• Apuntes a una travesía por el río Caquetá

    La selva que une y separa a Colombia con Brasil es un territorio que vive a su suerte. Lorenzo Morales viajó durante tres semanas por el río que comunica ambos países, para contar cómo se vive en esa frontera olvidada.

  • En abril de 2014 remonté el río Caquetá, desde su desembocadura en el Amazonas brasilero hasta el Parque Cahuinarí, en la selva colombiana. Para llegar hasta allá, volé desde Bogotá hasta Leticia y luego tomé una lancha de pasajeros -como una flota fluvial- que en 17 horas me llevó hasta el puerto de Tefé, donde el Caquetá confluye con el imponente Amazonas. Un viaje de tres semanas por uno de los ríos que atraviesa buena parte de Brasil y Colombia, se convierte en un mirador excepcional a cómo se vive en un territorio de frontera, olvidado a su suerte.(Textos y fotos de Lorenzo Morales. @lorenzomorales )
  • El Caquetá es un río viejo, sin muchos meandros, propios de los ríos jóvenes. Sus aguas son del color de un café con leche, el tono que distingue a los ríos que nacen en la cordillera de Los Andes y arrastran hasta la tupida selva amazónica los sedimentos que arrancan a la montaña. Los ríos que, en cambio, nacen en la selva son de agua oscura, como Coca-Cola.
  • Tefé es uno de los principales astilleros sobre el Amazonas. Es una ciudad dura, como buen puerto. Su ubicación es la bisagra que conecta el Amazonas con el Japurá, pero también la compuerta a un inmenso lago interior, importante para la investigación sobre el ecosistema amazónico. Fue, en parte por eso, la base de operaciones durante algunos años de Henry Walter Bates, el importante naturalista inglés y compañero de trabajos de Alfred Wallace. Es aquí donde nos espera el Lima de Abreu II, el barco de madera, y dos pisos, que nos llevará hasta la frontera con Colombia. Zarpamos con 3000 litros de gasolina que deben cubrir más de la mitad de los 750 kilómetros de río que nos esperan.
  • Viajo junto a un grupo de científicos del Instituto Mamirauá de Brasil y la Fundación Omacha de Colombia. Su misión es estimar la población de delfines que habita el río. Hay dos especies: el delfín rosado o boto (Inia geoffrensis) y el tucuxi (Sotalia fluviatilis). El delfín es un buen indicador de la salud del río.
  • El bajo Caquetá es un rio amplísimo que se alimenta de otros ríos que como él, nacen en Los Andes. Desde el barco vemos pasar las dragas que extraen gravillas del lecho del río, una industria pujante que alimenta la construcción en las ciudades amazónicas pero destruye el habitat de muchas especies.
  • La minería de oro es otra de las actividades que contamina el río. El uso descuidado y abundante de mercurio que termina en el lecho de los ríos contamina no sólo el agua de consumo, sino también a los peces que son parte fundamental de la dieta de la gente que vive junto al río. La bonanza del oro ha alterado el orden social de comunidades indígenas y de pescadores.
  • Pese a actividades como la minería de oro y materiales de construcción o incluso la tala de bosque, el Caquetá/Japurá sigue siendo una despensa importante de pescado. Japurá es uno de los puntos de acopio y el último cuarto frío antes de dejar Brasil.
  • Por el Amazonas circula buena parte de la coca que aún se produce en el eje Putumayo-Caquetá. El río Caquetá, al que desembocan los ríos Caguán, Yarí, Orteguaza y Apaporis, es una autopista fluvial amplia y poco custodiada para entrar a Brasil, hoy día el segundo mayor consumidor de cocaína del mundo, después de Estados Unidos. La droga que no se aspira en Brasil queda a una escala de Europa. Los otros puntos donde los ríos colombianos caen al Amazonas, como San Antonio de Iça, confluencia del río Putumayo, tienen controles permanentes de la Policía Federal. En Tabatinga, la ciudad siamesa de Leticia, las requisas a los pasajeros que se embarcan hacia Manaos o Santarem, son minuciosas, casi paranóicas.
  • A medida que uno se aleja de Tefé, cada poblado es una versión diluida del anterior. Japurá, a casi 200 kilómetros de Colombia, es el último pueblo donde aún se siente el influjo urbano brasilero.
  • La telefonía privada no cubre estas lejanías, pero el gobierno brasilero se ha encargado de conectarlas. El programa “Amazonas digital” ha llevado Internet a lo profundo de la selva. Este pueblo polvoriento, en mitad de la selva, está más cerca de Helsinki que de Leticia o Bogotá.
  • Pese a los avances en comunicación, después de días incomunicados en la selva, llamar a reportarse fue una hazaña. El técnico de la empresa de teléfonos tuvo que salir de su cama y probar diferentes combinaciones en la central, un cuarto helado con máquinas y muchos cables. Después de varios intentos, logramos comunicarnos con Bogotá.
  • Entre los inmensos árboles que crecen al margen del río y parecen sombras en la niebla emergen de pronto pequeñas chozas de "caboclos" , como se le dice en portugués a la mezcla de indio con blanco. El término ha sido usado con desprecio para señalar a comunidades pobres o marginadas.
  • La selva amazónica es un importante regulador de los ciclos del agua en el planeta. El ciclo de las lluvias en zonas altas del continente, como la cordillera de Los Andes, marca la temporada de aguas altas o bajas en el río.
  • La selva, que a veces agota la mirada con una sobre-oferta de vegetación, que no repite tono o matiz posible de verde, ofrece, siempre a tiempo, descansos espectaculares. En las orillas del río se descubre con frecuencia el color rojizo y herrumbroso del suelo amazónico. Al atardecer, el cielo revela una paleta que parece un espejo rebotando los colores del subsuelo. Las aguas turbias y marrones del río se tiñen de naranjas como si la tierra hubiera disuelto sus colores.
  • La noche, cuando el barco apaga su motor, es propicia para escuchar a los delfines con un micrófono subacuático. Los delfines de río tienen ojos diminutos y ven muy poco. Las aguas amazónicas son turbias y de poco les sirven. Su lenguaje es una mezcla de silbidos y un chasquido con los dientes que parece el sonido de una matraca.
  • Los poblados amazónicos son casi una negación se la selva. El cemento le gana siempre la partida al bosque y la vegetación es escasa. Al jaguar y la guacamaya la gente los ha domesticado con pinturas y murales callejeros. Aunque maltratado, allí, el perro sigue siendo el mejor amigo del hombre.
  • Después del agua, la gasolina es el bien más preciado y moderador de toda la economía: fuente de energía eléctrica en los sitios más remotos y combustible para las lanchas. Las distancias son extremas y todo se mide en galones. Cada galón puede costar tres veces más que en una estación del interior. El almacén "Los 4 hermanos" en Japurá es una casa flotante que vende combustible y redes de pesca.
  • La vida de barco no está exenta de problemas. La extrema humedad y las lluvias torrenciales que llegan y se van sin mucho aviso hacen goteras en la cubierta. El toldillo o mosquitero en las noches es obligatorio si se quiere evitar ser devorado por los zancudos.
  • Villa Betancourt, el puesto militar brasilero en la frontera. “Antes el Ejército no dejaba vivir aquí a los colombianos”, me dice César Augusto Triana, un pastor colombiano que levantó aquí su pequeña iglesia. Triana, como muchos colombianos que se han replegado en esta selva, carga con cicatrices de la guerra; sobrevivió a la sangrienta toma de Mitú por las Farc en 1998. Sus discípulos son sobretodo niños que repiten sus lecciones y cantan siguiendo las letras de una cartilla.
  • La esposa del pastor Triana, una brasilera suave que habla español como cantando, montó una pequeña miscelánea. Le compramos anzuelos, nylon y un jabón. La gente de Villa Betancourt depende en su mayoría de barcos que recorren el río ofreciendo mercancía, desde pipetas de gas hasta cepillos de dientes. Son como supermercados flotantes.
  • Las rutinas del barco son estrictas. El conteo de delfines empieza tan pronto sale el sol y termina tan pronto cae. Las únicas paradas son a la hora del almuerzo y cuando hay aguacero. Después de la lluvia, reina una misteriosa calma en el río.
  • El primer indicio de que tras dos semanas navegando, ya estamos cerca a Colombia es una botella de Pony Malta que baja flotando por el río. Aquí la frontera es un acto de fe. Y un capricho de la historia y la política más que de la geografía. Al fondo se empieza a dibujar la silueta brumosa de una serranía, la única elevación notable en miles de kilómetros a la redonda. Es el cerro sagrado de Yupatí.
  • La llegada a Colombia es un alivio para todos. Incluso el Lima de Abreu II comienza a dar signos de fatiga. En el cuarto de máquinas el práctico, al que todos llaman "Peixe- Boi" por su evidente parecido con un manatí, intenta refrescar el humeante motor. Junto a cables pelados y un suelo grasiento, viajan dos timbos que al zarpar llevaban 3.000 litros de gasolina. En condiciones tan precarias, el barco es una bomba flotante.
  • Estamos en el primer puerto de Colombia sobre el río. En La Pedrera confluyen el mundo indígena que se abre río arriba y el mundo de los colonos. Tiene una sola calle principal que envuelve todo en una U que desemboca en un muelle de concreto. En las tardes, las mujeres bajan con sus niños a fregar la ropa y los hombres a lavarse los dientes.
  • Por décadas la economía de La Pedrera fue el pescado. Sábalos, dorados y bagres se mandaban por toneladas al interior. Hoy, la sobrepesca y la minería han mermado esa fuente. El único cuarto frío recibe, en promedio, 400 kilos al día; 60 se van alimentando a los hombres del batallón del Ejército.
  • El hospital de La Pedrera es una casa inconclusa (ahí están los cimientos abandonados de una prometida ampliación que se la chupó el sifón de la corrupción) con las paredes descascaradas por la humedad. “Tenemos muy poco y ya no mandan las cantidades que solicitamos”, dice Acela Muinane, la administradora. “En este momento nos hacen falta líquidos” y señala un cajón de madera con algunas bolsas de suero. En el corredor, una indígena llora en una camilla. La picó un alacrán. El médico, un caleño en rural de chancla y camiseta de Juventus, le administra Alacramyn y le consciente la cabeza.
  • El hospital tiene un bote y un motor 40 para atender un territorio inmenso de las comunidades del río Apaporis, Mirití y Caquetá. "Entre el hospital y un paciente nos separan a veces hasta dos días de camino", dice Arcela. "En el momento trabajamos con combustible prestado". Con frecuencia la consulta se hace por radio teléfono. Aquí no hay veteranos y curtidos médicos – como los cubanos de Japurá –, sino enfermeras, una doctora pensionada que sigue sirviendo por amor y un estudiante de Cali haciendo su rural.
  • Para seguir nuestro camino es preciso contactar a las autoridades indígenas. Ellas deciden quien entra y quien no en sus territorios. Río arriba hay ríos sagrados y territorios vedados al hombre blanco. No estamos lejos del río Bernardo, dónde se cree habitan aún comunidades de "no contactados" o, como prefieren decirles ahora "tribus en aislamiento voluntario".
  • "Correrías" se le decía a las expediciones para cazar indios y someterlos, bajo tortura e intimidación, a trabajar en las caucherías de la Peruvian Amazon Company, la Casa Arana. Ese holocausto amazónico que tuvo su capítulo por estas tierras fue ignorado por años y tildado de habladuría y chisme. Los indios que sobrevivieron –huitotos, ocainas, muinanes, nonuyas, andoques y boras– se aislaron selva adentro y de esos se cree que surgieron lo hoy llamados no contactados. La leyenda sobre su ferocidad —y rumores de canibalismo— mantiene a raya a quienes han intentado explorar los territorios donde se presume habitan.
  • En la selva las decisiones las toman las autoridades indígenas y sus cabildos. Ellos deciden quien entra y quien no a sus resguardos y a los territorios sagrados. Para avanzar hacia el río Bernardo tuvimos que pedir permiso a los caciques, que por esos días estaban reunidos en la maloca de la comunidad "Curare Los ingleses" (el nombre recuerda que en ese lugar, en los años 70, se asentaron unos ingleses que llegaron a sacar oro). La deliberación fue larga. La selva y sus habitantes corren con otros tiempos.
  • El cerro Yupatí, una improbable elevación en medio de la selva, hace parte de un sistema de sitios sagrados que aseguran el equilibrio del mundo indígena. Aunque en estas selvas habitan comunidades muy diferentes — Bora, Miraña, Ocaina, Uitoto, Makuna, Tucano — comparten pensamientos y rituales (como el Yuruparí). El Yupatí (en lengua Yeral) es una de las columnas que sostienen la Madre Tierra, junto a la serranía de Chibiriquete, y el Cerro de La Estrella y la Serranía de la Libertad, no lejos de aquí, en el río Apaporis.
  • De La Pedrera hacia arriba los chorros impiden el paso de barcos grandes como el Lima de Abreu. Debemos cambiar a una lancha adaptada para movilizar a toda la expedición y seguir con el conteo de delfines. La única capaz de llevarnos a todos es una embarcación de aluminio que pertenecía a las FARC. Al parecer, la abandonaron tras la arremetida del ejército en la época del presidente Uribe.
  • Con la nueva embarcación, más ligera pero más estrecha, resulta imposible pasar la noche abordo. Esto nos obliga a planear los recorridos pensando en terminar el día en sitios dónde se pueda desembarcar y guindar las hamacas, en ocasiones en malokas indígenas. Las provisiones se redujeron al máximo.
  • Para llegar al Parque Nacional Cahuinarí hay que atravesar el chorro de Córdoba, un raudal en el que muchos navegantes han muerto molidos contra las piedras que cortan el potente caudal del río. Los chorros son como las esclusas del río; barreras naturales que fraccionan el territorio, represan el agua, los peces y los problemas. Para cruzarlos se necesita un bote ligero y un motorista experimentado.
  • De aquí en adelante nuestro lanchero y guía es Gilberto Tucano, un indio que se conoce todas las mañas del río y de la selva. Sin un hombre así, no hay forma de avanzar mucho en estas tierras. Todos los conocen y él conoce a todo el mundo. El abre las puertas en las comunidades donde dormimos o nos detenemos, cuadra las provisiones y arregla todo lo que se daña con tres cosas: un machete, un martillo y un alicate.
  • Las jornadas son extenuantes para los investigadores que pasan casi 12 horas a la intemperie, fluctuando entre un sol abrasador y tormentas repentinas. En la lancha los descansos se hacen acostados en el piso o sobre una tabla.
  • A dos días de camino, sobre la bocana del río Bernardo, está la primera de las tres estaciones que custodian los 6.000 kilómetros cuadrados del Parque Nacional Cahuinarí. La misión, casi imposible, está a cargo de apenas cuatro indios que además son funcionarios de Parques Nacionales. La estación, conocida como Puerto Caimán, marca una nueva frontera: la de los pueblos aislados.
  • En algunas paradas dormimos más de una noche. Fue la oportunidad de brincar del río a la selva y entrar de a pocos en ella. La selva, como el río, tiene su propia banda sonora: los aullidos de los micos churucos, el bramido de cerdos salvajes, el graznido de las guacamayas, el zumbido de las avispas o el pito de las chicharras se mezclan en un fondo sonoro, como el de una fábrica de todo, que no descansa. No resulta fácil registrar con foto, video o audio la experiencia de caminar por la selva.
  • Al recorrer el río con el permiso de los Caciques, las familias que vamos encontrando en el camino nos reciben con hospitalidad. En sus malocas nos dejan guindar las hamacas y en sus fogones preparar los alimentos. Sin luz eléctrica, las mujeres saben moverse, manos libres, con una linterna aprisionada entre la mejilla y el hombro.
  • Los indígenas tienen su propia burocracia. A medida que avanzábamos río arriba, cada parada implicaba una nueva negociación y un nuevo permiso para que nos concedieran paso. No es extraño: por siglos sus tierras han sido explotadas, saqueadas y sus pueblos exterminados por el hombre blanco. El holocausto de las caucherías aún vive en la memoria de muchos viejos. ¿Por qué habrían de dejarnos, entonces, entrar sin tantas preguntas y consultas con los caciques? Nos cuesta entender aún que el río y la selva no es un paisaje sino su casa.
  • Durante las siguientes semanas, los demás investigadores de la expedición-cinco brasileros y dos colombianos- padecerían los rigores de la selva: disenterías, jaquecas, fiebres repentinas, picaduras y malestares sin nombre que aparecen y desaparecen sin motivo aparente. Y el peor mal de todos: el abatimiento de la moral y la indisposición de ánimo que produce en el blanco la estadía prolongada en los confines de los indios y las fieras.
  • Para pescar, aquí la tecnología más preciada sigue siendo una buena red en nylon. En ocasiones, las redes abandonadas terminan atrapando algo más que peces. Un día, buscando con urgencia a un médico para atender a uno de los investigadores, nos detuvimos en la comunidad de Mariapolis. Todas las casas estaban vacías (¿a dónde habían ido todos?). Lo único que encontramos fue una fogata humeante y una familia de loros silvestres enredados en una red. Sólo pudimos salvar a unos cuantos.
  • Pese a la magnitud del río, su potente caudal y la abundancia de especies que viven en este habitat, en ocasiones el río parece entrar en una fase de calma y silencio casi absoluto. Es como si el agua dejara de correr y los animales que viven junto a ella hicieran un extraño ritual de mutismo. ¿Seguimos aquí? ¿Estamos realmente solos? La quietud repentina en un lugar con tanta vida me hacía siempre recordar aquel viejo koan zen: "Cuando un árbol cae en medio del bosque y nadie lo escucha, ¿produce algún sonido?"
  • Selva adentro el contacto con otros humanos es cada vez más esporádico. En ocasiones anduvimos hasta dos días sin avistar gente. El río tiene brazos y caños que son como las venas que conectan con la gran arteria. Es allí donde es más frecuente cruzarse con balsas de indígenas. El remo, en vez del ruidoso motor o el "peque-peque", un motor hechizo muy popular en estos ríos, hace que cada balsa sea como un fantasma que aparece y desaparece sin aviso. El silencio y el sigilo es más que una estrategia para tener éxito en la pesca o en la caza. Los indios de estas tierras son callados por naturaleza. Entre ellos, no necesitan siempre de palabras para comunicarse.
  • La selva sigue siendo un importante proveedor de proteínas en la dieta de los indígenas. Animales salvajes como tapires, saínos o pecaríes (foto) y dantas son cazados cerca a las lagunas interiores, donde suelen ir a beber.
  • El río provee casi todo. Todo hombre tiene a la mano su alimento. El pez "buqueado", una preparación lenta al humo hace que, en territorios muy alejados donde la refrigeración es casi imposible, la carne pueda conservarse (y transportarse) durante días.
  • Las jornadas eran largas y monótonas a veces. Avanzábamos por horas y días entre una selva que parece inhabitada, por algo distinto a guacamayas, libélulas y micos. Sin embargo, a veces, de la nada se perfilaba en la orilla la silueta de un hombre en una barca. Eran casi siempre, visiones fugaces, pues de repente, desaparecía en la manigua, por una trocha invisible o deslizándose por alguno de los caños que conectan el inmenso río con las lagunas interiores.
  • Muchas comunidades amazónicas celebran la fiesta del chontaduro que marca el inicio de un nuevo ciclo, como el comienzo de un nuevo año. Esta fiesta coincide con la cosecha del fruto de la chonta. Para celebrarlo los hombres se disfrazan con trajes hechos con fibras naturales y bailan durante varios días mientras se fermenta la chicha.
  • El baile, en este caso en una comunidad de indios andoque, está dividido en dos fases: la primera llamada “baile del Tori” o de máscaras y la segunda, la del propio chontaduro o baile de los pescados. Dice la tradición que este baile lo vio por primera vez un chamán hacerlo a unos peces en el río Apaporis, uno de los afluentes del Caquetá.
  • La selva distorsiona las proporciones. Una avispa adquiere las dimensiones de una libélula, una mosca se crece como un abejorro, una araña parece una mano extraviada y una hormiga puede crecer como un pulgar.
  • La contracara: ante la inmensidad del paisaje —árboles de más 50 metros y troncos gruesos como el fuselaje de un avión, ríos que parecen mares, horizontes casi infinitos, cielos de un azul inmaculado o nieblas repentinas que envuelven todo como si el mundo terminara a 20 metros— hacen recordar al hombre su verdadera proporción frente al universo y la naturaleza que lo rodea. Una lección de humildad para quien ha olvidado o confundido su lugar en este mundo.
  • La selva se abre y se cierra. A veces parece dispuesta a dejarnos entrar en sus misterios y en otras ocasiones es un cofre con doble llave. Es como si la naturaleza también tuviera su temperamento y sus caprichos. ¿Cómo atravesar ese velo espeso que a veces parece una frazada que la selva deja caer para esconder sus atributos? ¿Cómo opera la química de las empatías entre un ser humano y el paisaje? ¿Podemos ofrecer algo más que admiración o resignación?
  • Las estancias prolongadas en la selva dejan secuelas. De regreso a nuestro mundo, tras tres semanas en uno de los últimos rincones vírgenes del planeta, uno sigue arrastrando por días y semanas una extrañeza de espíritu que le impide acoplarse a ese otro hábitat extremo y salvaje de la Tierra: la ciudad.
  • La expedición recorrió más de 750 kilómetros de río. Esto incluyó incursiones por las bocanas de algunos afluentes del Caquetá como el Apaporis, un río sagrado con piedras monumentales que dibuja un tramo de nuestra línea fronteriza con Brasil, el Mirití y el Cahuinarí. La expedición no pudo avanzar más por el Caquetá, pues los indígenas nos advirtieron sobre la presencia reciente de las FARC, cerca de Araracuara. La guerra y el cansancio le puso punto final al viaje. (Textos y fotos de Lorenzo Morales. @lorenzomorales )
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Lorenzo Morales

23.07.2015

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