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Comercio de tortugas: una tradición devastadora

28/07/2011

Más de 700 tortugas son sacrificadas y vendidas cada año en Riohacha. A ese ritmo, desaparecerán en una década. Recorrido por esta industria que empieza en la playa y termina en los restaurantes.

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María Andrea Rocha y Adriana Lozano

28.07.2011

Riohacha, barrio residencial, tres de la mañana. Un fiscal borracho rompe el silencio de la madrugada: “Carmita, por el amor a Dios ayúdame que la mondá no se me para” grita, mientras tambalea acompañado de dos mujeres y una botella de Old Parr. “¿No se te para? Yo te la hago parar” dice Carmita. Le tiene el remedio: la carne de tortuga, en la Guajira, tiene fama de afrodisiaca; ella la está preparando en el patio de su casa, un restaurante improvisado dónde los guajiros llegan a desayunar tortuga desde hace más de dos generaciones.

Junto a sus hermanos, en 1989, Carmita retomó la tradición local después de la muerte de su madre. Esta mañana, el mayor de los tres, José Asunción, se encarga con su machete de matar a la tortuga y de separar la carne del caparazón -éste puede medir más de un metro de largo. El menor, José Trinidad, separa las partes: las vísceras por un lado, la grasa, la sangre y la carne por otro. Carmita alista las calderas y prepara los condimentos para la sazón. “A punta de tortuga, pagué la educación de mis hijas”, revela la cocinera, mientras los gatos de la casa se encargan de los restos en el piso. “¡Y les pudimos dar también comida y techo!”, añade José Asunción. Cada tortuga, comprada en el mercado negro, cuesta según su tamaño entre 300.000 y 500.000 pesos. De ésta, se sacan de 100 a 150 platos que la familia vende a 10.000 pesos cada uno. El ritual se repite todos los sábados y domingos en esta casa.

“El Riohachero se puede definir como un comedor de tortuga” afirma Weildler Guerra, antropólogo wayúu (principal etnia de la Guajira) y gran conocedor de su región. A pesar del costo que tiene, cada vez más alto, se consume en todos los estratos sociales por ser un plato especialmente apetecido. “¡Es más rica que la langosta!”, asegura Weildler. Pero la tradición que se desarrolló en los tiempos de la colonia pasó a ser ilegal en el departamento en 1995, con la emisión de una resolución de Corpoguajira, la máxima autoridad ambiental en el departamento. Hoy en día, a nivel nacional, la ley 599 sanciona este delito con hasta 90 meses de cárcel y una multa de 15 000 salarios mínimos.

Por encima del problema del tráfico, está el asunto de la desaparición de la especie: según los expertos, ya no habrá tortugas marinas dentro de diez años. Sin embargo, su supervivencia es vital para el ecosistema. “Éste funciona como un engranaje: si un elemento falta, todo lo demás se altera”, explica Catalina Gómez, bióloga marina. Cuando una tortuga regresa de su largo viaje, a desovar en la misma playa guajira en la que nació, trae consigo una cantidad de substancias orgánicas cruciales para el buen desarrollo de los ambientes caribeños. Otro punto: las tortugas son de los pocos animales marinos que comen medusas; el día que desaparezcan, no será tan agradable disfrutar de las playas del Caribe.
Estas preocupaciones son muy lejanas para el guajiro común. “¿Cómo le podemos decir a una señora que lleva 20 años vendiendo tortuga en su restaurante que lo deje de hacer?” se pregunta Fernando Prieto, especialista en tortugas de Corpoguajira. Por este dilema la ley casi no se aplica.

Según un estudio realizado en 2009, en el municipio de Dibulla, el 93% de los consumidores de tortuga son conscientes del peligro de extinción que corre esta especie. Pero por tradición, gusto y falta de educación ambiental, no dejan esta práctica. “Se dejará de comer tortuga el día en que se deje de ser devoto de la Virgen de los Remedios”, ironiza Weildler Guerra.

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Playa del Cabo de la Vela, Alta Guajira, seis de la mañana. El proceso empieza aquí. Un pescador conocido por cazar tortugas acaba de llegar de su faena, como le dicen acá a la pesca. En sus redes, ha capturado varias langostas. Las vende a 15.000 pesos el kilo; una ridiculez comparado a sus ganancias con la venta de tortugas. “Es lo que más billete da. No voy a dejar de cazarla”, dice el pescador. Según el estudio citado, casi la mitad de los pescadores de la región sacan provecho de este negocio. Ellos no son más que el primer eslabón de la cadena; les siguen los conductores que sirven de intermediarios y llevan las tortugas hasta la ciudad, donde vendedores ambulantes, dueños de “restaurantes” y consumidores dan fin a la cadena.

La policía ambiental del departamento está a la cabeza de la lucha contra el tráfico ilegal. Duglas Mosquera, patrullero de 31 años, realiza en promedio 6 retenes al mes en los puntos estratégicos de comunicación del departamento: Puerto Bolívar y Camarones en la costa, Cuatro vías y Maicao en el interior. Entre enero y junio de este año, se han incautado 18 tortugas. “Si son pequeñas, o sólo huevos y carne, incautamos los elementos y registramos el nombre del transportador además de darle  una amonestación escrita”, explica el patrullero antes de añadir, más severo, “si el animal es grande, nos quedamos con el vehículo y dejamos al individuo en manos de la fiscalía.” Ahí, estará procesado por extracción de recurso natural vedado pero, como precisa Duglas Mosquera, en muy pocos casos los intermediarios terminan en la cárcel. Simplemente les hacen firmar un acta de compromiso de no traficar más.

Si la policía mira a los traficantes como delincuentes, en Corpoguajira, se rehúsan a considerarlos así. “Para mí, no son más que infractores”, explica Fernando Prieto. La corporación reconoce el valor de la tradición y las condiciones económicas de los que viven del tráfico. “Nosotros acá nos dedicamos a la conservación, pero no tenemos hambre. Si un pescador wayúu tiene cinco bocas que alimentar y se encuentra una tortuga en sus redes, no va a botar esta plata al mar”, dice el funcionario, realista. Para hacer frente a ese problema, prefirieron escoger la vía de la educación. Campañas como la de “adopta una tortuga” encarnan esta filosofía; se pretende generar un vínculo emocional con las tortugas, especialmente a través de los niños.

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Santuario de Fauna y Flora los Flamencos, municipio de Riohacha, cinco de la tarde. El veterinario Gerardo Gonzales se sube a un cayuco –la canoa local- junto a una mujer wayúu y sus dos hijos. No tiene otra opción: para llegar a su lugar de trabajo, debe atravesar el brazo de mar que entra en la laguna Navio Quebrado. En el islote donde desembarca, al frente de la playa de Camarones, queda el Tortugario fundado por la corporación y el Santuario en el año 2000, con el propósito de cuidar las tortugas rescatadas en el departamento. El funcionario de la corporación lleva cuatro años trabajando acá; viene para su visita de rutina. En medio de grandes tanques llenos de agua con tortugas de todas las edades, Gerardo explica las labores educativas que realizan: “cuando es una fecha especial, como el día del medio ambiente, hacemos liberaciones de tortugas e invitamos a colegios. Si loro viejo no da la pata, hay que apuntarle a las nuevas generaciones.” Gerardo ayuda a liberar alrededor de 2000 tortugas al año, pero de estas, muy pocas sobrevivirán. Además de todas las amenazas que enfrentan por el hombre, la tortuga es un animal extremadamente frágil. De los huevos enterrados en las playas, sólo el 80% eclosiona. Y de mil neonatos que llegan hasta el mar, uno solo llegará a ser adulto.

El futuro no es muy alentador para las tortugas. En 1970, en una sola noche, salían a desovar entre 200 y 300 tortugas en la playa de Palomino, al oeste del departamento. Hoy en día, en seis meses, salen a desovar entre 5 y 6 tortugas. Eso lo demostró un estudio llevado a cabo por Miguel Rosado, una de las tantas personas entregadas a la labor de preservación de las tortugas en la Guajira. A Miguel, le dicen “el papá de las tortugas”. Pasó de ser consumidor a protector y hoy en día cuida los huevos puestos a lo largo de los 17 kilómetros de playa, desde Palomino hasta San Salvador. De las tortugas que nacen en esta playa, el 70% es directamente liberado en el mar y el 30% es enviado al Tortugario del Santuario para que se conviertan en neonatos viables.

Miguel Rosado muestra que sí es posible un cambio de hábitos y actitudes. Pero parece ser la excepción a la regla; el asunto no deja muchas esperanzas. A nivel de la Guajira, dónde se lucha en serio contra el problema, se siguen cazando y consumiendo tortugas todos los días. Pero ese asunto sobrepasa lo local. En Cuba, Costa Rica, Puerto Rico y Brasil, entre otros, se viven situaciones similares y no todos los países están conscientes del problema. Más que tratados, hace falta una real coordinación internacional. Se está agotando el tiempo.

Del caparazón a la pulsera

Se estima que el 70% de las tortugas cazadas termina en una olla y el 30% restante se utiliza para hacer artesanías. El caparazón de la tortuga carey, una de las cuatro especies del Caribe, hace parte de los materiales más apreciados por los artesanos. La técnica consiste en ablandar las placas del caparazón en agua hervida, luego cortarlas e introducirlas en moldes según lo que se quiere obtener (pulseras, anillos, collares, aretes o espuelas). La mercancía se distribuye entre puestos ambulantes y almacenes formales.

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