Biografía de un átomo

¿Qué tan seguros estamos de la contaminación radioactiva en Colombia? Recorrido por el único reactor nuclear que tiene el país.

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Camilo Casallas

14.08.2012

Estoy en un Honda Civic modelo 97 con mi mamá. Acabamos de dejar la calle 26 y tomamos la avenida Boyacá hacia el sur. Es de noche. A ambos lados de la vía hay potreros y edificios. Se ve un resplandor que es mezcla de luces azules y blancas. Es el mismo resplandor que se ve cuando uno llega a Bogotá en avión. La diferencia es que en este momento nosotros estamos dentro de él.

Rosita, mi mamá, es coordinadora del Grupo de Asuntos Nucleares del Ministerio de Minas y Energía. Su trabajo es regular el uso de material radioactivo en Colombia.

Cuando le cuento que quiero escribir un reportaje sobre la energía nuclear, mi mamá me cuenta que esta energía se usa en Colombia principalmente para fines médicos. “Sobre todo para el tratamiento del cáncer”, dice.

–¿Por qué no hacerlo como si fuera la vida de una persona?– me pregunta ella, sugiriendo una posible estructura del reportaje. Le pido que me explique.

Me cuenta que hay elementos químicos con isótopos. Los isótopos son, simplemente, variaciones de un elemento en el que el número de neutrones es mayor. Hay ciertos isótopos que por la mayor cantidad de masa, tienden a desprender energía. A esto es lo que llamamos energía nuclear. El tiempo en el que el núcleo tarde en desintegrarse, es lo que llamamos vida media.

–Uno puede decir que hay una cuna y una tumba de todo material radioactivo –dice– Y nuestro objetivo, el de mi grupo de trabajo, es hacer todo el seguimiento del material desde que “nace”, hasta que “muere”. Como en la vida de una persona.

Nacimiento

Ruben le pregunta a Claudia cómo sigue la perra. Claudia lo mira y niega con la cabeza. Tras ella hay unos edificios de ladrillo y otros de granito construidos en los años sesenta. Algunos pinos y sauces se asoman por los techos. Es de mañana. La perra vive hace tiempo aquí en Ingeominas, en instituto adscrito al ministerio que se encarga de los temas nucleares en el país.

–Tiene cáncer desde hace tres meses. La perra ahora se la pasa escondida. Nunca había pasado eso, pero una amiga me dijo que los perros se esconden cuando están a punto de morir, dice Claudia.

–La perrita tiene un tumor muy de grande en el cuello– me explica Rubén. Alguien dice que ya deberían sacrificarla.

Ahora estamos en la oficina de Rubén. Le preguntan por su hermano un par de veces. Tiene cáncer. El pronóstico no es bueno.

–El oncólogo y el terapeuta no dicen nada.

Todo el mundo queda en silencio. Luego sólo quedamos Claudia, Rubén y yo. Rubén me explica que Ingeominas es algo así como el brazo armado del Grupo de Asuntos Nucleares del Ministerio.

–Nosotros hacemos inspecciones en las que revisamos que el material radioactivo del país esté en orden –me cuenta Rubén–. En estas inspecciones se revisa que los usuarios tengan sus licencias y que estén utilizando el material de manera adecuada.

–¿Y no se les escapan cosas?, pregunto.

–Claro. Hay fuentes que llegaron al país antes de que se ordenara la legislación que tenemos ahora. Y hay material que a veces ingresa sin permisos y que nos toca buscar.

Rubén y Claudia me cuentan que en un hospital tenían una fuente de material radioactivo en desuso. Lo habían dispuesto en una caja protegida. Cuando Ingeominas hizo una inspección, la caja estaba forzada y el material había desaparecido. Tuvieron que organizar una especie de operativo de búsqueda por chatarrerías en varios rincones de la ciudad. El material no ha aparecido hasta ahora. “Podría estar en cualquier parte”, me dice Claudia.

–Hay material radioactivo que parece un simple trozo de metal cualquiera –cuenta Rubén con acento paisa–.  La gente que hace de estas barras… ¿Cómo es que se llaman? … las varillas. Hacen varillas con material radioactivo sin darse cuenta. Así que detrás de cualquier pared puede haber material radioactivo.

Niñez

Hay un edificio de ladrillos que tiene forma de un baptisterio medieval. Tiene 6 costados y un techo en forma de bóveda. Es el único reactor nuclear de Colombia.

El reactor fue adquirido en 1965, durante el gobierno de Guillermo León Valencia, a través del programa “Átomos para la paz” del presidente estadounidense Dwight Eisenhower.

El reactor es un TRIGA (Training, Research, Isotopes, General Atomics). Es un reactor pequeño, reservado para la investigación, y bajo ninguna circunstancia el reactor puede ser usado para generar energía eléctrica.

El programa de Eisenhower estuvo en vigencia durante la guerra fría. Como su nombre lo indica, pretendía hacer un uso consciente y pacífico de la energía atómica. Todo el programa de Atomos para la paz fue concebido luego de los etsragos de las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Eisenhower pretendía reducir el riesgo del terrorismo nuclear en los albores de la guerra fría. Hay 35 reactores como este en Estados Unidos y 35 en el resto del mundo.

Aunque el reactor ha sido clausurado, acompaño a una comisión del gobierno para inspeccionarlo. El reactor es verde y, así sea pequeño comparado con otros, se ve gigante. Es una estructura cónica con unas grúas amarillas en el techo.  Voy con dos mujeres que trabajan en la cancillería y uno de los operadores del reactor. Me entero de que hay varios tipos de reactores: los generadores y los de investigación, como este. El reactor funciona a partir de la fisión de material radioactivo que genera calor en el agua. El vapor generado hace mover unas turbinas que a su vez generan energía.

Aunque no puedo entrar, lo veo desde una rejas negras. Adentro el espacio parece abandonado. Hay una paz que recuerda al proyecto de Eisenhower, una paz que se observa y que está hecha de concreto y de espacios vacíos. Una de las mujeres de la cancillería se asusta. Está viendo su teléfono. Acaba de explotar una bomba en Bogotá. Las primera informaciones hablan de al menos cinco muertos. Aún nadie sabe que uno de los heridos es el ex ministro de Justicia, Fernando Londoño.

Adultez

Septiembre 13 de 1987. Goiânia, Brasil: Voudireinão da Silva, guardia del Instituto radiológico de Goiânia, no llega a su lugar de trabajo. En vez, va a ver con su familia la película “Herbie Goes Bananas”. El Instituto está abandonado, pero todavía hay fuentes de material radioactivo en su interior. Roberto dos Santos Alves y Wagner Mota Pereira logran forzar la entrada. Encuentran una unidad de terapia y creen que hay objetos valiosos en su interior. Roberto y Wagner llevan la unidad a su casa. Tratan de abrirla sin éxito. Es una máquina gigantesca. La radioactividad comienza a afectarlos. Los dos vomitan, pero tratan obstinadamente de abrir la unidad. Al siguiente día los dos tienen mareo y diarrea. Un mes después a Pereira le amputan el brazo, pues tiene una fuerte quemadura.

Septiembre 16: Alves abre la unidad y encuentra una fuente azul de energía. Es Cesio 137.

Septiembre 18: Alves vende el material a un reciclador. El reciclador deja el material cerca a su patio, donde es encontrado por su vecino, Devair Alves Ferreira. Él empieza a repartirla entre sus amigos y hace un anillo para su esposa. Su esposa tiene una serie de desmayos.

Septiembre 24: Devair Alves Ferreira ha llevado algo del material a su casa. Ivo, uno de sus hijos, juega con él y lo riega sobre la calle. Su hija menor, Leide, come sobre ese mismo punto un sánduche. Está fascinada con el líquido azul. Lo coge en sus manosl. Un poco del material cae al sánduche. Come un pedazo.

Septiembre 28: Gabriela Maria Ferreira, esposa de Devair Alves, nota que alguno de sus empleados han enfermado. Decide ir a una chatarrería vecina, donde se encuentra el resto del material, lo envuelve en plástico y lo lleva a un hospital. Su acción salvó muchas vidas.

Septiembre 29, mañana: un médico de la NUCLEBRAS, la oficina brasilera a cargo del tema radioactivo, visita la población. El médico tiene la misión de comprobar la presencia de radioactividad en Goiânia. El médico queda extremadamente preocupado y llama a las autoridades. Esa misma tarde empieza el proceso de limpieza.

Vejez

El Instituto Nacional de Cancerología queda en la calle primera con carrera décima. Es un sector lleno de hospitales viejos e iglesias. Algunos de los hospitales están abandonados, sus paredes convertidas en lienzo de graffitis. Al llegar a la recepción del Instituto veo su logo. Es un mapa de Colombia que en la mitad tiene dibujado un cangrejo.

El Instituto se encarga de atender integralmente a los pacientes con ésta enfermedad. “Por el control del cáncer” es su lema. Tiene varias áreas de especialidad que se encargan de tratar las distintas etapas de esta enfermedad. Esto se ve reflejado en la arquitectura. El sitio es un laberinto hecho de pasillos y edificios hechos en distintas épocas.

El edificio de medicina nuclear se encuentra al fondo. Es blanco y tiene cuatro pisos. Busco a la doctora Amelia de los Reyes, directora de esta sección del Instituto. Ella cumplió hace poco veintidós años trabajando en este lugar. Me cuenta que fue estrella de un programa de televisión infantil y que luego estudió medicina. Atendió heridos de la avalancha de Armero, al escolta que resultó herido en el asesinato de Pizarro y a un tipo con un cuchillo que le atravesaba la cabeza. “No podía soportar esa presión”, asegura.

Amelia también me cuenta que el área de medicina nuclear tiene los mejores equipos para la detección y el tratamiento del cáncer en el país. Me explica que a partir del isótopo flúor 18, marcan áreas cancerígenas a partir de mecanismos de alta tecnología. Un 70 por ciento de los pacientes aquí son de escasos recursos, me dice. “La verdadera equidad no es darle a los pobres lo de los pobres, y a los ricos lo de los ricos. Tiene que haber un trato más igualitario”, dice Amelia. “El presidente estuvo aquí y quedó muy contento.”

Luego bajamos hasta el primer piso donde se sintetiza el flúor. Entramos a un cuarto donde hay una especie de tambor de metal. Es el ciclotrón. Lo que hace el aparato es acelerar elementos químicos hasta que estos dejan en una pared sus electrones y los vuelve radioactivos. El aparato ocupa todo el cuarto. Amelia afirma que los átomos van girando dentro del ciclotrón por unos cambios de carga constantes que se dan al interior. “El proceso tiene que darse muy rápidamente”, dice. Luego el material pasa al laboratorio, donde se sintetizan los marcadores y medicamentos. De allí se suben a los pisos donde se toman las imágenes diagnósticas. Estas son vitales en el tratamiento.

Muerte

En Colombia los deshechos de material radioactivo tienen tres caminos: o los usuarios se encargan de mantener el deshecho bajo condiciones óptimas; o lo exportan a su país de origen; o lo envían al almacén de deshechos de Ingeominas.

El almacén es un edificio gris que parece un búnker militar. Hay varias puertas de seguridad, y cada una tiene distintos mecanismos para abrirse y cerrarse; contraseñas, claves, cerraduras, etc… Antes de entrar me dan un dosímetro. Es un aparato pequeño, del tamaño de un celular. El dosímetro se encarga de medir el nivel de radioactividad que recibe una persona.

En un primer cuarto se recibe el material en desuso. Todo es blanco y de apariencia ascéptica. Hay computadores con tablas y registros de ingreso y máquinas para sellar y blindar el material. Estoy con Fernando Mosos, director del área nuclear de Ingeominas.

–Aquí siempre hay incidentes, pero no accidentes –dice Fernando–. Los incidentes son cruciales para mantener un sitio como este. Permiten que aprendamos. Claro, los incidentes siempre se pueden transformar en accidentes.

Fernando abre una puerta. Dentro hay conos naranja de alerta y una pequeña tabla que dice “Precaución. Material radioactivo”. Fernando dice que sólo podemos ver esta sala desde afuera. Que como somos público no nos pueden exponer a niveles tan altos de radioactividad. Dentro de la sala hay varias cápsulas de metal de distinto tamaño. Estas son las cápsulas que luego irán al almacén.

De pronto, suenan varios pitos. Son los dosímetros. Nos señalan que estamos ante un nivel peligroso. Nos recuerdan dónde estamos: ya entramos al almacén. Es un cuarto vacío sin máquinas ni muebles. Está pintado de blanco y en cada una de sus esquinas hay cámaras que están vigilando las 24 horas. Hay una grúa con un gancho que cuelga y que sostiene una tapa de concreto.

–Estas tapas se encargan de cubrir los fosos que contienen el material en desuso –dice Fernando.

El foso al que pertenece la tapa está al descubierto, en mitad del cuarto. Yo me asomo. Tiene unos cinco metros de profundidad. Al interior hay varias cajas gigantescas. Son cajas amarillas con símbolos rojos de material radioactivo. Parecen pequeños ataudes en el fondo de un tumba compartida.

–Cada una de estas cajas tiene cabezas de cobalto. Estas son utilizadas en la medicina nuclear.

Fernando también dice que el almacén es el más moderno de Latinoamérica.

–Está previsto que el almacén cubra las necesidades de 80 años. Cumplido ese tiempo, el país tendrá que buscar otra forma de almacenar el material en desuso.

Fernando cuenta que la vida media de un material radioactivo puede variar muchísimo. Hay isótopos que pueden liberar toda su energía en segundos y otros que lo hacen en millones de años.

El almacén es impresionante. Tiene unos 25 fosos, cada uno con cajas amarillas que contienen varios tipos de material radioactivo. Cada foso tiene cuatro cerraduras.

Mientras tanto, el dosímetro sigue sonando.

Como el pulso de un corazón.

* Camilo Casallas es estudiante de literatura de la Universidad de los Andes. Esta nota fue producida en el curso “Crónicas y reportajes periodísticos” del CEPER.

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