dos firmas en las que trabajan expolicías que se encargaban de los procesos de compra en la institución.

“Yo creo que puede haber muchos más Dilan Cruz”, dice Adam Isacson, Director de Veeduría de Defensa de WOLA (Washington Office on Latin America), una organización estadounidense de derechos humanos y experto en estrategias militares y de seguridad de Estados Unidos en el exterior. Para Isacson, las nuevas tanquetas implicarían una menor conciencia del entorno por parte del agente que la maneje, lo que haría mucho más difuso saber con certeza que no va a cometer un abuso de derechos humanos. “Los manifestantes podrían dañar algunos de los sensores de la tanqueta y un policía medio ciego no debe estar disparando. Ese policía no sabe con exactitud si va a activar un arma como una bomba aturdidora con demasiada cercanía a alguien”, afirma.

La policía, por su parte, aseguró que la tanqueta no utilizaría el arma con la que fue asesinado Dilan Cruz, es decir proyectiles de bean bags, pero sí tendría las otras armas de baja letalidad que ya usa el Esmad. Para Isacson eso no es una garantía de seguridad, y cita los ejemplos de las personas que han sido asesinadas por golpes con contenedores de gases lacrimógenos. “Y si con la tanqueta están tumbando barricadas también fácilmente pueden arrollar a una persona”.

“No nos engañemos. La única forma de matar a una persona no es un tiro en la cabeza”, agrega James Cavallaro, profesor de en la Escuela de Derecho de la Universidad de Yale y expresidente de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. “Yo puedo tener un cuchillo y decir que es para cortar tomates y que por eso no es letal. Es como decidir con el nombre lo que es letal y no letal”.

Para él, cualquier máquina capaz de tumbar una barricada puede atropellar a una persona y el agua también puede causar daños. Además, considera que el argumento de que sus armas no son letales es un pésimo argumento, aunque no sea una fuerza letal la policía no tiene por qué estar atacando y agrediendo a la población por ejercer sus derechos. “Entonces si te patean los dientes y tú reclamas la mejor respuesta es: ‘pero no te maté’. No es muy convincente”, dice.

Es más seguro para los policías, eso es cierto, pero no he visto muchos casos de policías dentro de tanquetas sufriendo daños.

Cavallaro también dice que remover al agente policial del terreno puede incluso exacerbar la violencia. Explica que si un agente en la calle golpea a un manifestante, es posible que otros manifestantes actúen para impedir la agresión, a veces incluso con violencia, y esa posibilidad hace que los agentes policiales se autolimiten. Al actuar de forma remota esa posibilidad se anula. “Puede haber gente que malinterprete esto, como no querer que la policía esté protegida, pero lo importante es que el agente esté en lo local para ver lo que está pasando y pueda responder y que el hecho de correr algún riesgo por estar expuesto limite su abuso de la fuerza”, dice.

Isacson, por su parte, no justifica que esta nueva tanqueta sea una garantía para la protección de los agentes del Esmad. 

“Es más seguro para los policías, eso es cierto, pero no he visto muchos casos de policías dentro de tanquetas sufriendo daños. Por otra parte, en términos de riesgo, al no saber lo que está pasando con exactitud en el terreno esta tanqueta podría escalar cualquier situación. El desescalamiento debe ser el objetivo: la manera de comunicarse, verse la cara y tratar de distencionar una situación. Un robot no es capaz de hacer eso”, comenta.

 

Ya ha pasado con los drones

La propuesta de la nueva tanqueta remite al uso de tecnologías de ataque y vigilancia de control remoto cuya cara más visible han sido los drones estadounidenses. Particularmente en el gobierno de Barack Obama hubo un aumento del uso de drones armados que llevaban a cabo ataques en países como Afganistán mientras eran controlados por militares a las afueras de Las Vegas. Desde entonces, el uso de ese tipo de tecnología, que tanto Isacson como Cavallaro ven como una forma de poner la interacción entre las partes como si se tratara de un videojuego, no ha dejado de crecer en el mundo: actualmente el gobierno estadounidense vigila la frontera con México con drones “predator” y, según Adam Isacson, son varias las compañías israelitas que están construyendo drones más baratos y con menos controles de venta.

No debería compararse una fuerza antimotines como el Esmad con lo que hace un Ejército en el contexto de una guerra. Sin embargo, dice Cavallaro, la actitud ofensiva con la que se ataca la protesta social pone la conversación en ese lugar: “la lógica suele ser una lógica de represión y de no facilitar la manifestación. Desafortunadamente muchos Estados ven a la policía como los suyos y a los manifestantes como los otros. Eso es totalmente contrario a la lógica de los derechos humanos y de la buena gobernanza”, asegura.

Agrega que otro factor preocupante sobre el uso remoto de tecnologías de ataque es su nula regulación internacional. A diferencia de otro tipo de armas, como las químicas y biológicas, no hay acuerdos internacionales que regulen el uso de drones armados y de otro tipo de tecnologías de uso remoto como las tanquetas propuestas por la Policía. Tampoco a los drones de vigilancia, una tecnología que se usa al interior de Estados Unidos para hacer reconocimiento aéreo con cámaras e interceptar comunicaciones.

“Esos drones son una gran preocupación para los derechos y las libertades civiles. Una cara que es reconocida como alguien que participó en una manifestación, aunque sea pacíficamente, puede sufrir retribuciones en el futuro”, asegura Adam Isacson, quien no descarta que las nuevas tanquetas del Esmad puedan ser usadas de forma similar. “Si las tanquetas están cubiertas de cámaras o equipos de escucha, por supuesto que estarían metiendo mucha información a los bancos de datos de la Fuerza Pública y no sabemos qué se hace luego con esa información”.

Lo más probable es que sea un proceso más oculto que lo que pasa en la calle cuando hay 15 testigos que identifican que el agente tal fue el que golpeó a la muchacha tal.

Y para completar, no deja de causar sospecha que justo después de la discusión sobre las responsabilidades particulares de los agentes del Esmad, como el que disparó contra Dilan Cruz, la Policía proponga sacar a los agentes del terreno, lo que vuelve la cuestión de la responsabilidad en un posible abuso más borrosa. Frente una tanqueta vacía no hay posibilidad de identificar al agente que tenga el control del vehículo.

“Con una tanqueta que tiene cámaras, teóricamente podría haber transparencia porque habría una grabación de cada abuso y de maniobra. Pero es poco probable que las autoridades acepten esas obligaciones de transparencia y que informen al público sobre esas decisiones. Lo más probable es que sea un proceso más oculto que lo que pasa en la calle cuando hay 15 testigos que identifican que el agente tal fue el que golpeó a la muchacha tal”, asegura James Cavallaro.

 

Un retroceso

En definitiva, tanto James Cavallaro como Adam Isacson califican la eventual implementación de este tipo de tanquetas como un retroceso en la garantía de los derechos humanos y de los derechos civiles de las comunidades que protestan. Los dos ven un tipo de tecnología que tendría más potencial de escalar la violencia, de difuminar la responsabilidad de quienes la usan y de hacer más daño, en lugar de garantizar una acción más favorable de parte de las fuerza policiales.

“La experiencia con las protestas del año pasado demostró la importancia de la comunicación y de desescalar gradualmente la protesta y hacer las cinco etapas que propuso Claudia López. Esto parece ignorar todo eso. Parecen estar pensando en las situaciones más extremas, pero la historia del Esmad nos enseña que no esperan a las situaciones más extremas para usar tácticas como esta”, asegura Isacson.

Incluso, dice, la decisión parece tener algo de torpeza, una torpeza que incluso se puede tornar aún más peligrosa: “Al ser tanquetas que no tienen a nadie adentro, el que quiera pararse encima podría hacerlo, incluso los manifestantes, que podrían dañarles los censores. Entonces el policía medio ciego no sabe exactamente qué está pasando en su entorno”. Y menciona otro escenario previsible que podría revelar la cantidad de dinero que la Policía tendría que invertir en el mantenimiento de las nuevas tanquetas: “en Estados Unidos a esas tanquetas las cubrirían de graffitis en 10 segundos”.

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