Cerosetenta cumple quince años. Y una manera de celebrar es también volver a las personas que han hecho este medio, porque ¿qué es un medio sino la gente que circula y trabaja en su sala de redacción?
Por eso golpeamos en la puerta de algunas de las personas que fueron claves para la construcción de esta revista, de sus agendas y de su mirada.
Estos son 15 testimonios de excerosetentxs sobre cómo este medio de comunicación contribuyó en su formación personal y laboral.
Forjado en caliente
Si algo no aprendí en Cerosetenta fue a escribir corto ni a seguir instrucciones.
Me pidieron un par de párrafos sobre lo que aprendí en los 10 años que estuve en la revista. Pero me salieron más.
Y digo: desde que llegué no hice caso. Yo venía de trabajar en el ya zombi y moribundo mundo de las revistas impresas y llegué a una revista digital en la que el papel no costaba y podía escribir lo que quisiera. Cerosetenta, entonces, se proponía como un blog para publicar las mejores historias que salían de las clases de periodismo de Los Andes. Así, tan simple pero tan revolucionario, se lo habían imaginado los profesores del CEPER (ahora Narrativas Digitales), y miren a dónde tantas generaciones de cerosetentxs la han traído.
Ahí, desde el primer día, hice lo que me dio la gana y lo que no: edité, dirigí, hice ilustraciones y videos.
En Cerosetenta, de entrada, aprendí que las mejores ideas son las que se escapan de la mesa de su dibujante: que hay proyectos que, más que dejarse moldear, agarran las manos de quienes hemos querido controlarlos y nos obligan a dejarles crecer de manera violenta y amorfa.
Aprendí también algo fundamental de Cristian Alarcón —director de Anfibia, la revista hermana de Cerosetenta— durante el momento más crítico que vivimos: noviembre de 2019. Acabábamos de ser víctimas de un ataque cibernético que tiró la página al suelo digital y la Policía había intentado censurar una de nuestras notas más importantes, con una presión que nos hizo temer lo peor. Nos pensamos chuzadxs, perseguidxs. Para rematar, estaba por empezar un paro nacional que se extendería por más de un mes y cuyo peso en la historia de Cerosetenta jamás imaginamos.
Recuerdo que llamé a Cristian —una suerte de consejero espiritual de la revista— y le dije que teníamos miedo: que al día siguiente tenía que salir a defender, en todos los medios del país, a la revista de las persecuciones del Estado. Fue entonces cuando me dijo la frase, que a él mismo se la había dicho alguien más en otro momento de dudas: que el periodismo, el buen periodismo, es como el acero: se forja en caliente.
Aprendí que la mejor manera de hacer periodismo es rodearte de las personas más inteligentes y creativas que tú, y ayudarles a hacer bien lo que se les diera la gana.
Aprendí que al periodismo es mejor romperlo antes de que se deshaga solo. Que sus bordes deben ser porosos, orgánicos, que suden. Que derrapen en fluido. Que no son nunca filosos ni cortopunzantes, sino los contornos blandos de piezas moldeables que hay que manosear, irrespetar, estirar hasta que vuelvan a tener sentido.
Aprendí que no hay nada más tonto en este oficio que pensarse solo, y que crecer significaba entendernos como parte de un ecosistema de medios independientes que, hace 15 años, apenas empezaba a nombrarse como tal. Reconocernos parte de ese movimiento fue clave para traer a Cerosetenta hasta donde ha llegado.
Aprendí, también, la tristeza de dejar un proyecto al que amas: a vivir con la pregunta abierta y eterna de si todo acabó demasiado pronto, de si quedaban aún cosas por hacer. Síntomas clásicos de quienes hemos sentido la famosísima Cerosetentusa, de la que es difícil salir —si es que, en algún caso, es algo de lo que se sale.
Pero aprendí, sobre todo, la dicha de ver a este proyecto cambiar en manos de otrxs: transformarse en todo lo que uno no llegó a soñar, y dejarse sorprender por el talento de otros equipos brillantes y rebeldes jugando con lo que uno alguna vez jugó. Así que, además de estar profundamente agradecido de haber estado 10 años en esta revista, agradezco también llevar ya cinco siendo testigo foráneo de todo lo que Cerosetenta es capaz de ser, y cómo eso es una manifestación hermosa de quiénes han estado sentadxs en ese vagón de tren que alguna vez quedó empotrado en una montaña de Bogotá.
Alejandro Gómez Dugand, exdirector de Cerosetenta
Levantarse con gusto
Cerosetenta me enseñó que ni el periodismo ni el oficio de hacerlo tienen que ser aburridos. Fueron casi cinco años en los que me levanté con gusto para ir a trabajar y, sobre todo, para trabajar con otrxs, porque Cerosetenta tiene la magia de convertir las ideas individuales en colectivas, para que se salgan de sus márgenes y se hagan realidad. Lo logra porque apuesta por el potencial creativo de la diferencia: es una sala de redacción flexible que se adapta a las circunstancias y que reúne a personas distintas para que crear nunca pierda el asombro. Nunca cambies, Cerosetenta.
Natalia Arenas, exdirectora de Cerosetenta
Tan buena como su gente
Viví cinco años en el vagón, atravesados por la pandemia, el paro nacional y los altibajos de una redacción que se hizo y deshizo.
Cerosetenta es el único ex tóxico que quiero tener. Ahí aprendí a querer el periodismo y dejar que el periodismo (y el trabajo, y la labor constante de hacer, y el trasnocho y las decepciones y toda su toxicidad como oficio) me quiera de regreso.
En Cerosetenta aprendí que una redacción es sólo tan buena como su gente, que no hay dicha más grande que trabajar con mujeres que admiro, que la curiosidad pesa más que el talento, que nadie nace aprendido, que la escritura es una práctica, que la valentía es necesaria para contar historias, que es posible que tu jefe se vuelva tu mejor amigo, que es mejor contar esas historias bien acompañada. Y que la periodista se puede ir del vagón, pero el vagón siempre será parte de la periodista.
Goldy Levy, exdirectora de 070 Podcasts
Periodismo emocional y coqueteo con el arte
Hubo dos puertas que se me abrieron en mi paso por Cerosetenta sobre las maneras de hacer periodismo y que hacen parte de mi visión para el periodismo del futuro.
Una es una reportería emocional, o periodismo de los afectos, que surgió en la época de pandemia y confinamientos y que buscaba considerar y tramitar lo que se estaba agitando internamente en nosotrxs: la ansiedad, el miedo, los amores, los desencuentros. Usar mis propios registros emocionales y los de otrxs que me compartían. Fue una forma de reportear la coyuntura desde una dimensión interna y subjetiva, tan valiosa como los hechos materiales que sucedían entre vacunas, precariedades y muertes. Siento que poder hacer una serie de notas desde ese enfoque fue posible gracias a la idea expandida de lo que es periodismo para Cerosetenta, en la que los temas de salud mental y emocional son transversales.
La segunda tiene que ver con la amplitud de los formatos y con el coqueteo con el arte y la performatividad. Cerosetenta fue un espacio en el que pude explorar cómo se veía sacar al periodismo de sus formas clásicas y llevarlo a otras disposiciones espaciales, gráficas y colectivas. La exposición Ritmos de la intuición en 2023 fue un espacio importante para mí y para quienes hacíamos parte del equipo entonces para jugar y reinterpretar las piezas que ya existían y pensarlas para los cuerpos en movimiento, junto a nuevas conversaciones y espacios de creación de les asistentes. El encuentro entre el periodismo y las formas que se acercan al arte y a lo performático es un interés radical en mi visión del periodismo del futuro.
Tania Tapia Jáuregui, exeditora de Cerosetenta
La curiosidad ciudadana
Cerosetenta me enseñó a desconfiar de la solemnidad. Allí pude cuestionar esa costumbre periodística de poner el micrófono a quien ocupa un cargo de poder antes que a quien tiene conocimiento. Comprobé que la fuente “oficial” no siempre tiene la verdad y que escuchar a una fuente académica puede convertirse en un curso intensivo sobre su obsesión o en un consejo práctico para mirar el presente y habitarlo.
En Cerosetenta aprendí a investigar lo complejo con curiosidad ciudadana y a mirar lo “pueril” con rigor periodístico. Que para escribir un perfil podía seguir una columna vertebral y que, para hablar de la inoperancia y la corrupción estatal, podía sujetarme de una superstición popular. Que una historia podía pedir veinte minutos de atención sin que eso fuera un exceso y que un equipo podía trabajar con estándares altísimos mientras la creatividad y el humor habitaban la sala de redacción.
Ahora que cumple quince años, lo que más celebro de Cerosetenta es justamente su impetuosidad adolescente: seguir probando formatos, desobedeciendo estructuras y preguntándose qué más puede ser una historia. Ser un laboratorio es una respuesta clara a cómo hacer un “periodismo nuevo”, sobre todo en un oficio que a veces se aferra demasiado a sus propias fórmulas.
Manuela Saldarriaga H., exreportera de Cerosetenta
La mejor versión
De Cerosetenta aprendí que un trabajo solo se disfruta si se siente como un hogar. Un hogar en el que llegan y se van personas que vas a seguir teniendo presente en tu vida. Tuve la inmensa fortuna de pasar los mejores años que tuve como periodista rodeado de personas que se convirtieron en familia. Cerosetenta podcasts seguirá siendo un amor insuperable y, que gracias a muchas personas que lo construimos juntxs, hizo parte de una de las etapas más memorables del podcast en Colombia.
Aprendí lo valioso que es tener buenos jefes, buenas guías, personas que buscan tu mejor versión y que van a creer en ti cuando ni tú mismo lo puede hacer. Aprendí lo importante que es tomar riesgos en el periodismo, sentirse como en un barco pirata navegando a la siguiente aventura, sentirse infinitos. Y, tal vez la lección más valiosa, aprendí la importancia de tener un equipo con el que puedes luchar las peleas más difíciles.
Cerosetenta seguirá muchos años más, y seguirá por personas como las que están hoy en día liderándolo. Porque siempre va a haber personas en esa revista que crean en lo que de verdad significa periodismo independiente, y, como dirían Alejandro y Natalia: forjado en caliente.
Sebastián Payán, exeditor de 070 Podcasts
Soy periodista por culpa de Cerosetenta
No sé por qué ni para qué me embarqué en esto del periodismo, si esto del periodismo parece que no va para ningún lado. Me lo pregunto a menudo. La respuesta aburrida es la de siempre: ¡Por la democracia y por los derechos!, clamo en mi desierto interior. Doy vueltas en la cama, con las cobijas enrolladas en el alma y, agotado, sudando, llego por fin a la verdad brutal: soy periodista por culpa de la gente de Cerosetenta. Pescadores de periodistas, me mandaron el anzuelo que sabían que iba a funcionar: el periodismo es una gran manera de conocer el mundo. ¿Cómo? Fácil: mirando. Bueno, no tan fácil: mirando bien. «Tengo ojos / no puntos de vista», escribió el poeta venezolano Rafael Cadenas. En Cerosetenta me enseñaron a tener ojos: a mirar con la sola alegría de mirar y por la sola alegría de mirar. Luego ya uno veía qué hacer con lo que había mirado (empezaba la guerra de trincheras, renglón a renglón, con el editor).
La obstinación de la mirada la aprendí aquí, en este medio de nombre aritméticamente raro, escribiendo sobre Fabiola Lalinde, una mamá que durante 4428 días, libreta en mano, buscó al hijo que le desapareció el Ejército: «persistir y joder como un sirirí», decía ella. Yo me digo que hay que tener ojos de sirirí. Cuenta el escritor V. S. Naipaul que solo a principios del siglo XVIII, más de doscientos años después de poner el pie en América vestidos de hierro, los invasores se dieron cuenta de que hacía calor en las costas del Caribe y frío en las montañas de Los Andes. Tenían el ojo dormido. Les faltó pasar por Cerosetenta.
Tomás Uprimny, exreportero de Cerosetenta
Periodismo feminista
Quiero hablar de lo que aprendí de Cerosetenta para la vida, más allá de lo que Cerosetenta me enseñó del oficio periodístico Hoy ya no hago periodismo. Y aunque ahí aprendí a hacer un periodismo independiente, con otro foco, de pausas y de análisis más que de noticia, creo que en mi paso por Cerosetenta aprendí con qué lentes tenía ganas de mirar el mundo .
Aprendí a pensarme, a sentirme y, sobre todo, a ser feminista. Ahí entendí que no se podía (o que yo no quería) pensar el periodismo sin la pregunta por el género: ni una entrevista, ni una reportería, ni un artículo. Me incomodé y me cuestioné desde Cerosetenta porque el 8 de marzo de 2017 las redes me mostraban a miles de mujeres en la calle en muchos países de América Latina. En Colombia no estábamos nosotras en la calle y yo estaba sentada en el escritorio. No digo que acá no existiera esa lucha; es que se sentía como que todavía no nos habíamos subido a la cuarta ola. Y fue desde Cerosetenta que yo me subí a esa ola.
Aprendí también que vale la pena meterse de cabeza en las intuiciones propias: defender las ideas, sembrar la semilla, regarla y aceptar que está bien que sean otrxs quienes la vean florecer. En Cerosetenta metí mi agenda (la movilización social y el cubrimiento exhaustivo de la agenda de género) y fui feliz de ver que otras personas la continuaron y la convirtieron en uno de los diferenciadores de la revista. Es lindo saber que vale la pena hacer un trabajo que marque una diferencia, incluso si son otrxs los que lo siguen.
Y aprendí a valorar los espacios donde la experimentación es posible. El equipo, mi equipo de Cerosetenta, fue uno que tuvo ganas y se dio la licencia de probar fórmulas, fallar, reinventarse e ir tanteando y encontrando un camino, muy propio y muy nuestro. Muy nuestro, de mis colegas que fueron y son mis amigas y mis amigos. En Cerosetenta, sobre todo, aprendí de ellas y de ellos.
Estefanía Avella Bermúdez, exreportera de Cerosetenta
El trabajo que perdura
Que las mejores ideas nunca son completamente individuales; siempre nacen de conversaciones, afectos y personas que creen en ellas tanto como tú.
Que las oportunidades más importantes casi siempre llegan de la mano de alguien que confía en ti.
Que el talento encuentra su mejor versión cuando deja de buscar únicamente reconocimiento y se pone al servicio de algo más grande.
Que los recuerdos que realmente permanecen no son los premios ni los grandes proyectos, sino un tinto compartido, una canción sonando en la oficina, una conversación o una palabra de aliento en el momento indicado.
Y quizás la más importante: que el mejor trabajo no es el que depende de quien lo hizo, sino el que puede seguir viviendo sin él. La dirección de arte que construí para Cerosetenta siempre la imaginé así: como una identidad capaz de perdurar, de seguir contando historias y de sostener al medio más allá de mi presencia. Me alegra verla seguir creciendo y mantenerse a la altura de un contenido editorial que siempre admiré.
Nefazta, exdiseñadora gráfica de Cerosetenta
La búsqueda de la belleza
Cuando llegué a Cerosetenta, en marzo de 2022, yo venía de varios años de trabajo en prensa escrita. Lo mío era entonces y sigue siendo escribir, pero en Cerosetenta aprendí –entre otras cosas, aunque ahora quisiera quedarme con esta– que un texto o cualquier otro formato debe estar contenido en un empaque bonito. Es decir, que además de ser riguroso, justo y veraz, de tener información de calidad, de incluir fuentes diversas y todo lo que se le pide a una buena pieza periodística, su presentación –la tipografía, los colores, la diagramación, las fotos e ilustraciones– tienen que lograr que uno se sobresalte como ante cualquier otro artefacto bello. Esa belleza, el cuidado y la delicadeza con las formas, son esenciales en Cerosetenta y no se trata de un detalle menor ni banal. Por el contrario, dan ganas de leer una pieza así, hay una especie de acogida, de confianza. Ojalá el periodismo del futuro tenga en cuenta la belleza. Aún hoy, después de un par de años de haber salido de Cerosetenta, cada tanto entro a sus redes y me fijo en el arte de las notas y me sigue fascinando el rojo encendido del logo. Después, desde luego, las leo.
Lina Vargas Fonseca, exreportera de Cerosetenta
Animal mutante
Una de las enseñanzas más bonitas que me deja Cerosetenta es que hay que dejar que los proyectos tomen su personalidad, su forma, su estilo, que no hay que definir todo de antemano, sino dejar que el proyecto –en el periodismo, en lo audiovisual, en lo narrativo y en las agendas– vaya tomando su forma. Cerosetenta es un animal mutante que cada vez se hace distinto y se vuelve un espejo de la sociedad. Me enseñó que no hay que planificar tanto, que hay que poner el cuerpo, que hay que poner historias. Hay que poner estética de colores, formatos y dejar que todo pase.
Omar Rincón, figura tutelar de Cerosetenta
El futuro es la utopía
En Cerosetenta pasé cuatro años en los que me terminé de formar como periodista. Entendí el valor de la buena reportería, de contrastar fuentes, el valor de incomodarse, de buscar las historias de manera ética, de manera responsable y creo que ese debería ser el futuro del periodismo. Creo que muchas veces, cuando se habla de futuro estamos pensando en innovaciones, estamos pensando en tecnología, en inteligencia artificial y demás, pero cuando yo ejercía el periodismo de manera activa, no era un tema como lo es ahora.
Sin embargo, yo veo el futuro del periodismo ahí, en los valores fundamentales, lo que representa Cerosetenta como medio de comunicación, es que para hacer periodismo hay que salir a la calle, hacer las cosas de manera ética, buscar historias que tengan mucha carne y que tengan el poder de impactar y de detonar conversaciones importantes; y que el periodismo vuelva a ser este bastión contra la desinformación. En esta época de IA podríamos hablar de influencers, podríamos hablar de todo el auge de redes sociales, pero para mí, el futuro del periodismo es la utopía y la utopía es lo que representa Cerosetenta como medio de comunicación; un medio que nació en una universidad, con el espíritu del reportero clásico y que, sin duda, siento que es a donde debemos ir y donde ojalá las cosas se muevan, sobre todo en estos cuatro años jodidos que se nos vienen bajo un gobierno autoritario de ultraderecha.
Eduardo Santos Galeano, exeditor de audiencias de Cerosetenta
Ingenio, dedicación y trabajo
Cerosetenta fue mi primera escuela, porque aunque yo salí de la maestría del CEPER, en Cerosetenta aprendimos sobre la práctica, sobre entender bien todos los pormenores del periodismo, de lo que implica hacerlo y del periodismo investigativo riguroso y muy bien logrado. Yo vivo muy feliz y muy orgullosa de todo lo que logramos en el tiempo en el que estuve, porque siendo una apuesta tan académica y hecha sin los grandes recursos de otros medios, el ingenio, la dedicación y el trabajo que hace Cerosetenta es nada menos que excelentes. Para mí, es uno de los espacios que más he valorado en la vida, de los que más cosas continúo aplicando en metodología investigativa, en la forma, en las perspectivas y en la innovación. Y eso es algo por lo que voy a estar eternamente agradecida.
María Fernanda Fitzgerald, exreportera de Cerosetenta
La voz propia
La enseñanza que me dejó Cerosetenta fue la de siempre pensar el ángulo de una historia, como esa cámara que hace una toma desde el lugar más inesperado. Ir a las conversaciones en la mesa, a los debates del almuerzo, indagar en la intimidad de la duda con la amiga, con la hermana, con el amor. Tejer historias desde la voz propia, que significa muchas veces buscar aquello que toca las fibras más profundas del ser.
Ketlly Bautista, expracticante de Cerosetenta
Perder el miedo al entretenimiento
En diciembre de 2021 me llamaron un domingo por la noche para decirme que tenía que hacer un video para el otro día. Era una adaptación de una historia en la que Cerosetenta, Bellingcat y Forensic Architecture llevaban trabajando más de medio año. Yo no tuve a cargo el video principal de la investigación, eso lo hicieron en Londres (creo). Solo debía agarrar las imágenes de ese video, adaptarlas, grabar una locución y tener la pieza de Instagram lista para publicar a la mañana siguiente. Sin mucho chance de rehusarme hice mi trabajo, pero recuerdo que le dije a mis jefes que el video principal me parecía aburrido y pregunté si podíamos hacer algo. Me dijeron que no y, con resignación, me dediqué al día siguiente a revisar constantemente las métricas de desempeño. La pieza que faltaba en el caso de Lucas Villa sigue siendo, a la fecha, la investigación con más reproducciones en YouTube de Cerosetenta, pero siempre me ha quedado la pregunta de qué hubiera pasado si al video se le daba la misma importancia que a la investigación. ¿Habría tenido más impacto?
No puedo saberlo, pero las métricas de YouTube mostraban que la mayoría de personas abandonaron el video al poco tiempo de comenzar a verlo y nunca llegaron a los hallazgos. Eso me hizo entender que el periodismo no puede seguir asumiendo que la información y sus revelaciones son suficientes para dar una pelea que hace mucho tenemos perdida frente al entretenimiento. Y no es una pelea que debamos dar, pero Cerosetenta me enseñó que si queremos seguir habitando los mismos espacios que artistas, músicos, influenciadores o creadores de contenido y que la gente nos dé su tiempo, debemos perder el miedo a ser entretenidos. Para mí esto no significa que debamos estar atados al algoritmo y solo jugar con sus reglas, pero sí creo que si aprendemos a leer esos datos y a entender en dónde estamos fallando, el periodismo puede dejar de ser aburrido.
Diego Forero, experiodista audiovisual de Cerosetenta