Un panorama general
Y aquí estamos, de nuevo, tratando de entender si la camiseta sí o la camiseta no. Camisetas e indumentarias, en deportes que generan pasiones y la atención de multitudes, resultan relevantes por su simbolismo, por su apropiación, por las tensiones y conflictos que generan, como también por ser, bajo determinadas circunstancias, referentes de identidad, síntesis de algo que se comparte y algo que nos permite reconocernos. A la vez, sentirnos parte de y diferenciarnos de otros. Pero también, volverlos objetos de disputa, canalizadores de tensiones políticas.
De hecho, para el mundial de Qatar, la camiseta verdeamarela de la selección brasileña era objeto de una profunda disputa política entre la derecha bolsonarista que quería desconocer el triunfo de Lula y la izquierda del PT que recuperaba el poder por la vía electoral. Con orígenes en las manifestaciones contra Dilma Rousset desde 2016 y 2017, ya para 2022 la derecha bolsonarista, nacionalista, se había apropiado de la camiseta de los cinco títulos mundiales. Lula intentó recuperar su significado de unidad nacional, pero incluso la camiseta alternativa produjo reacciones llamativas que hablaban de figuras diabólicas y mensajes subliminales en su composición. Ello, acompañado por las manifestaciones públicas de Neymar y en redes, en que incluso ofreció dedicar un gol del mundial al presidente derrotado en elecciones. Sí, el mismo Neymar recientemente apoyado por los seguidores al ser convocado pese a su endeble forma futbolística.
Pues bien, ahora la historia de la selección Colombia encaja en esta narrativa. Con deslices y condescendencias. Habría que decir que la disputa por la camiseta de la selección llega tarde y huele a usado. Lo vivió Brasil hace 4 años largos y más. Y en la disputa volvió la reflexión sobre cómo y por qué se abandonó el uniforme blanco propio de 1950, cuando el Maracanazo.
La camiseta de la selección Colombia ha sido y no ha sido un lugar de contienda, un asunto de referencia. Las menciones comparadas solo intentan ilustrar que no somos los primeros, que no somos tan excepcionales y que no somos…
Lo que dice nuestra historia
El uniforme de la selección no fue un problema mayor, aunque estuvo sujeto a cambios. Hay que revisar los textos de don Guillermo Ruiz Bonilla para constatar cómo, en la historia, hay más de 20 camisetas que se han utilizado desde los años treinta del siglo XX. Aunque, en la historia reciente, habría que resaltar cuatro: de un uniforme azul y blanco, que nos representó en Chile 1962, pasamos al uniforme blanco o salmón, con la banda cruzada, que nos acompañó hasta 1985.
Luego entramos en la onda del amarillo, azul y rojo de la mano de las decisiones del Dr. Ochoa Uribe, convencido de que lo único en la vida era ganar. Cabe recordar que, para la época, de la mano de las intenciones de paz de Belisario, aun en entornos muy difíciles, hubo una Comisión de Notables, se logró convencer al Dr. Ochoa Uribe que dirigía al América que dirigiera a la selección. En un momento particular decidió e impuso aquello de que la selección tenía que vestirse con los colores de la bandera. Le sirvió la experiencia de un Camerún que, en 1982, se vestía de Verde, rojo y amarillo, sin vergüenza. Y le sirvió un momento particular en que le entregaron la selección de mayores de cabo a rabo.
Entonces, Colombia pasó de colores irreconocibles al amarillo, azul y rojo, luego marcado por las variaciones impuestas por las empresas dueñas de la imagen. No sobra recordar que esto se aceptó sin bemoles, como tampoco se cuestionó el uniforme de los ciclistas del equipo Pilas Varta que acudió al amarillo y azul, al menos. Contrastó con el escándalo de que fue objeto Pambelé por usar los colores de la bandera en su pantaloncillo de combate en el boxeo. La bandera sirve de acuerdo con… En la eliminatoria reciente cabe resaltar la recuperación de una camiseta de 1947, hoy motivo de la comercialización Vintage.
En cuanto a la apropiación popular de las camisetas, hay que recordar que, antes de 1994, no era común el uso de la camiseta de la selección para el caso colombiano. La selección juvenil de 1985 creó un fenómeno novedoso y fue que los niños querían ser Higuita, Castaño, Tréllez. Pero la camiseta no era un asunto relevante. Tampoco respecto de los equipos del torneo profesional.
Es factible que hechos como las camisas negras o las camisas pardas tengan referentes políticos impresentables, pero para el caso del fútbol colombiano el uso de la camiseta como referente se remonta a aquel año. Y lo puedo decir con conocimiento de causa porque fui como hincha a apoyar a la selección Colombia en 1973, 1975, 1977, 1979, 1983. En este último año viví la paradoja colombiana: como Pilas Varta apoyaba con gran éxito a los ciclistas colombianos en Europa (que luego sería el equipo Café de Colombia), Pilas Eveready apoyó a la selección Colombia. Y llevaron una barra vestida de rojo y blanco para apoyar a la selección Colombia, dado que eran los colores de tales baterías. Solo que los colores, rojo y blanco, los hacían más cercanos al equipo peruano, el de la banda roja. Tal vez no hubo buena comunicación, en épocas en que las selecciones vivían de milagro y a lo sumo con un gesto generoso de la empresa que proveía uniformes y guayos… Los sponsors prácticamente no existían.
Las camisetas empezaron a ser importantes en 1994, en el Mundial de los Estados Unidos. La euforia por la selección de 1990 fue sin camisetas. No era lo acostumbrado. La moda, porque es una moda, arranca en 1994, junto con las pelucas del Pibe, y va a depender de los patrocinadores, de la fábrica responsable de la camiseta y sus modelos. Y Colombia vive cambios interesantes. En 1990 es Adidas, como el común. En 1994, también, pero le cambian el color de la segunda camiseta. Por ello, Colombia parece funcionar mejor con amarillo en el primer uniforme y rojo en el segundo, que con amarillo y azul. Pero, al final, son puras coincidencias.
En 2014 con amarillo y pantaloneta blanca se llega lejos. En 2018 con amarillo, en el primer uniforme, y rojo en el segundo, casi, también. Perdimos por penales con Inglaterra. No sobra recordar que los diseños, el tono de los colores, algunas imágenes significativas, así como las firmas que las proveen, varían con comercial frecuencia, pues los hinchas quieren tener para ellos y sus hijos la última.
En 2022 no fuimos. En 2026 venimos de la experiencia vintage en la eliminatoria, de volver a los colores. La novedad, el uso político electoral de la camiseta.
Abelardo y la hipermanipulación de la camiseta
Una campaña de ultraderecha se ha apropiado de la camiseta de la selección nacional. Ya lo vivió Brasil. No lo vivió Argentina en su masiva e incontrolable celebración del mundial de 2022. La muerte de Maradona y el mundial de Messi se impusieron sobre cualquier apropiación partidista o personalista de lo conseguido. Y, por fortuna, los personajes, Maradona y Messi, permitían una aproximación compleja a lo sucedido.
En el caso colombiano, sin ingenuidades, los presidentes han querido apropiarse de los triunfos deportivos. El primero y espontáneo fue Belisario Betancur, con entrevistas en público en que alicorado apoyaba a aquella selección sub 20 de 1985. Antes, Misael Pastrana, Alfonso López y Julio César Turbay habían trastabillado frente al tema, aunque habían impulsado Panamericanos, Centroamericanos, Bolivarianos, Juegos Nacionales y otras competencias requeridas de recursos públicos. Lo común era una distancia protocolar de los personajes de la política con los del deporte. Ello, pese a las experiencias en contrario de los fascismos, del mundo comunista, de los populismos, de las dictaduras: Mussolini, Hitler, Videla, la dictadura brasileña, los Olímpicos como sucedáneo de la Guerra Fría.
La primera imagen, diciente, fue la de Virgilio Barco poniéndose con dificultad la camiseta de Lucho Herrera por sobre su saco y corbata, en el balcón de la Casa de Nariño, imagen que inmortalizó Beatriz González (q.e.p.d). Luego, en el gobierno Gaviria, el Pibe hizo campaña abierta por Ernesto Samper. La cercanía de Bavaria, entonces único patrocinador de la selección a través de su Cerveza Águila y las Chicas Águila, facilitó este nexo. El presidente de Bavaria fue, en algún momento, uno de los pocos apoyos fieles y constantes al presidente Samper cuestionado por el ingreso de recursos del Cartel de Cali a su campaña para ganar la segunda vuelta. Esta, que se adelantó un día después de que Colombia perdiera contra Rumania en el mundial de Estados Unidos.
Luego, se volvió a ciertas formas, pero el tema ha estado ahí. Y lo que dice Benedetti no es mentira: con gobiernos de derecha no clasificamos al mundial… es una azarosa coincidencia, pero así sucede.
Gaviria, en 1994, se aprovechó del Pibe y la selección para favorecer a Samper. Santos, en 2014, fue muy fino con la selección y la paz. Pero que la utilizó, la utilizó. Y, en algunos momentos la camiseta fue protagonista. Desde 2016, en movilizaciones, la camiseta de la selección, como símbolo de patriotismo, ha sido más utilizada por los sectores de derecha y ultraderecha, aunque también en reivindicaciones por la paz. Solo que la izquierda tiene cierto repelus por el fútbol y el deporte. Por eso se perdieron los panamericanos en Barranquilla. Pero no tenemos mediciones, ni vía encuesta ni otras. Es más, un feeling de lo que está sucediendo, aunque la encuesta que se hizo en enero de 2014 por el Centro Nacional de Consultoría y que se recogió en El Poder del Fútbol, mostró la adhesión e ilusión del conjunto de la sociedad a la selección.
También y sorprendentemente (¿en serio?), las camisetas de las selecciones son un hecho más común y más y menos influyente. Y ahí estamos.
La realidad
Una campaña, la de Abelardo, ha hecho click al impulsar el uso de la camiseta de la selección Colombia como parte de lo sucedido. No es la primera vez. Lo intentó Duque, pero no pegó. Lo intentó Petro, pero sin Colombia en el mundial y con mundial en noviembre, tampoco pegó.
Abelardo sí. En reacción, el candidato Iván Cepeda ha tratado de cuestionar jurídicamente lo que está en juego. La Federación Colombiana de Fútbol, muy en su estilo, prohibió el uso antes de las elecciones para Congreso y ahora salió con una versión mucho más permisiva, cuando ha tenido acciones contra individuos que la han utilizado en redes y cuando ha logrado usar las imágenes de los jugadores sin reconocerles nada. Una buena pregunta es sí hubiese tenido la misma laxa posición si la apropiación viniera de la otra campaña o de otra campaña.
Pero allí no termina la historia. El jueves 4 de junio un juez de la República, en un fallo apurado y poco sustentado le ha prohibido a Abelardo de la Espriella el uso de la camiseta en eventos públicos. También lo ha prohibido a sus seguidores. Como el fallo es escueto, no se sabe si en eventos de campaña, si el día de elecciones o, incluso, en los partidos de la selección o al salir a la calle. Y cuando en redes y medios está viralizada la discusión por la decisión y la forma de aplicarla, el presidente Petro va hasta CATAM y con la camiseta de la selección se toma una foto con la delegación. Ahora, lo viral es si es castigable la acción de Petro al tomarse esa foto pública, pero también si James saludo o no y le hizo mala cara a la hija del presidente.
En resumen, el hecho es la apropiación de la camiseta por un sector político, al punto que se utilizó el día de elecciones y se utilizará en la segunda vuelta. El símbolo de unidad se ha convertido en un símbolo en disputa. Pero el fútbol es el fútbol. Y el 17 de junio, cuatro días antes de la segunda vuelta, la selección enfrenta a Uzbekistán. El triunfo es primordial, necesario, esperado. ¿Cómo reaccionarán los hinchas? ¿Aceptarán que la camiseta sea de un sector, del abelardismo? ¿O habrá movimientos en contrario? ¿Aceptarán, los no abelardistas, que no cabe usar la camiseta? ¿O tendrán camisetas que expresen que no son abelardistas? ¿Seguiremos la ruta de Brasil? Se jugará alguien, digamos la Federación, por la no utilización partidista, politiquera, de la camiseta. En fin… Y bueno, ¿qué dirá Adidas?
¿Y, sí ganamos? ¿Y, sí perdemos? ¿Y, si empatamos? ¿Tendrá efectos en las elecciones? ¿Y, qué sigue? ¿O tendrá efectos en el apoyo y respaldo a la selección?
La pugna está planteada. Lo que ambos parecen ignorar es que el fútbol es el fútbol. Hoy, tener el manejo de la camiseta es algo que se potencia o se desinfla con los resultados.
Y ahí estamos… Y ya veremos…
*Profesor titular del Departamento de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Javeriana, polítólogo de la Universidad de los Andes, maestro y doctor en Ciencias Sociales de la FLACSO, sede México. Coautor de ColombiaGol: de Pedernera a Maturana, grandes momentos del fútbol, de La Nación bajo un uniforme I y II y autor de Ganar sin Ganar: Nación e identidad en la selección de fútbol de Colombia