La niña rebelde de las plazas de mercado

Mientras en Bogotá todos se preparan para ir a dormir, una plaza de mercado dedicada a las hierbas abre sus puertas a los compradores tranochados.

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Sofía Salas

03.04.2013

Según el Distrito, en Bogotá hay siete plazas de mercado clasificadas dentro de la categoría de “grandes”, un poco menos de 20 que están clasificadas como “distritales”, además de otras tantas más pequeñas e improvisadas. Como en una familia, las más grandes alimentan a las más chicas; algunas pelean entre sí; y otras viven en función de las demás.

Por regla general, las plazas funcionan, aún hoy, al ritmo del campo: le madrugan al sol para empezar el día y se le adelantan a la luna para terminarlo. Pero como en todas las familias, en la de las plazas también hay una niña rebelde: esa que sale de noche mientras todos están durmiendo. Se trata de la Plaza de Mercado del Samper Mendoza, ubicada en la carrera 27 con calle 22, a tres cuadras de una de las matronas, la plaza de Paloquemao. Esta plaza, que abre todos los lunes y jueves desde las ocho de la noche hasta el mediodía del día siguiente, no sólo es la principal distribuidora de hierbas en el país y el más grande centro de acopio de estas plantas en Latinoamérica, sino también un lugar donde el campo y la ciudad se encuentran todas las semanas.

Son las 8:30 de la noche del primer lunes de un septiembre y un taxista me deja en la entrada principal de la plaza, no sin preguntarme si me voy a quedar sola y advertirme, ante mi respuesta afirmativa, que tenga cuidado. Con el miedo infundido, me acerco al guardia que cuida el portón metálico verde y le pregunto si debo preocuparme. Le cuento lo que quiero hacer e inmediatamente pierdo el temor. No sé si es el olor a hierbas (dentro un millón de olores, alcanzo a reconocer el de la yerbabuena y el romero), las caras aparentemente amables que se asoman, la bienvenida cálida de Alexander el guardia. O todas las anteriores.

Alexander el guardia –manizalita de 35 años, filósofo y técnico ambiental– me lleva a hablar con Don Sebastián, el administrador de la plaza. Huele a verde y huele a campo. Caminando entre ruanas, los pocos puestos que ya están instalados en el piso, camiones, camperos y carretas atestados de atados de hojas y hojitas, llego a donde Sebastián, quien está terminando una reunión con dos policías y un grupo de hombres que son coteros; es decir, son los que transportan hasta la plaza la mercancía (o cota) en camiones y en ella en carretas.

Trato de identificar más olores y me asombro con todas las formas que puede llegar a tener una hierba. Sebastián mira papeles, saluda, reparte circulares con información sobre las reuniones de los coteros y da órdenes (“muévame eso de ahí”, “Dígale a Juan que venga”). Me cuenta que la plaza está en este sitio hace 19 años y que hace un año la administración pasó de manos privadas a manos del Instituto para la Economía Social, IPES. Por sus múltiples labores no puede contarme mucho más sobre la única plaza nocturna del país. Pero a lo largo de la noche, a través de los recuerdos de Lucho y de las memorias de varios vendedores, me entero de que el negocio de las hierbas empezó en Paloquemao, que después la plaza estuvo ubicada en la carrilera que lleva el mismo nombre y que finalmente ésta fue reubicada en el lugar donde está ahora.

Ese lugar que huele a ruda, citronela, albahaca, manzanilla, caléndula y otros aromas, ese lugar que es una gran bodega cuyas paredes completamente rodeadas de locales que a esta hora de la noche siguen cerrados. Locales que, según explica Lucho con propiedad mientras va, da una vuelta y saluda a todos los vendedores por su nombre, “cuestan entre 80.000 y 200.000 al mes según ubicación y tamaño”; ese lugar que a mi llegada estaba lleno de camiones y que ahora van saliendo a la calle para dar paso a los puestos de hierbas que poco a poco van llenando el espacio. Éstos, “a pesar de ser un lugar en el piso, tienen dueño fijo y cuestan 5.500 la noche de lunes o jueves y 1.300 el resto de la semana,” según me cuenta Jairo Baquero, uno de los vendedores que se acerca a hablarme amablemente. En el centro hay una virgen que no mide mucho más de un metro, pero que por estar iluminada y en un altar, parece más grande y es muy notoria. Está rodeada de flores que, según los campesinos, protege a coteros, clientes, vendedores y funcionarios por igual, pero que sólo recibe encomiendas de vendedores.

Entre esos vendedores están doña Marta de 55 años y don Manuel de 60. Ellos tienen un puesto al lado de la Virgen desde que existe esta plaza y salen todos los lunes y jueves a las cinco de la tarde de Facatativá en su jeep. Traen siempre “un poquito de todo, lo que se consiga en el mercado allá porque nosotros no cultivamos porque el señor vendió la finca,” cuenta Manuel con un poco de nostalgia. En esas llega Ramiro a comprar romero porque le dijeron que eso es bueno para la calvicie: “yo me echo lo que me digan”, dice. Marta empieza hablarme de las propiedades de las plantas medicinales, pero me recomienda que vaya a donde Ana Melania, que vende “hierbas esotéricas y esas cosas y conoce mejor ese cuento.”

Ana Melania es caucana. Su apellido, Pechené, no deja dudas al respecto. Es dueña de uno de los locales fijos de la entrada, donde vienen clientes recurrentes y espontáneos. A todos los trata igual, les da exactamente lo que piden y si no lo tiene les dice a quién sí le llegó esa mercancía, cuenta cada peso y se hace respetar. Su local está adornado con bolsas de mandrágora, un calendario, un par de imágenes del Divino Niño y un cable con hojas donde lleva las cuentas. Todas sus hierbas son “calentanas”: uno de sus seis hijos se las manda desde Cali en un camión que ya tienen contratado. Y desde aquí, Ana Melania manda a todo el país pasionaria para la taquicardia, amansaguapos para los nervios, el estrés y los malgeniados, bolas de salagua para los riñones y chuchuguaza para la artritis. “Para baños,” asegura ella cuando le pregunto por las otras funciones de sus hierbas, “para riegos, para la suerte.” Para ella “la plaza y todas las hierbas son sagradas porque con ella he criado y alimentado a mis hijos”. Después de un rato, mientras “desvirga” (como se le llama acá a abrir) un bulto de romero, esta negra de ojos grandes y sonrisa blanca me informa que más o menos hasta las 11 vienen los compradores de Villavicencio, Ibagué, Yopal y Tunja, entre otros tantos, a comprar la mercancía que llevarán a sus ciudades, pues la plaza del Samper Mendoza surte de todo tipo de hierbas a todos los rincones del país, incluso a “Corabastos, la plaza de plazas”.

Va pasando el tiempo, se va acercando la medianoche y poco a poco van llegando más vendedores con bultos y clientes con listas de mercado, a la vez que van circulando cada vez más carretas, abriéndose paso con un chiflido y llenas de verdes de todos los tonos imaginables y por imaginar: unos que parecen negro, otros que prácticamente brillan y unos cuantos que recuerdan al verde artificial de los dulces de piñata. Después de las 12, el frío empieza a meterse entre los huesos y envidio las ruanas que llevan la mayoría de los vendedores. Empiezan a abrir cafeterías y almacenes de esencias, jabones y menjurjes para la suerte, para el amor y para la fortuna. Ya se dice buenos días y se empieza a ver a la gente, sobre todo a los más viejos, cabeceando sobre sus cajas o durmiendo sobre camas improvisadas con cajas, tablas y cobijas que se pierden entre las plantas.

Después de dar vueltas y vueltas para calentarme un poco me siento a hablar con Gustavo Ardila, un campesino que sale en un camión, a las 7 de la noche, de La Unión, Cundinamarca, con su esposa y varios campesinos más y que tiene tantas arrugas en su cara como plantas en su puesto. Después de charlar un poco sobre su región, conocida para mí, don Gustavo me cuenta que toma Coca-Cola porque es menos “dañosa” que el tinto, que la “plaza es como la casa” y que hay que traer de todo porque “lo que no vende uno es lo que no trae.” “¿Y el frío y el sueño?” le pregunto. “Mija, uno a todo se acostumbra después de tantos años”, responde él con risas.

Se acercan las tres de la mañana y yo definitivamente no me he acostumbrado al frío que parece aumentar con la llegada de nuevos clientes. Casi todos los locales están abiertos y en las cafeterías se ofrece tinto “envenenado” (con whiskey y aguardiente). Mientras el resto de la ciudad duerme, “la Samper” está en el punto máximo de su actividad. “Y esto dura hasta las cinco, seis, a las siete, ocho ya no queda nada y los campesinos empiezan a volver a sus casas”, me dice Lilia, la dueña de una de las cafeterías, mientras me invita a una aromática “que eso la calienta y para que pruebe que estas son las mejore hierbas del país.”

La aromática cumple su cometido. Sabe a lo que huele la plaza, a hierbas innombrables y hasta ahora desconocidas, a la sencillez del campo que viene todos los lunes y jueves a encontrarse con la ciudad. Cuando me despido a las 4 de la mañana de Aelxander, de Ana Melania, de Gustavo, de Manuel y Marta y otros con los que hablé poco y que ahora me sonríen, me doy cuenta que la niña rebelde, esa que sale de noche y no se acuesta sino después de la madrugada, dejó mi libreta de apuntes oliendo a pasionaria, amansaguapos, chuchuguaza, caléndula y cidrón para curar esta historia de todos los males.

*Sofia Salas es estudiante de Economía y de la Opción en periodismo en la Universidad de los Andes. Es, además, editora de @En_Deuda, el periódico de los estudiantes de Economía.

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