La buena educación empieza en Usme

Cómo un colegio gobernado por pandilleros y “dealers” se convirtió en un ejemplo de educación. Esta es la historia del Colegio Juan Luis Londoño.

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Alexander Buitrago Bolívar

09.09.2011

Hace siete años, cuando la Secretaría de Educación de Bogotá cedía en concesión uno de los colegios que operaba en Usme a la Fundación La Salle, a la sicóloga Janeth Ortega Garavito, le tocó darle la noticia a los estudiantes por parlante. Eran estudiantes de colegio que tenían 24 años, que se escupían entre sí, le pegaban a los profesores y se robaban hasta las tasas de los sanitarios. Las niñas se prostituían por cuatro mil pesos.

Pero poco a poco todo empezó a cambiar. El equipo de trabajo organizado por el Hermano Néstor Polanía (religioso educador de los Hermanos de la Salle) llegó a acuerdos con las pandillas, en especial con dos de sus principales líderes (“el bogotano” y “el diablo”), para que no inmiscuyeran a los estudiantes en sus negocios. Los robos y la venta de drogas disminuyeron. Las estudiantes con hijos podían amamantarlos al descanso. El trabajo fue restituir la dignidad de la gente. El deporte, la danza y la música ayudaron mucho.

La Dra. Janeth Ortega se sienta frente a mí. En la pequeña oficina de Orientación hay dos escritorios, un computador, una mesa circular, un escaparate y un tablero acrílico. Ese día la Dra. Ortega tuvo que lidiar otra vez con una pelea entre estudiantes. Pone sobre uno de los arrumes de carpetas la hoja de acuerdos recién firmada por las estudiantes que iban a pelear. La doctora me presenta a Luisito, un estudiante que está suspendido de clases y juega frente al computador y a la Dra. Sandra Mora, sicopedagoga. “Estamos desde ayer mediando”, dice. “Tenían un conflicto desde hace tres años”, explica la Doctora.

Recuerdo la conversación que oí mientras esperaba a que la doctora me atendiera: la sicóloga conciliaba con las estudiantes que se iban a pelear y con una madre de familia que servía de testigo.

–Entre todas, que todas nos comprometamos…

–Bueno, nosotras vamos a comprometernos con ella. No agredirla verbal, física y sicológicamente.

En la oficina solo funciona una bombilla de neón. La Dra. Janeth le pregunta a Luisito por las otras cosas que han pasado  en los alrededores del colegio: “Desde la muerte del hermano de Laura Gutiérrez nada más. Aquí la cosa es grave…sucedió para finales del año pasado. Un amigo le dijo al hermano de Laura Gutiérrez que si lo acompañaba al Éxito. Al bajar ‘el peladero’”, así llaman el trecho descubierto que hay entre el colegio y el portal de Usme, “tres muchachos le preguntaron la hora. Traían arma. El que invitó al hermano de Laura salió corriendo y le dispararon en un hombro. Al hermano de Laura le dispararon tres tiros en la espalda. Su cabeza quedó en el primer peldaño de la escalera de allá. Y ahí le dispararon en la cabeza. La gente decía que era mariguanero y loco. A él lo mataron porque hay una guerra entre mariguaneros y los del Danubio pensaron que era del bando contrario”, dice Luisito.

La Dr. Janeth dice que no entiende por qué Luisito se porta en la oficina como un ángel y en el salón es un fosforito. Antes de salir de la oficina observo el cuadro del Santo Hermano Miguel Febres Cordero. Su rostro inexpresivo sobre las paredes heladas de la oficina. En el otro muro mis ojos se posan sobre un afiche que enumera los objetivos del colegio: “…procurar a la niñez y a la juventud, una educación humana, cristiana y académica de calidad, con especial atención a los pobres…”. La sicóloga me da la mano. Me despido. Ella se queda con Luisito.

***

Voy hacia la cafetería. El colegio está rodeado de una malla de alambre. Veo que la claridad de la biblioteca se debe a sus múltiples ventanas. Caben unas 100 personas distribuidas entre la sala general y la sala infantil de lectura. Al fondo de la biblioteca hay una capilla con un vitral colorido. Desde el inmenso ventanal de la biblioteca se ve el preescolar y la sección de primaria. Subo hacia el auditorio, donde me dicen que han instaldo mesas de votación para elegir, entre los estudiantes, a los nuevos personeros del colegio. El auditorio queda justamente arriba de la oficina de Orientación, en el bloque administrativo. Las otras secciones corresponden a secundaria, primaria y preescolar. Al lado de la escalera está la sala de sistemas, oscura y amplia, y un pequeño taller de carpintería donde un hombre de bigote pule una mesa.

Estudiantes de diferentes cursos forman un tumulto en la cafetería. Un niño pequeño se le acerca al rector para darle un beso en la mejilla, el rector lo elude, le toca la cabeza con la mano y se ríe. El Hermano Armando Solano Suárez, actual rector, me está esperando. “Buenos días…vamos a dar una vuelta por el colegio”, dice.

Me lleva a la sección de primaria. “El imaginario de la gente es que acá son raponeros y gamines. Acá hay gente con deseos que buscan razones para vivir. Yo, como rector, sentía esa incapacidad de ofrecer soluciones ante la gente maltratada física y sicológicamente, ante jóvenes agresivos y agredidos sexualmente. Ante este panorama desalentador y triste, el compromiso, junto con los maestros, ha sido tocar los corazones de las personas”, me dice.

***

El Hermano Fernando Silva es profesor de música en décimo grado. Cuanod entro al salón el Hermano Fernando me presenta a los estudiantes, digo mi nombre y me siento. Los estudiantes hacen sonidos, imitando la escala musical. Desde la ventana del salón de ladrillo es visible el bloque de salones de once. Silva escribe las notas musicales en el tablero señalando al frente su correspondiente letra alfabética. Dibuja el pentagrama. Pide a los estudiantes que numeren las líneas y los espacios de abajo hacia arriba. Una estudiante no entiende el término “diatón” y tiene que mirarle el cuaderno al compañero de atrás.

-“¿Quién es el encargado del aseo? para que recoja el pocillo y el papel allá atrás…esto no es de hoy”, dice el Hermano Fernando.

– “Eso es de hace tres días…” , dice un estudiante. Los demás estallan en risa.

La mirada del Hermano Fernando es penetrante. Analiza los rostros de los estudiantes para mantener la expectativa de su clase. Si los estudiantes hacen bulla, él calla; si todos hablan a la vez, exige silencio y que levanten la mano para participar. Pasea por el salón, obligando a los estudiantes a estar atentos, para conservar la disciplina. En el piso, al lado de la silla donde estoy sentado, efectivamente hay papeles y un pocillo botado.

De pronto, alguien lanza un pequeño borrador de natas que golpea un escritorio y cae al suelo, cerca de Paola Angarita. Paola lo recoge, acomoda su cuerpo en la silla y se arregla la falda del uniforme. Ella recuerda cómo era el colegio tiempo atrás: “Eran muy cochinos. Había papeles por todos lados. Los baños eran muy sucios. Cogían las toallas higiénicas para pegarlas a los vidrios. Demasiado vandalismo: rompían chapas, se llevaban las perillas, las llaves, los tornillos; era cada uno por su lado. Dejaban hundido el botón de la cisterna, el agua rebozaba y se inundaban los baños. Cuando llegaba el refrigerio todos se botaban encima. Se comían los panes enteros, sin masticar. Mandaban niños sin bañar y los padres venían en pijama. La Dr. Janeth tenía que llamar a los papás para enseñarles a bañar a sus hijos.”

En el 2003, en época de matriculación, los profesores tuvieron que llamar estudiantes por megáfono y cargar los pupitres desde la portería hasta los salones de clase. Además, los padres de familia apedrearon a los profesores para obligarlos a recibir a quienes se habían quedado sin cupo. El ambiente era hostil y agresivo. Antes se llamaba a la policía para que se llevaran a los muchachos que se iban a golpear. El primer año fue apuñalado un profesor fuera del colegio por una banda contratada por un estudiante del colegio. Entre los ladrillos, dentro del cemento, metían armas. Hubo requisas hechas por la policía pero nunca encontraban nada. Las armas se las pasaban de mano en mano hasta llegar a preescolar. Allí nunca buscaban. Una vez la policía encontró un arma hecha con partes de otras armas. Sí, esos años (2003 y 2004) fueron violentos.

Paola Angarita dibuja la clave de fa en su cuaderno mientras un estudiante recoge el pocillo del suelo. “Las claves son cinco, sirven para fijar el nombre de los sonidos”, termina de decir el Hermano Fernando. De inmediato pasa por los puestos mostrando a los estudiantes una cartilla en cuya carátula hay un acordeón dibujado.

***

La nueva administración del colegio se ganó el cariño y el respeto de los muchachos. El nuevo equipo de coordinadores, docentes y sicólogas no dudaba en abrazar a los estudiantes a pesar de su mal olor o de estar infestados de piojos. Pero éste proceso de socialización ha terminado. Ahora el énfasis es académico: cualificar al maestro humana y cristianamente, según explica en lrector, mediante la escuela de formación permanente, intensificar las clases de matemáticas, inglés, danza, teatro y abrir la escuela de música los sábados de siete a una de la tarde.

El departamento de Orientación, apoyado por el departamento de pastoral, lidera el Proyecto personal de vida. Es una propuesta que funciona desde sexto hasta undécimo grado y en la que los niños, básicamente, escriben sus sueños en un papel. La idea es enseñarles a vivir con metas. Aparte del Semillero de danzas, en primaria se intensifica a cinco horas el Español y se dedica una hora al canon de lectura establecido como requisito de grado. Ellos deben haber leído El Mío Cid, El Quijote de la Mancha, La Rebelión de las Ratas, Cien Años de Soledad, y otros. Además, se busca hacer alianzas con el SENA. Varios jóvenes de la pastoral del Instituto Técnico Central colaboran siendo tutores del Pre-Icfes.

Es hora de que los niños vuelvan a sus casa. Me despido del Hermano Fernando y él me invita a participar de la marcha que harán al día siguiente.

***

Es sábado. Más de 700 personas se dan cita a las 9:00 a.m. en el Colegio Juan Luis Londoño para marchar por los derechos y los deberes de los niños. Es un día soleado y todo parece propcio para salir a las calles.  El Hermano Carlos Villamizar, con un sombrero vueltiao en la cabeza, anima desde la tarima a los asintentes. Empieza a crecer la multitud: llegan los niños y niñas que pertenecen al I.M (Movimiento Juvenil Lasallista Indivisa Manent), los jóvenes lasallistas en acción, los niños del círculo de lectores, el grupo de catequesis, los de once, el grupo de capoeira. En el fondo, suena Love Generation de Bob Sinclair. El objetivo de la marcha es “salir a las calles a decirle a todo el barrio que estamos comprometidos con los derechos humanos”, dice el Hermano Carlos.

La carretera que pasa por el frente del Colegio no existía hace un mes. Antes se llegaba al Colegio con botas pantaneras. Los alrededores del ‘peladero’ estaban vacíos. Ahora hay conjuntos residenciales, centros comerciales y, frente al portal de Usme, el Éxito y almacenes de muebles. Hay obreros trabajando y numerosos tubos de concreto amontonados. Una retroexcavadora remueve tierra a un costado del ‘peladero’ para adecuar el terreno para más construcciones.

La marcha forma un largo gusano humano que baja por el peladero. El único zanquero que los acompaña desciende con lentitud, midiendo cada paso de sus largas piernas en madera. La multitud pasa por detrás del almacén Éxito. Desde las ventanas del Colegio Paulo Freire, vecino al Juan Luis Londoño, varios jóvenes mueven sus manos saludando a la multitud.

A pesar del optimismo de los que marchan, todos saben que hay mucho por hacer: “La inseguridad ha aumentado”, dice Jefferson Steven Pascuas, de quinto, “Donde yo vivo, en el barrio Alaska, no se puede llevar celular por la noche y hay que tener listo el cuchillo. Muchos ladrones viven acá en el barrio El Porvenir o vienen del barrio Danubio Azul”. Jefferson tiene 14 años. Su cabello castaño, peinado con gel, desafía el viento que ha enrojecido levemente sus mejillas.

La marcha termina, y es hora de volver al auditorio. “Estuvo muy bonita”, dice Dayron Steven Peña. En estatura, Dayron apenas sobrepasa mi cintura. La batería junto al bajo sirven de fondo musical para los gritos y chiflidos de la multitud. A una sola voz todos cantan Música Ligera de Soda Estéreo. “Sí se dio el mensaje que se tenía que dar”, dice Paola Guatavita. “Acá los pobres siempre reclaman sus derechos pero no aplican sus deberes. El Colegio y a las localidades Rafael Uribe, Tunjuelito, Usme, Ciudad Bolívar han podido unirse y esto es un motivo para trabajar juntos por los derechos humanos”, dice Leidy Gómez.

Antes de olvidarlo, anoto la frase que me dijo el Licenciado y Magister de la Universidad de la Salle, Hermano Cristhian James Díaz: “La pedagogía como acto de amor es capaz de generar cambios; todo, gracias al maestro que es mediador y portador de sentido”.

Cierro mi libreta. Los niños y los profesores empiezan a salir del colegio. Yo hago lo propio.

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