La lucha puta

El pasado 17 de marzo se realizó en Bogotá la primera Cumbre Puteril de Colombia por los derechos de lxs trabajadorxs sexuales.

por

Lina Vargas Fonseca


24.03.2022

Ilustración: Stefania López

“Sin las putas no hay revolución”, dice al micrófono Melissa Toro, fundadora y directora de Putamente Poderosas, una organización que defiende los derechos de lxs trabajadorxs sexuales. Así, entre aplausos, comienza el jueves 17 de marzo la primera Cumbre Puteril de Colombia por los derechos de las mujeres, hombres y diversidades que ejercen el trabajo sexual. Sucede en el quinto piso del Centro de Atención a la Diversidad Sexual y de Géneros (CAIDS), ubicado en el barrio Santa Fe. Ya casi es mediodía y afuera la calle 21 con avenida Caracas bulle de gente. También lo hace el edificio del CAIDS, donde se brinda asesoría jurídica, médica y talleres y por cuyas escaleras suben y bajan personas que se dirigen a las distintas dependencias. 

En el salón del quinto piso hay un ventanal que da a los hoy soleados cerros de Bogotá y a las cúpulas avejentadas de edificios. Hay sillas de plástico, un afiche que anuncia la cumbre, ilustrado con una llama de color fucsia, y una mesa donde lxs asistentes se registran y toman un refrigerio. El ambiente es festivo y, a la vez, formal, expectante. Hasta hace pocos minutos sonó “Around the World” de Daft Punk, ahora se presentan las invitadas al conversatorio sobre trabajo sexual callejero y webcam que inaugura el evento.

Las organizaciones convocantes son Calle 7 Colombia, la Red Comunitaria Trans, Boys Terraza, Fuego de Barrio, Fundación Lxs Locxs, Fundación Dos Latinas y Putamente Poderosas. Todas tienen una base comunitaria con enfoque de derechos humanos y concentran su labor  —a excepción de la Fundación Dos Latinas que es una plataforma amplia— en la promoción y defensa de los derechos de trabajadorxs sexuales. La Fundación Lxs Locxs está localizada en el barrio Veinte de Julio, mientras que Boys Terraza se originó en el centro comercial Terraza Pasteur, ambos en Bogotá. Putamente Poderosas, en cambio, fue fundada en Medellín con el propósito de construir puentes entre trabajadorxs sexuales, el Estado y la ciudadanía. 

“Es un honor ser parte del primer encuentro puteril. Es un avance que se den estos espacios porque antes ni siquiera se hablaba del tema y si se hablaba era para criminalizarlo. Aquí estamos para transformar esas dinámicas y defender lo que nos da para la papita”, dice una integrante de la Red Comunitaria Trans, que fue creada hace diez años en el barrio Santa Fe por “travestis, putas, mariconas y callejeras”. Durante las próximas horas, hasta el caer de la tarde, se hablará de trabajo sexual y de actividades sexuales remuneradas. Pero, sobre todo, se hablará de putas, putos y putes, de putear y del puterío, porque usar los términos con orgullo y dignidad es otra de las reivindicaciones colectivas de la jornada. 

El público está conformado por unas cincuenta personas. Se ven medias de encaje, tacones rojos, aretes, escotes, minifaldas, cuero, estampados de animal, taches y nodrizas, flores en el pelo, uñas largas decoradas, moños con forma de estrella, mechones rosa, escarcha, labiales, highlighter y gafas oscuras. Así luce esta reunión gremial. Y, aunque algunas compañeras consideran que ya está zanjada la discusión sobre por qué el trabajo sexual es, en efecto, un trabajo (“Dejémoselo a las abolicionistas, que se rasguen las vestiduras peleando por eso”, planteará una asistente), el tema sí se menciona.

“Nosotras no desconocemos la existencia de la trata y la esclavitud sexual y eso es lo que deben judicializar los gobiernos, pero judicializan a la puta o al puto” — Juan Florián

“Nos une hacer un intercambio en especie o dinero por nuestro trabajo. Unos utilizan partes de su cuerpo como las manos y los ojos, nosotras utilizamos la boca y los genitales. Ese es el problema y por eso nos juzgan”, comenta al respecto Juan Florián, activista y defensor de derechos LGBTIQ+ quien se define como un hombre sin hache. Florián trabaja en Europa y trae a colación el debate sobre si la prostitución debe regularse o abolirse cuando habla del modelo abolicionista sueco, luego imitado por Francia, que considera víctimas a quienes ejercen y penaliza a los clientes. En la tarde, durante una sección de micrófono abierto, Juan Florián ampliará el tema al explicar que en Francia el Estado tiene una política pública de “salida de la prostitución” y entrega subvenciones a asociaciones cristianas que enseñan a quienes se acogen a elaborar velas y artículos religiosos. 

“Todo esto para mostrar que el trabajo sexual no es reconocido en el mundo”, dice Florián. “No nos reconocen como parte de la clase trabajadora. Nosotras no desconocemos la existencia de la trata y la esclavitud sexual y eso es lo que deben judicializar los gobiernos, pero judicializan a la puta o al puto”. Y agrega: “¿Qué es trabajo sexual? Pues es trabajo. Esa es nuestra lucha y por eso estamos acá. Que no se piense que esto es un oficio o que es brincadera”. 

No hay un número oficial consolidado de trabajadorxs sexuales en Colombia: la cifra podría oscilar entre miles y millones. En 2018, el Observatorio de Mujeres y Equidad de Género de Bogotá perteneciente a la Secretaría Distrital de la Mujer presentó una “Caracterización de personas que realizan actividades sexuales pagadas en contextos de prostitución en Bogotá”, en la que estimó que eran 7.094 solo en la capital. De lxs casi tres mil encuestadxs, más de la mitad no estaba en el sistema de salud. Por eso, una petición que surge en el conversatorio es la elaboración de un censo actualizado. 

Quienes promueven la abolición de la prostitución consideran que ésta y la explotación sexual son lo mismo. Para lxs asistentes a la cumbre son dos cosas distintas: la trata con fines sexuales es un delito y no así el trabajo sexual, pero opinan que poner todo en la misma bolsa contribuye a estigmatizar y criminalizar a lxs trabajadorxs. La Cumbre Puteril es un espacio seguro de putxs para putxs, así la definen a lo largo de la jornada. Ante el hartazgo de que sean otras voces las que pontifiquen sobre los asuntos que les conciernen, lxs trabajadorxs sexuales, representadas por las organizaciones que convocaron el evento,  se organizaron y reunieron en esta primera Cumbre Puteril para hablar sobre su trabajo y las demandas urgentes en términos de regulación y condiciones para ejercerlo. 

“Estamos hartas. ¿Qué es eso de tener que vivir en condiciones lamentables en un pagadiario? ¿Qué es eso de no poder ejercer seguras en la calle ni en establecimientos ni en ningún lado? Basta” — Boys Terraza

Ya pasa el mediodía y suena música electrónica cuando se invita al público a que tome unos minutos para estirarse. Luego intervienen dos integrantes de Boys Terraza, una organización de masculinidades diversas que ejercen actividades sexuales pagadas en el centro comercial Terraza Pasteur, hoy cerrado y con riesgo de ser demolido. “Aquí estamos las auténticas, las más bellas, las más regias y las que realmente damos todo por este país”, saludan. “Estamos hartas. ¿Qué es eso de tener que vivir en condiciones lamentables en un pagadiario? ¿Qué es eso de no poder ejercer seguras en la calle ni en establecimientos ni en ningún lado? Basta. Las que tenemos el negocio somos nosotras. ¿Dónde lo tenemos? En medio de nuestras piernas”.

Que la policía las roba, que no tienen acceso a créditos bancarios, que conseguir un arriendo es casi imposible aun cuando demuestren tener liquidez. Que, en el caso de las mujeres trans, los funcionarios públicos les siguen preguntando por su “nombre verdadero”, que no cuentan con acceso a salud ni con una pensión. 

Otras invitadas al conversatorio se presentan: Andrea Coqueta, directora de la Fundación Lxs Locxs, dice que en su recorrido de años como trabajadora sexual se ha dado cuenta de que las violencias ejercidas contra ellas se ocultan y son constantes. Alexa, de la Red Comunitaria Trans, añade: “He visto a muchas mujeres trans asesinadas por defender el trabajo sexual. Por las lideresas y activistas que defendieron las calles exigimos una garantía para ejercer este trabajo de una manera sana, libre y consensuada”; y la Madre Marta, de la Red Comunitaria Trans, demanda: “Yo pido una estabilidad de salud, seguridad en alojamiento y una muerte digna, porque lo digo con el corazón en la mano: qué triste es una morirse y quedarle debiendo al mundo”.

Hay un par de sentencias de la Corte Constitucional sobre el trabajo sexual que se mencionan en la charla. Carolina Calle, directora de Calle 7 Colombia, explica que la primera sentencia, la T-629 de 2010 reconoce el trabajo sexual como un trabajo. La segunda,  la T-594 de 2016 “más conocida como la de la mariposa [en referencia a la zona del centro de Bogotá donde dos trabajadoras sexuales fueron capturadas] dice que los tombos no nos pueden quitar del espacio público”, cuenta Calle. Sin embargo, para ella, esas regulaciones son tibias pues intentan ubicar a lxs trabajadorxs sexuales donde “no fastidien” y con ello coartar su libertad. Finalmente, menciona la sentencia T-109 de 2021 que reconoce los derechos laborales de lxs webcamers.

“Las chicas están viendo esto como una opción laboral: cumplen 18 años y ya quieren ser webcamers, pero no conocen cuáles son los contratos que deben firmar y ese desconocimiento hace que las vulneren” — Marciana

Ahora interviene Marciana, referente de la organización Fuego de Barrio, con sede en la localidad de Los Mártires, docente comunitaria y trabajadora en la modalidad webcam. Aunque no es reciente, el trabajo sexual virtual es un universo inexplorado y en la cumbre se dicen varias cosas sobre él: que no es muy distinto al de la calle; que hay espacios violentos, inseguros y personas que abusan y atropellan a quienes lo ejercen; que no existen garantías laborales y sí estigmatización. “Estoy harta de que la industria tenga los bolsillos llenos a costa del trabajo de nosotras. Y de que sean ellos quienes están creando una regulación sin contar con nuestras voces. En esta cumbre apostamos para que sean nuestras voces las que hagan la regulación”, exige Marciana. 

Señala, además, que en Colombia hay unxs 100.000 webcamers, lo que convierte al país en una potencia mundial, y que aun así el trabajo no está regulado y la vigilancia de los estudios de grabación sigue a cargo de la Policía. No hay un marco laboral, insiste Marciana, “si un estudio decide no pagarme, ¿a quién me quejo? No tengo. A llorar a la llorería”. Entonces enumera abusos laborales que suelen ocurrir y que distan mucho de la vida lujosa que modelos webcamers publican en redes sociales. Por ejemplo, menciona que los dueños de los estudios de grabación o de las plataformas virtuales se quedan con porcentajes que rondan el 75%, que usurpan la identidad artística de quien quiera independizarse, y que, en algunos casos, abusan sexualmente a quienes se presentan a una entrevista de trabajo.  

“Uno entra a la industria con una mano adelante y la otra atrás. Entra al primer estudio a vivir las violencias. Es un milagro llegar a un estudio respetuoso. Las chicas están viendo esto como una opción laboral: cumplen 18 años y ya quieren ser webcamers, pero no conocen cuáles son los contratos que deben firmar, los porcentajes a los que deben acceder ni qué deben permitir y qué no en una entrevista. Y ese desconocimiento hace que las vulneren”.

Tampoco parece haber una política pública eficiente sobre trabajo sexual. Así lo cree un integrante de Boys Terraza que cuestiona la Política Pública de Actividades Sexuales Pagadas, del Distrito Capital, y rechaza la citación en ese documento de “autores transfóbicos” para diferenciar a una mujer biológica de una mujer trans. “Es una política feminizada que no reconoce a las masculinidades diversas que ejercemos actividades sexuales pagas”, dice. 

Para Carolina Calle, la política pública tiene otras falencias como la ausencia de iniciativas académicas para cursar estudios superiores y el acceso a la salud para mujeres trans. En ese sentido, Juan Florián agrega que existe un abolicionismo institucional que no tiene en cuenta a la ‘ciencia puta’: “Muchas colegas hacen ciencia puta. Son las trabajadoras sexuales que se han encargado de mostrar situaciones particulares que solo sabemos nosotras y que deberían ser tomadas en cuenta en una política pública”.  

“La duda es qué podemos hacer para dignificar el puteo. Cómo caminamos hacia allá, cuáles van a ser las disputas porque putear no nos puede costar la vida” — Furia Diversa y Callejera   

¿Qué mundo sueñan para construir demandas y peticiones?, es la pregunta que cierra el conversatorio de la mañana. 

Que se regule el trabajo sexual sin criminalizar a quienes deciden ejercerlo, que las personas trans sean bien tratadas en los centros de salud, una vejez digna para las adultas mayores, responde Alexa. 

Y Carolina Calle: 

Que el trabajo sexual sea independiente, sin relación laboral. “Y que se regulen los explotaderos: estudios, hoteles, wiskerías y reservados donde le quitan la mitad de lo que usted hace”.

Un sistema pensional y parafiscal para lxs trabajadorxs, dice Marciana. 

Y un integrante de Boys Terraza: 

“Sencillo: que yo pueda salir a la calle, trabajar en paz y que la plata me alcance”.

De almuerzo hay tamal. Durante el receso algunxs cantan: “Somos malas, podemos ser peores y si no les gusta, se joden”. Otrxs se toman fotos junto al afiche de la Cumbre Puteril o bailan al ritmo del reggaetón y la electrónica que una dj pone para acompañar el evento. 

A las dos y media de la tarde retoman con un micrófono abierto y una sección de propuestas para implementar en próximos encuentros. La Red Comunitaria Trans plantea la construcción de una cooperativa de trabajadoras sexuales autónomas a la que puedan acudir para recibir información financiera o asesoría de ahorro que no dependa de los bancos que les niegan cualquier asistencia. También propone la creación de una plataforma webcam propia en la que, distinto a lo que sucede, el 70% de la ganancia sea para quien trabaja. Danne Aro Belmont, directora de la Fundación GAAT (Grupo de Acción y Apoyo a Personas Trans) propone fiscalizar la política pública, incluir en la discusión a los hombres trans y crear estrategias colectivas de cuidado para decirle al Estado: esto es lo que debe hacer. 

La cumbre cierra con el Manifiesto Salvajemente Puteril que habla de la digna rabia, del maltrato institucional, del cuerpo como territorio político, de los derechos a la salud física y mental, a una vivienda, a una vejez íntegra, al arte y a la cultura, a la justicia, al sistema bancario. Habla de ser valientemente putas, putos y putes. 

El manifiesto lo lee una integrante de la colectividad Furia Diversa y Callejera quien, con la voz recia y una tenacidad que parece forjada en lava, dice: “La duda es qué podemos hacer para dignificar el puteo. Cómo caminamos hacia allá, cuáles van a ser las disputas porque putear no nos puede costar la vida. Para mí putear significa empoderarme, ponerme los tacones y arrasar, bebé, arrasar porque eso es lo que yo hago: ganarme la vida”. A su alrededor, estallan los aplausos, los aullidos, el chasquido de dedos. La jornada termina cuando el sol se pone y con ella la articulación de putas, putos y putes queda consolidada. Ahora es turno del Estado para atender sus demandas. 

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