Negociar con un hipopótamo: la vida cotidiana en Puerto Triunfo
En Puerto Triunfo se ha aprendido a convivir con los hipopótamos. Tras casi 40 años de relación con la especie, las comunidades coinciden en la importancia de ser incluidas en las decisiones sobre su manejo.
La semana pasada el país se conmovió con la noticia de que a por lo menos 80 hipopótamos se les daría la eutanasia, una decisión que vino desde el Ministerio de Ambiente. Esto revivió el debate que se lleva gestando por años, donde ambientalistas y animalistas se enfrentan tratando de exponer la solución más viable al futuro de la especie invasora.
La semana pasada, también, se llevó a cabo el foro “Futuros que nacen del diálogo” en la Universidad de los Andes, que reunió a diferentes voces expertas en este tema desde las comunidades, las entidades, la academia y los medios. El objetivo fue entablar un diálogo entre los actores para dejar a un lado la polarización que ha dominado esta discusión.
Entre las diferentes posturas que se presentaron, destacó la participación activa de miembros de algunas comunidades del Magdalena Medio que han aprendido a convivir con la especie.
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La discusión nacional que suele enmarcarse en términos técnicos o éticos del control de especies invasoras, la biodiversidad y el bienestar animal, ha sido una realidad cotidiana durante años en municipios como Doradal, Puerto Nare y Puerto Triunfo. Aquí, los hipopótamos no son una amenaza potencial ni un símbolo mediático, sino una presencia tangible con la que han tenido que negociar su vida diaria.
A orillas del Río Magdalena, en el municipio de Puerto Triunfo, Antioquia, hay una comunidad que ha tenido a los hipopótamos de vecinos por años. Los porteños se enfrentaron a estos animales mucho antes de que el Estado los considerara como un problema, o por lo menos, les prestara atención. Algunos habitantes incluso los han convertido en parte de su identidad local.
¿Qué opinan los habitantes de Puerto Triunfo de la eutanasia a los hipopótamos?
En Puerto Triunfo, la convivencia con los hipopótamos no es homogénea. En el municipio conviven posturas distintas y a veces, opuestas. Estos animales atraviesan el trabajo, la economía y la seguridad de quienes viven allí.
Los primeros en notar la presencia de los hipopótamos en la vida silvestre fueron los pescadores. “Como pescador entiende uno que es una especie grande y eso da temor. Y más con el rumor que se ha implementado en el territorio de que son muy agresivos” dice Yamit Díaz, pescador, líder local y director de Pesca Tour y Aventura, una agencia de turismo ecológico en Puerto Triunfo.
Con el tiempo, esa relación se volvió más práctica que temerosa. Los pescadores ajustaron sus rutinas para evitar encuentros, dejaron de salir de noche, que era un horario habitual antes de la llegada de los hipopótamos, y aprendieron a reconocer los lugares donde suelen permanecer. “Tenemos todo el día para pescar y de esa manera tratamos de evitar el contacto con ellos cuando estamos en la faena de pesca. Eso evita de pronto un accidente con ellos” dice Díaz.
Pero los cambios no han sido solo de adaptación. Para muchos pescadores y ganaderos, los hipopótamos interfieren directamente con su trabajo. En las fincas dañan cercas y alteran la dinámica del ganado, en el río, presentan un riesgo constante. Por eso, una parte importante de estos sectores está a favor de la medida de control letal anunciada por el Ministerio de Ambiente.
Los riesgos no son hipotéticos. En 2020, Luis Enrique Díaz, habitante de la vereda Estación Pita del municipio de Puerto Triunfo, fue atacado por un hipopótamo y quedó en cuidados intensivos. Desde entonces, su comunidad denuncia que no ha recibido indemnización y que las autoridades nunca intervinieron para investigar el caso. “Él tiene que responder por la mamá y por la familia. El hipopótamo casi lo mata, le quedó muy marcado en su cuerpo y nunca le dieron una pensión” dice Luz Damaris Luján, presidenta de la Junta de acción comunal de la vereda Estación Pita en Puerto Triunfo. Episodios como este refuerzan la percepción de que la convivencia tiene costos reales que no siempre son asumidos por el Estado.
Sin embargo, no toda relación con los hipopótamos está marcada por el conflicto. En paralelo, ha crecido una economía alrededor de ellos. El interés internacional, impulsado por la historia asociada a Pablo Escobar, los estudios ambientales y episodios mediáticos como la muerte del hipopótamo Pepe, han convertido al municipio en un punto de atracción para visitantes.
“Si en África hacen safaris con especies peligrosas, ¿por qué yo no lo puedo hacer acá?” Dice Yamit Díaz respecto a la práctica de los “safaris empíricos”, es decir, los recorridos ecoturísticos que están en auge en Puerto Triunfo. Aunque agencias como la suya no garantizan el avistamiento, la posibilidad de ver hipopótamos ha dinamizado la economía local, especialmente en un municipio con una tasa de informalidad del 49%. Para muchos, estos animales representan una fuente de ingresos, haciendo que haya un aprecio hacia ellos.
Pero su impacto no se limita a lo económico. Según Tania Galindo, directora de la Comisión Protectora de la Vida de los hipopótamos, la especie también ha entrado en la esfera cultural del municipio: aparecen en murales, se han convertido en imagen de restaurantes y hacen parte del imaginario cotidiano de los niños, que crecen viéndolos como una figura cercana. Más allá del debate ambiental, los hipopótamos se han ido integrando como un símbolo del territorio.
Esa cercanía también se refleja en contactos más directos, debido a que en el municipio hay personas que los han recibido en sus fincas desde pequeños y los han mantenido allí con el paso del tiempo, generando vínculos de cuidado y apego. Tras el anuncio de la eutanasia, varios habitantes reaccionaron con preocupación, manifestando su intención de llevarse a los animales a sus predios para evitar que sean sacrificados.
Desde sectores animalistas y turísticos, la eutanasia no es una opción aceptable. Defienden alternativas como la esterilización, la translocación o la creación de santuarios que ellos mismos están dispuestos a sostener en el territorio. Galindo califica la decisión como desalentadora, y defiende que viene de parte de un Estado que históricamente ha decidido resolver los problemas con violencia: “En mi territorio hemos sido siempre muy estigmatizados por el flagelo de la violencia, el paramilitarismo y el desplazamiento. Tener que ver que el Estado, que es el ente público, encuentre una solución y que sea prácticamente lo mismo que de una u otra manera nosotros estemos acostumbrados a tener que vivir acá, es muy doloroso”.
En medio de las diferentes posturas de los habitantes de Puerto Triunfo, hay un punto en común: las comunidades no quieren ser tratadas como espectadoras. Llevan cerca de 40 años lidiando con los hipopótamos, ajustando sus rutinas, resolviendo conflictos y construyendo formas propias de convivencia. Por eso, insisten en ser incluidas en las decisiones que vienen, como la participación en los monitoreos, las alternativas como los santuarios y el lugar activo en los espacios de discusión.
Las comunidades no son irreconciliables con las decisiones técnicas, pero sí reclaman que estas no se tomen de espaldas al territorio. En Puerto Triunfo no hay una sola postura frente a los hipopótamos, pero hay algo claro, han tenido que aprender a manejarlos a su manera, con las herramientas que tienen.