¿Es legítimo odiar en la guerra?

Perdonar no es sólo una indulgencia. Perdonar es darle sentido a la ira, al odio y al deseo de venganza. Juan Pablo Aranguren, sicólogo y profesor de la Universidad de Los Andes, explica tres formas de perdón en el escenario colombiano.

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Miguel Botero Echeverri

17.02.2017

A mediados del 2013, cuando el Gobierno y las Farc anunciaron el inicio del proceso de paz, un reportero de la TVE le preguntó a Jesús Santrich si estaba dispuesto a pedir perdón si el acuerdo llegaba a exigirlo. “Quizás, quizás, quizás”, cantó el comandante guerrillero como respuesta. En el 2015, Timochenko, sin chistes ni canciones, declaró que no iba a pedir perdón. A la fecha, dos años y una firma de la paz más tarde, las Farc lo ha hecho al menos cuatro veces. Le pidieron perdón al país en Cartagena, a las víctimas de Bojayá, de Apartadó y a los familiares de los diputados del Valle.

Este cambio en las Farc augura un periodo de la historia del país en el que el perdón, sea por ausencia o presencia, será protagonista. Para Juan Pablo Aranguren*, profesor de psicología de la Universidad de los Andes, este es el momento para pensar en el perdón. Pero no el judeocristiano, que se enfoca casi exclusivamente en quien perdona, porque ese es uno para honrar a Dios; un perdón en el que la víctima pone la otra mejilla.

Aranguren prefiere hablar desde el psicoanálisis. Ve el perdón como una de las muchas formas en que las personas pueden sublimar su deseo de venganza y darle sentido a la ira y al odio en lugar de consumarlo con violencia. Según él, existen tres maneras de perdonar: sanando heridas y eliminado rencores genuinamente, haciendo pública la verdad de la ofensa y viendo en el victimario el sufrimiento de la víctima. Así narra Aranguren cada dimensión:

 

El perdón sin disculpa

 

Esta es la historia de una niña que ingresó a la guerrilla en el Cauca porque no tenía lugar en su escuela. Era la niña excluida, marginada, matoneada, diríamos hoy. Vivió con mucha fuerza todas estas experiencias de acoso escolar. Se fue y al cabo de un tiempo regresó a su pueblo como guerrillera. Lo primero que le pidió al comandante fue que le permitiera sacar a los pelaos de la escuela, que ya no eran tan chiquitos, y ponerlos en la plaza del pueblo.

-Bueno, pero ¿qué vamos a hacer?, ¿los vamos a reclutar o qué? – preguntó el comandante.

-Yo solo necesito hacer una vuelta – respondió ella.

Una vez obtuvo el permiso, puso a sus ex-compañeros de clase en formación frente a la escuela.

-Ahora sí, dígame usted, ¿quién es la niña gorda? -le dijo a uno-. ¿Quién es la gafufa, quién es la tonta? -le preguntó a otro.

 La escena se repitió con cada uno de los que la habían matoneado y luego, cuando le pregunté por qué lo había hecho, me respondió que no había tenido ningún poder para conjurar esa afrenta.

-Yo siento que en ese momento los perdoné a todos y me perdoné a mi misma por lo que había hecho. No hice nada más, no los agredí. Sólo vi en sus rostros que me temían y sentí que podía perdonarlos porque estaban sintiendo lo mismo que yo sentía cuando me la montaban – me dijo.

Este sería el paradigma del perdón que se da sin que el otro lo pida. El que se da sin rencores ni resentimiento. Ella encontró en ese momento lo que necesitaba para superar la ofensa.

 

"No existe una fórmula para el perdón. Existe una condición fundamental, que es la necesidad de sublimar los deseos de venganza"

 

La obra de teatro

 

Es la manera en que Hamlet venga la muerte de su padre. La estrategia fundamental parte de la necesidad de conocer la verdad, de desvelarla. No coge una espada y mata a Claudio, su tío y el asesino de su padre, sino que hace una puesta en escena. En ella encuentra una forma alternativa de justicia para que Claudio, en el escenario, quede completamente develado como el verdadero culpable. Lo obliga a decir “yo hice esto”. Es una segunda vía del perdón, una puesta en escena. Una en la que el perdón está asociado a la verdad, no a que el culpable pague una pena. Pasó, también, en las comisiones de verdad de Sudáfrica cuando los victimarios hablaron. El proceso de paz colombiano, de alguna manera, conllevaba la posibilidad de saber la verdad. Lo mismo pasa con los acuerdos de la habana en los que la verdad es más importante que cualquier cosa.

 

El perdón suspendido

 

Sin embargo, en el contexto sudafricano hay historias que ilustran la tercera cara del perdón. Esta forma muestra que, en algunos casos, la puesta en escena de la verdad sólo aumenta la rabia. Entre Joyce y el recuerdo es un documental sobre el asesinato de varios líderes negros en Sudáfrica. La familia de uno de ellos no quiere perdonar al acusado, un blanco que tiene casa por cárcel y un montón de beneficios. Él necesita pedirle perdón a las víctimas para acceder a la alternativa jurídica pero la familia de Joyce no va a las audiencias porque no quieren escuchar la solicitud de perdón. El tipo tampoco parece arrepentido, se le ve un poco cínico. Aún así, decide ir a la casa de la familia y decir que necesita pedir perdón. Allí se encuentra con que el resentimiento está a flor de piel. Esta es, si se quiere, la tercera faceta: el ofendido puede sentir que el otro pide perdón, pero no es suficiente porque no ha curado sus heridas, su deseo de venganza no ha sido sublimado.

070 RECOMIENDA

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La conclusión de estos tres escenarios es que no existe una fórmula para el perdón. Existe una condición fundamental, que es la necesidad de sublimar los deseos de venganza, pero no todos lo hacemos de la misma manera. Algunos necesitamos ver a nuestros verdugos arrodillados, llorando lágrimas de sangre, si se quiere la metáfora. Otros necesitan sanarse a sí mismos porque es una elaboración que tienen que hacer personalmente, pero hay otros que fundamentalmente necesitan encontrar un acto que recoja públicamente todo lo que está pasando.

Esas tres dimensiones son el reto fundamental de la política pública actual. El 3 de diciembre hubo una ceremonia del acto del perdón por parte de las Farc a los familiares de los diputados del Valle que secuestraron y asesinaron. La mitad dijo que los perdonaba, la otra mitad no dijo nada parecido. Algunos se sintieron profundamente conmovidos porque Pablo Catatumbo, el responsable directo, dijo: “perdón, perdón y mil veces perdón”. Otros, con seguridad, pensaron “hasta que yo no los vea en la cárcel no voy a estar tranquilo. Incluso “hasta que yo no los vea muertos no voy a estar tranquilo”.

Pero ninguno se atreverá a decirlo porque nadie quiere expresar que su deseo de venganza existe todavía. Y eso tiene que ver con una sociedad que no está dispuesta a escuchar sus horrores. Si algo es legítimo en la guerra es el odio y el deseo de venganza, pero la sociedad no lo va a permitir. Yo creo que hay que encontrar una forma en la que todas las personas puedan sublimar su deseo. No podemos negarnos la posibilidad de que quienes tienen esos sentimientos los narren.  

 

*Juan Pablo Aranguren es profesor del Departamento de Psicología de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de los Andes. Se graduó de la Universidad Nacional como psicólogo e historiador. En la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales en Argentina hizo una maestría en antropología social y un doctorado en Ciencias Sociales. Uno de sus proyectos actuales es la creación de un laboratorio social de la escucha.   

 

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