Porque olvidar es morir

Una buena parte de la memoria del conflicto armado está fuera de los informes gubernamentales, las comisiones de verdad y los veloces retratos de la prensa. Nuevas formas de narrar el dolor se abren paso.

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Alejandra París

05.09.2013

Una niña de aproximadamente seis años, con pelo liso  y un flequillo, camina descalza mientras carga en su espalda lo que parece ser una mochila. Lleva unos pantalones cortos y una camiseta manchada de barro. Detrás de ella un señor con la camisa abierta, lleva a cuestas una nevera. Aunque parezca la descripción de una película, es una imagen que exhibe la realidad del desplazamiento causado por el conflicto armado colombiano. La foto fue tomada por el fotógrafo Jesús Abad Colorado en enero de 2003 tras una masacre del grupo guerrillero FARC en el municipio de San Carlos, Antioquia. Según Verdad Abierta, entre el 2001 y el 2004 hubo cerca de 33 masacres en Colombia de las cuales “los paramilitares cometieron 23, mataron a 206 personas y desaparecieron a 42”. Detrás de la niña de pantalones cortos y el hombre de la foto se vislumbra un personaje en camuflado y armado, corriendo por unos matorrales. Más atrás se puede ver un miembro del ejército con su arma delante de lo que parece ser una volqueta.

Esta imagen hace parte de la Exposición Itinerante de Imágenes para la memoria compuesta por 162 fotos tomadas por el fotógrafo paisa Jesús Abad Colorado. La exposición organizada por el Centro de Memoria Histórica tiene el propósito de preservar los relatos personales y colectivos de familiares y sobrevivientes del conflicto. De esta misma forma, buscan preservar la memoria de personas y comunidades que se resisten a la guerra y sueñan con  un futuro en un país en paz. María José Pizarro, hija de Carlos Pizarro, líder del M-19  asesinado por órdenes de las Autodefensas Unidas de Colombia en 1990,  afirma que, por medio del arte, la memoria llega a un perfil público, pues las imágenes, la música y los documentales logran comunicar mejor ciertas vivencias, de lo que puede lograr un informe de ochocientas páginas.

La memoria expresada de manera cultural es parte de la resignificación de las víctimas, y es una forma de expresión innata, dice Juan Carlos Posada, director del Museo Nacional de la Memoria, comisionado en el 2011 por el gobierno para restablecer la dignidad de las víctimas y difundir su tragedia.

Una de esas formas culturales – e inesperadas- de preservación de la memoria del conflicto es la música. “Cada historia es en su honor, cada paso que damos no es en vano, por la memoria de los que como Kolacho no están, C15 sigue parchado”, -dice Jeihhco– en una de las descripciones de su agrupación musical de hip hop, dedicada a plasmar en la música las huellas de su historia con la criminalidad y la violencia en Colombia. Este es un grupo de personas que por medio de la expresión musical buscan hacer memoria para lograr la paz, autodenominándose C15. El nombre inspirando en el avión de guerra Caza 15, el cual fue construido por los españoles durante la Segunda Guerra Mundial, pero que debido a la tardanza en su construcción, “llegó tarde a la guerra” y fue utilizado para rescatar y ayudar a los heridos cuando ésta finalizó. Al igual que este avión, estos jóvenes nacieron y crecieron en medio de la guerra, en las calles de la comuna 13 de Medellín, un barrio cuyo nombre suele ser asociado con criminalidad y violencia y es reconocido como la faceta urbana del conflicto armado.

La agrupación nació en el 2004 por iniciativa de Juda, Nerak y Kolacho, un tiempo después se integraron 2-Jotas y Jeihhco con el fin de cantar y expresarse en contra de la guerra para lograr la paz. En el año 2009 Kolacho es asesinado en la Comuna 13, y desde entonces la agrupación está conformada por los otros cuatro personajes que cantan y hacen música con frases que claman “es la prosa marginal de los que no se han escuchado” y expresan sus sentimientos “para evitar la locura”, porque según ellos el pensamiento es inmortal y deben plasmarlo en sus letras para avanzar en el camino hacia la paz y la preservación de la memoria de los que alguna vez estuvieron. Su música -dice Jeihhco-, fue inicialmente concebida para caber en aquellos corazones desprevenidos y afables que gozan de la música sin ataduras y sin ortodoxias; como una forma de sobrevivir al tiempo.

Según Jeihhco la música es una forma de hacer crónica, de potenciar y de hacer visible lo que nadie quiere saber. Para él  todas las creaciones artísticas, como la música, deben transformar por lo menos la vida de quien la interpreta. Las canciones de C15 cuentan historias que esperan que no se repitan, pero que tampoco se olviden.

“Me llena de nostalgia tantos amigos que murieron aquí, son tantos dolores que hay dentro de uno, que uno no lo resiste a veces, pero este dolor que toditos sentimos, no sea para olvidarlos, sino para llevarlos y honrarlos como los buenos amigos que siempre fueron y como aquellas personas que no merecieron morir”, dice con voz quebrada Abimael Hernández en la recopilación Las Voces de El Salado, un proyecto que recoge poemas canciones y relatos que narran la vida del El Salado, la comunidad que fue masacrada  en febrero de 2000 a manos de las Autodefensas Unidas de Colombia, acusándolos de ser colaboradores de las FARC.  De esta forma luchan contra el dolor y la impunidad, pues, como dice uno de los poemas, “olvidar es morir”.

“Sabemos que la memoria para esta comunidad es una de las cosas fundamentales, ya que con todo lo que hemos pasado en este pueblo no podemos olvidarnos de una memoria, de un presente y que de lo que aquí pasó. ¿Vamos a echarlo al olvido? ¡No! Eso es nosotros reconstruir nuestra memoria, porque si nosotros reconstruimos nuestra memoria podemos divulgarlo”, dice Eneida Narvaez, líder comunitaria y Presidenta de la Asociación de Desplazados de El Salado-Bolivar en una de sus canciones que denominó Nuestra Memoria.

Además, el propósito de este tipo de proyectos que buscan preservar la memoria es hacer un llamado a toda la sociedad y hacerle saber lo que en realidad pasó. En la canción El Retorno, dicen “si no tenemos profesores nuestros hijos se van a quedar brutos”, pues si nadie retorna a El Salado, no será posible seguir adelante.

“El arte redefine el concepto de víctima, pues buscan dejar de serlo y convertirse en sujetos políticos”, dice María José Pizarro. “Es decir, por medio de las expresiones artísticas las víctimas dejan de ser víctimas y se convierten en sobrevivientes”.

***

Once ratones blancos que trabajan en el Palacio de Justicia son atemorizados por la aparición de unas aves negras y una criatura que cambia de forma entre perro, gato y cerdo. Es un cómic silente y anti bélico, que en forma de ficción busca interpretar los hechos ocurridos durante el holocausto del Palacio de Justicia, el 6 de noviembre de 1985. Los Once nace como una herramienta creativa para tratar temas históricos que, según Miguel Jiménez, uno de los tres creadores artísticos de esta iniciativa, deben contarse a las generaciones que no lo vivieron.  En su aplicación de internet dice que Los Once es “una novela en miniatura de enormes proporciones, como un cuento sin hadas”.

Los Once está siendo financiado con la ayuda de herramientas de ‘crowdfunding’, es decir a través de micro-donaciones de ciudadanos del común a través de un plataforma digital.  Aunque no han publicado el libro completo, desarrollaron una aplicación por internet, la cual puede ser descargada desde App Store o Play Store, llegando a un público diferente al que suele conocer sobre la memoria.

Los Once explora la capacidad de usar nuevas tecnologías para difundir proyectos relacionados con la memoria histórica y llevar el mensaje lo más lejos posible. Quienes usan estas herramientas creen que con ellas logran involucrar a personas que de otra manera no se acercarían a estos temas.

Cuando algunos de los ratones logran salir por las tuberías y llegar a un aparato que parece ser un radio, esperan con caras ansiosas noticias sobre lo sucedido. Sin embargo, solamente aparece la palabra gol, y sus caras cambian de esperanza a desconcierto y temor. Mientras los otros ratones intentan escapar por las tuberías, aparece un continuará…

***

 Sin embargo, también se encuentran imágenes sobre la dignificación de las víctimas.

Ana Felicia Velásquez es la protagonista en una fotografía en la cual aparece sentada sobre un muro pequeño de lo que aparentan ser las restantes cuatro paredes de lo que alguna vez fue una casa. El piso es sólo tierra con hojas secas, los muros son cafés con manchas negras, y por las ventanas que no son más que huecos se percibe lo que podría ser una casa en el mismo estado. Ana Felicia además de estar sentada, tiene los brazos cruzados y viste unos pantalones negros, una camiseta ancha y blanca, y una pañoleta azul clara.

Esta imagen -también parte de la Exposición Itinerante organizada por el Centro de Memoria- es otro recuerdo de lo que pasó entre el 10 y el 11 de marzo del año 2000: los paramilitares llegaron a Mampuján, Bolivar, asesinaron a doce campesinos y obligaron a la población a abandonar el pueblo. Ana Felicia observa una mesa pequeña con un mantel de flores azules, verdes, rosadas y amarillas, adornado con un florero con hojas verdes y flores fucsias. Lo único colorido en la imagen es esta mesa, el primer objeto que esta víctima llevó a su antigua casa para la conmemoración del décimo aniversario del desplazamiento.

“Levántate de las ruinas”, canta Edilma Cohen, una enfermera desplazada de El Salado en su canción Homenaje a mi pueblo, “sigue adelante, que tus hombres y mujeres sirvan de ejemplo a la sociedad, y vuelve a ser de nuevo aquel Salado pujante, agrícola y ganadero donde no existían rencores y todos vivíamos en paz. La paz que tanto anhelamos los colombianos, no más niños mutilados no más secuestros en la nación, no más odios ni rencores si todos somos hermanos, que germine la semilla de la reconciliación”.

*Alejandra París es estudiante de Ciencia Política. Esta nota fue realizada en la clase Contar historias de la ciencia de la Opción en periodismo de la Universidad de los Andes. 

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