Una peluquería sin espejos

Un grupo de peluqueras con espíritu de artistas ve en la cabeza de sus clientes un lienzo en potencia.

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Claudia del Castillo

24.08.2011

Piense en algo que usted tenga y que lo haga distinto de otra persona. Puede ser cualquier cosa. Ahora piense en algo que tenga y que lo haga parecerse a otra persona. Puede ser cualquier cosa. Es su pelo lo que lo hace igual y distinto al mismo tiempo; tenerlo o no tenerlo. El pelo dice mucho de cada persona y de la sociedad en la que vive. Tome esa materia supuestamente inerte y quítela de la cabeza de una mujer. O píntela.  O haga arte con ella.  A eso se dedican precisamente en La Peluquería en Bogotá.

La Peluquería queda en el barrio La Candelaria, en la mitad de una cuadra con paredes decoradas por grafitis y entre calles angostas, fruterías y cigarrerías donde todos se conocen con todos. Adentro, el lugar es todo: galería, centro de creación y de exploración artística, cafetería. Y también es una peluquería sin espejos (solo hay 2 espejos, en los que el cliente solo puede ver el resultado final).

Es sábado en la tarde. Llueve y hace frío. Adentro, en La Peluquería, Érika Espitia, una de las “peluqueras asesinas”, como ellas mismas se hacen llamar, le corta el pelo a Camilo, un profesor de ciencias sociales en un colegio campestre. “El pelo es materia pura -dice Erika mientras perfila una patilla-  es algo que sirve para la creación. Una cosa es verlo cuando está encima de la cabeza y otra es cuando la gente lo ve en el piso, ya como deshecho y no lo quiere tocar. Esa relación es rara para mí”.

Camilo y Érika llevan ya algo más de cuatro meses en que él le da carta blanca a ella para que haga lo que mejor le parezca con su melena. El resultado final es caprichoso: puede ser producto de un sueño de la peluquera o una solicitud específica del cliente. Erika se deja guiar por la conversación que antecede el corte. A veces el cliente necesita un cambio extremo o si simplemente no puede llegar con cresta al trabajo por códigos de vestido. Camilo resume la situación en una sola palabra: confianza. El que no haya espejos hace que quien está sentado confíe en lo que haga la peluquera con cada tijeretazo.

Sobre la cabeza de Camilo, Érika despliega una dedicación similar a la de una artista que moldea su obra. “El pelo muchas veces se usa para esconder algo que se hace al contrario más evidente por el intento. Unas orejas grandes, por ejemplo, si las tapas con pelo, va a quedar el turupe ahí, y se van a hacer más notorias”, explica.

El pelo sigue cayendo a mechones, y Érika continua hablando sobre el pelo. Dice que a veces se siente como un detective pero en lugar de seguir las pistas, sigue los folículos. Sabe a veces dónde estuvo el cliente, qué comió y hasta a qué se dedica. Por su formación como artista plástica, asume cada corte como un homenaje a los artistas que la han inspirado de alguna manera: la textura en la cabeza de Camilo se asemeja por momentos a una de las composiciones de Mondrian, luego a un leopardo, y otra vez a la geometría.

“Esto me hacía mucha falta”, dice Camilo cuando Érika termina con su cabeza. “Yo necesito estar cambiando, y que la gente me mire”.

Le pregunto a Érika si le han rechazado trabajos. Me dice que sí, que hay clientes demasiado rígidos pero que hay otros que valen la pena, como un economista que cambió su look de seminarista por una cresta y ahora recomienda el lugar.

El pelo, costumbre y cultura

“Cortarse el pelo es un proceso de resistencia femenina”, dice Carla Baquero, una artista plástica a la que le he conocido el pelo de diversos largos y estilos. Ahora lleva un corte asimétrico, con parte de los crespos que le he conocido intactos entre un largo y una textura que cambia en cada giro de la cabeza. Baquero es cliente hace dos años de La Peluquería, pero define al lugar de otra manera. “No es propiamente una peluquería. No es un centro cultural, ni un museo, ni una galería, ni una cafetería. Es simplemente un espacio que permite el crecimiento tanto del pelo como de la creatividad”.

Para ella, la búsqueda de la estética propia es fundamental y el corte de pelo es una parte de esa construcción. Ahí radica, para ella, la diferencia entre un peluquero y alguien que sabe cortar el pelo. “El peluquero se relaciona con la persona y usa eso para trabajar”, dice.

El pelo (o su ausencia) ha sido un elemento revelador del tiempo y la cultura. En el siglo XVI las mujeres europeas se peinaban con estilos más grandes que su propia cabeza, incomodando a quienes las rodeaban y haciéndoles perder la cabeza (literalmente) al atravesar umbrales sin la precaución de agacharse. Las geishas japonesas soportaban almohadillas incomodas mientras dormían para no perder los peinados, aunque, a cambio, perdían a los clientes que huían de ellas por la falta de baño.

Pero así como el pelo ha sido celebrado, también ha sido castigado. Según Los Secretos del Cabello, de Marion Matthews,  la ausencia de pelo se usó para humillar a los prisioneros de guerra, despojándolos de su identidad y uniformándolos: de la misma forma, las mujeres que se vuelven monjas se rapan, para eliminar vanidades innecesarias y uniformarse ante los ojos de Dios.

Arte y folículo

Para Carla, el pelo hace parte del cuerpo y como tal es susceptible de ser explorado y modificado. En esa misma premisa han basado su obra artistas conceptuales como Marina Abramovic y Ron Athey. “El pelo cuando se corta debe ser algo pensado para la persona”, sostiene Carla, “no puede ser una fórmula que se le aplica a todos”.

Hrafnhildur Arnardottir es una artista plástica islandesa notoria recientemente por su colaboración con Björk en el arte de su disco Médulla, dónde la cantante se vistió con esculturas de pelo elaboradas por Arnardottir. Esta última es reconocida por su alias en el mundo del arte, Shoplifter, y por sus opiniones sobre el pelo como representación de fortaleza, belleza, vanidad y decoración. Según la propia artista en una entrevista con Isabel Kirtch, el pelo es “el hilo más importante que tenemos en el cuerpo. El pelo es una fibra tan original y creativa, y a veces es una obra de arte. Cuando se trata de nuestro pelo, todos debemos tener algo de creatividad. Todos deben hacer una declaración de algún tipo que tenga que ver con su pelo: debes escoger si lo cortas o no, solo porque crece. Y si decides cortarlo, debes ir a algún lugar en el que lo corten. Y después estás ansioso porque no haya quedado bien. Y después está el drama de la pérdida del cabello…podría seguir con esto”.

Las esculturas de Shoplifter desafían la imagen que tenemos del pelo como una materia inerte o que debe ser embellecida únicamente en ocasiones especiales-para ella, cada pieza es algo único, que utiliza al pelo como lienzo y en la que no hay límites para la creatividad. The Hairy Hunch (2005), es un ejemplo de cómo se puede llevar el pelo, aun inerte, hacia algo si bien no utilitario (como una escultura) por lo menos más aceptable que el pelo como deshecho, como material inerte o parte de una vanidad. La vanidad no es mala en sí misma para Shoplifter: “Para mí la vanidad es una energía poderosa que nos impulsa hacia adelante y nos permite hacer cosas increíbles y creativas…La vanidad está subvalorada.”

*

Camilo observa el resultado final en uno de los espejos. Está feliz, y las demás chicas le toman fotos para documentar la creación de Erika. Érika y Camilo coinciden en afirmar que lo más importante es dejar el miedo y atreverse al cambio. En el peor de los casos,  el pelo siempre vuelve a crecer.

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