Hace veinte años el relato hablaba de una distancia estructural abismal entre el fútbol africano y las grandes potencias europeas. Hoy, en muchos casos, hablamos simplemente de la diferencia entre marcar o no marcar una clara ocasión. Ya no estamos viendo selecciones africanas que compiten dignamente contra las grandes potencias europeas como Alemania, España, Portugal o Francia. Estamos viendo selecciones africanas que empiezan a disputar la propiedad misma del presente-futuro del fútbol.
por
PERE ORTÍN ANDRÉS
Periodista dadá - @Gorikortin
23.06.2026
«(Africa) es el Espíritu NO historico, NO desarrollado (…) (Africa) NO es ninguna parte histórica del mundo; No tiene movimiento ni desarrollo que exhibir (…) El Negro exhibe al ser humano en su estado completamente salvaje e indómito. (…) NO hay nada armonioso con la humanidad en este tipo de caracter…» G.W.F. Hegel – La filosofía de la historia’ (1837)
Estas frases del filósofo alemán G.W.F. Hegel llevan casi dos siglos atormentando a la humanidad. Este pensador imprimió en el ADN occidental esa idea ‘moderna’ de África como continente sin historia, un lugar fuera del tiempo y del espacio, poblado por culturas y gentes salvajes, ignorantes y brutas; un sitio condenado eternamente a ver como otros -siempre otros como yo, siempre blancos, siempre rubios, siempre europeos- hacían la ‘Historia’ con mayúsculas en ese movimiento -hacia adelante y a cualquier precio- en busca de progreso, desarrollo y una supuesta libertad (patrimonio exclusivo de esos que se dicen «blancos»).
Hegel sigue, por desgracia, vivo entre nosotros y no solo en las facultades de filosofía y en las academias, sino en las redacciones de los periódicos, en los platós de televisión y en los bares, en muchas conversaciones, progresistas y aparentemente bienintencionadas, sobre cualquier asunto que se refiera a África y sus gentes. Pocos se atreven hoy a hablar, como hizo el ignorante filósofo alemán, de pueblos atrasados y razas inferiores. Ahora muchos hablan, siguen hablando, de guerras, enfermedades, migraciones y hambre en África. Algunos, pocos, de desarrollo y de resiliencia. Otros, poquitos, hablan de música, de artes y de culturas, de pensamientos y lenguas muy poderosas. El vocabulario occidental sobre África, es cierto, ha cambiado algo, pero la mirada y el ideario que soporta, mucho menos.
El fútbol de un mundial resulta muy revelador en ese sentido. Durante décadas y hasta hoy, las grandes selecciones históricas de África como Camerún, Nigeria, Senegal, Ghana, Marruecos, Egipto o Costa de Marfil han sido descritas popularmente como si fueran fenómenos naturales: rápidas, inesperadas, potentes, imprevisibles. Y si uno pone atención hoy a los comentaristas televisivos o los cronistas de la prensa, la radio, la TV, las redes sociales o lo digital, cuando ganaba y gana una selección europea es siempre gracias a su enorme inteligencia táctica y a la calidad del desempeño astuto de un colectivo muy bien preparado.
Ahora bien, cuando un conjunto africano juega muy bien, como Marruecos ante Brasil, como Costa de Marfil ante Alemania o como Senegal ante Francia; o cuando es tácticamente muy inteligente y eficaz en su excelente trabajo colectivo, como Cabo Verde ante España o Uruguay, solo es fruto de la fuerza física o, peor aún, de la mala fortuna de sus rivales.
El «colonialismo mental» sigue bien vivo, pero siempre ha tenido muy poca imaginación. Europa piensa. África corre. Es el titular. Por eso, cuando Marruecos -ese complejo vecino del sur de Europa- fue semifinalista en el pasado mundial de Catar 2022 resultó una gran molestia. Eliminó a España y a Portugal y creo una grieta en esa historia fake que Occidente lleva mucho tiempo contándose a sí mismo. Y es que, cuando una selección africana realiza una hazaña histórica, nunca es mérito de su enorme inteligencia táctica, de su gran trabajo colectivo o su perfecta capacidad para sobreponerse a las ideas del rival, la única palabra que siempre aparece es «sorpresa».
¡Qué curioso!
Nadie habla de sorpresa cuando Alemania gana jugando de pena. Nadie se pregunta cómo es posible que Francia llegue muy lejos con un equipo de esforzados corredores de 400 metros vallas alérgicos al contacto sofisticado y trenzado con el balón. Nadie dice nada cuando un esforzado defensa como Cannavaro lleva a la victoria a una Italia campeona mundial de la nada más absoluta. Pero cuando ganan Marruecos, Egipto, Nigera, Camerún, Senegal o Costa de Marfil, parece que hubiera ocurrido un suceso paranormal, lisérgico, extraordinario. Como si el éxito de la victoria siguiera siendo una exclusiva europea y el resto del mundo, sobre todo África, necesitara una explicación especial, diferente y sorpresiva, para acercarse al Olimpo de los dioses (europeos).
La sorpresa negativa, en realidad, no habla de África. Habla de nosotros, los europeos. Me bastó ver el magnífico partido entre los «elefantes» de Costa de Marfil ante Alemania para entenderlo. Alemania ganó, cierto, y el resultado quedará en las estadísticas. Pero el partido contó otra historia bien diferente. Los marfileños jugaron mejor, mucho mejor. Fueron más inteligentes, más creativos, más ambiciosos; además de más rápidos y determinados. De hecho, Alemania parecía una vieja máquina industrial funcionando por la inercia de los años: gris, humeante, eficaz, sí, y muy muy aburrida.
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Así, cuando una selección africana domina, juega mejor y pierde, como fue ese caso, todos hablaron de «ingenuidad». Cuando una selección europea resiste, juega mal y gana, todos hablan de «conocimiento profundo del juego», de «experiencia». Cuando un magnífico jugador africano falla una clara ocasión decisiva, es una prueba de «inmadurez». Cuando un delantero europeo remata mal, pero es gol en el último minuto y gracias a un error de posición de un rival, es una lección indiscutible de inteligencia y de carácter.
El diccionario de valoraciones cambia según quién ocupe cada lado del terreno de juego y de la historia. Nada puede cambiar que Costa de Marfil perdió el partido, pero durante casi noventa minutos tuvo algo mucho más interesante que su buen juego: tuvo la imaginación, la inteligencia; tuvo el presente y también el futuro que representan sus jóvenes futbolistas. Porque muchas veces hablamos de África como una abstracción genérica cuando la revolución que ha llegado tiene nombres y apellidos. Ahí estaban Christ Inao Oulai, Amad Diallo, Yan Diomande imperiales frente a Alemania, jugando con una autoridad impropia de jóvenes que apenas están llegando a la mayoría de edad y que aún no han alcanzado el cénit de su carrera.
Como ellos, miles de jóvenes africanos repletos de clase, inteligencia y talento gambetean en los campos de arena de sus pueblos y ciudades y están ya transformando también las grandes ligas de Europa y a muchas selecciones europeas. Durante décadas Europa se acostumbró a pensar que exportaba conocimiento e importaba materias primas en forma de cuerpos humanos comerciados y recursos robados. Hoy sigue explotando a los humanos y los recursos de un continente y, también, cada vez más, su imaginación futbolística aunque no termina de asumirlo.
En este asunto, la historia más hermosa del Mundial la escribe Cabo Verde. Un pequeño archipiélago del atlántico africano que ha debutado en un mundial empatando con España y Uruguay, dos campeones del mundo acostumbrados a ser tratados como aristocracia futbolística. Lo fascinante no son los dos puntos conseguidos por los caboverdianos. Es su ausencia total de complejos. Cabo Verde ha jugado como si ignorara por completo toda la jerarquía histórica que organiza el fútbol mundial. Y tal vez ahí resida su verdadera fuerza, la fuerza de África y de su juventud. En esa libertad exclusiva de quien nunca acepta el papel secundario que otros han escrito para él.
En las antípodas de Cabo Verde está la decepción de Senegal. Era mi gran apuesta para sorpresa del mundial y no ha funcionado: dos partidos, dos derrotas. Eso sí, el desempeño de Senegal ofrece también otra lección muy interesante. Senegal paga en el césped la tensión, las dudas y un conflicto interno que acabó explotando de la peor manera posible. No se puede jugar un Mundial pensando en si te pagarán porque cuando la cabeza de un futbolista está atrapada en los despachos, el balón no tarda en presentar su factura y eso fue exactamente lo que le ocurrió a Senegal frente a Noruega.
Una auténtica pena para el aficionado. Los «Leones de la Teranga» llegaron a este Mundial como campeones de África (ante Marruecos y en un polémico partido) y con una plantilla de futbolistas de gran talento y gran respeto internacional. Pero el vestuario terminó convirtiéndose en una bomba de relojería. Ahora, al borde de la eliminación, Senegal tendrá que ganar a Irak en el último partido y esperar una carambola en los resultados de la última jornada.
Al equipo de Senegal, entre líos institucionales y problemas económicos, no se le puede negar el enorme partido de 70 minutos que hicieron para perder frente a Francia (3-1). La derrota fue clara, pero la sensación del partido contó algo distinto. Durante largos tramos, los senegaleses discutieron con mucha autoridad a una selección francesa que parece diseñada para ganar el Mundial si no fuera por su aburrido entrenador, ese veterano ex gran jugador que ha ganado el Mundial como jugador y como entrenador. La diferencia no estuvo en el talento ni tampoco en la calidad de la propuesta futbolística. Estuvo en esa eficacia con la que Francia convirtió en gol y Senegal no. Y esa diferencia es hoy mucho más pequeña de lo que Europa necesita y desea creer.
Así lo demostraron también los «leopardos» de la República Democrática del Congo en su magnífico duelo contra un equipo de Portugal que tiene, posiblemente, el mejor medio campo del mundo, pero donde también juega por obligación CR7, un jubilado cuarentón mezcla fascinante de atleta, marca global y reliquia deportiva viviente que siempre tuvo la desgracia de vivir a la sombra del más grande, GOAT, Messi. CR7 vive en el pasado y los congoleños estaban escribiendo el futuro, una historia menos rentable para las televisiones y mucho más interesante para el planeta fútbol: durante largos tramos del partido Portugal pareció un museo bien conservado y el Congo una ventana abierta de aire fresco.
Esa es, quizás, la cuestión de fondo. Hace veinte años el relato hablaba de una distancia estructural abismal entre el fútbol africano y las grandes potencias europeas. Hoy, en muchos casos, hablamos simplemente de la diferencia entre marcar o no marcar una clara ocasión. Ya no estamos viendo selecciones africanas que compiten dignamente contra las grandes potencias europeas como Alemania, España, Portugal o Francia. Estamos viendo selecciones africanas que empiezan a disputar la propiedad misma del presente-futuro del fútbol.
Y ahí reside la verdadera incomodidad para muchos. Europa envejece mientras se hace hija de migrantes, marrón y negra. Mientras tanto África rejuvenece siendo ya negra y marrón. Europa levanta fronteras mientras millones de africanos construyen vidas y familias que atraviesan continentes para jugar a la pelota. Europa sigue mirándose en el espejo de su pasado; África, con todas sus muchas contradicciones y profundos e innegables problemas estructurales en proceso de resolución o no, mira cada día más hacia delante. Como escribe el filósofo camerunés J.G. Bidima, el futuro es un espacio que se inventa cada día entre el «aún no» y el «nunca más».
Un gol no corrige un genocidio, ni tampoco repara una injusticia histórica. Nada de toda esta reflexión significa que el fútbol sirva para reparar siglos de esclavitud, violencia colonial salvaje y atropellos cotidianos. Pero los relatos siempre importan. Y durante demasiado tiempo África ha sido narrada por otros: como problema, como amenaza, como víctima o como paraíso. Rara vez, casi nunca, como protagonista principal. La cuestión, me parece muy clara, ya no es cuándo una selección africana ganará un Mundial. La cuestión es cuánto tiempo seguirán algunos occidentales llamando sorpresa a lo que llevan décadas negándose a ver. Porque el problema nunca fue que África estuviera ausente de la historia. El problema fue una mirada blanca estilo Hegel demasiado acostumbrada a ocupar el centro del encuadre.
El día que una selección africana levante la Copa del Mundo, veremos que los mismos «expertos» que durante años hablaron de potencia física, caos táctico, oportunidades falladas y promesas incumplidas, nos explicarán que África ha llegado. Como si mil quinientos millones de seres humanos hubieran estado esperando pacientemente su certificado de existencia firmado en alguna redacción europea. Y será un momento maravilloso. No por el trofeo. Ni siquiera por el fútbol. Será hermoso porque, por fin y también en el fútbol, Hegel y su ficción colonial ignorante y pretenciosa será derrotada cuando el primer equipo africano levante ese trofeo dorado con el que un balón sostiene el mundo.