República de las palabras

Metáforas de la vida estudiantil

La primera vez que oí la metáfora según la cual los estudiantes son comparados con clientes o consumidores fue hace más de quince años, cuando comenzaba mi trabajo como profesora en Baruch College, la universidad de negocios dentro del sistema universitario público de ciudad de Nueva York.

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María Mercedes Andrade

18.09.2017

MM

En esa época se organizaba un evento llamado “Ejecutivos en el Campus”, en el cual se invitaba a gerentes de corporaciones radicadas en Nueva York a conversar con profesores sobre temas de mutuo interés. En aquella ocasión, el gerente de una compañía (confieso que no recuerdo cuál), un señor mayor muy convencido y seguro de sí mismo, nos dictó cátedra a los profesores de la Facultad de Artes y Ciencias y en su charla nos explicó que como profesores nuestro deber era satisfacer a los estudiantes, a quienes llamaba “customers”, y cómo para este fin debíamos ofrecerles algo que él llamó “Edutainment”, término híbrido de “education” y “entertainment” que nos pareció infame y que recibimos con indignación apenas contenida.

La metáfora del estudiante como consumidor o cliente no es nueva, pero ciertamente ha ganado peso en años recientes. Como señala Walter Mignolo, la “universidad corporativa”, cuyos inicios él ubica en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, ha logrado reducir la idea de educación superior a la de un entrenamiento para el trabajo. De esta manera es cada vez más frecuente que las discusiones sobre el valor y el sentido de la educación universitaria se planteen en términos de si esta proporciona o no herramientas útiles para el mundo laboral, y si de esta manera justifica o no su costo. Se sobreentiende que la pregunta sobre si “vale la pena” acceder a la universidad estaría planteada en términos monetarios. Esta reducción de la idea de lo que la universidad ha sido y puede llegar a ser empata fácilmente con la idea de que la educación universitaria es un bien de consumo que se compra con el propósito de adquirir una credencial que garantice el ingreso al mundo laboral.

Conviene recordar, sin embargo, aquello que señalan George Lakoff y Mark Johnson en Metáforas de la vida cotidiana con respecto al papel de las metáforas en nuestra vida y en nuestra comprensión del mundo: las metáforas no son neutrales, ni son un adorno que se le añade a posteriori a un concepto. Por el contrario, las metáforas que usamos determinan nuestra concepción de un fenómeno dado, lo delimitan y adicionalmente se traducen en acciones tangibles, así como en percepciones y actitudes con respecto a él. Esto significa que la metáfora del estudiante como cliente se traduce en una serie de acciones por parte de las instituciones que las adoptan, así como por parte de los estudiantes que las aceptan.

Vale la pena pensar entonces qué efectos y qué implicaciones se derivan de ver al estudiante como consumidor de un bien o un servicio que la universidad le proporciona. Por un lado, quizás esta metáfora tenga de positivo el hacernos pensar que los estudiantes tienen derecho a exigirle algo a la institución donde estudian. La metáfora del consumidor obligaría a la institución a cuidar la “calidad” de lo que les ofrece a los estudiantes, aunque no quedaría suficientemente definido qué se entiende por “calidad”. Sin embargo, la metáfora del cliente no deja claro qué es lo que los estudiantes podrían exigir y en una cultura mercantilizada donde “el cliente siempre tiene la razón”, no es impensable que se crea que por haber pagado se tiene derecho a, por ejemplo, un título profesional, a una nota determinada o a algún tipo de trato especial.

Más allá de que la metáfora no deja claro en qué consisten los derechos de los estudiantes en tanto que consumidores (y estoy de acuerdo en que tienen derechos pero, creo yo, en virtud de otras razones), considero que la metáfora del consumidor es insuficiente por la actitud pasiva y meramente receptiva que le asigna al estudiante: el estudiante compra algo (¿qué exactamente?) y espera que se lo entreguen. Pero sabemos que el conocimiento y el aprendizaje no son simplemente un objeto de intercambio, y que sin que los estudiantes se involucren en su propio proceso de aprendizaje, hasta el profesor más comprometido no logrará su misión. Es una metáfora que fomenta una actitud distante por parte de los estudiantes, pues hace pensar que asistir a la universidad es semejante al ir de compras y que la libertad de los estudiantes se reduce a la libertad del mercado donde cada uno busca cuál producto le agrada más, según unos criterios que uno trae consigo en el momento de la transacción y que, por lo tanto, al parecer serían impermeables al proceso educativo. En la imagen del estudiante como consumidor se confunde la satisfacción momentánea (lo divertido o fácil de la clase, o el carisma del profesor) con la calidad de la educación y se propone que el juicio sobre lo agradable o satisfactorio de la experiencia es un criterio suficiente para juzgar los efectos de un proceso que en realidad se extiende hacia el futuro de la persona. 

En un artículo titulado “Students: Customers, Clients, or Pawns?” Michael Tight analiza otras metáforas posibles para el estudiante y la educación universitaria. La primera, la del estudiante como niño, parecería obsoleta salvo cuando literalmente se trata de estudiantes menores de edad. A pesar de que esta metáfora establece una clara subordinación del estudiante ante el profesor y la institución, me interesa de ella el hecho de que señala una responsabilidad por parte de los profesores e instituciones hacia alguien que en algún sentido debe ser cuidado. Otra, la del estudiante como cliente en un sentido legal (client), es decir, como la persona que contrata los servicios legales de un abogado, tendría la ventaja de dar una imagen menos pasiva del estudiante ya que el cliente está involucrado y participa en su propio proceso. Finalmente, una metáfora más antigua es la del estudiante como aprendiz, que no parece menos útil por el hecho de haber caído un poco en desuso. Esta metáfora presenta al estudiante como alguien activo, implicado en un proceso por su propio interés y, además, imagina una relación entre profesor y estudiante que no oculta una desigualdad en lo que se refiere al dominio de unas técnicas, conocimientos, o en cuanto a experiencia, pero que los acerca a ambos en tanto que existe la meta común de que ambos hagan parte de una misma profesión.

Si bien cada una de estas metáforas tiene un determinado alcance y unas ciertas limitaciones, creo que en la medida en que estudiantes, profesores y las instituciones mismas seamos capaces de pensar cómo nos afectan las metáforas a las que apelamos para comprender la educación, podremos imaginar lo que la universidad puede llegar a ser. Hace falta desnaturalizar estas metáforas y pensar en cambio cómo condicionan nuestras actitudes y nuestros comportamientos en el ámbito universitario.

Referencias

Lakoff, George y Mark Johnson. Metáforas de la vida cotidiana. Cátedra, Madrid, 2017.

Mignolo, Walter. “The Role of the Humanities in the Corporate University.” PMLA No. 115.5, 2000, pp. 1238-1245.

Tight, Michael. “Students: Customers, Clients, or Pawns?”. Higher Education Policy, volumen 26 No. 3, septiembre de 2013, pp. 291-313.

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