Basura: el tesoro que no vemos

Un fallo de la Corte Constitucional busca proteger a miles de personas que viven de separar lo que sirve y lo que no en la basura. Ellos recuperan más de la mitad de los desechos que Bogotá recicla.

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Marcela Villa

11.05.2012

Diego Fernando Gutiérrez trabaja hurgando en las canecas y las bolsas de desechos que tiran de los edificios y tiendas de la calle 59. El mal olor ya no le incomoda. Tampoco parece importarle el frío en una brumosa madrugada bogotana de principios de abril. Gutiérrez no se alcanza a imaginar que en los impecables salones de la Corte Constitucional se prepara un fallo que podría cambiarle la vida.

El poco tiempo libre que le deja su trabajo de reciclador hace que se interese poco en la política. En el mundo de la basura, todo lo que no es sobrevivir es un lujo imperdonable: ganan poco, los horarios son temibles, las herramientas precarias y, para completar, hay que cargar con un estigma social que los ubica al mismo nivel de la basura con la que trabajan. Pero esta situación pronto cambiará para los casi diez mil recicladores de la capital gracias a una novedosa propuesta presentada por la Alcaldía y avalada el pasado 25 de abril por la Corte Constitucional.

La idea del proyecto Basura Cero, ya desarrollada en países como Argentina y Australia, consiste en dividir la ruta de las basuras en dos: una para el material orgánico no recuperable (restos de comida, flores y hierbas secas) y otra para el material reciclable (cartón, papel, plástico y lata, entre otros). Esta segunda estará a cargo de los recicladores, quienes a través de sus asociaciones se ocuparán de la recolección, el transporte y la venta del material recuperado.

Para ello contarán con una flota motorizada financiada por la Alcaldía y con centros de acopio para la selección final y embalaje del material, también proveídos por la ciudad. De esta manera, además de solucionar el problema de los desechos sólidos en la ciudad, el proyecto Basura Cero se propone resolver la condición de exclusión y desigualdad de los recicladores. Miles de estos trabajadores informales pasarán a la formalidad y recibiran un salario por un servicio público que han prestado de manera espontánea por décadas y que hasta ahora se les reconoce.

La necesidad de reestructurar el sistema de recolección de basuras en Bogotá es urgente. El actual  contrato que opera en Bogotá le cuesta a la ciudad alrededor de 2,5 billones de pesos al año. Pese al dinero que se invierte, parece ineficiente en términos ambientales e inequitativo en términos sociales. “Nuestro sistema actual es contra productivo.”, explica Ricardo Valencia, director de CEMPRE (Compromiso Empresarial para el Reciclaje en Colombia), “Las empresas contratadas tienen incentivos económicos según el peso de lo recolectado y el enterramiento de la basura. Así, no tienen interés en separar materiales reciclables y orgánicos y tampoco les conviene trabajar con los recicladores”. CEMPRE es una fundación privada en la cual participan 18 empresas nacionales para promover el tema del reciclaje. El interés del sector privado en el manejo de las basuras es una muestra más de la relevancia de este problema hoy día.

"Pocos bogotanos saben saben que gracias a los recicladores se recupera el 52% del total del reciclaje de Bogotá."

A pesar de las condiciones del sistema actual, miles de recicladores de la calle se las han arreglado desde hace décadas para trabajar. Cada noche, antes de que pase el camión de la basura, recorren la ciudad y recolectan todo aquello que puedan revender. Los transeúntes, que apenas se atreven a mirarlos, no saben que gracias a ellos se recupera el 52% del total del reciclaje de Bogotá, lo que equivale a un poco más de 3 mil toneladas por día, según Valencia.

Para conseguir material útil, Diego Fernando, que recicla lo que botan en el sector de Chapinero Alto, debe escarbar entre comida descompuesta, toallas y papel higiénico, vidrios, y químicos sin ningún tipo de protección. En sus cinco años de práctica del reciclaje, este joven tolimense ha aprendido a protegerse, al menos las manos, con una bolsa plástica mientras manipula todo tipo de desechos. Una herramienta bastante frágil, pues, como dice, “por más que briegue se vuelve uno nada”.

Cuando cuenta con suerte, logra rescatar algo de lo que busca: papel de archivo, cartón, metales o “corotos” – cadenas, muñecos, porcelanas. Pero el papel, que es lo que mejor se vende en el mercado del reciclaje hoy, difícilmente le alcanza para proporcionarse el mínimo de vida. En la chatarrería le daban antes quinientos pesos por el kilo, pero ahora sólo le pagan trescientos cincuenta. Para Diego Fernando, la basura es posibilidad de supervivencia y riesgo a la vez.

Gracias a la política Basura Cero, se reformulará la situación de quienes, como Diego Fernando, padecen de las malas prácticas de separación de basura de los bogotanos. La reforma que plantea la UAESP, la oficina encargada del tema de los desechos en la ciudad, propone antes que todo cambiar los hábitos en los hogares. A través de un programa educativo extendido a los colegios y guarderías, el distrito buscará transformar la noción de basura, de desecho despreciable, a riqueza potencial.

DESDE LOS ANDES

"El olor nos lleva" es un artículo publicado por la Revista de Estudios Sociales de los Andes que analiza desde el punto de vista de la antropología ambiental y de la etnografía el papel de los recicladores en San Pedro, municipio del Valle del Cauca.

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En la práctica esa distinción consiste en separar lo orgánico y lo reciclable en dos bolsas (una blanca para el reciclaje y una negra para lo demás). Además, para incentivar esa separación desde el orígen, es decir en los hogares y las oficinas, se contempla premiar  a quienes la pongan en práctica con un descuento en la tarifa de aseo. Así, los bogotanos contarán con un proyecto que además de reconocer el arduo trabajo de los recicladores, abrirá el camino para un ciudad sostenible. La verdadera revolución ambiental consistirá en empezar a ver el valor escondido -el dinero en potencia- en aquello que se tira a la caneca. O como dice Ricardo Valencia, una revolución para que “de hoy en adelante ya nada sea considerado basura”.

* Marcela Villa es estudiante de Arte e Historia en la Universidad de los Andes. Esta nota se produjo en el curso Laboratorio de Medios.

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